Cuestionario librero 46: Juan Arnau

Pocos escritores, entre nosotros, saltan con tanta soltura (y aun con tanta alegría, en el sentido profundo de la palabra) entre los laberintos del pensamiento religioso de la antigua India y la filosofía racionalista del Barroco, y además para relacionarlos, no para oponerlos. Si Ortega decía que “la claridad es la cortesía del filósofo”, nadie […]

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Pocos escritores, entre nosotros, saltan con tanta soltura (y aun con tanta alegría, en el sentido profundo de la palabra) entre los laberintos del pensamiento religioso de la antigua India y la filosofía racionalista del Barroco, y además para relacionarlos, no para oponerlos. Si Ortega decía que “la claridad es la cortesía del filósofo”, nadie nos ha explicado el pensamiento védico o la filosofía de Spinoza de un modo más cortés que Juan Arnau, y además con una calidad literaria extraordinaria. Novelista de nota, traductor de altura (y de profundidades), Arnau es ante todo ensayista y profesor (ahora en la Universidad de Granada), y autor de hitos como el Manual de filosofía portátil, Budismo esencial o, ahora, la magnífica Historia de la imaginación, libros, estos dos últimos, panorámicos pero hondos, divulgativos pero exigentes (pero también satisfactorios y placenteros en cada una de sus páginas). Que, por los temas que trata y su modo de tratarlos, Arnau pueda ser considerado un “raro” de nuestro panorama literario es algo muy raro, porque no hay muchos escritores hoy tan estimulantes, brillantes y originales. Quedamos con él (y su hija Lucía) en el centro de Valencia para entregarle el cuestionario librero, y le trasladamos una última pregunta de uno de sus grandes admiradores, el poeta Alejandro Simón Partal:

[Fotografía: Juan Arnau, en Valencia, 26 de octubre de 2020. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

No recuerdo uno en especial. Al principio sólo leía cómics. Mi favorito era El hombre enmascarado. Recuerdo que mi madre me leía cuentos de Tagore a la orilla de un río, en Albarracín, y creo que allí, en la sierra de Teruel, se inició mi pasión por la India. Desde muy pronto, con nueve o diez años, puso en mis manos algunos libros inapropiados para mi edad, como Obstinación y El lobo estepario, de Hermann Hesse. También leía libros que me dejaban mis amigos, como Un saco de canicas, la historia de unos niños que huyen del holocausto, o Papillón. La idea de la liberación empezaba a gestarse. Recuerdo también Rojo y negro, probablemente ése fue el que me inoculó el veneno, pero eso fue más tarde.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Bueno, en aquella época siempre prefería al poeta que al santo, y en ningún caso al intelectual. Sintonizaba más con Dimitri Karamazov que con Aliosha o Ivan, que me parecía terrible (aunque muy atractivo). Soñaba entonces ser como el capitán Conrad, alguien que navega y escribe y, en general, prefería el tiempo perdido al tiempo recobrado.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

El hilo de mis investigaciones marca mi próxima lectura. En este sentido, las mesas de novedades o las reseñas apenas tienen efecto en lo que voy leyendo.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Anna Karenina, del gran león ruso. No la considero pendiente porque sé que ya no la leeré. El tiempo de las novelas pasó, al menos para mí.

¿Sabes de algún libro extranjero o en otro idioma que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Se me ocurren muchos, la mayoría tienen que ver con la filosofía de la India. Si tuviera que elegir, diría que Perception, de B. K. Matilal y Classical Samkhya de Larson. También deberíamos tener una versión íntegra del Mahabharata. Me ofrezco a hacerla, pero necesitaría una década. Ah, y alguna buena biografía de David Hume, que no tenemos ninguna en castellano.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Los subrayo y los atiborro de marcas. Tengo un código secreto, no muy complejo, pero jerarquizado, de marcas. Escribo en los márgenes, en las guardas y en todo lo que queda en blanco al principio y al final. Si son muy voluminosos, he llegado a trocearlos para no cargar con todo el peso. Siempre he leído mucho en cafeterías y parques. No lo hago a menudo, pero lo hice con Los reinos del ser de Santayana (la edición de FCE) y con una biografía de Leibniz en Alianza. Ahora sus restos descansan en mis anaqueles

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Mis libreros favoritos son muchos pero quiero especialmente a tres. José Luis de la Biblioteca de Babel en Palma. Por su entusiasmo lector y su sabiduría. Por ser buen conversador y narrador de historias y por mantener una de las librerías más hermosas del país. Otro de mis libreros favoritos es Paco Benedito, de la librería Ramón Llull de Valencia, que además de poeta y amigo tiene una melena muy sexy y un gran sentido crítico, como buen afrancesado. Last but not least, un librero retirado, experto en arte, elegante, discreto y con algo de mala uva: Sergio Valdeska, que además es un extraordinario dibujante. También quiero mencionar a Iñaki Lucía, de la Rafael Alberti de Madrid, que siempre tiene las puertas abiertas para nosotros.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

La librería debe ser como el buen bar, sin música y sin vistas, pero con los productos bien arranchados. Las librerías son los templos de hoy, lugares de silencio y recogimiento. Cuanto menos se hable, mejor. Me gustan especialmente las librerías de viejo de Madrid, México, Bogotá o Santiago de Chile. El orden allí es implicado y resulta divertido buscar en el caos.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

La novela clásica que más me ha marcado es, sin duda, La montaña mágica de Thomas Mann, en la traducción de Mario Verdaguer. La leí con 17 años y me gustó tanto que no me he atrevido a volver a leerla. En ensayo, Otras inquisiciones, de Borges, un libro repleto de tesoros. Libro reciente recomendaría, en ficción, Limónov, de Carrère. En ensayo El ardor, de Roberto Calasso, un libro inmenso

[Y la pregunta 10 la lanza el poeta Alejandro Simón Partal:]

En una conversación recogida en el libro Esperanza para un mundo inacabado, el teólogo alemán Jürgen Moltmann comentaba: «Yo creo en la encarnación de Dios. Él no se hizo ballena ni águila, sino ser humano. La iglesia antigua lo formuló con la expresión ‘se hizo carne’. Pero la palabra hebrea ‘carne’ significa ‘vida’. Dios se hizo vida. Otros teólogos defienden que Dios se hizo luz. ¿Dios es un acto, un hecho o un ser? Y abusando de esta oportunidad, ¿cómo podemos abordar hoy la noción de resurrección?

Para las upaniṣad el ātman (que es como el pensamiento indio entiende lo divino), es aliento vital, mente y palabra. El aliento vital es lo real, mientras que la mente y la palabra son las apariencias. Antes ha sido vibración sonora, palabra poética y creadora. Identificar lo divino con la vida misma, en todas sus formas, y no únicamente con la humana, es la costumbre habitual en las culturas paganas. La reducción de lo divino a la encarnación humana se forja en el gnosticismo, el hermetismo (el hombre como vínculo entre Dios y la creación) y, finalmente, se consolida con el cristianismo imperial. Esa tendencia antropocéntrica se reafirmará en el Renacimiento y acaba diluida en el narcisismo y el individualismo de las sociedades modernas. De ahí a la explotación del mundo natural para que obedezca los deseos del hombre no hay más que un paso. Desde entonces el hombre ya no pertenece al mundo natural y su ciencia desvaría.

Por supuesto, no sé qué es lo divino. No saberlo es una bendición y la característica esencial de la condición humana. Ser persona es no saber, vivir en el asombro, habérselas con la perplejidad. Esa es la genuina invención de lo cotidiano. Y la cultura mental que suscita la vida filosófica. Por eso lo divino, quizá, está en cada uno de nosotros. Es mejor no dejar que se apague, alumbra y da calor.

Respecto a la resurrección, nuestra civilización no ha sabido ahondar en la diferencia entre alma y espíritu. Se ha obsesionado con la salvación del yo, cuando quizá lo mejor sería liberarse de él.