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“El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes” de Tatiana Ţîbuleac

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El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

Tibuleac, Tatiana

ISBN

978-84-17553-03-6

Editorial

Impedimenta

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Que en la violencia puede latir la poesía, que en una relación deteriorada hasta lo irrespirable puede encontrarse una grieta para incrustar hilos de belleza verdadera, que el odio y la ternura no quedan tan lejos… Todo eso lo demuestra Tatiana Tîbuleac en su primera novela, sobre la que ya, casi once meses después de su publicación en España, resulta un poco ocioso llamar la atención, pues su calidad es un clamor. Sucede que “los recuerdos bonitos, aunque pocos y pálidos, ocupan mucho más espacio […], porque una sola imagen bella contiene vivencias, olores y recuerdos que duran días enteros”.

Determinadas circunstancias han puesto a una madre y a su hijo ante la ingrata evidencia de que tienen “una vida casi sin usar”. Ella ha inmigrado desde el Este de Europa a Inglaterra, donde ya ha nacido él, que se ha pasado la infancia atendido en instituciones de salud mental para menores. Lo que el lector se encuentra en las primeras páginas de la novela es de todo excepto motivos para dudar de la necesidad de esa reclusión, y la principal obsesión de Aleksy es el rencor extremo hacia su madre, a la que ve como un verdadero engendro moral y físico. En ese sentido, el punto en el que comienza la novela es tan infernalmente bajo que sólo puede mejorar, y ya se intuye que lo que se va a leer es la historia de una reconciliación o, cuando menos, una pequeña redención, ocurrida durante ese verano del título, que ambos pasan en un pueblo de Francia (donde principalmente se relacionarán también con inmigrantes (Karim, Sacha, Moira…), gentes tan desubicadas como ellos pero un poco menos perdidos (“y además éramos ingleses, lo cual explicaba muchas cosas”).

No podemos desvelar más. Sólo que el relato se expone en pasado, y es Aleksy quien nos lo cuenta, cuando las cosas ya han cambiado espectacularmente para él, al menos en lo material. Realmente bien escrita, con destellos fulgurantes aquí y allá, con ideas bellísimas y muy originales sosteniendo una historia de buena fuerza simbólica, la primera novela de la moldava Tatiana Tîbuleac (tras un primer libro de cuentos) ha sido proclamada por las librerías como el mejor libro de ficción publicado en España en 2019.

“Fuegos” de Ismael Ramos

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FUEGOS

FUEGOS

Ramos Ismael

ISBN

978-84-120475-2-3

Editorial

LA BELLA VARSOVIA

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Los últimos meses de 2019 han sido buenos para la poesía gallega traducida al castellano. Después de los libros en ‘galego’ que Luisa Castro volvió a reproducir en La fortaleza, su poesía completa, a las estanterías de nuestras librerías han llegado el Camuflaje de Lupe Gómez (en Papeles Mínimos), la antología De vuelos y de aves de Xavier Seoane (en Pre-Textos) o el segundo volumen de la poesía completa de Chus Pato (en Ultramarinos). Y además, el jurado del Premio de literatura Joven ‘Javier Morote’, que anunció sus decisiones el jueves pasado, ha podido fijarse en la primera traducción al castellano de un coruñés de 1994, Ismael Ramos, que ha convertido sus Lumes (publicado originalmente en 2017) en estos Fuegos de hoy.

El acta del jurado destacaba “la enorme fuerza autobiográfica, y a la vez natural, entre lo telúrico y lo social, del libro, que planta un árbol genealógico diferente”. Lo peor de los tópicos es que suelen ser exactos, y es verdad que es muy difícil que en la literatura gallega esté ausente la naturaleza, el mar, la tierra, la lluvia, los animales… En esa literatura el paisaje no es un decorado, sino un personaje que siempre tiene cosas principales que decir, y a quien se escucha con mucha más devoción que en otras latitudes. En los citados libros de Castro, Gómez y Pato hay también mucha meditación familiar, y en todos los casos se tiene muy en cuenta a la madre común, no se puede reflexionar sobre la propia sangre o la propia identidad sin mirar el horizonte, el cielo, los pájaros…, que son, literalmente y más que nunca, un lugar común.

Lo que Ismael Ramos ofrece en Fuegos es uno de esos libros que alguien se debe a sí mismo, una mezcla de memoria y ensoñación, de experiencia y de imaginación, de imprecisas cuentas pendientes con la familia, con la tierra, con la propia formación, con la necesidad de la escritura. Un libro que da la sensación de que se va haciendo mientras se lee, desplegándose en directo. Hay un homenaje a los abuelos, y a la hermana (dueña de la dedicatoria del libro), y a los padres, pero muy especialmente a la madre, cuya juventud fue “consumida en una calle con nombre de arquitecto. En una ciudad con mar”. Hay un poema, titulado “La oscuridad”, que revela que los fuegos del título remiten a cada uno de esos destinos, algunos de ellos ya apagados, a los sueños sepultados en trabajo, a las cosas que iluminaron y luego no se cumplieron. Felicidades fugaces que por un momento alumbraron la penumbra, llamas de las que aprender. El balance general es doloroso, la crónica de una insatisfacción antigua y piramidal que ha llegado hasta la perspectiva del autor, que ha teñido su mirada de ese color tenebroso al que hay que romper con fogonazos siempre que se pueda. No hay demasiada fauna en Fuegos, pero hay una “Fábula”:

 

“Hubo un día en que mi padre me pidió que me pegase un tiro.

Esto no es un poema.

En casa de mis abuelos hay dos escopetas.

Había sol y decidí caminar cuesta abajo”.

“¿De quién es la culpa?”, de Sofia Tolstaia

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¿De quién es la culpa?

¿De quién es la culpa?

Tolstaia, Sofia

ISBN

978-84-16461-30-1

Editorial

Xordica

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Sólo unos minutos antes de sentarme frente a esta página he escuchado que una mujer más ha sido asesinada por su pareja. Una mujer más asesinada, una mujer menos viviendo. Y nos quedamos sin su presencia, sin sus miradas, sus abrazos, sin sus sonrisas y sus lágrimas, sin su lucha, sin su trabajo de cada día, nos quedamos sin su voz y sus palabras y, lo más importante, sin su libertad, que también es la nuestra.

Actuemos y defendamos esa libertad con libertad, defendamos la libertad con todas las valiosas herramientas de las que disponemos cada una y cada uno de nosotros para hacer de nuestra sociedad un lugar de convivencia, justicia e igualdad para todas y todos.

Sofia Tolstaia, a través de la vida de Anna, la protagonista de su novela ¿De quién es la culpa?, aportó una acción importantísima: revelar una situación, una realidad.

Desvelar para exponer, describir para comprender, contar para denunciar.

A través del relato, Sofia revela, desvela y describe no sólo todo el universo interior de la convivencia de uno de tantos de miles de matrimonios o parejas del mundo, sino que lo hace desde un punto de vista emocional y psicológico magistral en el que vamos asistiendo a la gradual anulación e infelicidad de una mujer atrapada en un matrimonio lleno de abusos, soledad e incomprensión. Nos lleva a entender a Anna, a entender sus circunstancias, sus decisiones, sus contradicciones, sus luchas, sus pensamientos y sus sentimientos.

Anna es un joven vital, inteligente, llena de inquietudes personales y filosóficas que vive con su familia entregada a la lectura, a la pintura y a la naturaleza y que para su futuro espera una vida en pareja basada en el amor, el compañerismo y la comprensión mutua, una unión espiritual que finalmente la lleve a un deseo carnal. Pero esa esperanza pronto se torna en fantasía cuando se casa extremadamente joven con el príncipe Prózorski, amigo de la familia y muchos años mayor que ella, que resultará ser un marido egoísta, celoso y cruel que sumirá a su mujer en la soledad y la humillación hasta arrebatarle “todo”.

La escritora rusa nos sumerge en el ambiente asfixiante en el que vive Anna por su falta de libertad: ni siquiera se permite ser libre con el pensamiento y sólo le queda luchar por su supervivencia dentro de los márgenes que tiene estrictamente marcados, aunque eso la lleve a hacer cosas que no desea en absoluto. Su único consuelo será el amor de sus hijos y la compañía de su “amigo” Bejmétev.

Mientras se lee la novela se siente el poder de la educación, la presión que ejercen las normas que marca la sociedad y sobre todo la normalidad con la que esa sociedad asume determinadas actitudes y circunstancias aberrantes contra la mujer, mirando incluso hacia otro lado para no ver la realidad aun cuando ésta es clara y se impone, tapándolo todo con el silencio.

Esta edición de Xórdica incluye además un estupendo epílogo de Ferrán Mateo y de la traductora del libro, Marta Rebón, que aporta datos y luz sobre Sofia Andréievna Behrs y su creación literaria.

¿De quién es la culpa?, novela que escribió como respuesta a la que escribió su marido, Lev Tolstói, La sonata a Kreutzer, pero es ante todo una novela importantísima para la que en absoluto ha pasado el tiempo.

Hablar de esta novela, recomendar su lectura es una acción… leerla también es una acción.

“Soy libre de comer, dormir, estar callada y ceder. Pero no soy libre de pensar como me dé la gana, de amar a quien quiera, de entrar y salir según mis propios intereses y placeres intelectuales”: Sofia Behrs.

Sagrario Santamaría Martín

Librería Taiga (Toledo)

“Preciadas cartas. 1932-1979” de Gabriela Mistral, Victoria Ocampo y Victoria Kent

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Preciadas cartas (1932-1979)

Preciadas cartas (1932-1979)

Mistral, Gabriela / Ocampo, Victoria / Kent, Victoria

ISBN

978-84-17950-37-8

Editorial

Editorial Renacimiento

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Si entendemos la literatura como el conjunto de aquellos textos que contienen un especial poder significativo, una capacidad de preservar para el futuro algo relevante o revelador de un tiempo, de una sensibilidad, de una experiencia colectiva o privada…, hay pocas dudas de que la epistolar es probablemente la línea literaria más expresiva, la más directa, la más próxima a la realidad. Y, curiosamente (y como sucede en el caso de los diarios íntimos), es cuando no estaba en la voluntad de los escritores de cartas el escribir algo duradero cuando la literatura suele irrumpir con más fuerza, ya sea en un dato decisivo sobre algún acontecimiento histórico, ya en un detalle cotidiano diminuto. En literatura la subida al poder de Napoleón no es necesariamente más relevante que un cambio de macetas. Y allí están las cartas para atestiguarlo. Las cartas como refugio inesperado de la Historia, de la poesía y de la crónica de la intimidad.

También en ese sentido es la correspondencia cruzada entre tres personas tan principales como Gabriela Mistral, Victoria Ocampo y Victoria Kent (más otras amigas intermitentes que se van sumando a sus vidas) un verdadero festín de noticias, pistas, complicidades y testimonios importantes. Ya los textos preliminares (casi doscientas páginas) en los que las editoras del volumen -Elizabeth Horan, Carmen de Urioste Azorra y Cynthia Tompkins- despliegan semblanzas particulares de cada una de las tres escritoras adelantan ya (y a veces completan) muchas de las cosas que vamos a leer, a veces sugeridas o veladas, en las cartas, bien contextualizadas e interpretadas. Directamente comprometidas con diferentes tipos de libertades, la chilena, la argentina y la española se buscaron y se estimaron durante décadas, y recurrieron unas a otras en momentos difíciles (no tanto para ellas como para otras y otros) para aprovechar posibilidades diplomáticas, interceder por personas en peligro, solicitar textos de todo tipo o, en fin, hacerse favores. Conscientes de los papeles más o menos privilegiados que la Historia les había concedido, jugaron sus cartas con habilidad y éxito. Aparte estaba el afecto personal, que aquí vemos crearse y crecer, aunque el círculo de secretarias, amigas y novias se va ampliando y complicando. Detalles interesantes, aquí y allá: Mistral se atribuye en algún momento “alegría izquierdista”, Kent declara al comienzo de la Segunda Guerra Mundial que “llegado el caso, para los españoles de mi significación, será un deber ponerse al servicio de Francia por lo que la causa de Francia significaría en esos momentos para el mundo”… y Ocampo, a la altura de 1953, no quiere ni oír mencionar a Perón, lo cual es imposible por omnipresente.

En febrero de 1939 Mistral declara a Ocampo que “siempre creo que estoy tocando fondo en la pesadilla española, pero siempre quedan heces más profundas. Usted ha visto a los comodones, a los cuidados Ortegas, a los Barojas en pantuflas, a los Marañones parteros de princesa. Pero hay otra lonja en emigrados” (p. 347)… Es un detalle significativo sobre cómo se interpretaron “en directo” los diferentes destierros (y, después pero demasiado pronto, el regreso a España de Ortega, tan amigo de Ocampo, daría también pie a irritados ríos de tinta), y hubiera merecido una nota al pie algo menos disparatada que la que aquí leemos.

Las implicaciones de estas cartas. como bien explican sus editoras, llegan mucho más lejos de lo que aquí se puede apuntar. Al margen de la Historia colectiva, las intuiciones y conclusiones sociológicas que se pueden sacar cómo se vivía (o se asistía a) la homosexualidad femenina en tres contextos diferentes, o sobre la vida carcelaria en dos, o sobre la dimensión simbólica que podía llegar a adquirir una poeta premiada… son múltiples pero nítidas. Hay muchas “novelas” detrás de estas cartas, diseminadas en tiempos, espacios y circunstancias muy diversas. Testimonio directo, pues, no de un tiempo, sino de muchos, sucesivos pero también solapados por la personalidad y la sensibilidad de las protagonistas.

[Y esta misma tarde, en la librería Los Editores, habrá una lectura dramatizada de algunas de estas cartas]

“Un corazón demasiado grande” de Eider Rodríguez

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Un corazón demasiado grande

Un corazón demasiado grande

Rodríguez, Eider

ISBN

978-84-397-3573-1

Editorial

LITERATURA RANDOM HOUSE

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Comenzaremos a hablar de Un corazón demasiado grande amasando el concepto de contradicción. “Disfruta de tus contradicciones” era el lema de una campaña publicitaria de una marca de tabaco. En vez de hablar de las virtudes del fumar, defendieron que algo como decidir fumar, una costumbre dañina, forma parte del ser humano, porque el ser humano es contradictorio (eligiendo de paso otro campo de batalla). La escritora Eider Rodríguez (Rentería, 1977) se instala ahí, en la consideración de que precisamente en la pulsión contradictoria se encuentra lo interesante, en que de hecho es un motor de las cosas más valiosas: somos por lo común oscuros, siniestros, luminosos, sencillos, pacíficos, violentos. La autora vasca ha dicho alguna vez que una es escritora para hablar de personajes complejos, que si no para qué. Vive en Hendaya, junto a una frontera que cruzar cada día, y donde apenas pasa nada. Quizá mirar desde ese lugar tranquilo y alejado la realidad tenga premio, porque te fijas en otras cosas; quizá escribir o vivir fuera de las capitales que no paran, que parece que tengan azogue, facilite contar de forma incluso más útil lo mismo.

Se podría adjetivar la narrativa de Eider Rodríguez como tersa. Gramatical, sintáctica y semánticamente. Un trabajo minucioso para lograr una expresión directa, letal, precisa, al detalle. Sobre ese lenguaje cotidiano que parece desempeñarse en un acontecer también cotidiano (casi siempre), Rodríguez extiende sus cartas: la descripción de lo contradictorio en el ser humano, el apunte de las oscuridades afectivas e intelectivas que manejamos, con las que convivimos, el dibujo de la realidad a la vista y la realidad bajo la hierba solapadas. Esta expresión directa no significa ausencia de imaginería. La potencia lírica de estos relatos aparece en dos campos: en la descripción metafórica concreta de emociones y en la construcción de imágenes nucleares, alguna vez fantásticas. Pueden leer la frase inaugural del libro para ver un ejemplo de lo primero, y el final de ese mismo relato para encontrar una prueba de lo segundo, sin ir más lejos.

Ahora bien, en los relatos de Un corazón demasiado grande la sima de lo oscuro aparece únicamente de pasada. Es la escritura notarial de lo que se ve en una mirada de soslayo, de refilón. Como si cruzaras un pasillo con puertas a los lados, y hacia el final pensaras que algo te ha parecido ver un poco más atrás. Cuando vuelves a esa habitación, o sea, al párrafo donde te ha parecido que decía algo siniestro, descubres que parece que todo está en orden, que casi no podrías demostrar que ha dicho lo que crees que ha dicho. O sea, que has sido tú el que has traducido, el que has visto. Por eso inquietan estos relatos, porque hablan del otro tanto como de ti.

Un último apunte. A veces el original, sobre todo en piezas de orfebrería como este libro, se pierde en la traducción, esa operación titánica, tortuosa, donde se emula y se reinterpreta en proporciones fragilísimas. Aquí sin embargo no es posible el error, porque es la propia Eider Rodríguez quien se traduce al castellano. En una entrevista de Marta Ailouti para El Cultural comentó que es un trabajo que le resulta placentero, que no es como cuando ha de ocuparse de un texto ajeno (ha traducido al euskera a Irène Némirovsky, por ejemplo). Porque es bilingüe, y el ejercicio de trasvasarse a otra lengua lo entiende como una competición deportiva entre las dos lenguas para decir de la mejor manera. Se la puede imaginar frente a una ristra larga de matices, dispuesta sobre la mesa de trabajo, y escogiendo de aquí y de allá.

Para terminar, reconocimiento de deudas. Ésta es la quinta vez que podemos leer los relatos de Rodríguez en castellano. Ttarttalo publicó Y poco después, ahora en 2007, 451 Editores hizo lo propio con Carne, en 2008, y Caballo de Troya editó Un montón de gatos en 2012. Además, Pamiela hizo una antología en 2013, Ortigas. Este Un corazón demasiado grande se divide en dos partes. La primera la componen los relatos ganadores del premio Euskadi de Narrativa 2018, arracimados en el libro Bihotz handiegia, editado por Susa en 2017. La segunda es una antología de sus relatos anteriores. En la librería le hemos dedicado la última sesión del club de lectura, y ha sido un éxito. Las ideas que han aparecido en este comentario aparecieron en esa conversación y son también de Ana, Chantal, María, Mónica y Rafa.

Javier García Clavel, Librería Atenea (Murcia)

“Algo en lo que creer” de Nickolas Butler

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Algo en lo que creer

Algo en lo que creer

Butler, Nickolas

ISBN

978-84-17977-16-0

Editorial

Libros del Asteroide

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Escribiendo en 1970 sobre Miguel Delibes, su amigo, discípulo y paisano Francisco Umbral entendía que “cuando uno empieza a escribir, suele desasosegarse en la búsqueda de lo extraordinario, de lo remoto. Esta búsqueda es fatigosa y pueril. Viene un día el descubrimiento sencillo, asombroso y jubilar del entorno, de lo inmediato. De lo que hay que escribir es de lo que uno conoce. La literatura no es un safari, sino un diario íntimo”.

Nickolas Butler nació en un pueblo de Pensilvania y se crió en un pequeño lugar de Wisconsin, en el que aún reside con su mujer y sus hijos. Es fácil imaginar una casa con porches, olor a mermelada, un gran jardín y un garaje lleno de herramientas, anticongelantes para el invierno y grandes jarras de limonada para el verano en uno de esos pueblos que, como escribió en Canciones de amor a quemarropa con una mezcla perfecta de apego y desesperación, “tienen poco que ofrecer por mucho que se empeñen”. Y sobre esos lugares escribe, y lo hace, hoy por hoy, como nadie a quien hayamos leído. Realista, sí, pero ante todo con voluntad incisiva, capaz de llegar al fondo de las psicologías del lugar, menos elementales de lo que parecían, y rastreando motivos, exprimiendo los acontecimientos hasta que entreguen toda su verdad o, mejor, todas sus verdades.

Nunca una novela tan maravillosa habrá tenido un título tan disuasorio como la citada, que es una enorme novela sobre la amistad masculina, y por tanto un libro que (como comprobamos durante dos veranos en la Feria del Libro de Madrid) gusta muchísimo a las mujeres. Es el libro que mejor explica por qué dos amigos íntimos que tal vez llevan ocho años sin verse ni hablarse se reencuentran y a los cinco segundos ya están hablando, pongamos, de Mourinho, sin por ello traicionar o siquiera descuidar (más bien al contrario…) su pasado común, su afecto indiscutible, su mundo propio, su comunidad, su tribu, su sangre… “En un pueblo pequeño, huir de alguien es dificilísimo”, dice Butler, y también es complicado huir de lo previsible, de lo tácitamente acordado, de lo que se espera de ti o, de paso, de ti mismo. O, como leemos ahora en Algo en lo que creer, “Ésa es la bendición y la maldición más evidente de todo pueblo pequeño: tu familia, tus amigos, tus vecinos, tus compañeros de trabajo y tus sacerdotes parecen estar siempre contigo, como si los llevaras en el bolsillo o estuvieran observándote desde la ventana. Te conocen tanto como para saber, sin necesidad de preguntar, si estás contento o triste, distraído o enamorado, o si estás deseando desaparecer de allí”.

Ahora, tras perseverar hace tres años en su particular exploración de El corazón de los hombres, Butler penetra con su tercera novela en el peliagudo asunto del fanatismo religioso, en las sectas cristianas de los pueblos de por allá, en el centro del norte… Un matrimonio ya anciano ha de ver cómo su única hija va comprometiéndose con una nueva iglesia, y por tanto ausentándose más, y alejando de ellos a su único nieto, y entonces… Las novelas de Butler, si se nos permite decirlo así, son los libros de un buen chico, pero sobre todo los de un magnífico escritor. Un tipo trabajador, sí, pero además brillante. Y hay algo así como una profunda y consciente investigación sobre la bondad disuelta en la narrativa de Nickolas Butler, un estudio sobre la nobleza y la honradez que no se hace obvio, por supuesto, y que, gracias a su talento literario, tampoco resulta ingenuo. Al revés: es convincente, por veraz, y por eso su obra es tan reconfortante. Altura literaria y testimonio más o menos solapado de cierta integridad, de ejemplos de comportamiento. Porque no todas las lecciones morales son catequesis: algunas, como ésta, ayudan a que la literatura se cumpla.

“Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro

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Los recuerdos del porvenir (Mapa de las lenguas)

Los recuerdos del porvenir (Mapa de las lenguas)

Garro, Elena

ISBN

978-84-204-3815-3

Editorial

ALFAGUARA

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La historia que nos cuenta Elena Garro es de una gran belleza, poética, con cierto sesgo filosófico, llena de hondura. Un relato de los que dejan huella y te transporta hasta las profundidades de la idiosincrasia mexicana. La ingeniosa historia coral del pueblo de Ixtepec, protagonista y narrador, es además una peculiar crónica de la Revolución Mexicana y de la guerra de los Cristeros, un retrato del caciquismo y las diferencias sociales tan patentes en México. Dibuja la autora las calles de Ixtepec, nos muestra la vida de la familia Moncada, sus peculiaridades, su forma particular de estar en la vida  y, alrededor de ellos,  el tedio del resto de los habitantes del pueblo, la angustia amorosa del joven General Francisco Rosas, la  existencia lánguida de las amantes que los capitanes y coroneles del ejército se han traído consigo, la simpática demencia de un presidente, Juan Cariño, que vive en el prostíbulo del pueblo. Garro  traza con maestría la rebeldía conjunta y el postrero castigo que sumirá en silencio a las calles de Ixtepec. Con todo ello la autora teje una trama  entretenida, en la que juega con la memoria para mostrarnos un presente que será el pasado pero también futuro de todo lo que aconteció. Nos muestra así un México vapuleado, convulsionado, maniatado en su ambivalencia, al igual que el amor  que siente Isabel Moncada por el General Rosas.

Los recuerdos del porvenir está escrito con asombrosa fuerza narrativa, lleno de claves acerca del tiempo, la memoria, la historia… Poblado de figuras tremendamente poéticas en sus descripciones, el relato se hace palpable, es tremendamente visual. El lector intuye hasta los gestos y mohínes de los personajes, suda con sus movimientos, se le seca la garganta ante el miedo y el calor, huele y respira el olor de las flores, siente la pegajosa densidad de la sangre de los muertos y oye el zumbido de las moscas alrededor de los colgados.  Se pierde en los pensamientos de sus protagonistas, respira el polvo de las calles de Ixtepec, se queda inmóvil, adormecido y bulle y palpita ante la rara intensidad de la prosa envolvente de la autora.

La lectura de Los recuerdos del porvenir nos cautiva, no nos deja indiferentes y nos sumerge en el mundo y las ilusiones de sus personajes,  que no son más que su inaprensible verdad anímica. La humanidad de los habitantes de Ixtepec nos inunda con la extraordinaria sensibilidad de una autora que define con certeras pinceladas la complejidad del alma humana. Una historia inusitada, original, singular que muestra la particularidad de un país y la universalidad de los sentimientos.

Lourdes Rubio, Librería Noviembre (Benicàssim, Castellón)

“Ascuas” de Juan Vicente Piqueras

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Ascuas

Ascuas

Piqueras Salinas, Juan Vicente

ISBN

978-84-17386-47-4

Editorial

Pepitas de calabaza

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Muchos de los poemas de Juan Vicente Piqueras (nacido en 1960 en la aldea valenciana de Los Duques de Requena) parten de una intuición, o una idea, o de un hallazgo que muchas veces se formula de un modo aforístico, un primer verso sentencioso o proverbial al que después se le da todas las vueltas posibles en el poema, o se desarrolla o se matiza o se desmiente… Ya en Narciso y ecos dedicó Piqueras algunas páginas a textos que, sin demasiadas complicaciones, podríamos considerar netamente aforismos, pero -y esto es muy importante- sin dejar de ser, por ello, netamente poesía. Lo que ahora nos entrega en Ascuas no son monósticos (poemas de un solo verso) sino aforismos, y, siendo así, son textos hermanos de los poemas mayores, como primeros versos de poemas que se ha descartado desplegar, que se han quedado en la primera revelación (y de hecho muchos de ellos responden a la métrica habitual). La extensión es, por tanto, lo único que diferencia estas “ascuas” de los poemas que conocemos de Piqueras, tan llenos de gracia y belleza, de conmoción y agudeza, y de lecciones probablemente ya asumidas, pero reformuladas de una forma tan exacta que tienen también, por tanto, algo de fundacional, de oráculo: “Sé que la pena no vale la pena. // Sé que la dicha no puede ser dicha. // Sé que el amor, esa misión salvaje, / delicada, imposible, es la única forma / de estar en este mundo sin errar”, decía en uno de los maravillosos poemas dedicados a su Padre).

Lo de la dicha no dicha nos da pie para abordar una de las características más características de la poesía de Piqueras, que es la del modo como consigue jugar con el lenguaje, de una forma muy superior a la habitual, no exactamente lúdica (aunque sí bienhumorada, sonriente) sino, diríamos, realmente “filosófica”.  Cuando leemos ahora en Ascuas que “Aquélla fue la primavera vez”, o que “También ladran los peros”…, cualquier buen lector entenderá que no son ejemplos de juegos de palabras, ni equilibrismos metalingüísticos… No: es poesía que utiliza el lenguaje como catapulta, que se sirve del léxico o de la morfología (o, a veces, subvierte la paremiología) para acceder a significados nuevos, nada superficiales, realmente expresivos, como cuando entiende, con una epifanía impactante, que “Hoy no tiene plural”… Como ha explicado perfectamente la poeta y aforista sevillana Carmen Camacho en el prólogo a Qué hago yo aquí, una buena antología poética de Piqueras que ha aparecido simultáneamente en la editorial Renacimiento, el valenciano “convierte las palabras en un lugar habitable. Para él, hasta el idioma aún desconocido está listo para entrar a vivir”… Es cierto que las palabras más habituales y consabidas son repensadas en la poesía de Piqueras, que no en vano tituló uno de sus primeros libros Adverbios de lugar. Es como si Piqueras desplegase un scrabble en el que las fichas no fuesen las letras sino piezas gramaticales mayores, a las que hubiese dado todas las vueltas posibles, consiguiendo, combinación tras combinación, descubrimientos como los citados, en los que lo que importa, insistimos, no es la “chispa”, aunque la haya, sino la verdad, a veces realmente estremecedora y siempre fértil, que hay tras sus revelaciones: “Si no lo creo no lo veo”.

Indagador y brillante, decididamente volcado hacia la bondad y la nobleza (y que la literatura en general haya desconfiado en la Modernidad de esa actitud es una tragedia en la que todavía estamos sumergidos, y de la que tardaremos en recuperarnos), la literatura de Juan Vicente Piqueras es un homenaje discreto pero muy poderoso a la inteligencia, a la cultura y a cierta inocencia pre-lingüística e inaugural (aunque “la inocencia atrae al mal”…). Consciente de las cosas de la Historia, apátrida por vocación, incapaz de dar nada por sentado sin haberlo antes desentrañado, esta obra literaria accede, al cabo, a la principal certeza, definitiva: “Ser infeliz es olvidar que estás en el paraíso”. O, dicho de otro modo, aún más sublime (tal vez un resumen de toda la historia de la creación artística que más nos importa): “Diga lo que diga, yo quería decir: gracias”.