Más libros de la semana de Literatura

“Diario del río Misisipi” de John James Audubon

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Diario del río Misisipi

Diario del río Misisipi

Audubon, John James

ISBN

978-84-18067-24-2

Editorial

Nórdica Libros

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Introducirse en la vida y obra de John James Audubon (nacido Jean-Jacques Audubon) requiere por parte del lector un ejercicio y esfuerzo por alejarse de encorchetados compartimentos-estancos culturales actuales. Hablamos de uno de los padres de la ornitología moderna, además de ser también parte fundamental de la historia del “Naturalismo” decimonónico (eso sin contar sus innegables habilidades en la pintura botánica). Por ello nos encontramos en esta edición publicada bajo el título de Diario del río Misisipi, pergeñada exquisitamente por Nórdica Libros, con el recorrido a través de un espacio y un tiempo distantes a nuestras maneras de entender la relación con una naturaleza aún por descubrir.

Empieza el recorrido embarcándose desde Cincinnati acompañado por el capitán John Aumack y un joven Joe Mason, que acabaron por ser testigos y colaboradores de este viaje por aquella vieja parte de la Luisiana francesa. A lo largo de todo el diario y sus variadas anotaciones podemos palpar la insoslayable fungosidad de la espera. Recorremos con él esos días tediosos y de silencio en los que nada ocurre hasta los instantes de frenesí ante la aparición de esas aves que tanto deseaba catalogar, pintar, diseccionar. Eso sí, siempre confiando en su certera puntería, con la cual aspiraba a no provocar daños que dificultaran cualquiera de los anteriores objetivos.

Porque la única manera que tenía Audubon de profundizar en la naturaleza aérea de aquellas tierras salvajes era con la muerte. Por ello cuando he señalado frenesí es porque así se desprende de las largas jornadas en las que cazaba casi un centenar de aves para posteriormente realizar un trabajo que le quitaba prácticamente cualquier hora de reposo mencionable. Y (no es por hacer ningún tipo de spoiler) si había que cocinar, se cocinaba, porque la naturaleza también residía en el paladar de aquellos hombres de principio del siglo XIX.

En definitiva, este Diario del río Misisipi es la enésima aventura equinoccial del hombre blanco por tierras indómitas y repletas de salvajes, y hombres rudos, hombres de frontera atraídos por las nuevas tierras, una suerte de Pilgrims en busca de una tierra prometida que, tal y como bien refleja Audubon, no compartían el entusiasmo por la naturaleza de nuestro protagonista.

Un diario publicado de manera excepcional, con sus excelsas ilustraciones en las páginas finales (más de 70) que legó a la historia demostrando su afán inquebrantable por dejar un atisbo de conocimiento a la sociedad de su momento. Por ello representa un más que interesante estudio del surgimiento a la vida de las ciencias modernas y un testimonio de un mundo que desapareció irremediablemente bajo el yunque una sociedad que se encontraba en pleno proceso de mutación y transformó su entorno al capricho de otras aventuras menos loables.

Juzguemos, pues, a Audubon, tras la contemplación de sus penurias, riesgos, adrenalina y arte, como ese individuo necesario para comprehender un pequeño trozo de una historia.

Vicente Velasco Montoya, La Montaña Mágica (Cartagena, Murcia)

“Bohemios del valle de Sesqua” de W.H. Pugmire

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Bohemios del valle de Sesqua

Bohemios del valle de Sesqua

Pugmire Wilum Hopfrog

ISBN

978-84-122813-1-6

Editorial

LA BIBLIOTECA DE CARFAX

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“El miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el tipo de miedo más viejo y poderoso es el temor a lo desconocido”… Esta cita de Lovecraft resume a la perfección el núcleo candente en torno al cual gravita su propia obra. Para el autor de Providence, el terror venía dado por la creación de una atmósfera determinada como principal impulso narrativo, una atmósfera que transitaba entre lo onírico y lo malsano, más que por el entramado argumental o los personajes. En sus decenas de relatos, el terror se aleja del género humano y su planeta insignificante y sus panteones, para ir directamente al encuentro de la otredad, de lo weird, del horror cósmico de un universo hostil e infinito.

Wilum Hopfrog Pugmire, décadas después, recogió el testigo de Lovecraft y supo entender como pocos el sentido de su obra. Su mayor tributo fue la creación de un universo ficticio similar al que construyó el escritor de Providence, poblándolo con la misma extrañeza y las mismas tinieblas, con los mismos sueños y los mismos nombres malditos. Si Lovecraft pergeñó el Valle de Miskatonic y todas las ciudades ficticias que lo jalonan (Dunwich, Innsmouth…), Pugmire materializó su propio rincón encantado, un lugar donde vertió su amor por la poesía y por las figuras de Oscar Wilde, Baudelaire, el propio Lovecraft o Arthur Machen. El Valle de Sesqua se convirtió en ese rincón mágico, que transporta los recuerdos y los sueños del tiempo. En este paraje que atrae a los locos y los ceba con su alquimia impía, el autor hizo transitar personajes inmensos y rotos, así como a los avatares de dioses nacidos del acto de apareamiento atroz de estrellas negras y lunas muertas. Simon Gregory Williams, William Davis Manly o Sarah Paget-Lowe son sólo alguno de esos personajes, sonámbulos en la vigilia, náufragos sin mar. Escucharon la canción del valle y, como Odiseo de regreso a Ítaca, no podían hacer otra cosa que ir en pos de su voz.  Los encontrarás a los pies del monte Selta, resplandecientes de júbilo, atrapados en las ensoñaciones de Sesqua, un ente vivo que sueña y respira, un portal a realidades más antiguas que en la que vivimos. Los encontrarás arrodillados, oferentes como bestias domesticadas, lamiendo las manos del Hombre Oscuro Nyarlathotep, sellando pactos más antiguos que el orden de los mundos.

Pero Pugmire no fue sólo un pastiche de Lovecraft, sino que supo dotar a su obra de un aliento único, poético e intensamente musical. Libre de todos los prejuicios que asolaban la obra de este, los relatos de Pugmire te impregnan con una sensualidad casi empalagosa, se te pegan como el sudor en verano, te embrujan como una bruma que te besa en los ojos y te abre la puerta de los abismos.

Sus mitos no hieden al miasma de la tumba y el túmulo, sino al romero de los montes, a beleño y mandrágora. Brillan con las tradiciones gitanas y las canciones antiguas chilladas al alba en idiomas alienígenas, con las verbenas salvajes donde los vivos bailan con los muertos. Sus historias son magia negra y el reverso repujado de una carta de tarot.

Sergio García, Librería Dorian (Huelva)

“Puta” de Nelly Arcan

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Puta

Puta

Arcan, Nelly

ISBN

978-84-17386-76-4

Editorial

Pepitas de calabaza

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Raquel Vicedo, nuestra querida librera nómada (Madrid-Asturias-Logroño-Alicante…), pero constantemente vinculada a Cervantes y Compañía (Madrid), nos habla desde los (fascinantes) sótanos de esa librería para recomendarnos un libro guerrillero y mucho más hondo y complejo de lo que las cuatro letras de su título, tan citadas: “Puta” de Nelly Arcan, publicado por Pepitas de Calabaza y traducido por la propia Raquel.
 
Podéis encontrar el libro en todas estás librerías:
https://www.todostuslibros.com/libros/puta_978-84-17386-76-4

“Al final del miedo” de Cecilia Eudave

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Al final del miedo

Al final del miedo

Eudave, Cecilia

ISBN

978-84-8393-287-2

Editorial

Páginas de espuma SL

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Relatos como agujeros, cuchilladas con las que Cecilia Eudave acomete la realidad, trasluciendo qué hay más allá, qué se oculta tras estas vidas monótonas y desprovistas de significado, en un siniestro juego de dobles y espejos.

Unos descarnados protagonistas nos llevan de su mano, parpadeando ante la excesiva claridad y nitidez que inunda su plana existencia.

La mujer se despierta y sabe perfectamente que no recuerda nada de su vida, y que no volverá a recordar nada, los amigos se adentran en la noche buscando el peligro en un misterioso local clandestino, la pareja viaja en su coche y se ve inexplicablemente atareada en deshacerse de un cuerpo atropellado… Lo corriente, lo convencional, alterado abruptamente, por accidentes tan inesperados como deseados.

Los sólidos cimientos de la sociedad se agrietan, y asoma la oscuridad, el deseo, la lucha, un equilibrio frágil, una tensa cuerda tendida sobre lo misterioso, lo desconocido, abismo irresistible al que los protagonistas se aproximan sin pavor, topos cavando túneles hacia la oscuridad, estirando los límites de su mundo hasta sentir cómo se rasga.

Los misteriosos agujeros de los que todos hablan, heraldos de un fin que se aproxima, son parte de su cotidianidad.  Desprovistos ya de sus ataduras, estos cuerpos, como naves abandonadas, se entregan irremediablemente a la corriente, buscando precipitarse en el oscuro remolino, golpearse y astillarse, sintiéndose tal vez así por un momento vivos, más allá del miedo.

Mariña de Toro Cuns, Numax (Santiago de Compostela)

“El Leopardo de las Nieves” de Sylvain Tesson

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El leopardo de las nieves

El leopardo de las nieves

Tesson, Sylvain

ISBN

978-84-306-2381-5

Editorial

TAURUS

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El escritor y aventurero Sylvain Tesson siguió los pasos del fotógrafo francés Vincent Munier por los parajes de la prácticamente inaccesible meseta del Tibet en busca del leopardo de las nieves, un animal hermoso y poderoso pero poco conocido y apenas fotografiado. Munier, siempre inmerso en la búsqueda de un fantasma, es uno de los pocos fotógrafos que ha conseguido verlo y captar su belleza a través de su objetivo para mostrarnos un animal salvaje, bello y sagrado y despertar en nosotros el respeto y el amor que la naturaleza de nuestro planeta merece: “Yo busco la belleza, le rindo honores. Es mi manera de defenderla”, nos dice Munier.

El resultado de esa aventura emprendida por Sylvian Tesson junto a Munier en una de sus expediciones por el Tibet es este libro que publica Taurus donde se nos habla de la búsqueda de lo inaprensible, de la virtud de la paciencia y de la espera. Éste es un libro lleno de silencio donde el ser humano se encuentra consigo mismo y con la naturaleza que lo rodea.

Tesson escribe desde lo personal y desde la reflexión filosófica invitándonos a observar, a disfrutar, a amar el mundo del que formamos parte.

¿Qué lleva a un hombre a viajar a un país prácticamente inaccesible para encontrar  y ver la belleza de un animal apenas visible? ¿A pasar horas y horas esperando en condiciones meteorológicas tan adversas y agazapado en posiciones incómodas sin apenas moverse? El frío y el dolor físico conviven con el deseo en esa espera. Tesson se queda solo consigo mismo, con sus pensamientos, recuerdos y reflexiones hasta encontrarse con lo esencial en ese camino elaborado de paciencia. Éste es un viaje lleno de poesía y silencio que transforma. “Había aprendido que la paciencia en una virtud suprema, la más elegante, la más olvidada. Ayudaba a amar el mundo antes de pretender transformarlo.”

El tiempo de la espera acaba… y al fin Tesson ve al leopardo de las nieves ¿Qué siente cuando lo ve? ¿Cuándo llega ese instante tan esperado, tan deseado? Siente algo sagrado, algo que lo transciende.

“Yo no tenía que consolarme, porque había visto el hermoso rostro del espíritu de las piedras. Su imagen, deslizada bajo mis párpados, vivía en mí. (…) Había visto al leopardo, había robado el fuego. Llevaba en mí el tizón.”

Tesson siguió los pasos de Munier por el Tibet y nosotros  también podemos seguir su rastro y las huellas de los leopardos a través de este libro y de las fotografías de Munier, en las que deslumbra la belleza de su mirada por la naturaleza. Saber que esa belleza existe nos calma y nos reconforta.

Quizás nosotros nunca viajemos al Tibet ni veamos al leopardo de las nieves pero en este mundo en el que vivimos tan deprisa, casi ciegos, y en el que lo inmediato gana la partida, nosotros también deseamos lo inaprensible. Quizás si cultivamos la espera y aprendemos el oficio de la paciencia, podamos conseguir robar el fuego para que al fin el espíritu del leopardo viva en nosotros.

“Esperar es una oración. Viene algo. Y si no viene es porque no hemos sabido mirar”.

Sagrario Santamaría Martín, Librería Taiga (Toledo)

“Historia de una novela” de Thomas Wolfe

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Historia de una novela

Historia de una novela

Wolfe, Thomas

ISBN

978-84-18264-91-7

Editorial

Periférica

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Thomas Wolfe fue un escritor que, con un talento descomunal, se volcaba en proyectos absolutamente sobrehumanos, desbocados, colosales, agotadores, como si pretendiera hacer con la prosa lo que Walt Whitman hiciera con la poesía, en el sentido de totalidad, de registro meticuloso de la realidad entera, de universalidad (de universalidad, sí, aunque, de nuevo como Whitman, se centrase muy consciente y explícitamente en la vida, la historia, la política, la “identidad” y la sociedad norteamericanas: las últimas líneas del libro que comentamos hoy son transparentes al respecto). No es nada sorprendente que muriera con treinta y ocho años, y de tuberculosis cerebral, radicalmente fatigado y vacío, alguien que trabajaba y escribía como él, según el propio Wolfe nos cuenta ahora en esta breve pero sustanciosa y extraordinaria Historia de una novela, que es casi como un making of (o incluso un paratexto, una coda, un epílogo…) de Del tiempo y del río, la segunda novela del autor, cinco años después de la ya monumental ópera prima El ángel que nos mira.

Esa segunda novela de Wolfe es famosa por las dimensiones grotescas que llegó a alcanzar en algún momento de su escritura, decenas de miles de páginas que eran tan magistrales como obviamente impublicables, y que hubo que podar drásticamente para convertirlas en un volumen no sólo vendible, sino legible, manejable, portátil. Ese proceso se hizo con la ayuda, la paciencia y la complicidad a veces arriesgada (Wolfe debía de ser un hombre impetuoso, temperamental, imprevisible…) del editor Maxwell Perkins, quien mantuvo a lo largo de los años una actitud que mezclaba la admiración ante lo que leía con la serenidad ante las posibilidades y conveniencias comerciales de un monstruo de papel como ése, a la vez que se adivina la preocupación personal, perfectamente justificada, con que el editor debió de mirar en algún momento al artista, totalmente enajenado por su criatura, avasallado con todo lo que se obligaba a contar, enfermizamente insomne, capaz sólo de caminar como un animal herido por las calles de la ciudad (de varias ciudades, en realidad, pues Wolfe cambiaba de espacio con frecuencia, pero nunca se mudaba de su propia obsesión), y que sufría la maldición suplementaria de una fatal buena memoria: al parecer se acordaba de todo, retenía todo, su cerebro no se liberaba de nada que hubiera pasado por sus sentidos, y él necesitaba contar todo eso, cada conversación, cada esquina significativa, cada rostro entrevisto entre la multitud, cada detalle de cada detalle, creciendo y amplificándose todo en sucesivos niveles de sentido…

Cualquiera que haya leído cualquier texto de Wolfe sabe que en él, invariablemente, encontramos literatura de primer grado, no sólo por la calidad y la exactitud de lo que escribe, sino por su tono, por su continua intensidad, por su no saber apearse de lo importante o distraerse de la trascendencia, aunque pudiera escribir, como decíamos, de cosas aparentemente superficiales: no hay nada trivial en Wolfe, él se abalanza sobre la vida con un apetito voraz y una desesperación alucinada, y lo escribe con una prosa magistral: sólo su muerte, tan temprana, impidió el desarrollo de una obra literaria que hubiera sido probablemente definitiva, y aun así, sólo con sus “descartes”, ya tiene una producción notablemente más caudalosa (y en buena medida más importante) que sus coetáneos (y sus admiradores) Faulkner, Fitzgerald o Hemingway, que vivieron muchos más años (pero no sé si vivieron “mucho más”, en el sentido de la frondosidad y la violencia con la que Wolfe se movía, autoexigente hasta lo morboso). Como los mejores poetas, él va siempre al corazón de las cosas, siempre escribe en tensión, aunque sea en escenas de transición o de aclimatamiento al tema o a los personajes: aquí se nos cuenta, por ejemplo, que las páginas de introducción o “entonamiento” de Del tiempo y del río, que contaban un viaje en tren a través del estado de Virginia, ya se extendían más allá de lo que ocupa una novela de extensión estándar: era al parecer una presentación gloriosa, literatura de primera calidad, pero hubo que mutilarla.

Cualquiera que haya pensado al respecto sabe que, si quieres explicar cuál es tu teoría literaria, tu “filosofía” sobre la literatura o incluso tu perspectiva de la poesía… lo que tienes que hacer es escribir una novela. La teoría subyace en la práctica, en toda novela hay un ensayo subyacente sobre la narrativa (y por tanto, sobre la creación, sobre el arte, sobre la existencia), igual que en todo poema hay una poética. Wolfe dejó claro cuál era su intensa e inmensa concepción de la literatura en muchas narraciones (cuatro novelas largas, muchos cuentos, y maravillosas novelas breves que muy probablemente son fragmentos apartados –que no descartados– de esa segunda novela gigantesca), pero aquí tenemos de repente un texto personal, escrito desde el yo más claro: él siempre escribió sobre lo que conocía, y aquí explica por qué, pero no daba testimonios directos, salvo sus cartas (en la última edición española de El Crack-Up se incluyó una carta reveladora y terrible, por secretamente dura, de Wolfe a Fitzgerald, respondiendo a una carta en la que éste, al parecer, era algo condescendiente con la novela del primero…). Pues bien: aquí sí tenemos un autorretrato limpio, lleno de buenas ideas sobre la creación literaria, con consejos emboscados para los jóvenes escritores (aunque no acabamos de estar seguros de que sea aconsejable imitar al aconsejador…) y, sobre todo, una nueva declaración sublime de amor a la literatura, a la curiosidad, al esfuerzo y a los buenos frutos: “si bien mi libro no era fiel a los hechos, sí lo era a la experiencia general de mi pueblo y, al menos eso espero, a la experiencia general de todos los hombres”.

Juan Marqués, ‘Las Librerías Recomiendan

“Breve tratado sobre la estupidez humana” de Ricardo Moreno Castillo

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Breve tratado sobre la estupidez humana

Breve tratado sobre la estupidez humana

Moreno Castillo, Ricardo

ISBN

978-84-17425-21-0

Editorial

Fórcola Ediciones

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En ocasiones me he preguntado si realmente los hombres que actúan conducidos por la estupidez son realmente imbéciles naturales o si su comportamiento es solo fruto de las circunstancias, si la escasez de lucidez y prudencia –¡bendita prudencia!– es meramente puntual o por el contrario es consustancial a ellos mismos.

Normalmente tiendo a suavizar, a intentar justificar determinados comportamientos como algo anecdótico, no pasa nada, me digo, todos tenemos un mal día, todos –alguna vez– nos comportamos de forma poco inteligente, somos humanos y, por lo tanto, imperfectos.

Pero, vaya, lean este estupendo ensayo, breve pero certero, del matemático y filósofo Ricardo Moreno Castillo, publicado en la siempre interesante editorial Fórcola, y entenderán que quizás yo andaba algo errada. Me temo que el veredicto es claro: hay casos de ignorancia y estupidez insalvables, algunos, es verdad (¡en qué estaría yo pensando!) son muy evidentes. Hay individuos siempre dispuestos a abrir la boca para dar su “valiosísima” opinión a través de todos los medios a su alcance –y en pleno siglo XXI los medios abundan–, para bien del resto de sufridos congéneres y, ya puestos, de la humanidad entera. Sí, me temo que la estupidez humana campa a sus anchas por todo el mundo. No hay continente, país o palmo de tierra que se libre de ella. En fin, llegados a este punto permítanme que no me incluya entre los tontos… y ahora debería decir con falsa modestia y como disculpándome: “aunque resulte pedante”, pero eso, según Moreno Castillo, sería otra muestra de estupidez.

En este lúcido ensayo, que lleva ya algún tiempo entre nosotros y que está disfrutando en las últimas semanas de gran aceptación entre los asiduos a las librerías, el autor disecciona –y se despacha a gusto– al prototipo de imbécil, tonto, tarado mental, corto de miras, aquel con quien la madre naturaleza no se mostró muy generosa a la hora de repartir inteligencia. Y lo hace de una manera incisiva, llamando a las cosas por su nombre y en ocasiones con cierta socarronería, de tal manera que uno puede estar leyendo verdades como puños que dicen muy poco en favor del género humano sin poder evitar a su vez cierta sonrisa cómplice. Y esto es así porque también encontramos aquí una forma de ironía sutil que quiere pasar desapercibida, que quiere ser seria, y que resulta contundente, demoledora. Y si no me creen, lean algunos párrafos como aquellos en donde el autor enumera los distintos ejemplares de tonto, o aquellos en los que menciona frases asimiladas ya por las mentes de todos pero erróneamente atribuidas a los ilustres pensadores que en el mundo han sido, y, en algunos casos además, frases cuyo significado aceptado por el imaginario popular está completamente equivocado.

Pero, ironías aparte, a pesar de su brevedad Moreno Castillo se toma muy en serio lo que expone y nos alerta sobre los enemigos de la inteligencia, que son muchos, entre otros, la amnesia frente a la memoria; la envidia, que, ociosa siempre, es incapaz del más mínimo esfuerzo constructivo… y frente a todo ello, lo que nos salva, lo que nos hace libres, críticos: el estudio, el conocimiento, el deseo de aprender, la curiosidad, el esfuerzo personal. Todo aquello que permite que abramos nuestra mente, nuestra capacidad de contrastar, nuestro entendimiento y, añadiría yo, nuestra capacidad de escucha, tan lamentable y sistemáticamente ignorada en los tiempos del insulto fácil y la jarana televisiva.

Si alguien a estas alturas ha sentido curiosidad por leer este libro, que lo haga, y enhorabuena, eso significará que va por el buen camino.

Ester Vallejo, Lex Nova (Madrid)

“Un lector” de George Steiner

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Un lector

Un lector

Steiner, George

ISBN

978-84-18245-68-8

Editorial

Siruela

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Se cumple un año de la muerte de George Steiner y la editorial Siruela publica bajo el título de Un lector una selección que el propio Steiner hizo de lo que él pensaba que eran sus mejores ensayos hasta los ochenta. Hace un año moría también Harold Bloom y en todas partes se aludía a la muerte de la erudición. Una extraña y terrible saga se terminaba con dos de los principales examinadores del mito.

Así como el mito modela y crea la realidad que está por venir, ciertos pensadores, en su interpretación del pasado, nos muestran unas llaves que abren un poco más adelante las despensas del futuro. El crítico, o más bien el lector crítico; o más bien el caso que Steiner representa y que parece difícil de definir, si es tan afilado y tan agudo como él lo fue, probablemente esté escribiendo lo que ha de venir con las herramientas que le ofrece su presente. Existe un peligro, sin embargo, en el método de retroceder ante un cuadro, un texto, y, ya que estamos, ante el mundo: Steiner lo ejemplifica en estas páginas con el caso de la semiótica francesa. Puede tener este método la intención de perpetuarse, de convertir la mirada individual en juicio universal. En ese error incurriría Bloom en algunos de sus libros.

Hay un paralelismo, con ciertas distancias, entre dos libros originales y problemáticos que son La ansiedad de la influencia de Bloom y En el castillo de Barba Azul de Steiner (del que se incluye un ensayo en el final de Un lector). Son estos, dos libros que comparten la audacia de la juventud. Si bien el Castillo de Barba Azul queda en algunas de sus páginas superado por la tecnología y la velocidad del presente, es un texto que podría medirse con las Inquisiciones de Borges, tanto por su erudición como por su espíritu de ensayar; porque el ensayo, y esto puede parecer muy obvio, ensaya. Conviene recordar estos dos libros, que corresponden a los inicios de ambos autores, porque a pesar de haber sido nombrados los más altos eruditos de su tiempo, hubo un momento en que la Academia se enfadó mucho con ellos. Aún hoy lo sigue haciendo, y es comprensible, porque a uno no le gusta que le despierten de la siesta.

Steiner fue muy consciente de lo subjetivo de la crítica, de lo voluble de esta, y también de la importancia de que estuviera sostenida hasta el final por el estilo. Ese estilo, que produce siempre pensamiento original, se apoyó en su caso en una erudición que abarcaba todas las cosas humanas. Leyendo los más de treinta ensayos que componen este libro uno piensa que qué más puede querer un escritor que no ser actual, que qué felicidad ir a destiempo. Y qué felicidad hacerlo también intempestivamente, porque las líneas de investigación que siguió Steiner son asintóticas, dan vueltas y vueltas sin llegar a tocar nunca la curva plenamente. Steiner, que murió con la dignidad de ciertos filósofos, nos recuerda que cuando la muerte de los oráculos, lenta y progresiva durante el Imperio Romano, la lectura del futuro en las tripas de animales o en los ojos de los peces fue sustituida por otras formas de pronóstico. Si bien la adivinación vivió sus momentos bajos, esta no desapareció. Steiner fue consciente de esto, sabiendo que con él no se terminaban los libros.

Miguel Rodríguez, Santos Ochoa (Salamanca)