Más libros de la semana de Literatura

“Me desperté con dos inviernos a los lados” de Elsa Veiga

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Me desperté con dos inviernos a los lados

Me desperté con dos inviernos a los lados

Veiga, Elsa

ISBN

978-84-120943-5-0

Editorial

Tres Hermanas

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Nuestra inimitable, insuperable e incansable Izaskun Legarza Negrín, de la Librería de Mujeres de Canarias (Santa Cruz de Tenerife), nos habla desde el espacio infantil de su librería de “Me desperté con dos inviernos a los lados”, primera novela de Elsa Veiga, publicada por Tres Hermanas.

Para escuchar, ver y disfrutar la vídeo-reseña, mirad aquí abajo:

 

“El futuro recordado” de Irene Vallejo

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El futuro recordado

El futuro recordado

Vallejo Moreu, Irene

ISBN

978-84-121551-1-2

Editorial

EDITORIAL CONTRASEÑA

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El librero Pablo Muñío, de la Librería París (Zaragoza), nos habla de El futuro recordado de Irene Vallejo (Contraseña), una recopilación de sus excelentes columnas periodísticas (con algún ‘bonus track’ en forma de discurso de inauguración). Y la propia vídeo-reseña también tiene extras y sorpresas, porque, por primera vez en la historia de ‘Las Librerías Recomiendan’… Bueno, mejor vedlo vosotras/os mismas/os…

Y, sobre todo, encontrad el libro aquí:
https://www.todostuslibros.com/…/el-futuro-recordado_978-84…

Para ver y escuchar la vídeo-recomendación (con “cameo” de la propia autora del libro recomendado), aquí.

“Agua salada” de Jessica Andrews

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Agua salada

Agua salada

Andrews, Jessica

ISBN

978-84-322-3657-0

Editorial

Seix Barral

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Tras la muerte de su abuelo, Lucy viaja con su madre a Donnegal, en la costa de Irlanda, para asistir al funeral y deshacerse de cosas inservibles de la vieja casa que ambas han heredado. Su madre regresa, pero ella decide quedarse una temporada en aquel lugar solitario y remoto en el que el mar, los espacios abiertos y la tranquila vida rural sustituyen la velocidad y el ruido de su rutina de estudiante universitaria en Londres. Hay en ello una necesidad obsesiva de entenderse, de encajarse en su urgente proceso de construcción y darse un sentido; una constante a lo largo de toda la narración, en la que Lucy repasa su infancia, adolescencia y juventud, mientras absorbe e intenta comprender las extrañas e intensas sensaciones que le descubre su nueva vida.

Agua salada se desliza entre su presente en Donnegal y el relato de su pasado a través de episodios de su vida y de su relación con su familia: su madre adorada, un padre alcohólico sin remedio y su hermano, sordo de nacimiento. Asistimos a su crecimiento, a los cambios en su cuerpo y a su progresivo desarrollo emocional, en el que advierte con desgarro inconsolable el desligamiento natural de su madre, por la que siente un amor profundo y una enorme admiración que se filtran a lo largo de toda la novela. En acuciante lucha por definirse y situarse en el mundo, comienza sus estudios en Londres siguiendo el camino que tanto deseaba, o, como ella dice, que tanto parecía que debía desear y en lo que pone todo su empeño. De ahí, quizá, sus dudas culpables, su inseguridad y su invariable desasosiego. Se entrega así a experiencias de un ímpetu juvenil vertiginoso y salvaje, sin abandonar, sin embargo, su parte de estricta responsabilidad, y que, de alguna manera, quedan justificadas al componer retazos de su incesante búsqueda.

En la soledad de su vida en Irlanda, descubre una realidad más auténtica que la que ha dejado atrás. El vértigo de la ciudad, el cambio constante, se le antojan ahora irrelevantes en contraste con la sensación de permanencia que transmiten la lentitud y el silencio, adquiriendo una especial conciencia de sí misma y de cada pequeña cosa de su entorno. La narración se compone de textos numerados, casi todos muy breves, que con un lenguaje muy sugerente, a ratos poético y simbólico, sucio y callejero en ocasiones, sin exuberancias ni artificios, componen una voz íntima, fresca y a la vez profunda, magnética y cargada de autenticidad. La escritura de Jessica Andrews en esta novela ha alcanzado probablemente el mismo nivel al que ha llegado la narradora en su anhelante indagación personal. Las palabras, dice, dan forma y contorno a los pensamientos, permiten aprehenderlos, jugar con ellos y explorar sus recovecos. Se intuye que, a través de sus experiencias, de su apremiante necesidad, ha alcanzado una especie de sosiego que, generalmente, se va logrando a través de un trayecto mucho más largo en el tiempo. Su inquietud por definirse y pensarse a través del lenguaje construye un hermoso relato, íntimo, profundo y maduro. Y es que querer comprender la vida con los cinco sentidos, acaso su sinsentido, ubicarse en ella y conseguir por fin apaciguar una frenética búsqueda, es tarea más que legítima, pero ardua, y tan difícil de alcanzar como no abandonarse al desaliento y la tristeza. Se precisa, normalmente, toda una vida para ello y las prisas juveniles no suelen dar buenos resultados, cuando se experimenta demasiado sin pensar demasiado. No es lo que le ocurre a la protagonista de Agua salada. Para nada.

Olivia Lahoya Cuende, Librería Estudio (Miranda de Ebro, Burgos)

Olivia Lahoya Cuende, con el libro reseñado, en la Librería Estudio.

“Un gramo menos” de Vicente Gallego

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Un gramo menos

Un gramo menos

Gallego Barrado, Vicente

ISBN

978-84-9743-895-7

Editorial

Milenio Publicaciones

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Ciertas verdades

llegan al corazón

por un atajo:

 

un heptasílabo

entre dos pentasilabos:

eso es un haiku,

 

y en ese arte

es Vicente Gallego

todo un maestro.

 

Lo ha demostrado

en muchas ocasiones,

y ya dejamos

 

de encadenar falsos haikus (no basta con la métrica para que lo sean, y la tentación de escribir toda la reseña así era grande) para ponernos medio serios y celebrar, por un lado, que la editorial catalana Milenio haya emprendido una nueva colección de poesía, dirigida por Àngels Marzo y Josep M. Rodríguez, y, por otro, que su primer título sea éste, tan inspirado y especial.

El título general se explica en el primer poema: “Le resta un gramo / al peso de este mundo / la mariposa”, donde ya nos sumergimos de lleno, de sopetón, en el universo ya célebre del veterano poeta valenciano, y donde ya se produce una de esas inversiones paradójicas tan gratas a este tipo de poesía: ese gramo que más o menos puede pesar un leve mariposa no es un peso de más sobre el mundo, sino un peso de menos. Es una descripción preciosa del vuelo y, además de esa intuición maravillosa de que cuando una mariposa echa a volar la presión sobre el mundo es automáticamente un poco menor, es decir, que se aligera la presión física, ¿no se insinúa además que se aligera de paso la presión simbólica? Una mariposa volando quita hierro, lo hace todo un poco más suave, con ella todos volamos, todo se atenúa, todo importa un poco menos no porque no importe sino precisamente porque importa. Habrá quien me entienda.

No hay nada más inadecuado y antipático que glosar o desarrollar o sobre-explicar un poema: ya hemos “mancillado” el primero, así que dejamos los otros ciento y pico poemas del libro al disfrute del lector, pero animamos a su lectura no sólo a los lectores habituales de Gallego o de este tipo de poesía, lectores naturales de este libro, sino a cualquier rastreador de belleza y verdad, pues aquí tenemos varios de los mejores “palos” de la poesía, como el estupor sincero y repentino ante la cotidianeidad habitual, transfigurada de pronto (“Miro mis palmas, / ¿de qué árbol se han caído / estas dos hojas?”), la entrega obediente a la vida (“Igual le da / a la hoja en el viento / si sube o baja”) o las analogías inspiradas y significativas (“Los veo echar / raíces en el aire: / patatas, hombres”), aparte de cierta anulación del tiempo (“Pegando añicos / del juguete uno a uno / juega la madre”) y, ante todo, la pura celebración de la gloria, o la sensualidad o la paz del mundo: “Prende entre ramas / de naranjos el fuego / del mar de Oliva” (y qué ganas entran de trasladarse inmediatamente a aquella playa: habrá quien me entienda…).

Esa gratitud se expresa a menudo a través de los olores o los sabores de la comida (el pan, la fruta, los guisos…), del calor familiar, del empujón crucial de la amistad (hay una sección dedicada a la memoria de Antonio Cabrera, y otra a la figura magistral de Francisco Brines), de la presencia tutelar del padre o el abuelo fallecidos, de los amigos ausentes, de ciertos recuerdos decisivos. Un libro, pues, que permite ese efecto circular de la mejor poesía: la gratitud y la sorpresa permanentes ante todo lo que hemos recibido sin pedirlo (y, probablemente, sin merecerlo) nos hacen escribir poemas que multiplican la gratitud y la sorpresa ante la vida, los cuales nos ayudan a observar y vivir mejor, con más atención, lo cual nos ayuda a leer y escribir mejor, lo cual nos hace vivir más plenamente, lo cual… Y eso nunca se acaba, aunque se termine; habrá quien me entienda. Y Vicente Gallego es el responsable de un creciente puñado de poemas de ésos, definitivos, impecables, certeros, reveladores, trascendentes.

Juan Marqués, para ‘Las Librerías Recomiendan

“Gente que busca su bandera” de Braulio Ortiz Poole

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Gente que busca su bandera

Gente que busca su bandera

Ortiz Poole, Braulio

ISBN

978-84-121471-3-1

Editorial

Maclein y Parker

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Las gentes de corazón autoritario (“amigos de lo inerte / y no de lo que tiembla, / corazones estériles / que se apartan del fuego”…) han predominado o prevalecido o desde luego se han impuesto por definición sobre las gentes de cualquier época que sólo hubieran pedido poder vivir, amar, trabajar o crear con un poco de verdad y sencillez. Y a algunas de estas víctimas casi anónimas acaba de dedicar el poeta sevillano Braulio Ortiz Poole un libro muy hermoso, consagrado a retratar la fatalidad de las vidas que no se cumplen por motivos ajenos a sí mismas, por agresiones llegadas del exterior.

La amargura, por tanto, sobrevuela todo el libro, pero es una amargura amable, sin rencor, triste pero melodiosa, casi dulce. El tono de Ortiz Poole no se desliza hacia una rabia que en todo caso sería legítima o estaría justificada, sino que se queda en el lamento y la indagación de por qué no sabemos o no queremos o no podemos ser mejores. Se ve nítidamente en su poema panorámico sobre España: “España, / ¿por qué cuesta decirte? // ¿Por qué a veces pareces / una madre implacable / que le niega la leche a sus bastardos? // País de tanta luz, / ¿por qué esta vocación de ser tiniebla?”.

Este libro sabe que “todo lo joven es una fuerza viva”, que “sólo vive quien arde”, y tiene mucha más potencia su llamada a la redención que la elegía por lo sufrido. Como en casi toda la poesía, importa más lo que subyace que lo que se dice, y aquí tiene también más valor el espíritu general que las propias palabras. Sucede que, al cabo, éste es un libro de amor, un libro en el que hay esperanza y fe aunque se retrate un amor universal frustrado, un amor colectivo traicionado, un amor común pendiente. Se habla en él de rebeldes, de pioneras, de represaliados, de proscritas, de “ajusticiados”… pero hay más espacio para la filantropía que para la pelea, se incide más en la certeza del buen destino que en el sufrimiento, hay más “salvación” que dolor.

Gente que busca su bandera es un libro lleno de nobleza, de un sentimiento instintivo de generosidad, y a ello contribuye decisivamente el precioso prólogo de Alejandro Simón Partal, otro gran explorador de la bondad, del bien en todas sus formas. Es él quien explica que “ha sido imposible sentarle [a Ortiz] en la mesa de algún grupo o en las complicidades y modas pasajeras de este género”, que es, claro, la poesía, y que “tampoco ha habido verdaderos argumentos para compararlo a sus colegas de generación”.

En efecto, una mirada filosófica parecida alía a Ortiz y Simón y los distancia de las corrientes más superpobladas entre los poetas de su edad, lo cual los distingue en dos sentidos: los diferencia, sí, pero en nuestra opinión también los destaca. “No sólo lo sagrado tiene mártires”, se dice en otro verso de este libro, pero ellos, en cierto sentido, se están sacrificando por lo “sagrado”, están incorporando su talento y su voz a la literatura que desde los primeros balbuceos de la especie quiso cantar y honrar lo alto, lo justo, lo ordenado, lo correcto, lo moral, lo bello, lo sano, lo libre, lo fraterno, lo real. Aunque lo real tenga también esquinas y espinas:

 

“No temas el clavarte alguna astilla,

no temas cuestionarte:

tan sólo siente el mundo

aquel que va descalzo o se interroga”.

 

Juan Marqués, para ‘Las Librerías Recomiendan

“Ava en la noche” de Manuel Vicent

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Ava en la noche

Ava en la noche

Vicent, Manuel

ISBN

978-84-204-3563-3

Editorial

ALFAGUARA

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Con independencia de cualquier preferencia o gusto, Manuel Vicent tiene un marchamo de calidad propio que precede a todo lo que escribe. Lo de él es gastronomía de alto nivel: creación, personalidad indiscutible, contundencia, olor, sabor… Si habláramos de gastronomía así lo definiríamos porque sus platos salen siempre a la mesa con una presentación impecable, un cuidadoso trabajo de la forma, una elaboración esmerada e ingredientes debidamente sopesados, con los que nos regala los sentidos. De eso se trata, de sentir, ver, oler y hasta tocar, degustar ese plato de gran intensidad que prepara  para  sus lectores, conceptualmente bien diseñado, con alma, con toda la esencia de uno mismo. Si no fuera así, sus libros, sus artículos de prensa, no dirían nada, como no lo dice la cocina de falsete y piruetas  que sólo pretende epatar y no pasa por el gusto propio y la voluntad de transmitir, comunicar o compartir.

El símil de la gastronomía para hablar de la obra de Manuel Vicent no es baladí, pues su obra entera está plagada de referencias a la cocina, a los olores y el sabor del Mediterráneo y de la vida. Su obra es diáfana y está impregnada de todo aquello que constituye su hábitat: la memoria, las sensaciones que van unidas a ella, la literatura, el cine, la música, el deseo, el mar, la comida, la política, en definitiva, el ejercicio de vivir. Ava en la noche, su último trabajo, es todo esto, pero también un testimonio de un tiempo de asfixiantes tonos grises, de una página de nuestra historia triste, rala, de una pobreza cultural lamentable, de una vida cotidiana de miserias indecibles.

A través del protagonista del relato, David Arnau, Vicent hace un detallado retrato de la España franquista. El joven valenciano, que al terminar los estudios de Derecho se va a Madrid porque quiere ser director de cine, nos conduce a través de su viaje de iniciación por un Madrid de luces y sombras, y nos muestra la pesadumbre de una época en la que el garrote vil blandía aún toda la fuerza del franquismo. El mitómano protagonista del relato, que busca encontrarse con Ava Gardner en una de sus noches de juerga por bares y locales de fiesta de la noche madrileña, espera de ese encuentro la realización del sueño perseguido desde adolescente entre las ruinas de un balneario. Pero será la realidad y su crudeza, el sabor salado de las lágrimas, quienes le harán comprender que los sueños, en muchas ocasiones, no se cumplen.

Vuelve Vicent a visitar, en estas páginas, Valencia, el hotel Voramar en Benicàssim, el cine de Berlanga, páginas que nos remiten al Tranvía a la Malvarrosa y a otros de sus libros. Nos trae anécdotas, ficciones y verdades envueltas en personajes reales como el asesino José María Jarabo o Billy el niño. Nos remite a  excentricidades de una época envuelta en papel de estraza, en la que un trozo de atún en escabeche comprado en el ultramarinos era un trozo de gloria, un tiempo en el que “los camareros servirían chatos de vino en vasos mojados y tres filas de gente abatidas contra los mostradores de estaño pedirían a gritos ensaladilla rusa, patatas a lo pobre, pajaritos fritos, gambas con gabardina y mejillones al vapor, cuyas valvas arrojadas al suelo crearían un crujiente  pastizal mezclado con serrín bajo los zapatos de los clientes, quienes animarían a los extranjeros  a tirar las cáscaras al suelo  para demostrar que en España había libertad aunque solo fuera la de tomar  el aperitivo de pie sobre un basurero”.

Ava en la noche es una novela sobre el despertar, la toma de conciencia, el encontronazo con la dura realidad y es, además, un paseo por las páginas más rancias de la historia, no muy lejana, de nuestro país. En ese paseo Manuel Vicent adereza su texto con referencias e imágenes en las que hace gala de su virtuosismo, de su prosa clara, visual. A golpe de cincel, concienzudamente, construye un relato que se lee con deleite. Cada capítulo es un fotograma, se ve, se palpa, se huele, se siente. Vicent nos muestra el lado tierno y amargo de la existencia y todas las controversias que la envuelven. Sin duda, añade una vuelta de tuerca a su obra para presentarnos, con gran elegancia, una historia en blanco y negro que además de entretenernos nos hace pensar. En un alarde afrancesado de chauvinismo, no encontramos mejor expresión  para exclamar ante estas páginas un Voilà impeccable! El socorrido “olé, olé y olé” español nos parece ahora, con todo el envalentonamiento qué está viviendo la derecha, prosaico, primitivo, de mal gusto. Nos recuerda demasiado una época de nuestra historia que desearíamos que no hubiera existido.

Lourdes Rubio, viajera, periodista y crítica literaria. Librería Noviembre (Benicàssim, Castellón)

Lourdes Rubio (y Mónica Bernat, y Celia Saura), con el libro reseñado, en la Librería Noviembre (Benicàssim, Castellón)

“Los deslumbramientos, seguido de Recapitulaciones”, de Ángel Guinda

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Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones

Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones

Guinda Casales, Angel

ISBN

978-84-121535-0-7

Editorial

Olifante Ediciones de Poesía

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Qué profunda, y qué caudalosa, y qué voluptuosa es la poesía de Ángel Guinda (Zaragoza, 1948), y qué vocación tiene de totalidad. Protagonizada por una especie de hedonismo existencialista, o de fatalismo epicúreo, sus versos nos han ofrecido siempre una visión trágica y gozosa de la vida, una conciencia de la muerte que hace más apremiante todavía la necesidad de vivir.

Que la muerte es desde siempre la presencia más constante y poderosa en la obra del zaragozano es una obviedad para sus lectores, pero se trata de una “muerte viva”, una muerte vivida con una intensidad casi exagerada, desaforada, una muerte tan “ávida” como la vida de aquel título suyo de 1980. “Si me quitan la vida escribiré con la muerte”, decía un tremendo verso suyo de Poemas para los demás, todo un posible epifónema para su obra, y allí se declara abiertamente lo que queremos decir: la muerte en Ángel Guinda no es inercia, el silencio metafísico es un aullido, el cese de la vida es un comienzo, no en el sentido religioso, sino, muy al contrario, en un sentido explícita y militantemente pagano, pero un paganismo rebosante de trascendencia.

Si todo esto era así en sus libros todavía juveniles, cuando la vida bullía y la escritura de Guinda se revolcaba en placeres que quedaban registrados en versos de pura celebración de los sentidos y los sueños, ahora, en sus libros últimos, lo que nos encontramos es lo mismo pero en otro tono, como en su magistral Espectral, un libro de poesía alucinada y de resultado un tanto alucinante, o en su nuevo libro, que habla de “recapitulaciones” en el mismo título. La poesía comprometida, que era otra de las líneas habituales en Guinda (y donde a veces se incurría en la irregularidad a costa de la generosidad de hacerse expresiva, deliberada portavoz de una comunidad, poesía de combate o incluso de pancarta), se retira aquí para sumergirse de nuevo en la meditación filosófica, manantial en donde la poesía del autor ha encontrado siempre sus mejores palabras, sus hallazgos fulgurantes. Lo que recibimos agradecidos hoy y leemos con conmoción es otro libro de plenitud, de paisajes simbólicos, de grandeza privada y colectiva. La obra de un poeta, vista en perspectiva, es algo así como la biografía de una conciencia, y en ese sentido la obra poética de Guinda (que reclama con cierta urgencia una edición conjunta, completa) es un clamor de voces en el que destaca la suya, poderosa y honda, donde el individualismo ha logrado hacerse alarido común:

 

Todo a mi alrededor está agitado,
pero yo estoy tranquilo
ante este mar que me esperaba
tanto tiempo sin mí,
yo sin él tanto tiempo.
Mi mundo, mar en calma,
tan grande es como el mundo
y aún más hondo.
La serenidad es un estado del ánimo,
conciencia de viajar a uno mismo despacio.
Y haber llegado ya es alcanzarse.

 

Juan Marqués, para ‘Las Librerías Recomiendan