Más libros de la semana de Literatura

“El Leopardo de las Nieves” de Sylvain Tesson

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El leopardo de las nieves

El leopardo de las nieves

Tesson, Sylvain

ISBN

978-84-306-2381-5

Editorial

TAURUS

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El escritor y aventurero Sylvain Tesson siguió los pasos del fotógrafo francés Vincent Munier por los parajes de la prácticamente inaccesible meseta del Tibet en busca del leopardo de las nieves, un animal hermoso y poderoso pero poco conocido y apenas fotografiado. Munier, siempre inmerso en la búsqueda de un fantasma, es uno de los pocos fotógrafos que ha conseguido verlo y captar su belleza a través de su objetivo para mostrarnos un animal salvaje, bello y sagrado y despertar en nosotros el respeto y el amor que la naturaleza de nuestro planeta merece: “Yo busco la belleza, le rindo honores. Es mi manera de defenderla”, nos dice Munier.

El resultado de esa aventura emprendida por Sylvian Tesson junto a Munier en una de sus expediciones por el Tibet es este libro que publica Taurus donde se nos habla de la búsqueda de lo inaprensible, de la virtud de la paciencia y de la espera. Éste es un libro lleno de silencio donde el ser humano se encuentra consigo mismo y con la naturaleza que lo rodea.

Tesson escribe desde lo personal y desde la reflexión filosófica invitándonos a observar, a disfrutar, a amar el mundo del que formamos parte.

¿Qué lleva a un hombre a viajar a un país prácticamente inaccesible para encontrar  y ver la belleza de un animal apenas visible? ¿A pasar horas y horas esperando en condiciones meteorológicas tan adversas y agazapado en posiciones incómodas sin apenas moverse? El frío y el dolor físico conviven con el deseo en esa espera. Tesson se queda solo consigo mismo, con sus pensamientos, recuerdos y reflexiones hasta encontrarse con lo esencial en ese camino elaborado de paciencia. Éste es un viaje lleno de poesía y silencio que transforma. “Había aprendido que la paciencia en una virtud suprema, la más elegante, la más olvidada. Ayudaba a amar el mundo antes de pretender transformarlo.”

El tiempo de la espera acaba… y al fin Tesson ve al leopardo de las nieves ¿Qué siente cuando lo ve? ¿Cuándo llega ese instante tan esperado, tan deseado? Siente algo sagrado, algo que lo transciende.

“Yo no tenía que consolarme, porque había visto el hermoso rostro del espíritu de las piedras. Su imagen, deslizada bajo mis párpados, vivía en mí. (…) Había visto al leopardo, había robado el fuego. Llevaba en mí el tizón.”

Tesson siguió los pasos de Munier por el Tibet y nosotros  también podemos seguir su rastro y las huellas de los leopardos a través de este libro y de las fotografías de Munier, en las que deslumbra la belleza de su mirada por la naturaleza. Saber que esa belleza existe nos calma y nos reconforta.

Quizás nosotros nunca viajemos al Tibet ni veamos al leopardo de las nieves pero en este mundo en el que vivimos tan deprisa, casi ciegos, y en el que lo inmediato gana la partida, nosotros también deseamos lo inaprensible. Quizás si cultivamos la espera y aprendemos el oficio de la paciencia, podamos conseguir robar el fuego para que al fin el espíritu del leopardo viva en nosotros.

“Esperar es una oración. Viene algo. Y si no viene es porque no hemos sabido mirar”.

Sagrario Santamaría Martín, Librería Taiga (Toledo)

“Historia de una novela” de Thomas Wolfe

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Historia de una novela

Historia de una novela

Wolfe, Thomas

ISBN

978-84-18264-91-7

Editorial

Periférica

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Thomas Wolfe fue un escritor que, con un talento descomunal, se volcaba en proyectos absolutamente sobrehumanos, desbocados, colosales, agotadores, como si pretendiera hacer con la prosa lo que Walt Whitman hiciera con la poesía, en el sentido de totalidad, de registro meticuloso de la realidad entera, de universalidad (de universalidad, sí, aunque, de nuevo como Whitman, se centrase muy consciente y explícitamente en la vida, la historia, la política, la “identidad” y la sociedad norteamericanas: las últimas líneas del libro que comentamos hoy son transparentes al respecto). No es nada sorprendente que muriera con treinta y ocho años, y de tuberculosis cerebral, radicalmente fatigado y vacío, alguien que trabajaba y escribía como él, según el propio Wolfe nos cuenta ahora en esta breve pero sustanciosa y extraordinaria Historia de una novela, que es casi como un making of (o incluso un paratexto, una coda, un epílogo…) de Del tiempo y del río, la segunda novela del autor, cinco años después de la ya monumental ópera prima El ángel que nos mira.

Esa segunda novela de Wolfe es famosa por las dimensiones grotescas que llegó a alcanzar en algún momento de su escritura, decenas de miles de páginas que eran tan magistrales como obviamente impublicables, y que hubo que podar drásticamente para convertirlas en un volumen no sólo vendible, sino legible, manejable, portátil. Ese proceso se hizo con la ayuda, la paciencia y la complicidad a veces arriesgada (Wolfe debía de ser un hombre impetuoso, temperamental, imprevisible…) del editor Maxwell Perkins, quien mantuvo a lo largo de los años una actitud que mezclaba la admiración ante lo que leía con la serenidad ante las posibilidades y conveniencias comerciales de un monstruo de papel como ése, a la vez que se adivina la preocupación personal, perfectamente justificada, con que el editor debió de mirar en algún momento al artista, totalmente enajenado por su criatura, avasallado con todo lo que se obligaba a contar, enfermizamente insomne, capaz sólo de caminar como un animal herido por las calles de la ciudad (de varias ciudades, en realidad, pues Wolfe cambiaba de espacio con frecuencia, pero nunca se mudaba de su propia obsesión), y que sufría la maldición suplementaria de una fatal buena memoria: al parecer se acordaba de todo, retenía todo, su cerebro no se liberaba de nada que hubiera pasado por sus sentidos, y él necesitaba contar todo eso, cada conversación, cada esquina significativa, cada rostro entrevisto entre la multitud, cada detalle de cada detalle, creciendo y amplificándose todo en sucesivos niveles de sentido…

Cualquiera que haya leído cualquier texto de Wolfe sabe que en él, invariablemente, encontramos literatura de primer grado, no sólo por la calidad y la exactitud de lo que escribe, sino por su tono, por su continua intensidad, por su no saber apearse de lo importante o distraerse de la trascendencia, aunque pudiera escribir, como decíamos, de cosas aparentemente superficiales: no hay nada trivial en Wolfe, él se abalanza sobre la vida con un apetito voraz y una desesperación alucinada, y lo escribe con una prosa magistral: sólo su muerte, tan temprana, impidió el desarrollo de una obra literaria que hubiera sido probablemente definitiva, y aun así, sólo con sus “descartes”, ya tiene una producción notablemente más caudalosa (y en buena medida más importante) que sus coetáneos (y sus admiradores) Faulkner, Fitzgerald o Hemingway, que vivieron muchos más años (pero no sé si vivieron “mucho más”, en el sentido de la frondosidad y la violencia con la que Wolfe se movía, autoexigente hasta lo morboso). Como los mejores poetas, él va siempre al corazón de las cosas, siempre escribe en tensión, aunque sea en escenas de transición o de aclimatamiento al tema o a los personajes: aquí se nos cuenta, por ejemplo, que las páginas de introducción o “entonamiento” de Del tiempo y del río, que contaban un viaje en tren a través del estado de Virginia, ya se extendían más allá de lo que ocupa una novela de extensión estándar: era al parecer una presentación gloriosa, literatura de primera calidad, pero hubo que mutilarla.

Cualquiera que haya pensado al respecto sabe que, si quieres explicar cuál es tu teoría literaria, tu “filosofía” sobre la literatura o incluso tu perspectiva de la poesía… lo que tienes que hacer es escribir una novela. La teoría subyace en la práctica, en toda novela hay un ensayo subyacente sobre la narrativa (y por tanto, sobre la creación, sobre el arte, sobre la existencia), igual que en todo poema hay una poética. Wolfe dejó claro cuál era su intensa e inmensa concepción de la literatura en muchas narraciones (cuatro novelas largas, muchos cuentos, y maravillosas novelas breves que muy probablemente son fragmentos apartados –que no descartados– de esa segunda novela gigantesca), pero aquí tenemos de repente un texto personal, escrito desde el yo más claro: él siempre escribió sobre lo que conocía, y aquí explica por qué, pero no daba testimonios directos, salvo sus cartas (en la última edición española de El Crack-Up se incluyó una carta reveladora y terrible, por secretamente dura, de Wolfe a Fitzgerald, respondiendo a una carta en la que éste, al parecer, era algo condescendiente con la novela del primero…). Pues bien: aquí sí tenemos un autorretrato limpio, lleno de buenas ideas sobre la creación literaria, con consejos emboscados para los jóvenes escritores (aunque no acabamos de estar seguros de que sea aconsejable imitar al aconsejador…) y, sobre todo, una nueva declaración sublime de amor a la literatura, a la curiosidad, al esfuerzo y a los buenos frutos: “si bien mi libro no era fiel a los hechos, sí lo era a la experiencia general de mi pueblo y, al menos eso espero, a la experiencia general de todos los hombres”.

Juan Marqués, ‘Las Librerías Recomiendan

“Breve tratado sobre la estupidez humana” de Ricardo Moreno Castillo

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Breve tratado sobre la estupidez humana

Breve tratado sobre la estupidez humana

Moreno Castillo, Ricardo

ISBN

978-84-17425-21-0

Editorial

Fórcola Ediciones

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En ocasiones me he preguntado si realmente los hombres que actúan conducidos por la estupidez son realmente imbéciles naturales o si su comportamiento es solo fruto de las circunstancias, si la escasez de lucidez y prudencia –¡bendita prudencia!– es meramente puntual o por el contrario es consustancial a ellos mismos.

Normalmente tiendo a suavizar, a intentar justificar determinados comportamientos como algo anecdótico, no pasa nada, me digo, todos tenemos un mal día, todos –alguna vez– nos comportamos de forma poco inteligente, somos humanos y, por lo tanto, imperfectos.

Pero, vaya, lean este estupendo ensayo, breve pero certero, del matemático y filósofo Ricardo Moreno Castillo, publicado en la siempre interesante editorial Fórcola, y entenderán que quizás yo andaba algo errada. Me temo que el veredicto es claro: hay casos de ignorancia y estupidez insalvables, algunos, es verdad (¡en qué estaría yo pensando!) son muy evidentes. Hay individuos siempre dispuestos a abrir la boca para dar su “valiosísima” opinión a través de todos los medios a su alcance –y en pleno siglo XXI los medios abundan–, para bien del resto de sufridos congéneres y, ya puestos, de la humanidad entera. Sí, me temo que la estupidez humana campa a sus anchas por todo el mundo. No hay continente, país o palmo de tierra que se libre de ella. En fin, llegados a este punto permítanme que no me incluya entre los tontos… y ahora debería decir con falsa modestia y como disculpándome: “aunque resulte pedante”, pero eso, según Moreno Castillo, sería otra muestra de estupidez.

En este lúcido ensayo, que lleva ya algún tiempo entre nosotros y que está disfrutando en las últimas semanas de gran aceptación entre los asiduos a las librerías, el autor disecciona –y se despacha a gusto– al prototipo de imbécil, tonto, tarado mental, corto de miras, aquel con quien la madre naturaleza no se mostró muy generosa a la hora de repartir inteligencia. Y lo hace de una manera incisiva, llamando a las cosas por su nombre y en ocasiones con cierta socarronería, de tal manera que uno puede estar leyendo verdades como puños que dicen muy poco en favor del género humano sin poder evitar a su vez cierta sonrisa cómplice. Y esto es así porque también encontramos aquí una forma de ironía sutil que quiere pasar desapercibida, que quiere ser seria, y que resulta contundente, demoledora. Y si no me creen, lean algunos párrafos como aquellos en donde el autor enumera los distintos ejemplares de tonto, o aquellos en los que menciona frases asimiladas ya por las mentes de todos pero erróneamente atribuidas a los ilustres pensadores que en el mundo han sido, y, en algunos casos además, frases cuyo significado aceptado por el imaginario popular está completamente equivocado.

Pero, ironías aparte, a pesar de su brevedad Moreno Castillo se toma muy en serio lo que expone y nos alerta sobre los enemigos de la inteligencia, que son muchos, entre otros, la amnesia frente a la memoria; la envidia, que, ociosa siempre, es incapaz del más mínimo esfuerzo constructivo… y frente a todo ello, lo que nos salva, lo que nos hace libres, críticos: el estudio, el conocimiento, el deseo de aprender, la curiosidad, el esfuerzo personal. Todo aquello que permite que abramos nuestra mente, nuestra capacidad de contrastar, nuestro entendimiento y, añadiría yo, nuestra capacidad de escucha, tan lamentable y sistemáticamente ignorada en los tiempos del insulto fácil y la jarana televisiva.

Si alguien a estas alturas ha sentido curiosidad por leer este libro, que lo haga, y enhorabuena, eso significará que va por el buen camino.

Ester Vallejo, Lex Nova (Madrid)

“Un lector” de George Steiner

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Un lector

Un lector

Steiner, George

ISBN

978-84-18245-68-8

Editorial

Siruela

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Se cumple un año de la muerte de George Steiner y la editorial Siruela publica bajo el título de Un lector una selección que el propio Steiner hizo de lo que él pensaba que eran sus mejores ensayos hasta los ochenta. Hace un año moría también Harold Bloom y en todas partes se aludía a la muerte de la erudición. Una extraña y terrible saga se terminaba con dos de los principales examinadores del mito.

Así como el mito modela y crea la realidad que está por venir, ciertos pensadores, en su interpretación del pasado, nos muestran unas llaves que abren un poco más adelante las despensas del futuro. El crítico, o más bien el lector crítico; o más bien el caso que Steiner representa y que parece difícil de definir, si es tan afilado y tan agudo como él lo fue, probablemente esté escribiendo lo que ha de venir con las herramientas que le ofrece su presente. Existe un peligro, sin embargo, en el método de retroceder ante un cuadro, un texto, y, ya que estamos, ante el mundo: Steiner lo ejemplifica en estas páginas con el caso de la semiótica francesa. Puede tener este método la intención de perpetuarse, de convertir la mirada individual en juicio universal. En ese error incurriría Bloom en algunos de sus libros.

Hay un paralelismo, con ciertas distancias, entre dos libros originales y problemáticos que son La ansiedad de la influencia de Bloom y En el castillo de Barba Azul de Steiner (del que se incluye un ensayo en el final de Un lector). Son estos, dos libros que comparten la audacia de la juventud. Si bien el Castillo de Barba Azul queda en algunas de sus páginas superado por la tecnología y la velocidad del presente, es un texto que podría medirse con las Inquisiciones de Borges, tanto por su erudición como por su espíritu de ensayar; porque el ensayo, y esto puede parecer muy obvio, ensaya. Conviene recordar estos dos libros, que corresponden a los inicios de ambos autores, porque a pesar de haber sido nombrados los más altos eruditos de su tiempo, hubo un momento en que la Academia se enfadó mucho con ellos. Aún hoy lo sigue haciendo, y es comprensible, porque a uno no le gusta que le despierten de la siesta.

Steiner fue muy consciente de lo subjetivo de la crítica, de lo voluble de esta, y también de la importancia de que estuviera sostenida hasta el final por el estilo. Ese estilo, que produce siempre pensamiento original, se apoyó en su caso en una erudición que abarcaba todas las cosas humanas. Leyendo los más de treinta ensayos que componen este libro uno piensa que qué más puede querer un escritor que no ser actual, que qué felicidad ir a destiempo. Y qué felicidad hacerlo también intempestivamente, porque las líneas de investigación que siguió Steiner son asintóticas, dan vueltas y vueltas sin llegar a tocar nunca la curva plenamente. Steiner, que murió con la dignidad de ciertos filósofos, nos recuerda que cuando la muerte de los oráculos, lenta y progresiva durante el Imperio Romano, la lectura del futuro en las tripas de animales o en los ojos de los peces fue sustituida por otras formas de pronóstico. Si bien la adivinación vivió sus momentos bajos, esta no desapareció. Steiner fue consciente de esto, sabiendo que con él no se terminaban los libros.

Miguel Rodríguez, Santos Ochoa (Salamanca)

“Almanaque de la intemperie” de José Luis Rodríguez García

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Almanaque de la intemperie

Almanaque de la intemperie

Rodríguez García, José Luis

ISBN

978-84-121120-6-1

Editorial

papeles mínimos ediciones

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Los alumnos que, allá en torno al 2000, rondábamos la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza nos colábamos más de una vez, en plan “oyente” o con espíritu polizón, en las clases de José Luis Rodríguez García (León, 1949), pues, aparte de su fama como profesor, era el autor de poemas que veinte años atrás, con la intermediación de Gabriel Sopeña, se habían convertido en canciones míticas en la ciudad. A mí, por generación, me decía más “Debes saberlo” que “Cass”, me impresionaba más “la alquimia de los diccionarios” que “la última estrofa de Dylan”, aunque hoy, releyendo Tan sólo infiernos sobre la hierba (el libro de 1981 donde estaba el poema “Cass”), confirmo que allí estaba ya todo lo que hoy sigue funcionando, menos juvenil, más descarnado, pero igual de poderoso y significativo, en Almanaque de la intemperie. Entre el primer libro citado (que no fue exactamente el primero de su obra) y el que comentamos hoy (que, seguramente, no es el último), los lectores habituales de Rodríguez García hemos encontrado verdaderos hitos de la buena poesía, como las primeras páginas de su novela Manos negras, o aquella certeza de que “hasta enfermar es hermoso en esta vida” (en un poema de Luz de Géminis), o aquella declaración de que “odié hasta lo increíble hablar de mí mismo” (algo tan poco de moda en la literatura…) en el Elogio de la melancolía

Llegados a 1993, y a su libro En la noche más transparente, comprendía que “Llego a la edad / en que recordar es solemne. / Ahora tiene el pánico / sentido. / Esperada aflicción para mí: soñé ser marinero y amigo, / o lagarto bajo un sol magnífico, / pero soy, tan apenas, quien evoca / lo que quiso ser”… Ése ha sido el tono desde entonces (y el que había sido hasta entonces, en realidad, en sus poemas de más juventud): escamado con la inflexibilidad del paso del tiempo y con las  cosas del capitalismo (no era raro que fuera un repartidor de cocacolas quien atropellara a “la chica más guapa de la ciudad”), soñador incurable, buscador de ternura (“Acaso el espacio más amado por los hombres”, según se aventuraba en otro poema de Los ojos verdes del búho), oscilando entre la gloria y el existencialismo… sus poemas han sido siempre de una extraña regularidad en forma (que no en extensión) y sobre todo en tono: los versos parecen ser el resultado de la nostalgia de lo nunca sucedido, del estupor producido por lo que quedará para siempre pendiente de ser realizado, una mezcla de imaginación y anhelo, con mucha evocación de ciudades como sinécdoque de todo lo evocable, de amores imposibles o aun indeseables, de aventuras y de tesoros a medio enterrar. A veces se extravía en la cultura (todos sus libros rebosan alusiones a filósofos, escritores, músicos…), como ancla segura para ir intentando entender la propia vida, y lo aparentemente autobiográfico, tímidamente consignado, muy intermitentemente dicho, funciona ante todo como un impulso eficaz para seguir fantaseando. Un pequeño vistazo a la realidad multiplica las ganas de seguir inventando.

En este nuevo libro, editado de forma virtuosa por Papeles Mínimos, volvemos a los poemas más bien extensos, anafóricos, digresivos, acumulativos, enumerativos a veces, liberados y, sobre todo, liberadores. Alguien podría leer aquí un ensayo de claudicación o de despedida por parte de alguien que “va llegando a una edad”, pero lo cierto es que Rodríguez García siempre escribió sobre estas cosas, y siempre lo hizo de este modo. Siempre hubo un poso de amargura que queda amortiguado con una mirada a los tejados, siempre hubo insatisfacción y no sé si alegría, pero sí desde luego la obviedad de que la vida sigue (y qué bonito que el último poema de este libro se titule “Penúltimo poema”, anunciando un futuro tan incierto como probable), aunque siempre se tuvo muy en cuenta la muerte. En este libro, además, el autor se apunta al famoso “tema de España” (insólito en su poesía, si no me equivoco), con un poema ambiguo pero más bien duro, y vuelve a haber poemas de amor difuso, “monólogos” de personajes inventados, una rectificación del mundo y una confirmación de la vida, el buen propósito de perseverar, que no de perdurar.

La obra poética de José Luis Rodríguez García es una de las más originales, libres y constantes que conocemos, el fruto de una insistencia, de una ilusión que, precisamente, se ve reforzada al verse escrita: su poesía no es la constatación de una felicidad, sino felicidad en sí misma por el simple hecho de poder decirse, desarrollarse, desplegarse, toda una vida paralela que calienta o consuela o completa la vida bipolar, magia y tristeza, que tenemos por aquí.

Juan Marqués, ‘Las Librerías Recomiendan

 

“Soñó con la chica que robaba un caballo” de Sabina Urraca

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Soñó con la chica que robaba un caballo

Soñó con la chica que robaba un caballo

Urraca, Sabina

ISBN

978-84-8381-263-1

Editorial

Lengua de Trapo

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Sabina Urraca inaugura los nuevos Episodios Nacionales bajo la batuta de Lengua de Trapo con un fresco sobre los atentados de Atocha y la brecha que se abrió en nuestra sociedad. Desde la distancia de una residencia de estudiantes, las dos protagonistas se ven envueltas en todo un torbellino político que no esperaban. Su despertar sexual y social se ve ennegrecido por una nube de desgracia y cuerpos en las vías filmados por las cámaras televisivas y manifestaciones con lazos negros frente a la sede del Partido Popular.

Años después, la protagonista reconstruye los hechos desde su memoria tras recibir un mensaje que aviva todos los huecos que había en su memoria. Y es que esta novela trata, precisamente, de todos esos vacíos que dejan los grandes acontecimientos de la historia nacional, de cómo se construye y reconstruye una memoria personal cuando el momento histórico es de tal envergadura que no tienen cabida las pequeñas historias personales. Todo ello, por supuesto, envuelto con todos los elementos de la educación sentimental de una época, con banda sonora de Belle & Sebastian y los Soñadores de Bertolucci de fondo.

NachoGonzalo y AlfonsoTipos Infames (Madrid)

“Hamnet” de Maggie O’Farrell

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Hamnet

Hamnet

O'Farrell, Maggie

ISBN

978-84-17977-58-0

Editorial

Libros del Asteroide

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Esther Gómez, de Moito Conto (La Coruña), nos manda una fenomenal vídeo-reseña sobre Hamnet (Libros del Asteroide), de Maggie O’Farrell, uno de nuestros libros favoritos esta temporada.

Si quieres ver y escuchar a nuestra librera Esther, pulsa aquí:  Vídeo

“Desde la librería Moito Conto, de A Coruña, queremos recomendaros hoy la lectura del último libro de la escritora Maggie O’Farrell, en el que se narra la vida de la familia de Shakespeare. A partir de la enfermedad y la muerte de uno de sus hijos, la escritora irlandesa nos introduce en una historia de ficción muy entretenida, que lleva a través de dos hilos temporales en los que conoceremos mucho sobre la mujer y los hijos del poeta y dramaturgo. […]

Está llena la novela de detalles, es sumamente sensorial, los personajes evolucionan maravillosamente, y hay escenas muy teatrales, por ejemplo sobre la peste negra, aunque no es un libro sobre la peste.

Está muy bien traducida por Concha Cardeñoso. Estamos en el siglo XVI, pero tanto la autora como la traductora consiguen que nos emocionemos y nos conmovamos como si estuviésemos viviendo los acontecimientos.

Es un libro que recomendamos muchísimo en la librería, y que está gustando mucho a un público muy amplio. Una novela publicada por Libros del Asteroide que no podéis dejar de leer”…

 

“Trigo limpio” de Juan Manuel Gil

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Trigo limpio

Trigo limpio

Gil, Juan Manuel

ISBN

978-84-322-3791-1

Editorial

Seix Barral

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Sobre el confuso magma de la memoria

En la autoficción el escritor no dice necesariamente la verdad, aunque hable de sí mismo. Siendo el narrador Juan Manuel Gil, es evidente, y lo aclara en más de una ocasión, que «no es conveniente confundir narrador y autor», aunque ambos se llamen del mismo modo, se dediquen a lo mismo y hayan escrito los mismos libros, con idéntico resultado. Estamos pues ante una fabulación que Juan Manuel Gil desarrolla, en ocasiones como si fuera una investigación policiaca, sobre tres personajes: Huáscar, Simón y él mismo. Y así nos encontramos dentro de una búsqueda imposible de la verdad y la memoria, en la que Huáscar es un personaje-mito que alimenta la imaginación de un grupo de niños de El Alquián, un barrio junto al aeropuerto de Almería. Simón es uno de los miembros del grupo, junto al propio Juan Manuel Gil, el del fallo multiorgánico y el del síncope, que así se denominan en la novela dos de los amigos de infancia. Porque la novela está contada en un tono desenfadado, en ocasiones humorístico, lejos de la acidez y autocrítica que derramaba su anterior novela, Un hombre bajo el agua.

Trigo limpio gravita sobre la búsqueda de ese antiguo amigo de infancia, Simón, que abandona el barrio y cuyo destino es la excusa que nos conducirá hasta las páginas finales. Porque si ésa es la excusa, el motivo principal no parece ser otro que indagar en la función de la memoria y cómo la construimos y deformamos, con materiales no siempre fiables. Desentrañar la fragilidad del yo es el motivo último de la búsqueda, exponiéndose Juan Manuel Gil a un agitado ejercicio de introspección en ese confuso magma de recuerdos con el que todos intentamos mantener en pie nuestra identidad.

Y ese viaje se desarrolla en un barrio tan aparentemente ajeno a la literatura como El Alquián, que no es Barcelona ni Nueva York, bien armadas de una sólida historia literaria. Pero la infancia es ese lugar mítico desde el que construimos nuestra vida, esté en la Gran Vía, la Quinta Avenida, las Ramblas o en El Alquián.

Léanla, no se arrepentirán. Merecido Premio Biblioteca Breve 2021 para Trigo limpio.

Isidoro Salvador Villanueva, Librería Metáfora (Roquetas de Mar, Almería)