Cuestionario librero 131: Javier Vela

2021 está siendo un año especialmente fecundo para Javier Vela (Madrid, 1981): “en el medio del camino de su vida” ha sido reconocido con el Premio de Poesía Hermanos Machado por Cuando el monarca espera, un libro en el que, principalmente, reflexiona sobre el propio oficio del hacedor de versos (“Su rostro es anterior a […]

Por en Entrevista

2021 está siendo un año especialmente fecundo para Javier Vela (Madrid, 1981): “en el medio del camino de su vida” ha sido reconocido con el Premio de Poesía Hermanos Machado por Cuando el monarca espera, un libro en el que, principalmente, reflexiona sobre el propio oficio del hacedor de versos (“Su rostro es anterior a los espejos, heredero de todas las edades. / Fue viejo, adulto, joven; muy pronto será un niño. / Cruza el instante con los pies descalzos”). En paralelo publica el brillante “ensayo de ficción” Revelaciones de la maestra del arco, una invención poliédrica y convincente donde se indaga explícitamente en si “¿puede la falsa erudición postularse como un género literario en sí misma?”. Con este libro, que convoca a muchos tipos de lectores (el de novela, el de historia, el de viajes, el de teoría poética, el de rarezas, el de exotismos…), da un buen paso adelante en su línea narrativa, tras la novela La tierra es para siempre y ese curioso libro de atribuciones apócrifas que fue el Libro de las máscaras. Y, además, ha lanzado junto a María Alcantarilla un proyecto editorial, Firmamento, que, arraigado en Cádiz, ya ha dado frutos sorprendentes (y anuncia muchos más), el primero de los cuales fueron los Días de hambre y miseria, de Neel Doff, traducidos por el propio Vela. Quedamos con él tras la presentación gaditana de sus Revelaciones…, entre la Casa Iberoamericana y el Océano Atlántico, le entregamos un cuestionario librero rematado con una pregunta de Lola Larumbe, de la Librería Alberti (Madrid).

[Fotografía: Javier Vela, en Cádiz, 29 de julio de 2021. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Pues, a decir verdad, no lo sé con seguridad. Supongo que un escritor o una escritora “de raza” tendrían la respuesta muy clara. También a mí me gustaría recordar un título en concreto que ennobleciese mis inicios lectores. Algo parecido a ese libro único del que habla Schulz en uno de sus cuentos, en velada referencia al Zohar. Pero lo cierto es que no existe ese libro. De niño, más que leer, miraba fascinado las páginas ilustradas de El libro de los Gnomos, de Will Huygen y Rien Poortvliet (sigo guardando la edición de Montena y esa otra serie de veinticinco tomitos que sacó Plaza Joven en versión comercial), de la Enciclopedia de la vida animal o de la Enciclopedia infantil de Carroggio (cuyo segundo tomo antologaba cuentos populares de Charles Perrault o los hermanos Grimm, entre otros, y fábulas diversas). Yo «intervenía» y pintarrajeaba sin empacho esos libros, y algo leería de paso, claro está, pero no cabalmente. Por lo demás y hasta donde recuerdo mis primeros tanteos adolescentes mezclaban la lectura de poetas españoles contemporáneos con algunos novelistas y filósofos de los que por entonces no tenía la menor idea y a los que, en nómina heterogénea, solía llegar de rebote. En España, Luis Martín Santos; en Francia, Albert Camus (El extranjero era una de las novelas favoritas de mi madre y eso debió sin duda de acercarme a ella); en Reino Unido, Bertrand Russell; etcétera. Russell llegó por cierto en el momento oportuno: después de leer Por qué no soy cristiano decidí de inmediato no confirmar la fe ya vacilante que me venía lastrando desde que a los seis años me bautizaran con ostensible retardo a fin de que el colegio en que me habían inscrito —un colegio de monjas, pura contradicción— desbloquease mi solicitud. Pero volviendo al tema: el libro fue un hallazgo. Cambié de perspectivas en un par de semanas, y me juré a mí mismo que zanjaría el asunto apostatando en el acto, cosa que, por pereza, aún no he hecho.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Al diablillo cojuelo de Vélez de Guevara, para husmear en el interior de las casas sin acabar en el calabozo.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Soy muy antojadizo, pero, cuando no voy a tiro hecho, una selección atractiva que trace itinerarios y caminos afines entre las novedades y los libros de fondo, una disposición adecuada de los títulos y una ordenación que favorezca la visibilidad de los sellos independientes hacen que la visita me merezca la pena. Respecto a las nuevas lecturas, no sigo en modo alguno un programa (salvo para zafarme mentalmente de aquello que me niego a leer); surgen más bien casualmente, o por intereses cruzados, o como resultado de sincronicidades formales o temáticas con las que tiendo a engañarme pero que me divierte seguir.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Si os referís a lecturas canónicas, muchas, no sé; muchísimas. Moby Dick, por ejemplo.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Un libro singularísimo y del todo agotado, aunque no tengo claro que haya llegado a aparecer alguna vez en España, es el Bestiaire fabuleux de Jean-Paul Clébert, que publicó en los setenta Albin Michel. Títulos importantes y nunca traducidos al castellano hay cientos. A bote pronto, me vienen a la cabeza Dictée, de Theresa Cha; Permission, de Sylvia Chrostowska; los cuentos completos de Sérgio Sant’Anna, pero especialmente O concerto de João Gilberto no Rio de Janeiro; o todo lo que han escrito Carole Maso o Teresa Veiga, por poner sólo algunos ejemplos. También habría que restaurar la obra de los heterodoxos españoles del siglo XX, de Rafael Urbano a Miguel Espinosa. Hay en sus libros todo un contracanon que se ha obviado a sabiendas.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Los tengo todos, sí, salvo ese de hacer listas y estadísticas (¡qué horror sólo pensarlo!). Una manía muy arraigada en mí es la de despojar inmediatamente de fajas promocionales cualquier libro que compro. Me pasa igual con las sobrecubiertas: las rompo en pedacitos y las reciclo como marcapáginas, pero son un estorbo.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Hospitalario pero no invasivo, dispuesto a prescribir buenos títulos o a resolver las posibles dudas de los lectores sin socavar sus gustos; informado, sí, pero no pedante ni pretendidamente esnob; auténtico, heterodoxo, de juicios personales y sutilmente anacrónicos. Ese sería más o menos el retrato robot.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Un fondo independiente o no del todo sujeto a la tiranía de la novedad, con libros sorprendentes e inactuales, de esos que parecían llevar años esperando a que los encontraras. Es un deseo algo utópico, sin duda, pues disponer de un fondo de esa índole tiene un coste muy alto para cualquier librero, pero lo cierto es que las librerías a las que más acudo hacen un gran esfuerzo por intentar cuidarlo y mantenerlo.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios) y un libro reciente.

Mi clásico “del momento” es Rabelais. Este verano estoy disfrutando como un niño con la edición de los cinco libros de Gargantúa y Pantagruel que preparó Gabriel Hormaechea para Acantilado. Pensemos en que se trata de una obra escrita casi un siglo antes que El Quijote, pero ahí ya está todo, o desde luego muchos de los temas y recursos que me interesan ahora: el juego en su vertiente falsamente erudita, la fusión de géneros, el humor y la sátira humanista frente a la cultura escolástica y el sistema de ideas medieval, la práctica y la reflexión en torno a lo apócrifo, el semillero inagotable de lo fantástico y lo maravilloso, la disgregación y el cuestionamiento de la identidad, las estrategias de atribución y de apropiación cultural hoy tan en boca de todos, etcétera. Entre los libros “recientes” (rara vez me abalanzo sobre las novedades), me ha gustado mucho La mitad de la casa, la última novela de Menchu Gutiérrez [ver aquí la reseña de ‘LLR’], una escritora admirable y con una actitud francamente seria y valiente —es decir, autónoma— ante la literatura.

[Y la pregunta 10 la lanza hoy Lola Larumbe, de la Librería Alberti (Madrid):]

“En este 2021 tan fructífero para ti, en el que has tenido un libro de poemas premiado, y en el que has publicado las Revelaciones de la maestra del arco, has dado también un paso adelante en lo único que te quedaba pendiente dentro del ámbito literario. Me refiero, claro, al lanzamiento de la editorial Firmamento, y tengo una curiosidad: me gustaría saber cuáles de tus libros preferidos, esos de los que acabas de hablar y otros, no editarías en Firmamento. Y también la pregunta contraria: ¿publicarías libros ajenos a tus gustos pero que pensaras que, por cualquier motivo, pudiera ser interesantes para tu sello?”

A grandes rasgos, evitamos publicar todo lo que, por mucho que nos guste, quede fuera de nuestras balizas éticas, estéticas y temáticas. Me explico. Firmamento despliega propuestas de lectura que nunca se remontan más allá de finales del siglo XVIII, porque es en ese periodo donde observamos el cortocircuito que trastoca a las claras lo que había sido hasta entonces la subjetividad del autor, y donde irrumpe al cabo la pregunta irónica acerca el «yo», fundamental no sólo para cuestionar la identidad de los pueblos sino también la de las personas. Por descontado que la noción de ironía es muy anterior: aparece ya en los diálogos socráticos y en la retórica latina, pero el Romanticismo amplifica su alcance desde un punto de vista procedimental, convirtiéndola en un principio de composición literaria que acabará por trasladarse a todos los géneros. Resurge así una óptica, una manera de mirar el mundo que, por adhesión o por oposición, se extiende hasta nuestros días. Es justo en ese marco donde fijamos nuestros intereses, y también nuestros límites a la hora de conformar el catálogo. Existen varias razones. Primero, porque la ironía romántica instaura una especie de desconfianza con respecto a las nociones de verdad e historia que expande sus sospechas sobre el relato hegemónico del pasado, y por tanto sobre la idea misma de canon literario: esa conciencia irónica interrumpe constantemente la «ilusión narrativa» y permite que la obra, siempre inacabada, se cree y se destruya a sí misma en el espacio de unas pocas páginas, multiplicando sus posibilidades y favoreciendo la libertad de juicio con que nuestros títulos pretenden contribuir a la reflexión y el debate críticos sobre nuestro tiempo, sin que ello implique en modo alguno esquivar o parodiar los grandes temas universales ni afrontar la escritura como un simple ejercicio de resabio autocomplaciente. En segundo lugar, porque anticipa ya el papel activo que el Romanticismo concede al lector en la construcción del significado: desde esa época y hasta el ingreso en la modernidad líquida o tardía, la estructura semántica del texto irá perdiendo cada vez más consistencia hasta alejar de sí toda certeza y, afortunadamente, dejará de inhibir o cercenar por defecto posibles interpretaciones complementarias. En la medida de lo posible, Firmamento pretende restaurar ese trato de respeto con el lector ofreciéndole textos exigentes y que estén a su altura. Pensamos en nuestros libros como eslabones o segmentos de una misma cadena, según la imagen que empleó Calasso para definir esa progresión serpenteante de títulos que conforma el catálogo de una editorial. En ese sentido, nuestro proyecto adopta un claro compromiso con la literatura como herramienta de diálogo o mediación cultural, y quiere involucrar activamente a esa creciente comunidad de lectores que sabe valorar el equilibrio entre propuestas de cariz más complejo y lecturas que tienden a acercarse al «interés general». Nos seducen los libros innovadores que ofrecen perspectivas no ortodoxas para inquirir la realidad desde un enfoque más amplio o abarcador, pero eso no significa en ningún caso que busquemos textos extravagantes ni pretendidamente originales. Para nosotros, no existe frontera alguna entre lo clásico y lo contemporáneo, como tampoco existen límites precisos entre tradición y experimentación; se trata de una falsa dicotomía que no conviene aceptar sin más. No en vano, Firmamento formula sus propuestas haciendo dialogar transversalmente en una sola colección unitaria dos líneas de interés: la recuperación de obras y autores españoles e hispanoamericanos de indisputable talento cuya tarea creadora pudo verse opacada por coyunturas extraliterarias, privilegiando con ello textos desatendidos o ignorados con anterioridad, y la publicación de nuevas voces y libros singulares del panorama contemporáneo internacional, en ediciones de cuidada factura dirigidas al público de ámbito hispanohablante. De modo que, respecto a tu pregunta, puede que la respuesta sea algo ambigua: estoy dispuesto a hacer concesiones, no así a publicar libros enteramente ajenos a mis gustos, porque entonces no tendría modo de defenderlos con dignidad ante los lectores. Tanto nuestro catálogo, limitado a un total de doce títulos anuales, como nuestra propia estructura como empresa están pensados para no tener que enfrentarnos a ese tipo de disyuntivas únicamente movidos por razones de índole comercial. Naturalmente, intentamos vender tantos ejemplares de cada libro como sea posible, pero no a cualquier precio ni por cualquier canal. «En estas cosas no hay que ser tacaña», como decía la Agrado en Todo sobre mi madre, «porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soña’o de sí misma».