Cuestionario librero 77: Fernando Sanmartín

Es el “escritor secreto” más clamorosamente preferido por un número creciente de lectores: uno escarba un poco y resulta que al final todo el mundo lo ha leído y, por supuesto, a todo el mundo le gusta. Autor de una de las obras poéticas más singulares y características de nuestro país (recién ensanchada con Ir […]

Por en Entrevista

Es el “escritor secreto” más clamorosamente preferido por un número creciente de lectores: uno escarba un poco y resulta que al final todo el mundo lo ha leído y, por supuesto, a todo el mundo le gusta. Autor de una de las obras poéticas más singulares y características de nuestro país (recién ensanchada con Ir al norte), sus libros de diarios, viajes y recuerdos o, ahora, sus dos novelas, son siempre pequeños, corteses con el lector, amables, silenciosos, casi leves. Lo era incluso Heridas causadas por tres rinocerontes, uno de los libros más hermosos que hemos leído nunca, y sin duda el más pudoroso y poético que conocemos sobre el tema de la enfermedad, el miedo, el peligro que entra en casa…, uno de esos libros que casi no se notan pero que dejan una huella duradera. Julio José Ordovás lo clavó al calificar a Sanmartín de “abogado con alma de contrabandista”, y es también gestor cultural, comisario de exposiciones, coleccionista sigiloso de arte bueno y director de “La Gruta de las Palabras”, la colección de poesía de la Universidad de Zaragoza, cuyo prestigio actual y cuya visibilidad nacional son premios al trabajo bien hecho, al cuidado editorial, al “poco a poco”, al “libro a libro”… Tiene muy reciente su segunda novela, Os contaré la verdad, y es inminente un nuevo libro de viajes y ciudades para Newcastle Ediciones. Y Sanmartín, por cierto, fue también el padrino de El infinito en un junco en su puesta de largo zaragozana, en el Teatro Principal, antes de que sucediera todo, así que le hemos pedido la última pregunta de su “cuestionario librero” a nuestra idolatrada Irene Vallejo, y se lo entregamos en el Parque Grande de su ciudad a primerísima hora de una mañana gélida, perfecta y original, caminando junto a él a ritmo anticongelante.

[Fotografía: Fernando Sanmartín, en Zaragoza, 3 de enero de 2021. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Pienso en El libro de la selva, de Kipling. Fue un regalo de mi padre. Lo compró en la librería Lepanto, de Zaragoza, que estaba en el paseo de la Independencia. Guardo, claro, esa edición, publicada por Gustavo Gili. Y aún recuerdo cómo se describe a Bagheera: “… tenía una voz suave como la miel silvestre que gota a gota se desprende de un árbol, y piel más fina que plumón”.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

El barón Cósimo Piovasco de Rondó, ese personaje creado por Italo Calvino. Me resulta tremendamente simpático que alguien, con doce años, decida no comerse la sopa ni el guiso de caracoles y determine subirse a un árbol al ser expulsado de la mesa para no bajar nunca más. Compré un ejemplar de ese libro, El barón rampante, en Nápoles, hace dos años, y con ayuda de un diccionario releí algunos fragmentos, aprendiendo para siempre que la zuppa di lumache y la pietanza di lumache es lo que jamás tomaré en un restaurante italiano.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Me muevo entre la fidelidad y los descubrimientos. Hay autores de los que leo todo porque son, para mí, una cita ineludible. Pero hay otros que no conozco y es ahí donde los libreros de confianza me sugieren o recomiendan, y les hago caso.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

He leído a Joyce, y Dublineses o su Retrato de un artista adolescente –traducido por Dámaso Alonso– me gustan. Pero esa otra obra que es Ulises me va grande, se me escapa y bien que lo siento, y es posible que no la lea nunca.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Habría que reeditar a Giovanni Papini, su Un uomo finito, donde afirma: “Dad bellotas a los cerdos si no tenéis gemas para los héroes”. Y habría que poner más luz en una de las grandes novelas españolas publicada en el siglo XX: me refiero a Miss Giacomini, de Miguel Villalonga.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Desde hace muchos años voy dejando huellas del tiempo en los libros y soy consciente de que en algún momento quien tenga mi biblioteca, o sus ejemplares dispersos, encontrará “papeles curiosos”. Me refiero a que en las páginas de los libros dejo con frecuencia la factura de un hotel, un billete de tren, el boleto de una apuesta hípica, la entrada de un museo, un mail impreso, una postal…

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Me gustan los libreros que hablan de la vida y, a la vez, que saben mucho de literatura. Con los que yo trato o he tenido relación, de Zaragoza, de Madrid o de Huesca, son personas muy afectivas, a las que uno se alegra de ver y eso es algo que en estos tiempos extraños y embusteros vale su precio en oro.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Que no sea un estanco. Que sea un lugar confortable en cuanto a las sensaciones que me transmite. Uno ya se mueve por instinto, como las fieras salvajes, y sabe dónde hay agua y comida. Me gustan las librerías que te ofrecen un fondo, un remanso, y que son mucho más que la cinta transportadora de las novedades editoriales.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

Recomiendo tres libros recientes y, a la vez, clásicos ya por el valor de sus páginas: Madrid, de Andrés Trapiello; La rama verde, de Eloy Sánchez Rosillo; y El infinito en un junco, de Irene Vallejo, que se publicó en 2019 y se ha convertido en un título mítico. Y recomiendo leer el próximo libro de Daniel Gascón, que quizá sea de relatos porque es un narrador enorme, y el de Julio José Ordovás, un valioso autor de Anagrama.

[Y la pregunta 10 la lanza, precisamente, la escritora Irene Vallejo, Premio ‘Las Librerías Recomiendan’ de No Ficción de 2019 por El infinito en un junco:]

“¿Qué versos, qué poeta ha sido tu bote salvavidas en el oleaje más oscuro de esta tempestad vírica?”

Dice Charles Simic que la poesía nos da pistas sobre el significado de existir. Y estoy muy de acuerdo. Durante el oleaje he leído haikus, lo cual me ha resultado llamativo. Pero también he leído la poesía de jóvenes autores a los que conviene seguir de cerca, como Rodrigo Olay, Carlos Catena o Beatriz Chivite, una autora con voz propia.