Más libros de la semana de Literatura

“Madre soltera” de Marina Yuszczuk

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Madre soltera

Madre soltera

Yuszczuk Marina

ISBN

978-84-121457-2-4

Editorial

EDITORIAL LAS AFUERAS

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“Quiero poemas nuevos, quiero poemas nuevos, / quiero que todo sea nuevo porque lo es”… Repasando la poesía publicada en España a lo largo de 2020 sentimos de repente la necesidad de recuperar y recomendar y hasta reivindicar este Madre soltera, de la argentina Marina Yuszczuk, uno de los libros más singulares, curiosos, valientes en lo literario y osados en lo confesional que pudimos leer, y también, de paso, uno de los mejores libros sobre “maternidades”, esa tendencia editorial tan clara últimamente, y que, por lo que vemos que se anuncia (y por lo que sabemos que se anda escribiendo), no va a apagarse próximamente.

Es curioso porque el comienzo de este libro está en su centro, y además es un centro que se anuncia: al llegar al corazón del libro, exactamente a su mitad, el poema “XXXV” arranca con un aviso explícito: “Ahora presten atención, porque llegamos al centro del libro”, y lo que sigue es un largo poema en prosa en el que asistimos al nacimiento de ese niño que justifica y co-protagoniza el libro. Pocas veces hemos leído la descripción de un parto de un modo tan directo y, a la vez, lúcido: “Me sentía entregada a algo muy serio y vertiginoso, como una montaña rusa a la que vas subiendo muy de a poco y cuando te querés dar cuenta te estás tirando a toda velocidad en un carrito”… El niño que nace en ese poema es la consecuencia del embarazo “por error” que se había anunciado en las primeras palabras del libro (un “error” que es tal vez causa de “un deseo tan profundo que no se sabía, y el cuerpo se adelanta y lo realiza”…), y es ese niño que crece y aprende y alegra y desespera a la autora y protagonista del libro en poemas donde es la vida misma la que late y duerme y pide de comer. ¿Antipoesía? Más bien lo contrario: poesía pura, poesía viva, poesía acuciante expresada de un modo prosaico pero a la vez hiperpoético: es la lección de Yuszczuk: “Una se esfuerza por decir su verdad, por mantener cierta fidelidad a la experiencia, pero yo parto de la base de que todo lo que está pasando no se puede escribir. Y sin embargo quiero decir algo. Vivo en el mundo de la infancia de mi hijo, en un año sin lenguaje”.

El libro está lleno de aciertos, de pequeñas joyas, de poemas a veces aparentemente triviales (“Como loca”, dice, sin más, uno) pero que, bien lo sabemos, contribuyen decisivamente a retratar honestamente esa mezcla de alegría y desesperación, abnegación y gloria, que es la paternidad. Cuando se afirma que “La noche es el infierno”, ¿seguro que se está hablando exclusivamente de una casa con niño pequeño? Se tiene “el cielo a mano”, “la vida es una lucha contra el mal”, “la imaginación / a veces es un plan” y una siente que “mi función es mantener la paz / o ser la paz / para mi hijo / ser una calma con los brazos abiertos / lista para recibirlo / cuando me necesite”.

Contradictoria, ambigua, pendular… la maternidad es la gran fiesta de los sentimientos encontrados: lo que sentimos que nos salva definitivamente es a la vez aquello que parece destruirnos, lo que nos enaltece es lo que nos anula. Son años de paréntesis, de “cuarentena”, de “confinamiento”, y, una vez sumergidos en esa locura maravillosa, no se ve la salida:

“Este es un poema para todas las madres que están cansadas, para que sepan que pensé mucho en ustedes este año. Estoy sola y perdida, me pregunto si cada una de ustedes también está sola y perdida. ¿A veces no les da la sensación de que nunca van a descansar? Pero sí, vamos a descansar, la vejez es una hermosa promesa”.

Juan Marqués, para ‘Las Librerías Recomiendan

“Panza de burro” de Andrea Abreu

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Panza de burro

Panza de burro

Abreu, Andrea

ISBN

978-84-121353-3-6

Editorial

Editorial Barrett

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Andrea Abreu López (Tenerife, 1995) publicó el año 2020, de la mano de Sabina Urraca, en la colección “Editora por un libro” de la editorial Barrett, su primera novela bajo el título Panza de burro.

Conozco a Andrea desde hace bastantes años, cuando era una universitaria recién llegada a La Laguna, una poeta en ciernes, una lectora ávida, una joven organizadora de excelentes actos culturales. La he escuchado recitar su poesía y la de otras poetas, he compartido con ella múltiples lecturas, algún charco y muchas charlas. Por eso cuando me habló de la historia que iba a publicar estuve atenta y aposté sin miedo por ella, segura de que sería una buena y singular novela.

En estos momentos Panza de burro ha salido en las listas de mejores libros del año que terminó en numerosos medios informativos, a Andrea la han tupido a entrevistas, y la novela ha sido objeto de reseñas halagüeñas en las mejores páginas culturales de nuestro país. La obra será traducida a diversas lenguas y se han vendido los derechos para filmar una película y yo, que me alegro inmensamente del justo reconocimiento que ha tenido la novela, pienso que poco o nada se puede añadir a lo ya escrito, mientras siento que hay algunos aspectos que no han sido suficientemente tratados y, ni corta ni perezosa, me dispongo a exponer mi lectura, que no es, en absoluto, una lectura objetiva.

Se ha escrito mucho sobre “lo canario” en esta novela, sobre la manera en que la autora introduce formas sintácticas características de algunas zonas del archipiélago, sobre el numeroso vocabulario del habla isleña que aparece en la obra (fisquito, chafalmeja, pollaboba, etc.), sobre la subversión de normas gramaticales básicas, sobre el uso anómalo de los signos de puntuación. Todos estos aspectos formales, excepto el hecho de que una editorial peninsular apueste por una obra plagada de “canarismos”, no son novedosos y, de hecho, sería interminable la lista de obras de distintos tiempos y lugares que se han escrito experimentando con lo formal. Sin embargo, es importante señalar estas cuestiones porque, en Panza de burro, la experimentación formal y el contenido de la novela están tan bien enlazados que parece imposible contar esta historia de otra manera, lo que da cuenta de la madurez literaria de esta joven autora y de su extraordinario historial como lectora.

Las cuestiones en las que siento que puedo aportar algo tienen relación con la historia, una historia aparentemente sencilla que, se ha dicho numerosas veces, cuenta el verano de dos niñas cercanas a la pubertad en un pueblo de interior permanentemente cubierto por la “panza de burro”. Pero detrás del relato minucioso de la relación entre la narradora (sin nombre en la obra, y siempre apelada como “shit” por su amiga) e Isora, su amiga adorada, hay mucho más. Hay temas latentes y explícitos que hacen que la narración, siendo tan concreta, se sienta como universal y que lectoras y lectores de muy diversas edades, condiciones sociales, lugares de nacimiento, etcétera, nos sintamos plenamente identificadas.

Están las clases sociales y el peso que tienen en la vida de las personas.

Están la crueldad y la homofobia características de estos ambientes.

Están el descubrimiento de la sexualidad, los primeros besos (entre las dos amigas) y el miedo al futuro.

Están los problemas de alimentación, por pobreza y por ignorancia, y su relación con los mitos sobre el cuerpo de las mujeres.

Está el machismo incesante que provoca en las mujeres deudas que nunca podrán cubrir, palizas, desprecios y violaciones (la narradora es violada por un niño de su edad mientras su amiga Isora está voluntariamente con otro chico).

Está la urbanización implacable de las zonas turísticas.

Está, en definitiva, la vida. Por eso creo, siento, que Panza de burro es una novela maravillosa. Porque Andrea Abreu, contando lo cotidiano con precisión, con fechas, con músicas, con edades, con descripciones detalladas del barrio, con nubes, con sopas de col, logra transmitir el sentimiento, el asombro, el miedo vital que todas, que todos, hemos vivido en el momento de abandonar la infancia. Por eso siento que esta novela es excepcional, porque consigue llevar a quien la lee a sus propios recuerdos de un momento vital inolvidable: la entrada en la adolescencia.

Izaskun Legarza Negrín, Librería de Mujeres de Canarias (Santa Cruz de Tenerife) Continue reading…

“La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo” de Bohumil Hrabal

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La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo- Rústica

La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo- Rústica

Hrabal, Bohumil

ISBN

978-84-18218-30-9

Editorial

Galaxia Gutenberg

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Además de uno de los mayores legados de la cultura checa, la literatura de Hrabal es, por encima de todo, un regalo para sus lectores. Tiene la maestría de narrar situaciones dramáticas sin caer nunca en lugares comunes y utilizando para ello una de las herramientas más poderosas y, a nuestro modo de ver, más difíciles de manejar literariamente: el humor. El contraste entre drama y humor resulta siempre mucho más efectivo que la mera narración de desgracias, por muy reales que éstas sean. El humor utilizado para subrayar lo dramático de la vida. Éste, empleado como contrapunto puede producir una conmoción mucho mayor en el lector, pero insistimos, no es fácil de conducir. Hrabal lo hace siempre de manera magistral sin restarle un ápice de veracidad a sus historias. Y, en el caso de esta novela, en apenas 170 páginas. Desde el punto de vista literario es un ejercicio de alta literatura, lúcido y original, una obra muy personal. Otro buen ejemplo de ello es su fantástica novela Trenes rigurosamente vigilados, situada en plena guerra mundial y en donde se nos recuerda que, a pesar del drama, la vida puede –y debe– seguir su camino.

La historia de la literatura, lo sabemos, está repleta de autores que se han enfrentado a este difícil reto del humor, algo que, como en otras disciplinas, resulta siempre un ejercicio de inteligencia y humildad tanto por parte del creador como por parte del receptor. Sin pretender comparaciones innecesarias podemos afirmar que la obra de Hrabal es absolutamente luminosa, siempre buscando el equilibrio entre lo grotesco, lo feo, lo dramático, y esa diafanidad, esa claridad, tan necesarias, eso que nos permite seguir viviendo. Se trata de una de las mayores aportaciones de este autor, me atrevería a decir que su mejor legado, algo constante en toda su obra.

La existencia de los personajes de Hrabal no suele ser fácil ni cómoda, se trata de personajes marginales, de vidas anodinas, sin grandes hazañas que dejar a la Historia. El autor recibió influencias literarias de Hasêk y Kafka y, como apuntó en su día Mónica Zgustova, especialista en su obra, su lema fue siempre el hominismo –como él mismo lo bautizó–, en contraposición al humanismo, o lo que es lo mismo, le interesaba, más que la humanidad entera, el hombre como individuo, especialmente el hombre corriente cuya heroicidad consistía en soportar una vida monótona, sin esperanza, y continuar adelante día tras día.

La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo es una discreta ciudad checoslovaca de discurrir tranquilo hasta la llegada del ejército nazi, y más tarde, del ejército ruso, que aparece en escena para liberar a sus habitantes del enemigo alemán, y en medio de todo ese trasiego humano orquestado por las mentes pensantes del momento –¡Dios nos libre de las mentes pensantes!–, el pueblo intenta sobrevivir, lucha por seguir adelante convirtiéndose inevitablemente en mera comparsa de la Historia. ¿Y cómo lo hace? Pues a golpe de cerveza, putas y burdeles, bailes cosacos y cogorzas de risa, mareantes y liberadoras. Quizá las escenas que se desarrollan en estas tabernas sean de lo mejor de la novela. Por momentos nos recuerdan a las tabernas dublinesas de Joyce o a las tascas berlinesas de Döblin en su genial Berlin Alexanderplatz, que tan fielmente trasladó a imágenes el director alemán Rainer Werner Fassbinder en los años 80. En ellas la gente baila, ríe, se tatúa sirenas en el pecho, habla de política, mantiene conversaciones trascendentales o completamente absurdas… Hrabal nos sitúa aquí en la Checoslovaquia de aquellos difíciles años pero en realidad podría haberse tratado de cualquier otro país inmerso en la contienda, la miseria humana de la guerra se parece mucho en todas partes.

Y llegados a este punto no podemos dejar de mencionar a uno de los personajes más originales y redondos de la novela, el tío Pepín, inspirado en su propio tío ya que la historia tiene, como muchas de sus obras, un gran contenido autobiográfico. Todo autor, todo creador, reserva un papel a sus personajes, papel con el que entran en la Historia de la Literatura y del que no se desprenden jamás. En este caso es fácil posicionarse del lado del tío Pepín puesto que encarna el amor a la vida, el hedonismo en estado puro por encima de las circunstancias que el destino nos tiene reservadas. El tío Pepín es un pobre trabajador en una fábrica de cerveza en donde le asignan los peores trabajos: limpieza de tuberías de evacuación, control de las calderas, traslado de bloques de hielo… a pesar de ello y de sus puntuales ataques de ira –a veces tronchantes– es un hombre feliz cuyo objetivo vital es gastarse el salario en mujeres y cerveza, y mantener instructivas conversaciones con las chicas del burdel sobre higiene sexual, aleccionando a todo aquel que quiera escucharle. El personaje de Pepín desprende el brillo de lo auténtico, de lo real, es la Vida escrita con mayúscula, es el individuo feliz con lo que tiene, auténticamente libre. ¿Acaso no es eso a lo que todos aspiramos? ¿Acaso no es eso el tan traído y llevado secreto de la felicidad? ¿… el truco del mago en la chistera?

Aparte de Pepín aparecen en esta novela otros personajes geniales que dan lugar a situaciones rocambolescas, absurdas, divertidísimas y dramáticas a partes iguales.

Cuando al final todo acaba, se hace recuento y se descubre una existencia vivida con dignidad, hay espacio por tanto para la esperanza, porque al final sólo eso importa: el tiempo que tenemos asignado en este mundo, que merezca un poco la pena. Allá cada cual.

Ester Vallejo, Librería Jurídica Lex Nova (Madrid)

“1980” de Juan Vilá

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1980

1980

Vilá, Juan

ISBN

978-84-339-9902-3

Editorial

Editorial Anagrama

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1980 es un viaje a nuestra infancia, todas las personas han tenido una, mejor o peor, pero la han tenido. En el caso de Juan Vilá es una infancia marcada por la muerte de su padre; la vida con su madre, una mujer que luchará por sus hijos pero también contra ellos; con sus hermanos, esos soportes que nos encontramos en la vida pero que muchas veces no valoramos; y sobre el sucesor de su padre, un hombre llegado de Barcelona que tenía un pasado no tan diferente al futuro que le esperaba. Un hombre que le marcó y le ayudó a evolucionar y a conformar lo que es ahora.
La familia, el entorno, las amistades… ¿no influyen en lo que seremos?
Una novela que habla sobre la infancia, sobre la familia y sus relaciones, porque como dice Juan Vilá: todas las familias tienen sus mierdas.
Un libro que se lee rápido y te mantiene enganchado página tras páginas, porque todas las familias son iguales… ¿O no?

 

Jorge Cabezas, Somnis de Paper (Benetússer, Valencia)

“Lo que no se ve” de Jesús Montiel

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Lo que no se ve

Lo que no se ve

Montiel, Jesús

ISBN

978-84-18178-49-8

Editorial

Editorial Pre-Textos

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Hablemos de los libros que más dicen, aunque sea con muy pocas palabras, y celebremos, entre ellos, los del granadino Jesús Montiel, que, vaticinamos, se va a ir convirtiendo en un fenómeno creciente, va a ir ganando más y más lectores, va a ir convenciendo con sus silencios y haciéndose fuerte con su delicadeza. Su poética (y es poeta) es la de la aceptación, la de la conformidad, la de la obediencia, en su caso explícitamente cristiana pero de todos modos universal, útil, poderosa, reconfortante…

“La mayoría de nuestros sufrimientos los elegimos”, afirmaba marcoaurelianamente en uno de los aforismos del excelente El amén de los árboles, donde también se leía que “la ficción y yo no nos hablamos. De todo cuanto escribo no me invento nada”… Por desgracia, no era ficción Sucederá la flor, la crónica de la enfermedad de uno de sus hijos, y donde, naturalmente, ya se leían cosas muy cercanas a las del libro que comentamos hoy: “el amor florece en la quietud, es hacerlo mismo todos los días muchas veces. Saber que no hay nada más importante que dar de comer a los gatos, aunque hiele y haya nieve y uno, que ya no es lo que era, pueda resbalarse”. Decimos “naturalmente” porque cuando uno se ha instalado en esas certezas en las que vive Montiel, el mundo, en lo importante, se ensancha de forma definitiva, pero a la vez se reduce en lo inmediato, en lo visible, en lo social. “Lo imprevisible nos pellizca para ver si seguimos vivos”, afirmaba, por otro lado, en Casa de tinta, y a un maestro de lo imprevisible como Robert Walser dedicó Montiel su libro más curioso y distinto hasta hoy, Señor de las periferias, aunque sin salirse en absoluto de su estilo y de sus convicciones estéticas, muy parecidas, para entendernos, a las de Christian Bobin (de quien, no en vano, Montiel ha traducido algunos libros), quien también escribió su propio retrato de, por ejemplo, Emily Dickinson (y que ya recomendamos aquí).

Lo que leemos hoy es un homenaje a sus abuelos, especialmente a ella, y la dedicación y la entrega con las que ella hacía la cama a sus nietos se convierte en el punto de partida, el estribillo y el desenlace de todo lo que tiene que decir Montiel, que es “sólo” eso, sí, nada más y nada menos, y lo dice de forma sublime, con pequeñas digresiones siempre bonitas (sobre un personaje secundario, sobre un documental visto entre lágrimas, sobre un recuerdo al margen de su familia…), con detalles de enorme sensibilidad (a veces, tal vez, incluso demasiada…, o demasiado extrema…). Lo que no se ve es de una belleza inapelable, desde el principio hasta el final, y se agradecen especialmente, por exactas y justas, las páginas que Montiel dedica a celebrar el comportamiento ejemplar que tuvieron los niños durante el confinamiento de primavera, la lección que dieron al entender lo que sucedía con la pandemia y comportarse en consecuencia…: “Los niños obedecen lo que ven, nunca lo que se les dice. Un niño, mientras se desarrolla en un entorno amoroso, no ambiciona mucho más”…

No hay que escribir sobre estos libros, hay que releerlos. Eso que se llama “literatura secundaria” nunca lo es más que cuando hablamos sobre libros tan principales, tan primarios, tan primitivos casi, tan esenciales. Dada su juventud (Montiel nació en 1984), es de esperar que nos esperen, de su mano, décadas de gran literatura, aunque, francamente, “literatura” es una palabra muy pobre y pequeña para lo que él hace. Lo suyo es vida escrita, una ventana abierta a todo lo que importa:

“La esperanza abre los ojos de cada persona cada mañana, como los comerciantes la persiana de su negocio. Todos los días abrimos los ojos porque esperamos algo. Porque en el fondo creemos que algo va a llegar, siempre”.

Juan Marqués, para ‘Las Librerías Recomiendan

 

“Todos hablan” de Antonio Manilla

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Todos hablan

Todos hablan

Manilla, Antonio

ISBN

978-84-121117-4-3

Editorial

Premium Editorial

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Es muy curioso lo bien que se llevan lo policiaco y el humor, incluso cuando este último no es principalmente, o en absoluto, la intención del género. Quien escribe esto pocas veces se ha reído tantas veces y tan alto con un libro en las manos que con las aventuras de Sherlock Holmes (me refiero, por supuesto, a las aventuras canónicas, las del corpus holmesiano original), y sin embargo difícilmente podría considerarse que lo que escribiera sir Arthur Conan Doyle fuera cómico: él sabía muy bien, como escritor maravilloso que era, utilizar la perspectiva de su narrador (casi siempre Watson) para gestionar los momentos de tensión o, mejor, de confusión, y para así llevarlos, muy conscientemente, a lo desternillante por absurdo, o por inverosímil, o por sorprendente (también lo hizo, por ejemplo, en El mundo perdido, desentendiéndose momentáneamente de lo puramente aventurero para regalar al lector algunas carcajadas)… Lo mismo se podría decir de los casos que Chesterton preparó para el padre Brown, pero es que estamos hablando de un tiempo (el siglo XIX) y de un contexto (el anglosajón) donde, bien aprendida la sublime lección de nuestro Cervantes, el intentar hacer reír de un modo muy serio era un elemento casi constitutivo de la literatura. ¿O no es abiertamente humorístico el celebérrimo primer párrafo de Moby Dick, y, por añadidura, buena parte de lo que le sigue? Y sin embargo, ¿a quién se le ocurriría afirmar que esa novela gloriosa es, ni siquiera secundariamente, una comedia?

Llevamos, literalmente, media vida leyendo los versos de Antonio Manilla, que a menudo, como en Suavemente ribera, ha alcanzado momentos sobresalientes. Cuando nos llegó hace unos días su premiada primera novela, y comprobamos que aparentemente se adscribía al “género negro”, cupo, en un primer momento, sorprenderse: “no le pega”. Y sin embargo sí, sí reconocemos plenamente al poeta Manilla en las peripecias que un personaje deliberadamente colectivo despliega en las doscientas páginas de esta nueva ópera prima suya. La trama va de prostitutas asesinadas, sí, y de investigaciones, y de sospechas, y de sorpresas, pero, aunque el asunto, obviamente, no tiene ninguna gracia (y Manilla en absoluto frivoliza al respecto), esos crímenes en serie, un tópico muy buscado, le permiten conseguir lo que claramente quiere, que es levantar un retrato común de las miserias y grandezas de esa ciudad que él mismo ha fundado, y que, llamada Entrerríos, puede que tenga alguna pequeña similitud o deuda con su León natal. Sea como sea, los diversos estamentos del municipio mueven sus piezas y sus temores y sus influencias ante esa ola de delitos, y se autorretratan desde el obispo hasta los comerciantes, desde la propia policía local hasta los hosteleros y los proxenetas o, todavía peor, los aspirantes a poetas.

Algún lector desprevenido puede tardar muchas páginas en advertir que la rimbombante prosa de buena parte de la novela delata que la cosa se desliza muy voluntariamente hacia la parodia, pero no tanto la parodia del género detectivesco como la parodia de la propia ciudad, un mapa de sus circunstancias, de sus derivas, de sus inercias, y, con ellas, una parodia de todos nosotros, una parodia intemporal y universal. Manilla es valiente, pues se arriesga a confundir, pero eso es lo que hacen los buenos escritores, no tener miedo a ser malinterpretados. Pero el humor no sólo asoma en los solemnes parlamentos de todos los personajes, más propios de una tragedia de Shakespeare, o en el puro retrato de buena parte de los pobres diablos que habitan el escenario, sino en el propio punto de vista. No es un humor tan acusado como, por seguir con los felices matrimonios entre don noir y doña risa, hemos disfrutado en los casos de Edmund Crispin (memorable el de su obra maestra, La juguetería errante) o viniendo a la referencia ineludible en el contexto español, los del innominado enajenado creado por Eduardo Mendoza (genial El laberinto de las aceitunas), pero eso es, en buena parte, por la condición de poeta de Manilla. Agazapados en los volantazos del argumento, hay momentos de enorme belleza, o de honda sabiduría o, sí, de gran poesía, no muy frecuentes, porque no se trata de eso, pero sí los suficientes como para que, por un lado, la lectura de esta novela merezca obviamente la pena y suponga un placer inapelable, y, por otro, nos reconforte la sensación de que, llevando las cosas muy al extremo, y forzando osadamente las simbologías, Manilla nos está diciendo que los sueños del desamor producen monstruos, y que, por el contrario, no hay que subestimar, en un contexto degradado, vulgar y egoísta, el poder del amor trabajado y meritorio, pues puede ser un poder redentor, salvador y rehabilitador hasta un punto casi exagerado.

Juan Marqués, para ‘Las Librerías Recomiendan‘.

“Ariel” de Sylvia Plath

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Ariel

Ariel

Plath, Sylvia

ISBN

978-84-18067-95-2

Editorial

Nórdica Libros

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Hoy os quiero recomendar a todas y a todos una reedición que ha publicado recientemente la editorial Nórdica. Cuando me enteré de que este libro iba a volver a existir y circular me puse muy contenta porque es una preciosidad. Se trata de Ariel, de Sylvia Plath.

Digo que es una preciosidad porque es una edición ilustrada por Sara Morante, una ilustradora a la que yo conocí hace unos meses en Twitter y que tiene un estilo que me impresionó. Desde entonces, comencé a seguirle la pista.

En esta edición de Ariel (traducida por Jordi Doce) se recogen los poemas que Sylvia Plath escribió para el que iba a ser su segundo poemario, que en su momento, en 1965, tuvo que ser editado por su viudo, quien censuró algunos textos, entre los cuales estaban aquellos que revelaban el bajo estado anímico de la autora y la opresión que sentía.

Es un libro legendario dentro de la literatura femenina y la literatura universal donde se resumen todas las virtudes del estilo de Sylvia Plath, su intensidad expresiva y metafórica fuera de lo común, pero también es un libro cercano y lleno de delicadeza.

Quería recomendarlo porque es uno de los poemarios más influyentes de nuestro tiempo y esta reedición es digna de ocupar en hueco en todas las bibliotecas de los amantes de la poesía.

Patricia Alonso, Bibabuk (Almería)

“Juegos de niñas” de José María Conget

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Juegos de niñas

Juegos de niñas

Conget, José María

ISBN

978-84-18178-36-8

Editorial

Editorial Pre-Textos

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Hay dos tipos de escritores (empezamos mal…): están esos cuya trayectoria literaria es una exploración, es decir, que van descubriendo y abordando temas, desarrollando el estilo, haciendo experimentos, cambiando temas y tonos… y están aquellos que desde sus primeros libros ya tienen eso que se llama “un mundo propio”, algo que, como se sabe, no sólo implica un determinado estilo literario, sino una serie de temas, de obsesiones, de filias y fobias, de lugares recurrentes… Escritores, en fin, que viven su obra como un viaje imprevisible, y escritores que se instalan desde su ópera prima en un territorio muy particular y se hacen fuertes allí, investigándolo a conciencia, exprimiendo sus posibilidades, agotándolo…

Cualquiera que haya leído un poco al narrador zaragozano José María Conget está desde su inaugural “trilogía de Zabala” familiarizado con las cosas que le interesan o le gustan o le fastidian. El mundo de Conget es muy ancho, y cualquiera que haya tenido el buen gusto de leerlo por entero sabe con qué meticulosidad ha ido el zaragozano dando cuenta de él, en dos vertientes elementales, la autobiográfica y la imaginativa. La primera se ha volcado en libros monográficos sobre ciudades habitadas, tebeos golosamente leídos, canciones indelebles, verdadero archivo del pasado, y películas que, oportunas, dinamitan la mediocre realidad…, mientras que la segunda ha tomado la más adecuada forma de la novela. Pero además están los cuentos, y en el género narrativo breve es donde Conget ha alcanzado probablemente muchas de sus mejores conquistas, convirtiéndose en un verdadero maestro del relato, logrando varias obras maestras.

En los cuentos Conget ha barajado las dos vertientes de las que hablábamos, y aunque predomina la ficción absoluta, en sus últimas colecciones siempre colocaba algún recuerdo, algún retrato, alguna “memoria” de algo vivido por él. También lo hace en su última entrega, recién publicada, Juegos de niñas, con el precioso y a la vez agridulce texto titulado “True love”, dedicado a su tía Felisa (ya conocida, claro, por los lectores de Conget, pues fue un personaje crucial en su infancia). Lo demás son variantes, nuevamente geniales, de temas ya frecuentados y estimados por él (y, por tanto, por sus seguidores): pitorreo hacia los grandes sabios de la Universidad y ante las diferentes tipologías de la vanidad que pueden llegar a padecer los escritores; investigaciones un tanto obsesivas (y un poquito escépticas) de la vida conyugal; flirteos con una fantasía leve, como un terror de andar por casa (el protagonista del primer cuento comienza a observar que cada pocos días algún desconocido se le queda mirando con una fijación y una sonrisa idénticas, turbadoras, espeluznantes, sin mediar palabra…); excursiones ambiguas a la no tan tierna infancia (como en el cuento que da título al conjunto), y hay varios momentos en que las salas de cine ejercen ese mismo papel que el cenizo de Cioran atribuía al suicidio: cuando todo falle o salga mal, es como una puerta de salida que siempre está ahí, una posibilidad redentora cierta… Así es como los personajes de Conget (y con ellos su creador) atisban salas, carteles, taquillas, como algo que registrar por si acaso…

Y, entre todo ello, al menos dos obras maestras: por una parte, la maravillosa “Patrulla cristiana”, en la que se hace una especie de versión (que no exactamente parodia) del Grupo salvaje de Peckinpah, y en donde Conget retrocede su reloj narrativo (algo no muy habitual en él) para plantarse en el primer franquismo y contar los intentos de un sacerdote de un pueblo aragonés para impedir el estreno de Gilda, con la pérdida segura de almas que ello comportaría. En ese relato estallan la ternura, la inteligencia y la sabiduría retrospectiva de Conget, mientras que en el largo “Toronda” se entrega a la imaginación divertida, a la malicia metaliteraria, a la fantasía que, de tan entretenida, no acaba de ser tan agobiante ni desasosegante como la peripecia que, durante varios días, sufre el protagonista dando vueltas por esa versión del infierno en la que se convierte un centro comercial de un país lejanísimo, del que, como los invitados de El ángel exterminador de Buñuel, no puede salir por mucho que lo intenta…

A los lectores de Conget, en fin, no se les ha de explicar nada ni mucho menos convencerlos de que vayan a la librería a por su nueva obra, pues ése es un movimiento natural, una necesidad que queda complacida cada dos años. Pero ojalá esta reseña sirva para convencer a algunos de los que han andado despistados hasta ahora, y que por fin se animen a acercarse a una de las obras narrativas más ricas, sabrosas, divertidas, bondadosas, escarmentadas, trepidantes, emocionantes y magistralmente escritas entre todas esas que se están desplegando ante nuestros ojos.

Juan Marqués, para ‘Las Librerías Recomiendan