Más libros de la semana de Literatura

“Un corazón demasiado grande” de Eider Rodríguez

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Un corazón demasiado grande

Un corazón demasiado grande

Rodríguez, Eider

ISBN

978-84-397-3573-1

Editorial

LITERATURA RANDOM HOUSE

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Comenzaremos a hablar de Un corazón demasiado grande amasando el concepto de contradicción. “Disfruta de tus contradicciones” era el lema de una campaña publicitaria de una marca de tabaco. En vez de hablar de las virtudes del fumar, defendieron que algo como decidir fumar, una costumbre dañina, forma parte del ser humano, porque el ser humano es contradictorio (eligiendo de paso otro campo de batalla). La escritora Eider Rodríguez (Rentería, 1977) se instala ahí, en la consideración de que precisamente en la pulsión contradictoria se encuentra lo interesante, en que de hecho es un motor de las cosas más valiosas: somos por lo común oscuros, siniestros, luminosos, sencillos, pacíficos, violentos. La autora vasca ha dicho alguna vez que una es escritora para hablar de personajes complejos, que si no para qué. Vive en Hendaya, junto a una frontera que cruzar cada día, y donde apenas pasa nada. Quizá mirar desde ese lugar tranquilo y alejado la realidad tenga premio, porque te fijas en otras cosas; quizá escribir o vivir fuera de las capitales que no paran, que parece que tengan azogue, facilite contar de forma incluso más útil lo mismo.

Se podría adjetivar la narrativa de Eider Rodríguez como tersa. Gramatical, sintáctica y semánticamente. Un trabajo minucioso para lograr una expresión directa, letal, precisa, al detalle. Sobre ese lenguaje cotidiano que parece desempeñarse en un acontecer también cotidiano (casi siempre), Rodríguez extiende sus cartas: la descripción de lo contradictorio en el ser humano, el apunte de las oscuridades afectivas e intelectivas que manejamos, con las que convivimos, el dibujo de la realidad a la vista y la realidad bajo la hierba solapadas. Esta expresión directa no significa ausencia de imaginería. La potencia lírica de estos relatos aparece en dos campos: en la descripción metafórica concreta de emociones y en la construcción de imágenes nucleares, alguna vez fantásticas. Pueden leer la frase inaugural del libro para ver un ejemplo de lo primero, y el final de ese mismo relato para encontrar una prueba de lo segundo, sin ir más lejos.

Ahora bien, en los relatos de Un corazón demasiado grande la sima de lo oscuro aparece únicamente de pasada. Es la escritura notarial de lo que se ve en una mirada de soslayo, de refilón. Como si cruzaras un pasillo con puertas a los lados, y hacia el final pensaras que algo te ha parecido ver un poco más atrás. Cuando vuelves a esa habitación, o sea, al párrafo donde te ha parecido que decía algo siniestro, descubres que parece que todo está en orden, que casi no podrías demostrar que ha dicho lo que crees que ha dicho. O sea, que has sido tú el que has traducido, el que has visto. Por eso inquietan estos relatos, porque hablan del otro tanto como de ti.

Un último apunte. A veces el original, sobre todo en piezas de orfebrería como este libro, se pierde en la traducción, esa operación titánica, tortuosa, donde se emula y se reinterpreta en proporciones fragilísimas. Aquí sin embargo no es posible el error, porque es la propia Eider Rodríguez quien se traduce al castellano. En una entrevista de Marta Ailouti para El Cultural comentó que es un trabajo que le resulta placentero, que no es como cuando ha de ocuparse de un texto ajeno (ha traducido al euskera a Irène Némirovsky, por ejemplo). Porque es bilingüe, y el ejercicio de trasvasarse a otra lengua lo entiende como una competición deportiva entre las dos lenguas para decir de la mejor manera. Se la puede imaginar frente a una ristra larga de matices, dispuesta sobre la mesa de trabajo, y escogiendo de aquí y de allá.

Para terminar, reconocimiento de deudas. Ésta es la quinta vez que podemos leer los relatos de Rodríguez en castellano. Ttarttalo publicó Y poco después, ahora en 2007, 451 Editores hizo lo propio con Carne, en 2008, y Caballo de Troya editó Un montón de gatos en 2012. Además, Pamiela hizo una antología en 2013, Ortigas. Este Un corazón demasiado grande se divide en dos partes. La primera la componen los relatos ganadores del premio Euskadi de Narrativa 2018, arracimados en el libro Bihotz handiegia, editado por Susa en 2017. La segunda es una antología de sus relatos anteriores. En la librería le hemos dedicado la última sesión del club de lectura, y ha sido un éxito. Las ideas que han aparecido en este comentario aparecieron en esa conversación y son también de Ana, Chantal, María, Mónica y Rafa.

Javier García Clavel, Librería Atenea (Murcia)

“Algo en lo que creer” de Nickolas Butler

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Algo en lo que creer

Algo en lo que creer

Butler, Nickolas

ISBN

978-84-17977-16-0

Editorial

Libros del Asteroide

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Escribiendo en 1970 sobre Miguel Delibes, su amigo, discípulo y paisano Francisco Umbral entendía que “cuando uno empieza a escribir, suele desasosegarse en la búsqueda de lo extraordinario, de lo remoto. Esta búsqueda es fatigosa y pueril. Viene un día el descubrimiento sencillo, asombroso y jubilar del entorno, de lo inmediato. De lo que hay que escribir es de lo que uno conoce. La literatura no es un safari, sino un diario íntimo”.

Nickolas Butler nació en un pueblo de Pensilvania y se crió en un pequeño lugar de Wisconsin, en el que aún reside con su mujer y sus hijos. Es fácil imaginar una casa con porches, olor a mermelada, un gran jardín y un garaje lleno de herramientas, anticongelantes para el invierno y grandes jarras de limonada para el verano en uno de esos pueblos que, como escribió en Canciones de amor a quemarropa con una mezcla perfecta de apego y desesperación, “tienen poco que ofrecer por mucho que se empeñen”. Y sobre esos lugares escribe, y lo hace, hoy por hoy, como nadie a quien hayamos leído. Realista, sí, pero ante todo con voluntad incisiva, capaz de llegar al fondo de las psicologías del lugar, menos elementales de lo que parecían, y rastreando motivos, exprimiendo los acontecimientos hasta que entreguen toda su verdad o, mejor, todas sus verdades.

Nunca una novela tan maravillosa habrá tenido un título tan disuasorio como la citada, que es una enorme novela sobre la amistad masculina, y por tanto un libro que (como comprobamos durante dos veranos en la Feria del Libro de Madrid) gusta muchísimo a las mujeres. Es el libro que mejor explica por qué dos amigos íntimos que tal vez llevan ocho años sin verse ni hablarse se reencuentran y a los cinco segundos ya están hablando, pongamos, de Mourinho, sin por ello traicionar o siquiera descuidar (más bien al contrario…) su pasado común, su afecto indiscutible, su mundo propio, su comunidad, su tribu, su sangre… “En un pueblo pequeño, huir de alguien es dificilísimo”, dice Butler, y también es complicado huir de lo previsible, de lo tácitamente acordado, de lo que se espera de ti o, de paso, de ti mismo. O, como leemos ahora en Algo en lo que creer, “Ésa es la bendición y la maldición más evidente de todo pueblo pequeño: tu familia, tus amigos, tus vecinos, tus compañeros de trabajo y tus sacerdotes parecen estar siempre contigo, como si los llevaras en el bolsillo o estuvieran observándote desde la ventana. Te conocen tanto como para saber, sin necesidad de preguntar, si estás contento o triste, distraído o enamorado, o si estás deseando desaparecer de allí”.

Ahora, tras perseverar hace tres años en su particular exploración de El corazón de los hombres, Butler penetra con su tercera novela en el peliagudo asunto del fanatismo religioso, en las sectas cristianas de los pueblos de por allá, en el centro del norte… Un matrimonio ya anciano ha de ver cómo su única hija va comprometiéndose con una nueva iglesia, y por tanto ausentándose más, y alejando de ellos a su único nieto, y entonces… Las novelas de Butler, si se nos permite decirlo así, son los libros de un buen chico, pero sobre todo los de un magnífico escritor. Un tipo trabajador, sí, pero además brillante. Y hay algo así como una profunda y consciente investigación sobre la bondad disuelta en la narrativa de Nickolas Butler, un estudio sobre la nobleza y la honradez que no se hace obvio, por supuesto, y que, gracias a su talento literario, tampoco resulta ingenuo. Al revés: es convincente, por veraz, y por eso su obra es tan reconfortante. Altura literaria y testimonio más o menos solapado de cierta integridad, de ejemplos de comportamiento. Porque no todas las lecciones morales son catequesis: algunas, como ésta, ayudan a que la literatura se cumpla.

“Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro

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Los recuerdos del porvenir (Mapa de las lenguas)

Los recuerdos del porvenir (Mapa de las lenguas)

Garro, Elena

ISBN

978-84-204-3815-3

Editorial

ALFAGUARA

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La historia que nos cuenta Elena Garro es de una gran belleza, poética, con cierto sesgo filosófico, llena de hondura. Un relato de los que dejan huella y te transporta hasta las profundidades de la idiosincrasia mexicana. La ingeniosa historia coral del pueblo de Ixtepec, protagonista y narrador, es además una peculiar crónica de la Revolución Mexicana y de la guerra de los Cristeros, un retrato del caciquismo y las diferencias sociales tan patentes en México. Dibuja la autora las calles de Ixtepec, nos muestra la vida de la familia Moncada, sus peculiaridades, su forma particular de estar en la vida  y, alrededor de ellos,  el tedio del resto de los habitantes del pueblo, la angustia amorosa del joven General Francisco Rosas, la  existencia lánguida de las amantes que los capitanes y coroneles del ejército se han traído consigo, la simpática demencia de un presidente, Juan Cariño, que vive en el prostíbulo del pueblo. Garro  traza con maestría la rebeldía conjunta y el postrero castigo que sumirá en silencio a las calles de Ixtepec. Con todo ello la autora teje una trama  entretenida, en la que juega con la memoria para mostrarnos un presente que será el pasado pero también futuro de todo lo que aconteció. Nos muestra así un México vapuleado, convulsionado, maniatado en su ambivalencia, al igual que el amor  que siente Isabel Moncada por el General Rosas.

Los recuerdos del porvenir está escrito con asombrosa fuerza narrativa, lleno de claves acerca del tiempo, la memoria, la historia… Poblado de figuras tremendamente poéticas en sus descripciones, el relato se hace palpable, es tremendamente visual. El lector intuye hasta los gestos y mohínes de los personajes, suda con sus movimientos, se le seca la garganta ante el miedo y el calor, huele y respira el olor de las flores, siente la pegajosa densidad de la sangre de los muertos y oye el zumbido de las moscas alrededor de los colgados.  Se pierde en los pensamientos de sus protagonistas, respira el polvo de las calles de Ixtepec, se queda inmóvil, adormecido y bulle y palpita ante la rara intensidad de la prosa envolvente de la autora.

La lectura de Los recuerdos del porvenir nos cautiva, no nos deja indiferentes y nos sumerge en el mundo y las ilusiones de sus personajes,  que no son más que su inaprensible verdad anímica. La humanidad de los habitantes de Ixtepec nos inunda con la extraordinaria sensibilidad de una autora que define con certeras pinceladas la complejidad del alma humana. Una historia inusitada, original, singular que muestra la particularidad de un país y la universalidad de los sentimientos.

Lourdes Rubio, Librería Noviembre (Benicàssim, Castellón)

“Ascuas” de Juan Vicente Piqueras

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Ascuas

Ascuas

Piqueras Salinas, Juan Vicente

ISBN

978-84-17386-47-4

Editorial

Pepitas de calabaza

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Muchos de los poemas de Juan Vicente Piqueras (nacido en 1960 en la aldea valenciana de Los Duques de Requena) parten de una intuición, o una idea, o de un hallazgo que muchas veces se formula de un modo aforístico, un primer verso sentencioso o proverbial al que después se le da todas las vueltas posibles en el poema, o se desarrolla o se matiza o se desmiente… Ya en Narciso y ecos dedicó Piqueras algunas páginas a textos que, sin demasiadas complicaciones, podríamos considerar netamente aforismos, pero -y esto es muy importante- sin dejar de ser, por ello, netamente poesía. Lo que ahora nos entrega en Ascuas no son monósticos (poemas de un solo verso) sino aforismos, y, siendo así, son textos hermanos de los poemas mayores, como primeros versos de poemas que se ha descartado desplegar, que se han quedado en la primera revelación (y de hecho muchos de ellos responden a la métrica habitual). La extensión es, por tanto, lo único que diferencia estas “ascuas” de los poemas que conocemos de Piqueras, tan llenos de gracia y belleza, de conmoción y agudeza, y de lecciones probablemente ya asumidas, pero reformuladas de una forma tan exacta que tienen también, por tanto, algo de fundacional, de oráculo: “Sé que la pena no vale la pena. // Sé que la dicha no puede ser dicha. // Sé que el amor, esa misión salvaje, / delicada, imposible, es la única forma / de estar en este mundo sin errar”, decía en uno de los maravillosos poemas dedicados a su Padre).

Lo de la dicha no dicha nos da pie para abordar una de las características más características de la poesía de Piqueras, que es la del modo como consigue jugar con el lenguaje, de una forma muy superior a la habitual, no exactamente lúdica (aunque sí bienhumorada, sonriente) sino, diríamos, realmente “filosófica”.  Cuando leemos ahora en Ascuas que “Aquélla fue la primavera vez”, o que “También ladran los peros”…, cualquier buen lector entenderá que no son ejemplos de juegos de palabras, ni equilibrismos metalingüísticos… No: es poesía que utiliza el lenguaje como catapulta, que se sirve del léxico o de la morfología (o, a veces, subvierte la paremiología) para acceder a significados nuevos, nada superficiales, realmente expresivos, como cuando entiende, con una epifanía impactante, que “Hoy no tiene plural”… Como ha explicado perfectamente la poeta y aforista sevillana Carmen Camacho en el prólogo a Qué hago yo aquí, una buena antología poética de Piqueras que ha aparecido simultáneamente en la editorial Renacimiento, el valenciano “convierte las palabras en un lugar habitable. Para él, hasta el idioma aún desconocido está listo para entrar a vivir”… Es cierto que las palabras más habituales y consabidas son repensadas en la poesía de Piqueras, que no en vano tituló uno de sus primeros libros Adverbios de lugar. Es como si Piqueras desplegase un scrabble en el que las fichas no fuesen las letras sino piezas gramaticales mayores, a las que hubiese dado todas las vueltas posibles, consiguiendo, combinación tras combinación, descubrimientos como los citados, en los que lo que importa, insistimos, no es la “chispa”, aunque la haya, sino la verdad, a veces realmente estremecedora y siempre fértil, que hay tras sus revelaciones: “Si no lo creo no lo veo”.

Indagador y brillante, decididamente volcado hacia la bondad y la nobleza (y que la literatura en general haya desconfiado en la Modernidad de esa actitud es una tragedia en la que todavía estamos sumergidos, y de la que tardaremos en recuperarnos), la literatura de Juan Vicente Piqueras es un homenaje discreto pero muy poderoso a la inteligencia, a la cultura y a cierta inocencia pre-lingüística e inaugural (aunque “la inocencia atrae al mal”…). Consciente de las cosas de la Historia, apátrida por vocación, incapaz de dar nada por sentado sin haberlo antes desentrañado, esta obra literaria accede, al cabo, a la principal certeza, definitiva: “Ser infeliz es olvidar que estás en el paraíso”. O, dicho de otro modo, aún más sublime (tal vez un resumen de toda la historia de la creación artística que más nos importa): “Diga lo que diga, yo quería decir: gracias”.

“El niño que comía lana” de Cristina Sánchez-Andrade

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El niño que comía lana

El niño que comía lana

Sánchez-Andrade, Cristina

ISBN

978-84-339-9887-3

Editorial

Editorial Anagrama

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Todo me resulta extrañamente familiar en las historias que se narran en este libro. Los veo (los lugares, los personajes, los objetos y los animales)… ¿Los conocí, hace mucho tiempo, o ya alguien me los había contado? -¿O es que quizás, a través de la ranura de la puerta del comedor, los escuché de la voz de los mayores, en las sobremesas infinitas de los domingos?-. Sea como sea, lo llamativo es que su autora haya creado materiales de leyenda, con ecos de literatura oral, de cuentos contados al calor de la lumbre, en los que lo fantástico se mezcla con lo verosímil, a través de una voz propia, original. Me gusta de estos relatos de Cristina Sánchez-Andrade ese tan difícil justo medio: no escatimar en lo desagradable, en lo sucio, o incluso lo escatológico y lo violento, al tiempo que la “mirilla” a la que nos asomamos nos permite ver, en un movimiento sutil, lo necesario para no caer en lo burdo y sí establecer con el lector un pacto a favor del deseo, a través de lo perverso.

No era nueva esta indagación en su literatura. En Ya no pisa la tierra tu rey (Anagrama, 2004), lo religioso y lo palaciego, lo sagrado y lo humano, se mezclaban promiscuamente en una novela lírica poblada de personajes extraños y anormales enfrentados “a la dura tarea de ser”, a veces crípticos, pero siempre evocadores de algo más allá de la apariencia. Pero es Las inviernas (Anagrama, 2014) el lugar donde se encuentra la semilla de estas nuevas historias, en las que reaparecen motivos y personajes que ya estaban en aquella novela. Nos ofrecen estos relatos imágenes maravillosas, a veces siniestras, a veces con una carga profunda de oscuridad. Y van desde esa magnífica caridad romana encarnada en la Faustina de “Hambre”, hasta la inquietante niña Puriña, la eivadiña que cose prodigiosamente y que no repara en clavar su tijerita en el indefenso jilguero; o la tétrica niña del palomar. Historias del exilio, cuentos de la aldea, a veces impregnados de un aire malsano. Retrasados, amas de cría, señoritos, gañanes, oficinistas, marqueses, pobres, aldeanos… Casi todos ellos habitando una Galicia mágica que recuerda a la Valle-Inclán, y que Sánchez-Andrade parece haber extraído del repertorio oral para recrearla con un brillo propio que fascina.

Irma Amado, Librería Numax (Santiago de Compostela)

“Goya” de Ivo Andrić

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Goya

Goya

Andric, Ivo

ISBN

978-84-17902-19-3

Editorial

Acantilado

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El profesor Leonardo Romero Tobar publicó hace tres años una meritoria, completa y entretenida monografía sobre Goya en las literaturas. El contenido respondía al título, pero además se aproximaba al cine o a las artes escénicas, dibujando así un amplio panorama de lo que la alargada sombra de Goya ha despertado desde sus coetáneos hasta nosotros, una ascendencia que ha llegado hasta la literatura infantil (ver la serie de Bambulo, de Bernardo Atxaga, inspirada en el sublime Perro semihundido) o incluso la industria pornográfica. Es relativamente fácil de explicar, por el talento con que fueron pintados, la presencia permanente de algunos grabados y cuadros de Goya en el imaginario universal, su larga fecundidad en forma de reflejos, glosas o intentos de reelaboración verbal más o menos exitosos. Y en aquel libro se hacía más o menos evidente que muy probablemente ha sido la perspectiva extranjera la que, sin necesidad de simplificar las cosas demasiado, ha visto en Goya a todo un paradigma de España, y ha contemplado su obra como el producto más acabado, rico y polisémico de la crítica y entrecortada llegada de la modernidad a nuestro país.

Coincidiendo con la gran exposición de los dibujos de Goya en el Museo del Prado, la editorial Acantilado trae ahora hasta nuestro idioma, con la mediación de Miguel Rodríguez, dos pequeños textos que Ivo Andrić, Premio Nobel de Literatura de 1961, escribió respecto al pintor aragonés. Y creemos que incluso los que se sepan o se crean más familiarizados con la figura de Goya, con su vida y su pintura, encontrarán en estas dos piezas breves no una nueva mirada sino dos, pues son muy distintas: en una se esboza la biografía de Goya de una forma lacónica pero iluminadora, y la segunda es una pura fantasía, igualmente llena de detalles llenos de talento y sensibilidad poética.

Si el primer texto, más breve, es una especie de “Goya para serbios”, una biografía breve (pero muy aguda en su rapidez, con digresiones divertidas, como esa, tan exacta, que justifica las dudas o lagunas en la biografía goyesca porque “en España, donde se habla mucho y con gracia, pero también se sabe guardar un cauteloso silencio sobre lo que no se desea contar, es difícil confirmar algo“), el segundo es “Una conversación con Goya”, claramente onírica, en la que el narrador se encuentra con un avejentado y un poco deprimido Goya en una taberna de Burdeos, donde hablan largamente de arte, es decir, de vida. Resumiendo: si en el primer texto se aboceta la biografía superficial del pintor, en el segundo se intenta descender a su psicología, a sus impulsos, a sus motivaciones y terrores. Y nos da la sensación de que en muchos momentos se da en el clavo: “nuestras ideas personales -dice el Goya de Andrić-, por más que nos esforcemos, no significan demasiado ni sirven de nada; […] debemos prestar atención a las leyendas, esos vestigios del empeño de la humanidad a lo largo de los siglos, y tratar de extraer de ellas, en la medida de lo posible, el sentido de nuestro destino“.

“En el fiordo profundo” de Ruth Lillegraven

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En el fiordo profundo

En el fiordo profundo

Lillegraven, Ruth

ISBN

978-84-17708-40-5

Editorial

Maeva Ediciones

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Nos ha gustado siempre la literatura nórdica, en todas sus líneas: tanto la inaugural de sus sagas, como sus extraordinarios poetas modernos (que, de algún modo, las continúan), como su famosa literatura infantil, como, por entrar ya en lo específicamente noruego, esa tosca pero también lírica corriente masculina que hace de la rudeza un valor real y que en la contemporaneidad va desde el inmenso Knut Hamsun hasta Karl Ove Knausgård, pasando por Kjell Askildsen… Más reciente, pero también ya tradicional, es la eclosión de la literatura negra por aquellas septentrionales latitudes, y esa, digamos, “moda” va ocupando espacio en nuestras estanterías de libreros y también en nuestros corazones de lectores, pues ya no queda duda de que muchas de las obras de esas novelas de intriga o misterio son literatura de primera calidad.

A ese grupo de novelas racionalmente destacables se incorpora ahora el debut narrativo de Ruth Lillegraven, que no puede ser más nórdica, desde su mismo título: En el fiordo profundo. Ese título implica ya paisajes e insinúa secretos sumergidos, que a lo largo de las páginas implican grandes cambios en el modo que teníamos de percibir a los personajes, cuyos cambios de actitud van de la mano de los sucesivos descubrimientos, como si la cotidianeidad de una familia tipo fuese, en realidad, un baile de disfraces encubierto, el festival del pasado…

Por supuesto, tratándose de una novela de investigaciones y sorpresas, no podemos explicar mucho, ni adelantar nada. Sólo avisar de la calidad de los diálogos, de la mirada sobre el paisaje (se nota que Lillegraven procede de la poesía), de la gestión de los tiempos y del modo de administrar las informaciones. No recurriremos al manoseadísimo tópico de que “en esta novela nada es lo que parece”, porque nada más recibirla la novela nos pareció que podía ser interesante, que podía ser adictiva, que podía enganchar y complacer. Y, en ese sentido, la novela es exactamente lo que parecía, lo que nuestro instinto de librero nos indicó.

Antonio Rivero, Librería Canaima (Las Palmas de Gran Canaria)

“Tierra negra con alas”, de Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla

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Tierra negra con alas

Tierra negra con alas

Bonet, Juan Manuel / Bonilla, Juan

ISBN

978-84-17453-38-1

Editorial

Fundación José Manuel Lara

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He aquí un libro que, francamente, se veía venir, y con cuánta impaciencia lo hemos esperado quienes andábamos enterados de la divertidísima y erudita (pero más o menos inédita) complicidad que se traen desde hace años Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla. En algún momento esa amistad hecha de bibliografías, viajes y notas al pie tenía que cuajar en un libro que, soñábamos, pudiese parecerse a este que ahora nos ofrece la Fundación José Manuel Lara, y en el que se nos brinda, simplemente, la más amplia y nutritiva antología que se ha hecho jamás de la poesía vanguardista hispanoamericana. No decimos “exhaustiva” porque los ciento noventa poetas convocados no son, ni mucho menos, todos los que ellos han leído y manejaban, pero sí son los más significativos y necesarios, y entre todos elevan una red de ismos, anhelos y experimentos que a su vez traza un mapa muy nítido de lo que aquellos movimientos dieron por aquellos años en aquellas dilatadas latitudes, desde Chihuahua a Tierra de Fuego.

El profesor Luis Rius, biógrafo de León Felipe, decía que la historia de la literatura es como una de esas ciudades viejas donde hay avenidas principales, calles importantes, plazas obligatorias… pero en las que si uno callejea por barrios apartados se encuentra de repente, al doblar una anodina esquina, una estatua deslumbrante que no aparecía en ninguna guía. En este libro de hoy tenemos, por descontado, la avenida Vallejo, el puerto de Borges, la plaza Huidobro, el paseo de los Andrade, la cuesta (arriba) de Neruda…, pero lo que abunda y sorprende, incluso a los que más o menos nos considerábamos remotamente enterados del asunto, es la aplastante cantidad de nombres perfectamente desconocidos y frecuentemente brillantes que aquí podremos leer. Y todos ellos van precedidos de una pequeña ficha en la que Bonet traza la vida y obra de cada autor (y no es raro que la primera sea más vanguardista, por estrafalaria, que la segunda). La aportación, decisiva, de Bonilla es la extensa introducción, que perfectamente podría haber sido una monografía autónoma, un estupendo ensayo exento, pero que, puesto al frente de esta reunión, la contextualiza de modo ejemplar. Y entre los dos han hecho la selección, y, conociéndolos, no extraña nada que aseguren haber compartido miles de correos electrónicos cruzados durante el proceso de elección y edición, o de que haya llegado a haber, dicen en la editorial, veintiocho versiones del índice.

Aunque buena parte de los autores reunidos estaban, ritualmente, fascinados por París, por donde muchos de ellos pasaron y donde se conocieron (y de hecho hay varios poemas en francés, o con interpolaciones de ese idioma, y por supuesto mucho tema afrancesado, mucha Torre Eiffel…), los tres epicentros principales son Buenos Aires, Sâo Paulo y México D.F., aunque también hay mucha Pampa, algo de Amazonas, no pocos Andes… Por lo demás, como sucediera en las vanguardias europeas, está la tentación de la poesía visual y el caligrama, la atracción por el cine y las nuevas músicas, desahogos ideológicos que manifiestan o anuncian la exagerada diversidad política en la que andaban o a donde llegarían estos poetas, o, como afirma Bonet, lo que al cabo más cuenta es el contraste, a veces llamativamente brusco, entre lo más cosmopolita y lo íntimo, entre lo futurista y lo privado, que pueden convivir en el mismo verso.

El interés que tanto Bonet como Bonilla sienten hacia las vanguardias históricas de cualquier idioma y en cualquier disciplina exige otro sustantivo (“obsesión”, “adicción”, “ciclotimia”…), y ya había dado muchos buenos frutos (el último, esa novela biográfica de Bonilla sobre la poeta mexicana Nahui Olin, que también recomendamos en su día en ‘Las Librerías Recomiendan’). Aquí explota en un libro que tiene mucho de caja de sorpresas, y que ha acertado a atrapar y recoger lo más locuaz de unos impulsos que quisieron ser vida frenética y fecunda, literatura urgente y bulliciosa, escritura colorista y revolucionaria, Hay de todo, por supuesto, pero todo encandila, y da un testimonio espectacular de cierto fantasma que también recorrió América, unos nuevos aires que encendieron muchas mechas a lo largo del Nuevo Mundo.