Cuestionario librero 105: Alvar Haro

El enorme estudio que tiene en su casa de Madrid el pintor Alvar Haro (París, 1964) es una habitación llena de tiempo. Es algo que suele suceder en esos sitios, donde se acumulan muestras del trabajo de años, testimonios de las diferentes “etapas” mezclados con materiales de trabajo a medio gastar, bocetos y descartes, recortes […]

Por en Entrevista

El enorme estudio que tiene en su casa de Madrid el pintor Alvar Haro (París, 1964) es una habitación llena de tiempo. Es algo que suele suceder en esos sitios, donde se acumulan muestras del trabajo de años, testimonios de las diferentes “etapas” mezclados con materiales de trabajo a medio gastar, bocetos y descartes, recortes de catálogos, belleza decorada con cercos de aguarrás. En su caso, por otro lado, mantiene respetuosamente el rincón donde trabajaba su padre, el escultor Juan Haro, de modo que las piezas de uno y los lienzos del otro conviven sin mezclarse, o al menos sin confundirse, pero dejando poco espacio para el movimiento, estrechos pasillos entre bastidores. Alvar Haro lleva años ejecutando cuadros de gran formato que responden a aquello que otro parisino-madrileño, Juan Manuel Bonet, dijo de él en un catálogo al calificarlo de “pintor figurativo, narrativo”. Ha pintado bosques misteriosamente habitados por seres yacentes, aparentemente descontextualizados, pinta laderas de montañas azules atravesadas por caminos negros, tiene una línea más colorista, casi pop, que a la vez es más intimista, de temas domésticos o eróticos… Es decir, que tras la narrativa de su pintura siempre reina lo poético. Haro, que es también el presidente del patronato de la Fundación Antonio Ródenas García-Nieto, nos recibe amablemente en su estudio y, con toda generosidad, nos va enseñando sus últimos trabajos. Y allí, sobre una de las mesas despejadas, le dejamos el “cuestionario librero”, tras haber comprobado en su salón que es un lector no sólo activo sino al día, atento a las novedades de los temas que le interesan, que son temas artísticos, temas rusos, temas universales.

[Fotografía: Alvar Haro, en su estudio de Madrid, 14 de mayo de 2021. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

No hay un libro sólo, un detonante de salida, sino una sucesión que va alimentando, sin defraudarla, la pasión de leer. Cada lectura es una renovación de esa pasión, es volver a empezar y adentrarte en mundos desconocidos. Y en eso me gusta ser justo, darles a todos la importancia que en su momento tuvieron y que siguen ocupando en mi memoria y mi gratitud. La lista es pues muy larga.

Si me pedís precisión, hay hitos que me marcaron en la adolescencia y que incluso tentaron mi vocación hacia uno u otro destino. Mi conciencia social se inicia con Germinal de Zola y Voltaire, el puro deleite de la novela con Victor Hugo, Camus, Stefan Zweig, Vol de Nuit de St. Exupéry, y en un tris de hacerme arqueólogo estuve tras leer Dioses, tumbas y sabios de C.W. Ceram…

Pero yendo más atrás todavía, los dos primeros libros que recuerdo haber leído por mí mismo fueron Platero y yo a los cinco o seis años de edad y Astérix el Galo. Quizás ahí empezó a germinar la cosa.

Hoy les doy a los cómics la importancia que durante años les negué. Me ayudaron a volar desde la soledad de mi cuarto, no fueron sólo entretenimiento, sino aprendizaje, tanto de historias como de la vida, y sobre todo de dibujo. Llegué a crear un tebeo con distintas secciones y personajes, a los nueve o diez años. Tuve la fortuna además de nacer en una generación en la que los grandes clásicos se estaban gestando, como Astérix, Tintín, Corto Maltese, Alix, Blake y Mortimer, y cada año traía un número nuevo que esperábamos con expectación, a la par que visitaba a clásicos como el Hombre Enmascarado (The phantom) y Flash Gordon, mis clásicos preferidos por su capacidad evocadora de escenarios exóticos, la selva en el caso de Phantom y el utópico de Flash. Como artista plástico reivindico el cómic y ahora más la novela gráfica, a la que me he aficionado hace poco.

Pero resumiendo, si hay algo incontestable que me ha inoculado ese veneno al que aludís, ha sido la literatura de cuentos, mi gran devoción, a la que tengo como cima de la narración.

Mi edificio se sustentó entonces sobre tres patas: todo empezó con Chéjov, gracias a los consejos de mi madre, niña de la guerra en la URSS, y Maupassant, sus Contes du lundi, Contes du jour et de la nuit o Contes de la Bécasse. Ambos inmensos. La tercera pata fue la primera edición de Cuentos de García Márquez que, como primer contacto con su escritura a mis quince años, literalmente me hipnotizó.

A partir de ahí a Turguénev, Andreiev, los Cuentos de médicos y del ring de Arthur Conan Doyle, de los Mares del Sur de London, de Conrad, Kipling y uno de los más amados, Oscar Wilde.

Años más tarde con ese sustrato vendría toda una pléyade, Gógol, Kafka, Dahl, Borges, Bioy Casares, Benedetti, Quiroga, Capote, Cheever, Munro…

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Pues no. Para mí, por muy vivos que sean no dejan de ser símbolos, imágenes o espejos. Más me tiran determinadas vivencias de personajes reales, puestos a elegir grandes viajeros tipo Plinio (sin asfixia final, por favor) o Marco Polo o Humboldt. Hay historias fascinantes como la de Jeanne Baret, que se disfrazó de hombre para poder navegar en la expedición de Bougainville, y la de Hester Stanhope, una victoriana que lo deja todo para pasarse la vida viajando con mil aventuras y eligiendo morir, sola y sin un centavo, frente a las ruinas de Palmira. Son vidas con un punto de épica que rompe sus rutinas y al que nos agarramos los demás para significarles y soñar. Quizás sólo a eso se pueda aspirar, a una épica personal o imaginada que aporte pimienta a la existencia. Hay épica en determinados actos anónimos, en pequeños gestos cotidianos, en muchos sueños. No hace falta ser un personaje de leyenda, que también tendrá sus miserias y su lado sombrío. Todos estamos fabricados con un material perecedero y la conciencia de ello le quita muchas ínfulas al ego.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

La elección de la siguiente lectura se inscribe en una cadena. Una lectura me lleva a otra.

En cuanto a la segunda pregunta, tiene un peso relativo. Recibo newsletter de varias librerías pero procuro blindarme a la tentación. Me influye más la recomendación de alguien cercano y sobre todo, insisto, lo que emana de lecturas anteriores. O querer profundizar sobre un tema concreto, por gusto o trabajo, como hice con Trieste para un proyecto pictórico.

Tengo que reconocer que me llaman mucho la atención las ediciones y los diseños de las portadas. Deformación profesional. Y es que cada vez se edita mejor.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Infinitas. Creo que empiezo a asumir que nunca llegaré y sufrir menos por ello.

Si necesitáis un título, pon por ejemplo El Paraíso perdido de Milton en su edición bilingüe de Abada. Es lo que se me ocurre ahora. Lo dejo caer por aquí por si alguien se anima en mi cumpleaños. Y valentía para leer a Perec en francés.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

En Francia e Inglaterra se editan interesantes libros de correspondencias de artistas como las que mantuvo Miró con su galerista Pierre Matisse o conversaciones con Boltanski y muchas otras que no creo que estén traducidas aquí.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

La acumulación es un problema, en efecto, de espacio y de orden familiar. Ya no quiero construirme más estanterías, que a menudo fabrico yo mismo, pero peco y sigo comprando. Me cuesta desprenderme de ellos, de hecho no lo hago. Ya no subrayo ni doblo las esquinas de las páginas. Los cuido mucho. Los abro con mimo. Huelo la tinta. Son objetos bellos que me han ayudado. Incluso alimentado la pasión de pintar. Se retroalimentan. A quien te ayuda no lo tiras por la ventana.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Discreto. Que sea invisible hasta que lo reclame. Entonces que sepa escuchar y meterse en tu piel, que te oriente de verdad desde la erudición y el respeto y que arrope tu mente como una conversación alrededor  de una mesa camilla. Buscas un confidente, no un vendedor.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

La selección y disposición en las mesas es muy importante. El ambiente también. Y el talante del librero. Me gustan las librerías familiares que te arropan, no las grandes superficies, de las que procuro huir. Me mojo: Enclave de libros, Polifemo, Rafael Alberti, Panta Rhei… Son algunos libreros que aman lo que hacen y eso se nota. Y su lucha es admirable.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios) y un libro reciente.

Un clásico: siempre la Divina Comedia de Dante, traducción de Ángel Crespo que es la que yo manejo, fuente inagotable de imágenes, belleza, lecciones de vida. Mi preferido, el Infierno. Cualquier Shakespeare, en particular el Rey Lear o Macbeth. Inagotables. Como Calderón. De la literatura clásica del sigo XX, por ejemplo el Tirano Banderas o, por la multiplicidad de lecturas y registros en los que se mueve La invención de Morel, de Bioy Casares. Tiene tanto que me atrevería a decir que casi lo tiene todo, pero supongo que es debilidad personal.

Reciente: Yo fui mi mejor cliente, Heinz Berggruen, editorial Elba.. Podría escoger cualquier otro título del atractivo catálogo de una editorial que lo hace muy bien. Escojo este de las memorias del reconocido marchante de arte porque toca un asunto, una época y unos artistas de los que siempre apetece saber más. Así se unen placer y aprendizaje. Valoro cada vez más el buen ensayo.

En curso, varios, cito dos, con las reservas debidas con una lectura inacabada: La montaña y el arte, de Eduardo Martínez de Pisón, de una editorial cuyo empeño valoro mucho, Fórcola, que va ampliando su colección de arte con ensayos de Maurizio Serra, Fernando Castro Flórez o Antón Patiño, por ejemplo, y  Fiebre Alta, las entretenidas memorias del actor y director Eusebio Lázaro en Editorial Sitara.