Más libros de la semana de Literatura

“La historia de la nostalgia” de Natàlia Romaní

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La historia de la nostalgia

La historia de la nostalgia

Romaní, Natàlia

ISBN

978-84-18059-68-1

Editorial

Catedral

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Una ficción magistral construida de forma precisa y fluida.

Partiendo de un triángulo amoroso que surge en el seno de una prestigiosa universidad americana, la autora teje un entramado sutil de relatos que cruzan nuestra historia reciente, desde el drama vivido por las poblaciones de la Europa central en el siglo XX hasta el shock del 11S.

Con un lenguaje económico y literario a partes iguales, enriquecido por reflexiones filosóficas cultas y profundas, Romaní perfila un puñado de personajes peculiares y atractivos que enseguida atrapan la atención. La lectura se vuelve elástica, siguiendo las curvas de una narración rica, que ahonda en la personalidad de cada uno de los actores y en cada una de sus historias, todas únicas y apasionantes, hasta converger delicadamente en un final casi natural.

La protagonista central es Sarah Greenfield, estudiante de literatura en la universidad de Pembroke, en Estados Unidos. La joven entra en un grupo de estudio selecto dirigido por el profesor Gardner, para el que decide realizar un trabajo sobre Ludovico Settembrini, un personaje que aparece en La montaña mágica y que siempre le ha intrigado. Huérfana de padres, fue criada por su tía Emilia, psicoanalista de renombre. Se refugió en los libros desde pequeña: “había confiado en la literatura para sobrevivir”. Animada por su profesor y amante David Goldman, llega a Trieste para conocer al escritor italiano Claudio Magris, que supuestamente la ayudará en su investigación. Junto a él emprenderá un fascinante viaje en coche a través de lugares emblemáticos de la antigua Yugoslavia, llegando al corazón de una Europa herida, entre restos de dolor y memoria.

Mientras, en otro plano de la novela, Emilia Sobesky, tía de Sarah, elabora un plan un tanto enrevesado para que Laura, esposa de David, se reconcilie con su madre, internada en una residencia. Cree que sólo así la mujer comprenderá la inutilidad de un matrimonio que ya no hace feliz a nadie. Alrededor de esta trama irán moviéndose, como en un fascinante  caleidoscopio, todos los demás personajes, tanto que Natalia Romaní, la propia autora, se hace un hueco en la novela como un personaje más.

Chiara Delle Donne, Librería Diógenes (Alcalá de Henares, Madrid)

“Buena mar” de Antonio Lucas

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Buena mar

Buena mar

Lucas, Antonio

ISBN

978-84-204-6071-0

Editorial

ALFAGUARA

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El mar es un liante, como bien sabemos los lectores, que también acabamos engatusados por cualquier libro que huela mínimamente a ballena. La atracción del mar es explicable: la inmensidad, el vacío, la profundidad, el misterio, lo primordial, nuestro origen remoto, la ausencia de sentido o al revés, el sentido en estado puro, la desnudez del sentido, el sentido sin distracciones, sin obstáculos para la mirada… y todo eso vale también para el océano literario. Lo dice Antonio Lucas en esta, su primera novela, al hablar del “desasosiego de contemplar un horizonte donde los ojos no tropiezan con nada”.

“Todo lo que importa / se explica por sí mismo”, decía Lucas en unos versos de su último libro de poemas, Los desnudos, y también que “el mar o el amor no son palabras”. Quiso decir, supongo, que hay cosas que trascienden cualquier explicación o cualquier nombre que se les quiera dar: también suceden a veces dentro de nosotros cosas que no sabemos razonar, pero que tienen, adivinamos, una capacidad destructiva tremenda, una potencia terrible que puede llevarse todo por delante. No sabemos exactamente cuál fue el impulso qué sintió el autor cuando hace dos años, en junio de 2019, decidió embarcarse en un pesquero para cumplir su vieja fantasía de ver cómo se vive a bordo en medio de los temporales que agitan los caladeros de pescado en el Atlántico Norte. Cuando en su día nos lo comunicó a los amigos lo hizo con discreción, sólo por avisar de ese silencio de media distancia que llegaba: rescato ahora de las bodegas de mi ordenador aquel mensaje (“Estaré fuera las dos próximas semanas porque me enrolo en un arrastrero gallego para vivir la aventura del Gran Sol y hacer una serie de reportajes, quién sabe si un libro”…) y releo las crónicas que, en efecto, publicó en su día en El Mundo, y siento que el secreto sigue ahí, un tanto sumergido. Ha tenido que ser una novela lo que mejor ayude a comprenderlo (lo cual no quiere decir que demos por cierto o por exacto lo que allí se cuenta, como bien avisa Lucas en su nota final, sólo que constatamos una vez más que únicamente a través de la ficción se araña la verdad latente, la que al cabo más cuenta).

Mauro, el protagonista de Buena mar, ya sabe que el lío en el que se está metiendo no va a ser precisamente un paseo en góndola, sino más bien un tutuki splash de dos o tres semanas consecutivas, con mal cuerpo garantizado, mareo seguro y peligro cierto. Habrá algunos momentos de paz (“el mar parece recién inaugurado”) y habrá temporales (“Mirar el mar aviva la idea de lanzarse”), habrá contemplación (mecida por versos emboscados de Juan Ramón Jiménez, el 27 o José Hierro…) y habrá riesgo (“En el mar las prisas sólo valen para llegar antes al fondo”), hay ratos de calma (“es difícil describir la insoportable indiferencia del mar”) y ratos sublimes (“Sólo el océano está seguro de sí mismo”), y hay también algo casi explícitamente melvilliano en su comienzo: las primeras páginas, como en Moby Dick, son para las últimas horas antes de hacerse a la mar (“hacerse a la mar”: qué gran expresión), para los últimos paseos estables, para la última noche en tierra, y aunque aquí no hay extraños hombres tatuados como compañeros de cama, el protagonista sí se acuesta en compañía de preocupaciones, de agobios, de tristezas que no tienen que ver con lo que le espera en alta mar sino con lo que deja atrás en Madrid.

La novela es breve y, aunque no se llega a Gran Sol hasta la página 58, los acontecimientos van rápido, de modo que no diremos más, sólo celebrar lo que el poeta y periodista Antonio Lucas ha conseguido hacer con su peripecia real, cómo ha convertido en narrativa lo que podría haber quedado en testimonio. Ese libro soñado le ha salido muy bien. Llamadle Mauro.

Juan Marqués, ‘Las Librerías Recomiendan

“Memoria del frío” de Miguel Martínez del Arco

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Memoria del frío

Memoria del frío

Martínez del Arco, Miguel

ISBN

978-84-16537-87-7

Editorial

HOJA DE LATA EDITORIAL

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En Memoria del frío encontramos el relato de las mujeres “perdidas”, de las “rojas” encarceladas en las prisiones franquistas, de modo que Miguel Martínez del Arco contribuye a recuperar la memoria colectiva en este tiempo en el que la derecha lucha por tergiversar la Historia.

Manuela del Arco, protagonista de la novela, y sus compañeras de militancia y cárcel dan voz a la resistencia y la represión de las mujeres, relato invisibilizado durante décadas por la dominación patriarcal. Torturas. Humillaciones. Violaciones. Deshumanización. 5463 cartas. Palabras. Censura. “Reconstruir. Rehacer. Revivir”. La historia contada, vivida y recordada en un ejemplo de diálogo intergeneracional con el que Miguel Martínez del Arco, a través de la experiencia de su madre, hace presente el pasado.

Carolina Hernáiz, La Vorágine (Santander)

“El ritmo perdido” de Santiago Auserón

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El ritmo perdido

El ritmo perdido

Auserón, Santiago

ISBN

978-84-339-6457-1

Editorial

Editorial Anagrama

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No es habitual encontrar al comienzo de un libro sobre música una cita de Aristóteles. El propio autor lo reconoce. Pero si desvelamos que ese autor es Santiago Auserón, quizá la cosa no resulte tan extraña. Ante nosotros se abre un libro denso pero amable, repleto de citas (se agradecería una bibliografía como apéndice y, desde luego, un índice onomástico, que complementaría un trabajo tan exhaustivo y facilitaría la consulta posterior) y de comentarios personales, reflexiones y juicios críticos que lo sitúan en ocasiones a medio camino entre el ensayo divulgativo y el relato personal. Ofrece varios niveles de lectura, por lo que las explicaciones más técnicas que en ciertos momentos aparecen no entorpecen demasiado el relato para el lector no entrenado en tecnicismos musicales.

El inicio del libro es una suerte de semblanza autobiográfica del propio Auserón aunque, en sus propios términos, cabría llamarla más una alterbiografía, en la que la vida de los otros ayuda a explicar la propia. En ella, descubrimos sus tempranas influencias musicales en una familia aficionada a la música, su infancia en Zaragoza, su adolescencia andaluza y el ambiente musical de la España de la época. Sus vivencias musicales y su capacidad de reflexión le llevan a afirmar que, sin los grupos de rock españoles de los sesenta, que acercaron los patrones de la rítmica internacional a la métrica del verso español, nada de los fenómenos musicales posteriores (el “rollo”, la “movida”, el nuevo flamenco, el indie o el hip-hop españoles) habrían sido posibles. Esas nuevas músicas importadas hicieron que la jota, el bolero o el fandango de Huelva perdieran su carácter hegemónico. No desaparecerían, pero estarían obligados a convivir: “fuimos la primera generación apátrida en España, desde el punto de vista de las raíces musicales”.

Hay en el autor una pulsión por el conocimiento y la reflexión que le lleva a profundizar en aspectos que para otros serían totalmente laterales y accesorios. Sin embargo, son los que le dan a El ritmo perdido el carácter que lo distingue de lo que sería el proverbial libro de ensayo musical -o musicológico-. Santiago Auserón se vale de la filología y la sociología en su análisis. Nos muestra su interés por las etimologías (impagable la exposición del origen del término “rumba” en el capítulo 5, por ejemplo) y la antropología que, como es lógico, se encuentra dentro de su ámbito de interés: sin ir más lejos, en el capítulo titulado “El gato encerrado” encontramos una digresión sobre los animales totémicos, su uso en el mundo musical y el sentido de haber adoptado él mismo al humilde perro como símbolo, deshaciendo alegremente “todo el camino de la cultura, desde el icono del pop hasta más allá del tótem primitivo”. Todo este aparato sirve para apoyar la tesis principal del libro: la influencia africana en la tradición española es mucho más antigua y basal de lo que se ha querido admitir, y su olvido tiene un sentido político, que se enmarca en una homogeneización cultural ficticia y forzosa.

Para adentrarse en la indagación que sustenta esta tesis hizo falta una inquietud y una revelación. La inquietud partía de antiguo: ya Radio Futura, en sus palabras, era un intento afterpunk periférico -para Auserón, el punk es la fase final en la que acaba la pequeña e intensa historia del rock- en lengua romance; pero en los tiempos en los que se grabó De un país en llamas, el diálogo entre los temas que incluían imágenes de esa vieja España que la modernidad y la integración en Europa iba desplazando hacia el olvido y las métricas importadas del mundo anglosajón, no resultaba fluido. Algo de la tradición de la métrica hispana había quedado fuera de la música urbana española.

La revelación llegó en las giras y viajes a Cuba: allí se conservaban aquellos viejos versos y estrofas del Siglo de Oro, un habla de “acentos familiares pero con rasgos de máscara africana”. Y como el autor dice, “cuando se perdió Cuba, resulta que al final se salvó algo de España”.

A partir de ahí, Auserón nos conduce por un fascinante viaje, que parte de la música árabe y su influencia en España (como el misterioso ritmo majurí y su relación con la habanera), la evolución del zéjel, el carácter mestizo de la lírica popular en castellano y la idiosincrasia morisca y la presencia negra en Granada. Y surgen las dudas: ¿es del todo descabellado pensar que ya en las Cantigas había influencia de la tradición popular hispana, con lo que eso podría suponer? ¿Realmente la presencia de figuras negras en los trabajos de los miniaturistas del Rey Sabio representaba a “moros” para distinguirlos mejor?

Más adelante, en el medio social de la España del siglo XVI y XVII, en el que la nobleza se relacionaba con los ambientes de germanías y que el modelo de comportamiento de aquella -desprecio del trabajo manual, soberbia y desprecio por la cultura- sirvió de referente para las clases bajas, ¿cómo no asumir el flujo inverso, de abajo arriba, del gusto por la música sincopada y el baile insinuante? Aquí aparecen los campos semánticos de la “jácara” y el “rumbo”, y se da esa influencia africana directa en los ritmos europeos (véase la zarabanda), convenientemente acallada y silenciada posteriormente. El autor nos conduce por el Siglo de Oro, con compañeros de viaje tan ilustres como Vicente Espinel, Lope de Vega, Góngora, Quevedo o Cervantes, en el que vemos aparecer, no sólo las menciones a esas lúbricas jácaras y zarabandas, sino a esclavos negros que adquieren protagonismo y que muestran la cotidianeidad de la presencia negra, y en concreto, su influencia musical en la sociedad de la época.

Llegados a este punto del libro, ya tenemos claro que en la sociedad española lo africano no resultaba ajeno, y se acompañaba además de una serie de connotaciones especialmente centradas en su aspecto musical. Entonces, ¿qué ocurrió? ¿Por qué ese legado ha permanecido, pero su origen ha sido borrado de la memoria colectiva? Y aquí entra el análisis de los intentos de homogeneizar lo diverso, de unificar lo múltiple que los defensores del sueño imperial han tratado de imponer en nuestra tierra. Y para ello, nada mejor que un protagonista secundario que aparece en el siglo XV en la Península Ibérica, al que se ha caracterizado siempre por sus dotes musicales y ha sido el foco de sospechas y habladurías: el pueblo gitano. De hecho, cuando se produce la Gran Redada de 1749, los gitanos y los negros libertos conviven en los barrios pobres e incluso contraen matrimonio entre ellos (nos recuerda Auserón la famosa chacona de Arañés, de comienzos del siglo XVII, en la que aparece un canto “entre un negro y una gitana”). Los delirios unificadores fracasaron con los gitanos, pero la población negra, en descenso en el siglo XVII, disminuyó drásticamente en el XVIII, ya que el tráfico de esclavos se derivó a las colonias y, poco a poco, el mestizaje fue diluyendo su presencia en España. El desastroso final del siglo XIX y la visión nacionalista del folclore que se impuso en el XX acabó por borrar la memoria de esa influencia. Esos ritmos volverán a partir de la segunda mitad del siglo XX, pero ya como extranjeros. Y tardarán “otro medio siglo en despertar resonancias en la memoria.”

César Altable, El Argonauta, la librería de la música (Madrid)

“Toma de tierra” de Bruno Galindo

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Toma de tierra

Toma de tierra

Galindo, Bruno

ISBN

978-84-17678-72-2

Editorial

LIBROS DEL K.O

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Hace unas semanas, cuando publicamos el “cuestionario librero” de Bruno Galindo, ya avisamos de que su Toma de tierra podría convertirse, cuando toque hacer balance, en uno de los mejores ensayos españoles de este año, pero queremos insistir, con algo más de espacio, porque estamos realmente ante un libro magistral, muy bien pensado, muy bien escrito, muy logrado. Sucede con él lo que con muchos libros escritos desde la pasión, desde la vocación: por mucho que hablen de temas ajenos, no hay nada más contagioso que el entusiasmo, y cuando te explican algo con tanta implicación, con tanta vinculación, con tanto amor… es difícil no sentir complicidad. Como además aquí se habla de música, que es un poco el idioma universal, lo que he sentido leyendo Toma de tierra es, simplemente, casi arrepentimiento por no haberme dedicado a la crítica de música, cuando lo cierto es que a los doce o trece años, cuando se deciden los destinos, no había nada en el mundo más importante para mí que ella, condicionado por REM, por Counting Crows, por el Calamaro de Honestidad brutal

Y eso, que me parece uno de los mejores elogios que se puede hacer de un libro (no basta con leerlo, querría haberlo vivido), es así a pesar de la desolación que produce el retrato de la situación actual de la industria musical (y, por añadidura, de sus pensadores y comentaristas). El libro, que, en otro gran acierto, desordena la cronología y va a saltos por el tiempo, traza sin embargo una panorámica magnífica de lo que ha sucedido en torno a la música en los últimos treinta y cinco años, y no sólo en España. Bruno Galindo, bonaerense de nacimiento pero en España desde muy joven, llegó a casi especializarse en la música más internacionalmente exitosa, en unos años en los que ese sintagma todavía significaba música de calidad: estamos hablando de U2 y no de Coldplay (Chris Martin es un exagerado “quiero y no puedo” ser Bono), de Björk y no de Jennifer López, de David Bowie y no de Justin Bieber, de los Red Hot Chili Peppers y no de esos italianos estrafalarios que ganaron Eurovisión. También sucede en España: hemos pasado de Christina Rosenvinge a Zahara, de Radio Futura a Vetusta Morla, de Enrique Morente a Soleá Morente… Él lo dice con más gracia: “Los Planetas son legendarios; Estopa no”. Y es que es difícil dejar de observar que algo se ha perdido, y da que pensar el hecho de que ese “cambio de canon”, esa relajación en la exigencia de talento verdadero, haya coincidido milimétricamente con el desplome del negocio: en cuanto llegaron los problemas económicos provocados por internet y la piratería, las productoras bajaron vertiginosamente el listón de calidad para intentar sobrevivir: no es un suceso que hable muy bien de nosotros. “Buscamos una épica dentro de una época que no la tiene”, dice Galindo. Parafraseando al clásico, “¿en qué momento se jodió la música?”.

Esas opiniones son mías, pero las de Galindo me parecen, en ese sentido, sencillamente consoladoras: es, sin más, que tiene buen gusto, tanto en las filias (“Luego vemos el concierto [de REM] desde nuestras butacas. Michael Stipe me impresiona de por vida. No he visto una figura más magnética sobre un escenario”) como en las fobias (Lenny Kravitz es “el tipo menos interesante y con menos que contar del rock mundial”). Una vez le dijo Charly García una cosa muy atinada: “la música que más te va a gustar en tu vida es la que escuchaste en tu juventud”, y eso es tal vez lo que me hace pensar así. Galindo tiene sus propias comprobaciones (“Operación Triunfo no sólo va a cambiar el paradigma estético del pop: sobrevivirá al gremio periodístico”) y razona su perspectiva, incomparablemente mejor informada, de un modo muy superior: “Todo estilo musical que aparece hoy será ridículo mañana. Dentro de un par de años nadie escuchará lo que se está haciendo ahora: da igual cuándo leas esto. Espérate a escuchar el trap dentro de unas temporadas: esas voces apitufadas darán la misma vergüenza que las baterías electrónicas de los 80. Desaparecen las músicas porque desaparecen los mundos en que las escuchamos. ¿Y qué pasa cuando acaba una música? Absolutamente nada. Por lo demás, puedes tener la seguridad de que será rescatada más adelante; normalmente en un ciclo de veinte años, que es lo que tardamos en querer volver a sentir algo que nos importó. Es el ciclo emocional del auge y del olvido. Nada desaparece eternamente”.

Ese párrafo puede servir para dar el tono de lo que Toma de tierra tiene de reflexión. Pero aparte está su experiencia, sus viajes, sus entrevistas, su trabajo de promotor, sus propios conciertos con Le Voyeur. El libro tiene algo de autobiografía fragmentaria, unas memorias hechas casi exclusivamente de retales relacionados con la música. Dado que ésta ha sido lo más importante de su vida, es una buena forma de ir al grano: prescindamos de casi todo lo demás, y vayamos al corazón de nuestro corazón, hablemos de lo que más nos enciende, y hablemos además con hondura, con poesía (“Existe la idea de que dejas de escuchar música cuando te haces mayor. Yo creo que son los problemas los que te alejan de la música. No es menos cierto que en esas mismas situaciones la música te saca adelante”).

Son cientos los músicos que desfilan por estas páginas, tantos que hacen que el defecto principal del libro sea que carezca de un índice onomástico. Y Galindo tiene además un consejo buenísimo para aspirantes a periodistas: “Nunca esperes a que te llamen para darte trabajo: ve tú con algo”. Y ve otro mal síntoma en “el uso de los teléfonos móviles como nuevos mecheros” en los conciertos: totalmente de acuerdo, pero pasado el tiempo es necesario reconocer que aquello de sacar los mecheros en las canciones melancólicas era una fenomenal horterada…

Estaríamos, en fin, muchas horas comentando Toma de tierra, las mismas horas que os recomendamos que invirtáis en recorrerlo. Cualquier lector remotamente interesado en la música encontrará en este testimonio muchísimas cosas de su interés. Es un libro que apela a la curiosidad (el motor más importante de la vida), a la pasión, a la búsqueda de belleza y trascendencia, no sólo en forma de melodías sino de viajes, de experiencias, de literatura (hay un encuentro con Fogwill que más bien quita las ganas de leerlo, una visita a la casa parisina de Arrabal…).

Toma de tierra, en fin, es un verdadero banquete, con un menú agridulce: años de juventud, boyantes y frenéticos, y años de madurez, desteñidos y decadentes, no por lo personal sino por el panorama presente. Hay que mudarse a un barrio más barato, hay que vender la colección de discos… pero la lección final, acaso inconsciente, es formidable: no hay ni un solo momento de arrepentimiento en el libro, en ningún momento se reniega de las decisiones profesionales tomadas, nunca maldice a la música por haberse degradado y haber dificultado su futuro, este hoy. Al contrario: Toma de tierra es un libro de amor, de reivindicación, de fe en la buena música. Y es por ello un libro poderoso, lleno de talento, vida y verdad, un libro que se lee con adicción.

Juan Marqués, ‘Las Librerías Recomiendan

 

 

 

 

 

“Abre los ojos” de Pepa Blanes

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ABRE LOS OJOS

ABRE LOS OJOS

BLANES,PEPA

ISBN

978-84-947897-5-5

Editorial

FUERA DE RUTA EDITORIAL

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RESEÑA DE ABRE LOS OJOS, de PEPA BLANES

Escrita por

Carmen Juan y Sara J. Trigueros, de la Librería 80 Mundos (Alicante)

 

  1. INT. NOCHE. ESCALERAS TRANVÍA SUBTERRÁNEO.

Las libreras han salido de la librería con la última publicación de Fuera de Ruta en la mano. Ojean la publicación mientras las escaleras mecánicas bajan. Leen las notas biográficas. A Pepa Blanes la conocen de sobra. A las ilustradoras también, pero aun así pasan las páginas para comprobar que, incluso fuera —todavía— de contexto, merecen la pena. No se describen. Da igual, porque vais a terminar comprando el libro.

La combinación entre Pepa Blanes y Fuera de Ruta prometía y cumple. Abre los ojos se sale del formato físico habitual de los libros publicados por esta editorial valenciana, aunque no tanto de los libros sobre cine. Edición en tapa dura con diez ilustraciones, una por capítulo, realizadas por cinco artistas visuales cuyo reconocimiento es incuestionable. También se sale, en cierta manera, de lo que estamos acostumbradas a leer en ese pequeño pero cuidadísimo catálogo del que ya forman parte Fernando Peinado, Johannes Bröckers, Alberto Vizcaíno, Rodolphe Christin y Noam Chomsky, que por cierto aparece citado en numerosas ocasiones en el presente ensayo.

 

TÍTULO: TODO ES UN PROBLEMA DE CLASE

  1. EXT. NOCHE. SUBURBIOS DE UNA CIUDAD CUALQUIERA.

Las libreras llegan al destino. Cine de verano. De barrio. En él hay reunido un grupo heterogéneo: personas de diversas edades, razas, clases y preferencias afectivas. El espacio está completo, pero una mujer las reconoce.

MUJER

Pasad, aquí cabemos todas.

Aunque no todo fuera un problema de clase, que lo es, desde luego se puede —y se debe— abordar, para Pepa Blanes, desde un punto de vista interseccional. Si bien la mayoría de los capítulos aparece la clase trabajadora, a las problemáticas inherentes a la misma le va sumando distintas marginalidades. Y lo hace desde la autocrítica, poniendo en el punto de mira, v. gr., tanto el empoderamiento como las limitaciones de la clase obrera desde el comienzo, en el capítulo titulado «De la choni a la madre sin futuro». ¿Es, pues, lo que consideramos el éxito tal cosa o se trata, más bien, de la repetición de las mismas estructuras que se vienen criticando desde hace décadas? Aplíquese esta pregunta a cuestiones de género. O de raza. Para cuando terminen con esto, si les gustó, piensen, o anoten como lectura recomendada, Hombres (blancos) cabreados (Barlin Libros, 2019).

No obstante, aunque esté siempre presente, el discurso no se agota ahí. Si «Hollywood le dice a la gente cuál es la reacción que hay que tener ante un cuerpo trans», como apunta en «La representación trans en el cine», será, pues, crucial, si no vital, reflexionar sobre la proyección negativa del colectivo cuando no hay ningún otro referente. En el capítulo mencionado, se hace un revisionado del cine de los últimos treinta años, quizá porque es en ésos donde es más fácil encontrar películas en las que estos referentes no sean abucheables, dignos de lástima o terminen bajo tierra. No en vano, la autora cierra afirmando que «una vida no precaria también es posible entre las personas trans».

Que el cine pertenece a Occidente queda muy claro en «Así aprendimos la importancia de las estatuas» y «Orientalismo en el cine», centrados en la percepción del otro: la autopercepción en el primer caso, en tanto que individuos incapaces de acceder a los espacios de poder, y la percepción que nosotros realizamos de ellos en el segundo capítulo, como refleja la archiconocida y lacrimógena Slumdog Millionaire. La inoculación en las masas de la idea de quién es el enemigo se retrata de forma magistral en «De El Rey León a James Bond», la saga basada en los libros de este agente secreto que, a su vez, se centra en la dicotomía bien/mal articulada como un nosotros/ellos (o, mejor, nosotros versus ellos). James Bond podría resumir la política internacional de occidente de al menos el último medio siglo, pero también dialoga bien con «El cine que le gustaría a Marx». Aquí encontramos un ellos, pero no un nosotros, por lo que a través de filmes como Parásitos asistimos a la atomización de una clase obrera que nunca ha dejado de estar presente.

Para cerrar de forma circular, diremos que también hay interseccionalidad en «La sonoridad en Tomates verdes fritos», que por cierto tiene una de las frases más brillantes del libro: «el debate académico se soluciona con decisiones pragmáticas».

 

TÍTULO: SESIÓN GOLFA

  1. EXT. MADRUGADA. BARRIO OBRERO.

Acaba la película. Las libreras regresan a casa caminando. No hay peligro. O, si lo hay, lo conocen, y eso hace que se sientan más seguras.

En 2021 la sesión golfa forma parte del imaginario, que no de la realidad. Sin embargo, lo que Pepa Blanes nos propone en este ensayo es que abramos los ojos y consumamos el producto audiovisual leyéndolo —como es— un espejo de lo real. Revisen, pues, la generosa filmografía que aparece al final del volumen, pero con atención total.

Y una cosa más. El debate académico se soluciona con decisiones pragmáticas. No dejen de repetírselo.

 

CRÉDITOS

El trabajo bien hecho debe estar reconocido.

 

Prólogo, epílogo e ilustraciones:

María Guerra

Paula Ortiz

Cristina Jiménez

Elisa Ancori

Sara Bellés

Laura Rico

Ilu Ros

 

Equipo técnico (Diseño de cubierta, asesoramiento lingüístico y maquetación):

Modesto Granados

Carmen Pardo

Laura Rico

 

Edición:

Fuera de Ruta

 

Esta reseña:

Carmen Juan y Sara J. Trigueros, Librería 80 Mundos (Alicante)

 

 

“Los montes antiguos” de Enrique Andrés Ruiz

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Los montes antiguos

Los montes antiguos

Andrés Ruiz, Enrique

ISBN

978-84-18838-07-1

Editorial

Periférica

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No sabría decir si este libro es una novela o un ensayo o una memoria o un largo poema en prosa. Será un poco de todo, lo más seguro, pero no es eso de lo que nos apetece hablar. Lo que salta a la vista, desde muy al principio, es que está atravesado por una especie de seriedad, no sabría cómo decirlo, no me refiero a una falta de sentido del humor, que lo tiene (poco, pero lo tiene) sino a una total y contundente ausencia de frivolidad, que hace que las vidas difíciles de verdad de las gentes, mujeres y hombres, en su mayor parte sencillas, humildes, que aquí se cuentan despierten en nosotros un profundo respeto. Es esto, las vidas de estas gentes y la manera de contárnoslas, de escribirlas, lo que sostiene y lo que da sentido a Los montes antiguos.

El narrador, un trasunto del propio escritor, suponemos, recibe de parte de Ramón -amigo de su padre, hombre severo y sabio a su manera, y uno de los personajes centrales del relato-, en su mismo lecho de muerte, el encargo de contar la historia de aquel rincón de Soria: “Ponle voz a todo eso que se ha quedado mudo, reseco. Yo te doy las palabras; tú tienes que poner la voz”. Y con este ruego, que más bien parece instituir un destino, lo que construye Enrique Andrés Ruiz es una auténtica Historia Universal de Valonsadero, un monte cerca de Soria capital, y de las gentes que allí vivieron, padecieron y, como exige la naturaleza (o cuando se cruza, amarga, la historia), finalmente murieron. Y lo hace, además, con una escritura propia, atenta a cada rincón del paisaje, a cada silencio de sus habitantes, siempre delicada, siempre firme también, con un oído muy fino para el habla de la tierra, de la que parece nacer directamente, como un árbol, tan rica en expresiones y palabras ya perdidas, con un aliento poético sostenido (no en vano el autor tiene varios poemarios en Pre-Textos): “De las palabras queda un roce en el aire, la piel de la voz. Se pierde al escribirlas.”

Y son tantos los temas que aquí se tratan, fiel reflejo de una época más compleja de lo que pensamos (a menudo se abusa de simplificar el pasado, haciendo, de paso, un flaco favor al presente), que constituyen un mundo en sí mismo, un mundo que ya no existiría de no ser porque el autor asume con lealtad la tarea de transmitirlo, de invocarlo: las cosechas, los animales, las fincas (Las Cobatillas o La Ginastera, auténticos paraísos perdidos), el paso del tiempo, los exilios interiores, la memoria familiar, el viejo comercio, las fiestas, como la Saca por San Juan (los caballistas y sus “camisas blancas, pegadas al torso, henchidas de aire en los costados, como jarcias abombadas”), la Guerra Civil, el poder y la piedad, los atavismos y la locura, el olvido y la muerte siempre en primer plano, y la libertad, sí, una libertad distinta y antigua. Una libertad como la que demuestra Ramón, al final de su vida, acatando ese momento con una mezcla de aceptación, madurez y despojamiento, con estas palabras: “Mira, yo a mis años… me doy por terminado”. ¿O es que existe una libertad más seria y más emocionante que ésta?

Daniel Rosino, Librería Walden (Pamplona)

“Lo de dentro fuera” de Mariano Peyrou

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Lo de dentro fuera

Lo de dentro fuera

Peyrou, Mariano

ISBN

978-84-18342-48-6

Editorial

Editorial Sexto Piso

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“¿Quién quiere leer un libro normal?”, se preguntaba en 2019 un personaje de esa novela maravillosa que es Los nombres de las cosas, una de las mejores novelas en español de un año donde uno de los mejores nuevos libros de poemas en nuestro idioma fue Posibilidades en la sombra, del mismo autor. Aquellos dos libros geniales dialogaban de algún modo extraño, y es verdad que no eran “normales”, pero eso es porque los libros de Mariano Peyrou confían en el lector, se salen a conciencia de lo trillado y se animan a ser “arriesgados” o “poco convencionales” o, mejor, a fundar en sí mismos nuevos sistemas de sentidos que encuentran enseguida una buena complicidad en los lectores atentos. No hace falta un gran esfuerzo intelectual: hace falta dejarse llevar, entonarse, comprender que al entrar en cada libro no debemos relajarnos, dando por supuesto que estamos entrando a algo ya conocido, con presupuestos universales… sino que tal vez estamos abriendo una puerta a reflexiones que, sin salirse en absoluto de la “realidad”, juegan con ella, la reordenan, extraen de ella significados originalísimos y estimulantes, y a menudo muy divertidos.

También hay que entrar con ese espíritu en Lo de dentro fuera, la nueva novela de Peyrou, donde hay veinte páginas iniciales de pura familiarización con su nueva propuesta: enseguida, sin embargo, situamos a los personajes del asunto (fundamentalmente tres: la narradora, “el tipo” y Sergio), nos acostumbramos a las digresiones (estupendas) sobre la historia de la Iglesia y sus encíclicas, adivinamos quién habla y dónde y cuándo en cada momento, interrumpiéndose a veces el discurso de “el tipo” por la desconfiada reacción que ese mismo discurso tiene en Sergio cuando la protagonista se lo cuenta, y viajando por la memoria personal de ella con constantes flash-backs y alusiones a episodios o fantasías de la infancia o de la juventud, en un tratamiento del tiempo que, para entendernos, recuerda al que asumió Juan Bonilla en Totalidad sexual del cosmos, pero esta vez no es cronológico sino que va dando brincos retrospectivos por el calendario personal y privado de la narradora, tanto el exterior, el que compartió con todos, como el íntimo, el único.

La novela empieza muy alto, y sin embargo va de menos a más: cada vez va a mejor, cada vez atrapa con más fuerza y se va afinando en sus intenciones, sus aciertos, su capacidad de encandilar. “Mi lengua materna es el silencio”, afirma la protagonista, actriz de teatro, que, a pesar de haber sufrido en el pasado una agresión por parte de un novio, considera que “la mayor violencia del mundo es sentir que nadie nunca va a poder entenderte”. El esfuerzo que hace el triángulo de personajes para entenderse mutuamente es tan profundo como creativo, y da pie a reflexiones parciales que flirtean con el absurdo pero que siempre llegan a tierra firme, a conclusiones que tal vez no sean “certeras” pero que sí son exactas y locuaces en el idioma particular que cada uno ha ido creando. “Cuantas más cosas se entienden / menos se entiende el mundo”, se leía en Posibilidades en la sombra, y aquí asistimos también a una pequeña batalla entre la realidad objetiva y la sensibilidad íntima de cada cual, una pugna sin consecuencias dramáticas entre la verdad y las verdades, entre lo que hay y lo que vemos, entre lo de dentro y lo de fuera. Las ficciones son hijas de la realidad, dependen totalmente de ella: los sueños, las fantasías, las equivocaciones, las buenas ideas, la memoria… son reales en un sentido literal, aunque casi nunca respondan a lo que hubo, a lo que se dio, a lo que ocurrió…, que son cosas que vamos inventando, alterando… entendiendo.

Cada vez más seguro y llegando cada vez más lejos, Mariano Peyrou va convirtiéndose en un escritor insustituible, dueño de un estilo único. Tiene razón Sara Mesa al afirmar que nadie escribe como él: esa gracia, esa agudeza, esa sensibilidad tan incisiva en aspectos poco evidentes, esas estructuras… son ya inconfundibles y sería una temeridad tratar de imitarlas. Como creador de mundos privados dentro de este mundo nuestro, Peyrou es un maestro cuyos libros crean adicción. Lo de dentro fuera es una muestra estupenda de ello.

Juan Marqués, ‘Las Librerías Recomiendan