Cuestionario librero 137: Patricia Almarcegui

Los lectores habituales de estos cuestionarios libreros habrán advertido que tratamos de encontrarnos con cada autor/a en su ciudad, en su “hábitat” natural, o al menos en algún lugar especialmente estimado o frecuentado por ellos, su lugar de residencia, su lugar de trabajo, su… En ese sentido, era francamente difícil elegir dónde citar a Patricia […]

Por en Entrevista

Los lectores habituales de estos cuestionarios libreros habrán advertido que tratamos de encontrarnos con cada autor/a en su ciudad, en su “hábitat” natural, o al menos en algún lugar especialmente estimado o frecuentado por ellos, su lugar de residencia, su lugar de trabajo, su… En ese sentido, era francamente difícil elegir dónde citar a Patricia Almarcegui, no por apátrida sino por ubicua, por inquieta: lo ideal habría sido quedar con ella por Uzbekistán, o en la India, o en ese Japón al que dedica su último libro, o en todo caso en su Zaragoza natal, o en Ciudadela (Menorca), donde tiene su hogar desde hace años…, pero nos encontramos con ella en una visita fugaz a Madrid, de la mano de esos Cuadernos perdidos de Japón que ya recomendamos aquí, y que nos devuelven a esa escritora indagadora, atenta, incisiva y bien informada que es Almarcegui. De sus propios viajes saca energía para comprender los ajenos, y con unos y otros va conformando una cada vez más compleja y dilatada teoría del viaje que se va desarrollando en libros y en cursos: viajes antiguos y contemporáneos por mil y un lugares que hablan de cómo somos, de cómo observamos, de cómo nos relacionamos con lo desconocido y con el otro, de cómo hombres y mujeres miramos y somos mirados de formas distintas, y de cómo, del mismo modo que todos los escritores andan en el fondo escribiendo un único gran libro, entre todos y todas andamos embarcados en un solo viaje, que es el viaje de la humanidad a través del tiempo o, mejor, a través de esa medida humana (y humanizada) del tiempo a la que llamamos Historia.

[Fotografía: Patricia Almarcegui, en Madrid, 12 de septiembre de 2021. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Yo leí mucho tebeo. Cada domingo iba a comprar los periódicos con mi padre y podía elegir uno. Luego había una colección estupenda que enseguida pude también comprar, aunque no semanalmente: Moby Dick. Tenía una selección muy curiosa, sobre todo porque no eran títulos demasiado juveniles. Recuerdo que me costaba leerlos pero con tanto gusto… Till Eulenspiegel, La gitanilla de Cervantes, Pierre Loti, Turgueniev, Von Chamisso, etcétera.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Mi generación fue mucho, desgraciadamente, de amor romántico e idealizado. No sé muy bien a qué personaje quería parecerme, yo bailaba y quería ser una gran bailarina. Aunque también me gustaban y fascinaban las historias de corsarios y piratas a las que la citada colección Moby Dick dedicaba títulos. Navegar en un barco de vela, ayudar a los desfavorecidos, el espíritu solitario, soñador y melancólico.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Ése es un tema muy interesante. El itinerario o proceso que nos lleva a elegir un libro, película u obra de arte, casi siempre azaroso… Ha cambiado, hubo un tiempo que elegía en casa, ahora me doy cuenta, qué biblioteca tuvieron mis padres…, y después según lo que decían los profesores. Ahora lo hago por entrevistas de personas que no pertenecen al campo literario y son de otros lugares, y por amigos y críticos culturales que admiro. Y también por la prescripciones de los libreros. Esa idea preciosa de un vendedor o vendedora que te aconseja porque conoce como nadie su “empresa”. Por ejemplo, Pepito, de Antígona, o Lola, de la Alberti.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Aún no he terminado La divina comedia.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

La Tesis de Doctorado de Edward Said, Joseph Conrad and the Fiction of Autobiography, y también, el mejor libro de Vuillard, que ahora mismo estoy buscando de nuevo, Tristeza de la tierra.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Me gusta buscar el año exacto de la publicación (dice tantas cosas…) y lo añado en lápiz al comienzo y al lado del título. También, pesar los libros. En los vuelos económicos hay un máximo de kg y he tenido que pesar algún título para comprobar que no me excedía. Si ocurría, tenía un abrigo reservado con un bolsillo muy ancho, lo metía y me lo ponía para viajar.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Cortés, afable, al que puedas preguntar. Hay algo que sigue siendo hermoso. Dar un paseo por la ciudad, deambular hasta la librería y “pasar a saludar”. Esa frase es importante, habla mucho de la ciudad y la librería que queremos y amamos. Creo que cada librería podría ser como una idea, ir a una ciudad y visitar tres librerías porque sintetizan tres ideas diferentes e interesantes (la mejor prescripción, los títulos más alternativos, la arquitectura más brillante…).

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Editoriales que no están en todos las librerías. Un fondo amplio de poesía (una paño de libros, como si fuera parte de la arquitectura), si lo tiene lo demás suele ser excelente. Una persona que te aconseje, que te dedique unos minutos…

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios) y un libro reciente.

Como un clásico maravilloso, posiblemente la más grande historia de amor, Leyla y Majnúm de Nizamí. Y como lecturas recientes, Anhelo de raíces de May Sarton y la reeditada y necesaria Memoria de la melancolía de María Teresa León.

[Y la pregunta 10 la lanza hoy Adrián Fauro, de la Librería 80 Mundos (Alicante):]

En Cuadernos perdidos de Japón dices que en japonés escribir y pintar comparten término. Lucía Lijtmaer dice que Virginia Woolf aseguraba que escribía enmarcando paisajes y escenas porque existe un término en inglés que comparte sonoridad en ambos términos también. ¿Podemos encontrar un verbo en castellano que nos sirva para definir esa unión? ¿Podemos escribir como quien pinta en nuestro idioma?”

Qué pregunta tan interesante. Recordar que escribir es construir imágenes, dar forma a lo que no tiene, a lo invisible que dijo un poeta. Las imágenes son los pensamientos del corazón, dicen además los psicólogos. Se me ocurre un término que recogería pintura y escritura. “Pintoresco”, que no es lo opuesto a “sublime”, como nos enseñaron en el siglo XVIII, sino que recoge su significado literal, es decir, que merece la pena ser pintado. Así cuando los viajeros lo usan en sus relatos, los pintores lo recogen al vuelo y pasan a representar la escena, bien sea naturaleza, paisaje, costumbre o seres humanos. Pienso en Delacroix, Ingres, Matisse o Picasso, por ejemplo. Por otro lado, ni se pinta como se escribe, ni se escribe como se pinta; mejor, así cada lenguaje se fuerza más, se tensa e intenta recoger otras cosas.