Más libros de la semana de Literatura

“Esto no es para vosotros y otras historias”, de Gemma Files

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Esto no es para vosotros y otras historias

Esto no es para vosotros y otras historias

Files, Gemma

ISBN

978-84-122813-3-0

Editorial

LA BIBLIOTECA DE CARFAX

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En el segundo relato de los siete que componen este volumen, titulado “Little Ease”, una joven exterminadora debe acabar con una plaga de insectos que ha infestado un edificio en ruinas en los suburbios de una ciudad canadiense sin nombre. Tras sus muros desconchados y eternamente húmedos, la protagonista encuentra casi por casualidad una serie de túneles angostos, un sistema de madrigueras que se pierde en el interior de un submundo sin nombre. Lo que la exterminadora halla allí, será mejor que lo descubráis vosotros mismos, si os atrevéis, pero baste decir que aún me provoca una desazón fría y pegajosa, como una pesadilla de verano. Es un relato asfixiante, casi claustrofóbico, donde el horror de lo arcano te encierra como un ataúd hecho de carne y donde la protagonista se enfrenta, parafraseando a Lovecraft, a cosas que han aprendido a andar cuando sólo deberían arrastrarse.

“Little Ease” es un ejemplo perfecto del concepto que Gemma Files maneja del terror. Un compendio perfecto de las inquietudes y obsesiones que jalonan el grueso de su obra. Para Files, el terror no es sólo el miedo en su máxima expresión, ese estado de paroxismo en el que el cerebro ha cedido espacio al atavismo que aún se santigua bajo las tormentas, sino que también es un ritual, una liturgia secreta y sagrada, olvidada e inesperadamente encontrada, algo repulsivo en su propia fascinación y que te entrega las llaves de puertas que nadie debería abrir. Es un horror íntimo, que se ceba en los fracasos propios con la violencia de un aneurisma, que se acerca a ti en silencio y te posa una mano en el hombro, como un viejo amigo, para apuñalarte en los ojos cuando te das la vuelta.

El terror es una puerta. Los secretos del cosmos al alcance de un giro de muñeca. El terror es la entrada a abismos grotescos e insondables, es el hospital bañado en sangre de la Escalera de Jacob, son los pasillos elefantiásicos del Hotel Overlock y el pozo donde dormita Sadako. Gemma Files nos enseña que las paredes del mundo están huecas, que tras ellas seres sin forma presionan y pugnan por liberarse. En esta madriguera de Alicia, el conejo blanco es una monstruosidad torturada desde la cuna, la encarnación de mitos ancestrales o el resurgir de los misterios de Eleusis en la era de internet.

Sus protagonistas, siempre femeninas, son complejas y honestas casi hasta la crudeza. Son creíbles, poderosas y brutales. En el relato que cierra la antología, “Esto no es para vosotros”, las protagonistas son directamente ménades antropófagas que camuflan sus asesinatos tras el velo de un salvaje ritualismo, pero aun así llego a entender las decisiones que toman y que me cuelguen si no quiero que estén bien alimentadas. Son mujeres fuertes, libres, las más de las veces rotas o a punto de la fractura debido a promesas no cumplidas de juventud. Son extraordinariamente humanas, bien delineadas y en absoluto complacientes con el lector y, por supuesto, no cumplen con los roles clásicos de madres y esposas. De hecho, es muy probable que ni siquiera levanten muchas simpatías. No están ahí para eso. Sus vidas se han visto definidas por las malas decisiones y los fracasos, la criminalidad y las relaciones truncadas. La redención que merecen nunca se les ofrece en los relatos que protagonizan, sus profundas heridas emocionales nunca cicatrizan…

Si esto no es sororidad, que baje la diosa y lo vea. Sobrevolando sus páginas, aparece en otro de sus relatos un Marsh de Innsmouth, porque la sombra de Lovecraft siempre es alargada, pero también hay ecos de Clive Barker e incluso de Koji Suzuki o Neil Gaiman. Pero son sólo eso, ecos, un condimento más que el plato completo, un juego de referencias entre Files y el propio lector o un muestrario de un bagaje exquisito e inmenso. Pero la voz de la autora se impone con el propio peso de sus ideas, con el alud de su creatividad. Si ya en Experimental Film demostró una capacidad asombrosa para romper los resortes del género, en Esto no es para vosotros y otras historias, Gemma Files se pone juguetona y se engalana con ropajes caros, en los que se ve una mezcla de estilos y con los que amplía sus influencias, pero sin perder nunca su fuerza.

A las obras de Gemma Files nos les gusta colocarse ninguna etiqueta, rehúyen el encorsetamiento de un género definido y optan por trascender sus fronteras con una sabiduría nacida de un talento incontestable. Es fácil rendirse ante este libro y aplicarle el calificativo de “brillante” antes siquiera de terminar el primer relato. Yo lo he hecho. Así que seguid mi consejo, y dejad que Gemma Files os dé caza, os canibalice y luego os escupa a medio masticar. La experiencia merece la pena.

Sergio García, Librería Dorian (Huelva)

“Isla Decepción”, de Paulina Flores

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Isla Decepción

Isla Decepción

Flores, Paulina

ISBN

978-84-322-3787-4

Editorial

Seix Barral

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Paulina Flores, santiagueña, con su primera obra, Qué vergüenza, consigue en 2016 numerosos premios, entre ellos el Roberto Bolaño. Actualmente es considerada una de las voces más innovadoras y con mayor calidad del panorama contemporáneo en lengua castellana.

Isla Decepción es una isla volcánica solitaria que se encuentra entre el archipiélago de las Shetland del Sur y la península Antártica, en el centro del estrecho de Bransfield y muy próxima a la isla Pingüino. Es uno de los destinos turísticos más importantes de la Antártida. Sin embargo, en la obra de Flores su nombre es una metáfora que adquiere aromas que poco o nada tienen que ver con lo anterior.

La novela se estructura en torno a dos historias que aparentemente no guardan ninguna relación entre sí, pero que por razones del azaroso destino terminan confluyendo. Por un lado, tenemos a una chica joven hastiada de su vida laboral y con una relación sentimental fracasada que decide huir de Santiago de Chile, iniciando un viaje de redescubrimiento personal a Punta Arenas, en la Patagonia, donde vive su padre, con el que hace ya demasiado que no se relaciona. Por otro lado, tres marineros orientales, faenando en aguas del Estrecho de Magallanes, inician su particular y funesta huida saltando del barco-factoría en el que prestan sus servicios en condiciones lamentables, prácticamente esclavistas. Uno de esos náufragos terminará irrumpiendo primero en la vida del padre y en la de la hija después, justo en el momento del reencuentro.

Isla Decepción es una novela soberbia, narrada en un estilo que recuerda a las películas coreanas de Park Chan-Wook, Kim Ki-Duk o Lee Chang-Dong, con diálogos sincopados y entrecruzados que te transportan a un rodaje con múltiples personajes, denso humo y un ritmo frenético. Es, además, una novela en la que las vidas personales de sus protagonistas se entrelazan formando un haz de intrincado tallo y consecuencias imprevisibles, de desenlace incierto que irás descubriendo hacia el final.

Lo más interesante de la novela, además de los personajes, nítidamente perfilados, con sus dudas y certezas, sus fuertes personalidades y sus controvertidas decisiones, es el ambiente físico que rodea la narración. Sus líneas nos transportan a un lejano lugar del mapa sudamericano, a la Tierra del Fuego, al fin del mundo, inhóspito, de viviendas alejadas y solitarias, donde los traumas y las heridas parecen diseminarse sobre la superficie terrestre, sobre la que los guanacos campan a sus anchas.

Rafa G. Rivas, Sputnik librería café (León)

“Los extraños” de Jon Bilbao

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Los extraños

Los extraños

Bilbao, Jon

ISBN

978-84-17553-86-9

Editorial

Impedimenta

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“El infierno son los otros”, verbalizó el filósofo y escritor francés Jean-Paul Sartre en su obra A puerta cerrada, y en Los extraños, ultima obra del escritor asturiano Jon Bilbao, esa sentencia se hace carne ante los ojos del lector.

Nos hallamos (antes de abordar el botín de Ribadasella), sin lugar a dudas, con el vértice creativo de Bilbao, que no elude ni su estilo narrativo ni sus más que evidentes influencias, ya palmarias en Basilisco o El silencio y los crujidos, todas ellas publicadas bajo el sello editorial de Impedimenta. Y no las elude, si no que las reafirma en una voz que ya es más que una promesa; es una voz con derecho propio a conquistar un amplio espacio de la voluntad tanto de los libreros como de los lectores.

Pero más allá de oráculos, que sólo el mismo escritor puede vislumbrar en su viaje, al introducirnos en Los extraños nos encontramos con esos personajes (ya conocidos) que se van fraguando con pinceladas a lo largo de la narración, dejando el esbozo necesario para que la trama sea coherente a la par que inmersiva. Una escena cotidiana en un pueblo cotidiano de una pareja que a todos nos parecerá reconocible. En verdad, nada singular parece que suceda durante varios tramos de la novela. Pero no es así.

Qué frágil es la paz y la tranquilidad que son buscadas con arduo deseo… Qué tenues son los lazos de una pareja que ya sólo comparte las paredes de una misma casa… Y qué fácil le resulta al hastío emerger en el instante más aparentemente inocuo, en los instantes de soledad, cuando crees que nadie te puede contemplar, cuando ya nada se puede hacer más que dejarse llevar por los acontecimientos.

Éstas son (grosso modo) las premisas por las que unos extraños personajes, unos extraños sucesos y unos extraños presentimientos se anudan al cuello de Jon y Katharina. Una especie de constelaciones de pensamientos mágicos que se dan por válidos para que toda la trama se desencadene. Hasta ellos mismos. Ya sólo queda que el lector juzgue como tajantemente veraces todos los hechos aquí narrados; o no. En verdad, y aquí está la raíz de la grandeza de Bilbao, eso no es lo importante, sino cuestionarse (cuestionarnos) por todos aquellos planes que entregamos voluntariamente al azar, como si de un experimento cósmico se tratase.

¿Merece la pena la espera o el esfuerzo cuando pueden aparecer unas personas o unos accidentes ajenos que te roben tu pasado? ¿Es la convivencia posible cuando uno desea emprender un camino?

Grandes preguntas de siempre plasmadas con toda su magnitud en menos de ciento treinta páginas.

Yo no le pido más a una novela. Le pido exactamente lo que Jon Bilbao ofrece.

Vicente Velasco Montoya, La Montaña Mágica (Cartagena, Murcia)

“Exilio Topanga” de Enrique Bunbury

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Exilio Topanga

Exilio Topanga

Bunbury, Enrique

ISBN

978-84-121693-5-5

Editorial

LA BELLA VARSOVIA

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Quien escribe esta reseña es un zaragozano nacido en 1980, de modo que no perderá mucho más tiempo en tratar de explicar hasta qué punto le tocó, por cuestiones generacionales, crecer con la música de Enrique Bunbury, y el peso que ésta tuvo en buena parte de su educación sentimental, e incluso en sus primeras intuiciones de lo que la poesía puede lograr. No es que fuera mi música favorita pero sí la que más nos importaba, la que demostraba que en nuestra ciudad pasaban o podían pasar cosas. La separación de los Héroes del Silencio en 1996 supuso mucho más que un disgusto para algunos de mis amigos: a los dieciséis años, lo vivieron con el mismo desgarro con el que se afronta la muerte de alguien muy cercano o, mejor, un cambio indeseado de ciudad.

Pasado el tiempo, mucho más estimulante que imaginar la vida de Enrique Bunbury en México, o en Los Ángeles, o en donde viva ahora (siempre fue muy hábil a la hora de ser escurridizo), es conjeturar cómo imagina Bunbury nuestra vida, la de quienes crecimos con él, la de “la gente de a pie” (expresión literalmente fantástica), y algo de eso hay en el libro que hoy recomendamos. Ha de ser raro, porque al menos hasta la publicación del LP Senderos de traición, que lo cambió todo en 1990, su vida era la nuestra, más o menos, no idéntica pero sí muy próxima, en todos los sentidos. En su excelente Toma de tierra (recomendado aquí), Bruno Galindo ha contado una visita a la habitación de un casi inédito Bunbury, que aún no se llamaba así, y, aunque Galindo es muy discreto y pudoroso con su amigo, también es revelador. Yo fui a dos o tres conciertos suyos pero nunca le conocí, y sin embargo siempre estuve seguro de que esa arrogancia que se le atribuye por sistema (o, mejor, por pereza, por no decir que por deporte) no era otra cosa que una manifestación de cierta vulnerabilidad, una coraza que protegía cierta fragilidad o, mejor, un disfraz (como su propio apellido, tomado de un personaje de Oscar Wilde) con el que disimilar o amortiguar una evidente hipersensibilidad. La actitud altiva como protección, como escudo preventivo: él sabría, supongo, que muchos no lo entenderían, que a muchos les caería mal, pero es algo que merece la pena si a cambio es más fácil que te dejen en paz.

Me sorprendió la noticia de que Bunbury iba a publicar un libro de poemas y, francamente, me temí lo peor. Ya hemos visto lo que los músicos (y los presentadores, y los políticos…) hacen al pasar del vinilo al poemario, y no me refiero a aquellos de quienes más o menos se podía esperar, sino a intentos mucho más autoexigentes y logrados, pero igualmente decepcionantes como los libros de músicos tan estimables como Xoel López o Abraham Boba. Otro músico-poeta zaragozano de talento rarísimo, Sergio Algora, no sólo decía con vehemencia que la escritura de letras y de poemas son cosas distintas, sino que, llegando mucho más lejos, afirmaba que no tenían absolutamente nada que ver, que eran mundos que se daban la espalda radicalmente, lenguajes incompatibles. Tras leer Exilio Topanga, me parece que Bunbury tendería a estar de acuerdo con esto último, pues son, para empezar, poemas relativamente narrativos, bastante prosaicos, lo cual lo aleja ya, casi por definición, de la naturaleza de las letras de sus canciones.

Es, también, un libro arriesgado, no sólo por principio (¿qué necesidad tenía Bunbury de “jugársela”, exponiéndose en una disciplina nueva, y tan difícil, cuando ya ha destacado universalmente en otra?…) sino por su propuesta: es un libro de desarraigo profundo, el testimonio de un apátrida en busca de un hogar acaso definitivo, y eso siempre va a ser difícil de expresar. Y de hecho él “escurre el bulto” un poco, y más que a contar su periplo se dedica a observar el desplome de lo que lo rodea, la gente con la que se cruza (con una actitud que tiene algo de Poeta en Nueva York: “La ciudad es un hormiguero, / energía echada a perder”…), digresiones generales, más o menos inteligibles, que sin embargo no despistan del corazón del libro, de su sentido, sino que lo apuntalan, lo enfocan, nos ayudan a entender que esa peripecia es inseparable del contexto, de lo que sucede cerca, de los cómplices y los antagonistas, del momento histórico, político y personal, del color local (y “local” remite aquí a lo californiano) e incluso de la propia tradición poética, aunque también hay cierto balance autobiográfico que, pudorosamente, no llega a alcanzar lo demasiado confidencial. Y hay hasta un humor totalmente insólito en Bunbury (no el humor en sí, sino este humor), que a veces afecta también a la cultura, como al afirmar sartreanamente que “¡el infierno son las obras!”.

Incurablemente barroco, con un exceso de cosas que decir, con una verborrea que no llega de ningún modo llega a la glosolalia de muchos poetas desaforados, Enrique Bunbury ofrece en Exilio Topanga un buen retrato de lo que tiene delante, con “excursiones” al pasado y a otras ciudades, con hondura analítica y con imaginación creativa, con agobio cultural acumulado y con experiencia personal, con introspección y con “examen de conciencia”, con una enorme batería de referencias culturales y sociológicas que van desde lo popular y hasta lo vulgar hasta la erudición (no muchas estrellas del rock ni de Hollywood se habrán preocupado tanto por investigar los orígenes del lugar que habitan, su orografía, su población original y la llegada de los “pioneros”…). Un nuevo debut del que sale perfectamente airoso y que, coherentemente, puede tener algo de renacimiento individual.

Juan Marqués, ‘Las Librerías Recomiendan

“La historia de la nostalgia” de Natàlia Romaní

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La historia de la nostalgia

La historia de la nostalgia

Romaní, Natàlia

ISBN

978-84-18059-68-1

Editorial

Catedral

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Una ficción magistral construida de forma precisa y fluida.

Partiendo de un triángulo amoroso que surge en el seno de una prestigiosa universidad americana, la autora teje un entramado sutil de relatos que cruzan nuestra historia reciente, desde el drama vivido por las poblaciones de la Europa central en el siglo XX hasta el shock del 11S.

Con un lenguaje económico y literario a partes iguales, enriquecido por reflexiones filosóficas cultas y profundas, Romaní perfila un puñado de personajes peculiares y atractivos que enseguida atrapan la atención. La lectura se vuelve elástica, siguiendo las curvas de una narración rica, que ahonda en la personalidad de cada uno de los actores y en cada una de sus historias, todas únicas y apasionantes, hasta converger delicadamente en un final casi natural.

La protagonista central es Sarah Greenfield, estudiante de literatura en la universidad de Pembroke, en Estados Unidos. La joven entra en un grupo de estudio selecto dirigido por el profesor Gardner, para el que decide realizar un trabajo sobre Ludovico Settembrini, un personaje que aparece en La montaña mágica y que siempre le ha intrigado. Huérfana de padres, fue criada por su tía Emilia, psicoanalista de renombre. Se refugió en los libros desde pequeña: “había confiado en la literatura para sobrevivir”. Animada por su profesor y amante David Goldman, llega a Trieste para conocer al escritor italiano Claudio Magris, que supuestamente la ayudará en su investigación. Junto a él emprenderá un fascinante viaje en coche a través de lugares emblemáticos de la antigua Yugoslavia, llegando al corazón de una Europa herida, entre restos de dolor y memoria.

Mientras, en otro plano de la novela, Emilia Sobesky, tía de Sarah, elabora un plan un tanto enrevesado para que Laura, esposa de David, se reconcilie con su madre, internada en una residencia. Cree que sólo así la mujer comprenderá la inutilidad de un matrimonio que ya no hace feliz a nadie. Alrededor de esta trama irán moviéndose, como en un fascinante  caleidoscopio, todos los demás personajes, tanto que Natalia Romaní, la propia autora, se hace un hueco en la novela como un personaje más.

Chiara Delle Donne, Librería Diógenes (Alcalá de Henares, Madrid)

“Buena mar” de Antonio Lucas

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Buena mar

Buena mar

Lucas, Antonio

ISBN

978-84-204-6071-0

Editorial

ALFAGUARA

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El mar es un liante, como bien sabemos los lectores, que también acabamos engatusados por cualquier libro que huela mínimamente a ballena. La atracción del mar es explicable: la inmensidad, el vacío, la profundidad, el misterio, lo primordial, nuestro origen remoto, la ausencia de sentido o al revés, el sentido en estado puro, la desnudez del sentido, el sentido sin distracciones, sin obstáculos para la mirada… y todo eso vale también para el océano literario. Lo dice Antonio Lucas en esta, su primera novela, al hablar del “desasosiego de contemplar un horizonte donde los ojos no tropiezan con nada”.

“Todo lo que importa / se explica por sí mismo”, decía Lucas en unos versos de su último libro de poemas, Los desnudos, y también que “el mar o el amor no son palabras”. Quiso decir, supongo, que hay cosas que trascienden cualquier explicación o cualquier nombre que se les quiera dar: también suceden a veces dentro de nosotros cosas que no sabemos razonar, pero que tienen, adivinamos, una capacidad destructiva tremenda, una potencia terrible que puede llevarse todo por delante. No sabemos exactamente cuál fue el impulso qué sintió el autor cuando hace dos años, en junio de 2019, decidió embarcarse en un pesquero para cumplir su vieja fantasía de ver cómo se vive a bordo en medio de los temporales que agitan los caladeros de pescado en el Atlántico Norte. Cuando en su día nos lo comunicó a los amigos lo hizo con discreción, sólo por avisar de ese silencio de media distancia que llegaba: rescato ahora de las bodegas de mi ordenador aquel mensaje (“Estaré fuera las dos próximas semanas porque me enrolo en un arrastrero gallego para vivir la aventura del Gran Sol y hacer una serie de reportajes, quién sabe si un libro”…) y releo las crónicas que, en efecto, publicó en su día en El Mundo, y siento que el secreto sigue ahí, un tanto sumergido. Ha tenido que ser una novela lo que mejor ayude a comprenderlo (lo cual no quiere decir que demos por cierto o por exacto lo que allí se cuenta, como bien avisa Lucas en su nota final, sólo que constatamos una vez más que únicamente a través de la ficción se araña la verdad latente, la que al cabo más cuenta).

Mauro, el protagonista de Buena mar, ya sabe que el lío en el que se está metiendo no va a ser precisamente un paseo en góndola, sino más bien un tutuki splash de dos o tres semanas consecutivas, con mal cuerpo garantizado, mareo seguro y peligro cierto. Habrá algunos momentos de paz (“el mar parece recién inaugurado”) y habrá temporales (“Mirar el mar aviva la idea de lanzarse”), habrá contemplación (mecida por versos emboscados de Juan Ramón Jiménez, el 27 o José Hierro…) y habrá riesgo (“En el mar las prisas sólo valen para llegar antes al fondo”), hay ratos de calma (“es difícil describir la insoportable indiferencia del mar”) y ratos sublimes (“Sólo el océano está seguro de sí mismo”), y hay también algo casi explícitamente melvilliano en su comienzo: las primeras páginas, como en Moby Dick, son para las últimas horas antes de hacerse a la mar (“hacerse a la mar”: qué gran expresión), para los últimos paseos estables, para la última noche en tierra, y aunque aquí no hay extraños hombres tatuados como compañeros de cama, el protagonista sí se acuesta en compañía de preocupaciones, de agobios, de tristezas que no tienen que ver con lo que le espera en alta mar sino con lo que deja atrás en Madrid.

La novela es breve y, aunque no se llega a Gran Sol hasta la página 58, los acontecimientos van rápido, de modo que no diremos más, sólo celebrar lo que el poeta y periodista Antonio Lucas ha conseguido hacer con su peripecia real, cómo ha convertido en narrativa lo que podría haber quedado en testimonio. Ese libro soñado le ha salido muy bien. Llamadle Mauro.

Juan Marqués, ‘Las Librerías Recomiendan

“Memoria del frío” de Miguel Martínez del Arco

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Memoria del frío

Memoria del frío

Martínez del Arco, Miguel

ISBN

978-84-16537-87-7

Editorial

HOJA DE LATA EDITORIAL

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En Memoria del frío encontramos el relato de las mujeres “perdidas”, de las “rojas” encarceladas en las prisiones franquistas, de modo que Miguel Martínez del Arco contribuye a recuperar la memoria colectiva en este tiempo en el que la derecha lucha por tergiversar la Historia.

Manuela del Arco, protagonista de la novela, y sus compañeras de militancia y cárcel dan voz a la resistencia y la represión de las mujeres, relato invisibilizado durante décadas por la dominación patriarcal. Torturas. Humillaciones. Violaciones. Deshumanización. 5463 cartas. Palabras. Censura. “Reconstruir. Rehacer. Revivir”. La historia contada, vivida y recordada en un ejemplo de diálogo intergeneracional con el que Miguel Martínez del Arco, a través de la experiencia de su madre, hace presente el pasado.

Carolina Hernáiz, La Vorágine (Santander)

“El ritmo perdido” de Santiago Auserón

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El ritmo perdido

El ritmo perdido

Auserón, Santiago

ISBN

978-84-339-6457-1

Editorial

Editorial Anagrama

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No es habitual encontrar al comienzo de un libro sobre música una cita de Aristóteles. El propio autor lo reconoce. Pero si desvelamos que ese autor es Santiago Auserón, quizá la cosa no resulte tan extraña. Ante nosotros se abre un libro denso pero amable, repleto de citas (se agradecería una bibliografía como apéndice y, desde luego, un índice onomástico, que complementaría un trabajo tan exhaustivo y facilitaría la consulta posterior) y de comentarios personales, reflexiones y juicios críticos que lo sitúan en ocasiones a medio camino entre el ensayo divulgativo y el relato personal. Ofrece varios niveles de lectura, por lo que las explicaciones más técnicas que en ciertos momentos aparecen no entorpecen demasiado el relato para el lector no entrenado en tecnicismos musicales.

El inicio del libro es una suerte de semblanza autobiográfica del propio Auserón aunque, en sus propios términos, cabría llamarla más una alterbiografía, en la que la vida de los otros ayuda a explicar la propia. En ella, descubrimos sus tempranas influencias musicales en una familia aficionada a la música, su infancia en Zaragoza, su adolescencia andaluza y el ambiente musical de la España de la época. Sus vivencias musicales y su capacidad de reflexión le llevan a afirmar que, sin los grupos de rock españoles de los sesenta, que acercaron los patrones de la rítmica internacional a la métrica del verso español, nada de los fenómenos musicales posteriores (el “rollo”, la “movida”, el nuevo flamenco, el indie o el hip-hop españoles) habrían sido posibles. Esas nuevas músicas importadas hicieron que la jota, el bolero o el fandango de Huelva perdieran su carácter hegemónico. No desaparecerían, pero estarían obligados a convivir: “fuimos la primera generación apátrida en España, desde el punto de vista de las raíces musicales”.

Hay en el autor una pulsión por el conocimiento y la reflexión que le lleva a profundizar en aspectos que para otros serían totalmente laterales y accesorios. Sin embargo, son los que le dan a El ritmo perdido el carácter que lo distingue de lo que sería el proverbial libro de ensayo musical -o musicológico-. Santiago Auserón se vale de la filología y la sociología en su análisis. Nos muestra su interés por las etimologías (impagable la exposición del origen del término “rumba” en el capítulo 5, por ejemplo) y la antropología que, como es lógico, se encuentra dentro de su ámbito de interés: sin ir más lejos, en el capítulo titulado “El gato encerrado” encontramos una digresión sobre los animales totémicos, su uso en el mundo musical y el sentido de haber adoptado él mismo al humilde perro como símbolo, deshaciendo alegremente “todo el camino de la cultura, desde el icono del pop hasta más allá del tótem primitivo”. Todo este aparato sirve para apoyar la tesis principal del libro: la influencia africana en la tradición española es mucho más antigua y basal de lo que se ha querido admitir, y su olvido tiene un sentido político, que se enmarca en una homogeneización cultural ficticia y forzosa.

Para adentrarse en la indagación que sustenta esta tesis hizo falta una inquietud y una revelación. La inquietud partía de antiguo: ya Radio Futura, en sus palabras, era un intento afterpunk periférico -para Auserón, el punk es la fase final en la que acaba la pequeña e intensa historia del rock- en lengua romance; pero en los tiempos en los que se grabó De un país en llamas, el diálogo entre los temas que incluían imágenes de esa vieja España que la modernidad y la integración en Europa iba desplazando hacia el olvido y las métricas importadas del mundo anglosajón, no resultaba fluido. Algo de la tradición de la métrica hispana había quedado fuera de la música urbana española.

La revelación llegó en las giras y viajes a Cuba: allí se conservaban aquellos viejos versos y estrofas del Siglo de Oro, un habla de “acentos familiares pero con rasgos de máscara africana”. Y como el autor dice, “cuando se perdió Cuba, resulta que al final se salvó algo de España”.

A partir de ahí, Auserón nos conduce por un fascinante viaje, que parte de la música árabe y su influencia en España (como el misterioso ritmo majurí y su relación con la habanera), la evolución del zéjel, el carácter mestizo de la lírica popular en castellano y la idiosincrasia morisca y la presencia negra en Granada. Y surgen las dudas: ¿es del todo descabellado pensar que ya en las Cantigas había influencia de la tradición popular hispana, con lo que eso podría suponer? ¿Realmente la presencia de figuras negras en los trabajos de los miniaturistas del Rey Sabio representaba a “moros” para distinguirlos mejor?

Más adelante, en el medio social de la España del siglo XVI y XVII, en el que la nobleza se relacionaba con los ambientes de germanías y que el modelo de comportamiento de aquella -desprecio del trabajo manual, soberbia y desprecio por la cultura- sirvió de referente para las clases bajas, ¿cómo no asumir el flujo inverso, de abajo arriba, del gusto por la música sincopada y el baile insinuante? Aquí aparecen los campos semánticos de la “jácara” y el “rumbo”, y se da esa influencia africana directa en los ritmos europeos (véase la zarabanda), convenientemente acallada y silenciada posteriormente. El autor nos conduce por el Siglo de Oro, con compañeros de viaje tan ilustres como Vicente Espinel, Lope de Vega, Góngora, Quevedo o Cervantes, en el que vemos aparecer, no sólo las menciones a esas lúbricas jácaras y zarabandas, sino a esclavos negros que adquieren protagonismo y que muestran la cotidianeidad de la presencia negra, y en concreto, su influencia musical en la sociedad de la época.

Llegados a este punto del libro, ya tenemos claro que en la sociedad española lo africano no resultaba ajeno, y se acompañaba además de una serie de connotaciones especialmente centradas en su aspecto musical. Entonces, ¿qué ocurrió? ¿Por qué ese legado ha permanecido, pero su origen ha sido borrado de la memoria colectiva? Y aquí entra el análisis de los intentos de homogeneizar lo diverso, de unificar lo múltiple que los defensores del sueño imperial han tratado de imponer en nuestra tierra. Y para ello, nada mejor que un protagonista secundario que aparece en el siglo XV en la Península Ibérica, al que se ha caracterizado siempre por sus dotes musicales y ha sido el foco de sospechas y habladurías: el pueblo gitano. De hecho, cuando se produce la Gran Redada de 1749, los gitanos y los negros libertos conviven en los barrios pobres e incluso contraen matrimonio entre ellos (nos recuerda Auserón la famosa chacona de Arañés, de comienzos del siglo XVII, en la que aparece un canto “entre un negro y una gitana”). Los delirios unificadores fracasaron con los gitanos, pero la población negra, en descenso en el siglo XVII, disminuyó drásticamente en el XVIII, ya que el tráfico de esclavos se derivó a las colonias y, poco a poco, el mestizaje fue diluyendo su presencia en España. El desastroso final del siglo XIX y la visión nacionalista del folclore que se impuso en el XX acabó por borrar la memoria de esa influencia. Esos ritmos volverán a partir de la segunda mitad del siglo XX, pero ya como extranjeros. Y tardarán “otro medio siglo en despertar resonancias en la memoria.”

César Altable, El Argonauta, la librería de la música (Madrid)