Cuestionario librero 116: Galder Reguera

Hay algo de lo que los buenos escritores de “literatura personal” no parecen conscientes, y es hasta qué punto se dan a conocer a los lectores intuitivos. No es ya que, directamente, nos den mucha información, en principio veraz, sobre su vida, su familia, su rutina, sus movimientos, su ideología…, sino que todo ello se […]

Por en Entrevista

Hay algo de lo que los buenos escritores de “literatura personal” no parecen conscientes, y es hasta qué punto se dan a conocer a los lectores intuitivos. No es ya que, directamente, nos den mucha información, en principio veraz, sobre su vida, su familia, su rutina, sus movimientos, su ideología…, sino que todo ello se hace a través de sentimientos y detalles que son imposibles no sólo de fingir, sino de ocultar. Queremos decir que esos autores se exponen de un modo deliberado, calculado… pero lo hacen también de una forma que no pueden controlar, algo que en realidad sucede también en otros géneros de la narrativa: es, para entendernos, lo que hace impensable que Cervantes fuera una mala persona. Al ir al encuentro de Galder Reguera lo hacemos todavía impresionados por su Libro de familia, leído catorce meses atrás, y sabemos perfectamente que vamos a presentarnos ante una persona noble y bondadosa, alguien muy sensible y muy inteligente. Es la ventaja que tenemos los lectores sobre los autores: sabemos mucho más de ellos que viceversa, jugamos siempre “en casa”, esa casa común que son los libros, y eso es así incluso cuando Reguera nos recibe en uno de sus lugares más frecuentados, los jardines de la imponente casa de Ibaigane, donde el Athletic Club tiene la sede de su Fundación, en la que Galder se emplea como responsable de actividades. Libro de familia no es la primera obra de Reguera, pero es la que nos lo ha descubierto a muchos, y es todo un ejemplo de cómo hacer que un asunto estrictamente personal nos importe enseguida a todos. Al cabo, el libro es la reclamación de su derecho a la filiación, de vincularse por fin a ese padre que murió el mismo día en que su mujer le anunció que estaba embarazada de ese niño que acabaría investigando y escribiendo sobre él, tras décadas de relativa indiferencia ante sus propios orígenes. Es la gran conquista del libro: “De alguna manera, siento que mi padre es ya mi padre, no un desconocido sobre quien busco información”. En una mesa de piedra de aquellos jardines (una mesa, por cierto, aludida en el libro), entregamos a Reguera el cuestionario librero, rematado hoy con una buenísima pregunta de Olivia Lahoya Cuende (de la Librería Estudio, de Miranda de Ebro, Burgos), quien ya habló sobre Libro de familia aquí, en una vídeo-reseña para ‘Las Librerías Recomiendan’

[Fotografía: Galder Reguera, en Bilbao, 5 de junio de 2021. Fotografía de Juan Marqués (quien también ofreció en su día su propia vídeo-reseña).]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

En casa de mis padres siempre hubo libros. También infantiles. Recuerdo devorar la serie de El pequeño vampiro, los de ‘Descubre tu propia aventura’, algunos de Roald Dahl, Momo, etcétera. Y también cómics. Teníamos todos los Tintin, muchos Superhumor, todo Asterix y un montón de Spirou, sobre todo de la época de Franquin. Los tebeos me los sabía de memoria.

Sin embargo, mis profesores de literatura consiguieron convencerme de que leer era algo muy serio, mecánico y aburrido y durante un tiempo me alejé de los libros. Hasta que, como lectura obligatoria, cayó en mis manos uno que me hizo recordar que la lectura era algo maravilloso: El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza. Recuerdo leerlo recuperando la convicción de que leer es una experiencia única.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Hay uno que me marcó profundamente en la manera en que veo el mundo e intento comportarme: Jean Tarrou, de La peste de Albert Camus. Hay un antes y un después en mí tras aquella lectura, en el sentido en el que entiendo lo que supone juzgar a los demás.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Tengo una enorme montaña de libros pendientes que me observan enfadados exigiendo su momento. Y, sin embargo, sigo comprando libros. Tengo que leer por trabajo, así que alterno lecturas por placer y por obligación (lo cual no implica que no las disfrute). Sí me dejo recomendar por mis libreros, por supuesto, aunque también voy a veces a comprar con la decisión previamente tomada.

Eso sí, tengo que reconocer que en mi formación como lector y como escritor ha tenido mucho que ver una librería: Joker. Voy desde hace muchos años y en este tiempo me han descubierto tantos buenos cómics, tantos autores, que sin ellos mi universo de lecturas habría sido mucho más pequeño. Para mí es un lujo tener una librería así en Bilbao.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Uy, hay mucho clásico al que aún no le he dedicado el tiempo que merece. A ver, diré solo uno para no quedar muy mal en la entrevista: El hombre sin atributos.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Pues mira, un cómic. Se titula Un maillot pour l’Algérie. Está dibujado por Javi Rey, con guion de Bertrand Galic y Kris. Lo publicó en 2016 en Francia la editorial Dupois y no se ha traducido al español. Cuenta la historia de los jugadores de origen argelino que desertaron de la selección francesa de fútbol antes del Mundial de 1952, con Rachid Mekhloufi a la cabeza, y se alistaron en el equipo del FLN. Se da la circunstancia, además, de que Javi Rey conoció la historia de Mekhloufi a través de una entrevista que le hizo Toni Padilla en la revista Panenka cuando el exjugador argelino estuvo invitado por la Fundación Athletic Club en el festival de cine que organizamos en Bilbao.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Tengo dos manías: firmar la guarda nada más terminarlo, incluyendo el mes y el año en el que lo he leído y apuntar en la última página los números de página en las que he subrayado algo, con un código de cuatro rayas que me permite saber cuánto me interesó lo subrayado. Pero, si te digo la verdad, con el paso de los años voy perdiéndolas poco a poco.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Me gustan todos los libreros, pero el ideal es aquel con el que consigues tener un grado de afinidad que puede ayudarte a descubrir autores que te acompañarán el resto de tu vida. Cuando tenía poco más de veinte años y vivía en el Casco Viejo, a veces iba a la Librería Verdes y le preguntaba a Asun, la librera, qué podía leer. Y me llevaba lo que me decía y siempre acertaba. Entonces tenía menos bagaje de lecturas, y me hizo crecer muchísimo como lector. Creo que nunca se lo he agradecido.

Hoy tengo una relación parecida con la librería Cámara y la gente de Joker. No sé qué haría sin ellos.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Un buen ambiente, en el sentido de sentirte bienvenido al entrar. Cuando estoy un par de días en una ciudad que no conozco, me gusta entrar en las librerías solo para sentirme en un lugar familiar. Creo que los lectores habituales tenemos algo de comunidad. Las librerías son como nuestros templos o nuestros refugios.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios) y un libro reciente.

Hay un puñado de libros, pocos, que me gusta releer cada cierto tiempo. Algunas obras de Camus y Dostoievski, por ejemplo, que me ayudan a recordar por qué decidí escribir. Y después hay otro que releo por mero disfrute: El maestro y Margarita, de Bulgákov. Si alguien no lo ha leído, debería hacerlo: es una maravilla. Pero que lo haga en la edición y traducción de Marta Rebón, que es mucho mejor que la anterior.

En cuanto a un libro reciente, voy con dos. Me resultó fascinante la lectura del cómic Siempre tendremos 20 años, de Jaime Martín, que leí el pasado verano. Por cierto, otro consejo: hay que leer más cómics. Y, el otro, Ha pasado un minuto y queda una vida, de Gabriela Consuegra, una novela de no ficción en torno a la muerte del padre que es muy conmovedora y profunda.

[Y la pregunta 10 la lanza hoy Olivia Lahoya Cuende, de la Librería Estudio (Miranda de Ebro, Burgos):]

“En Libro de familia te haces muchas preguntas y, durante su proceso de escritura, como cuentas en él, te asaltan grandes dudas. Una de esas preguntas: ¿importa más el relato que conocer los hechos?, quizá podrías contestarla ahora, más de un año después de la publicación del libro. ¿Te ha importado más el relato? ¿te ha satisfecho de alguna manera? ¿te ha servido?”

Escribiendo el libro tenía dos grandes miedos. Uno con respecto al lector: me obsesionaba dejarle claro que tenía legitimidad para contar todo aquello, que era a mí a quien correspondía narrar la historia de mis padres, que, al fin y al cabo, es la mía, la de mis orígenes.

El segundo temor me competía a mí como escritor y como hijo. Yo sabía que tenía una buena historia entre manos. A diferencia de otros libros que he escrito, la tenía antes de plantearme escribirla. Por ello, me daba miedo, por un lado, no estar a la altura. Ser un mal escritor con una buena historia, demostrar falta de talento narrativo. Pero, por otro, me aterraba llegar a la conclusión de que estaba escribiendo esa historia por mera ambición literaria. Por eso me preguntaba, mientras estaba en el proceso de escritura, si quería escribir un libro para saber quién fue mi padre o quería saber quién fue mi padre para escribir el libro.

¿Si estoy satisfecho? Mucho. En el plano personal, publicar el libro me ha servido para que personas que conocieron y quisieron a mi padre se pusieran en contacto conmigo y me contaran muchas más cosas que no conocía. De alguna manera, nunca he estado tan cerca de mi padre biológico como ahora. Por otro lado, he recibido y estoy recibiendo muchísimos correos y mensajes de lectores conmovidos con el libro, que me cuentan por qué les ha llegado tan hondo y por qué sienten que mi historia es a la vez la suya. Esto último es lo que más me satisface. Cuando cuentas una historia de no ficción, el mayor riesgo es anclarte en lo particular. Y solo los lectores te pueden decir si has conseguido trascender los hechos.