Más libros de la semana de Literatura

“Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro

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Los recuerdos del porvenir (Mapa de las lenguas)

Los recuerdos del porvenir (Mapa de las lenguas)

Garro, Elena

ISBN

978-84-204-3815-3

Editorial

ALFAGUARA

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La historia que nos cuenta Elena Garro es de una gran belleza, poética, con cierto sesgo filosófico, llena de hondura. Un relato de los que dejan huella y te transporta hasta las profundidades de la idiosincrasia mexicana. La ingeniosa historia coral del pueblo de Ixtepec, protagonista y narrador, es además una peculiar crónica de la Revolución Mexicana y de la guerra de los Cristeros, un retrato del caciquismo y las diferencias sociales tan patentes en México. Dibuja la autora las calles de Ixtepec, nos muestra la vida de la familia Moncada, sus peculiaridades, su forma particular de estar en la vida  y, alrededor de ellos,  el tedio del resto de los habitantes del pueblo, la angustia amorosa del joven General Francisco Rosas, la  existencia lánguida de las amantes que los capitanes y coroneles del ejército se han traído consigo, la simpática demencia de un presidente, Juan Cariño, que vive en el prostíbulo del pueblo. Garro  traza con maestría la rebeldía conjunta y el postrero castigo que sumirá en silencio a las calles de Ixtepec. Con todo ello la autora teje una trama  entretenida, en la que juega con la memoria para mostrarnos un presente que será el pasado pero también futuro de todo lo que aconteció. Nos muestra así un México vapuleado, convulsionado, maniatado en su ambivalencia, al igual que el amor  que siente Isabel Moncada por el General Rosas.

Los recuerdos del porvenir está escrito con asombrosa fuerza narrativa, lleno de claves acerca del tiempo, la memoria, la historia… Poblado de figuras tremendamente poéticas en sus descripciones, el relato se hace palpable, es tremendamente visual. El lector intuye hasta los gestos y mohínes de los personajes, suda con sus movimientos, se le seca la garganta ante el miedo y el calor, huele y respira el olor de las flores, siente la pegajosa densidad de la sangre de los muertos y oye el zumbido de las moscas alrededor de los colgados.  Se pierde en los pensamientos de sus protagonistas, respira el polvo de las calles de Ixtepec, se queda inmóvil, adormecido y bulle y palpita ante la rara intensidad de la prosa envolvente de la autora.

La lectura de Los recuerdos del porvenir nos cautiva, no nos deja indiferentes y nos sumerge en el mundo y las ilusiones de sus personajes,  que no son más que su inaprensible verdad anímica. La humanidad de los habitantes de Ixtepec nos inunda con la extraordinaria sensibilidad de una autora que define con certeras pinceladas la complejidad del alma humana. Una historia inusitada, original, singular que muestra la particularidad de un país y la universalidad de los sentimientos.

Lourdes Rubio, Librería Noviembre (Benicàssim, Castellón)

“Ascuas” de Juan Vicente Piqueras

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Ascuas

Ascuas

Piqueras Salinas, Juan Vicente

ISBN

978-84-17386-47-4

Editorial

Pepitas de calabaza

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Muchos de los poemas de Juan Vicente Piqueras (nacido en 1960 en la aldea valenciana de Los Duques de Requena) parten de una intuición, o una idea, o de un hallazgo que muchas veces se formula de un modo aforístico, un primer verso sentencioso o proverbial al que después se le da todas las vueltas posibles en el poema, o se desarrolla o se matiza o se desmiente… Ya en Narciso y ecos dedicó Piqueras algunas páginas a textos que, sin demasiadas complicaciones, podríamos considerar netamente aforismos, pero -y esto es muy importante- sin dejar de ser, por ello, netamente poesía. Lo que ahora nos entrega en Ascuas no son monósticos (poemas de un solo verso) sino aforismos, y, siendo así, son textos hermanos de los poemas mayores, como primeros versos de poemas que se ha descartado desplegar, que se han quedado en la primera revelación (y de hecho muchos de ellos responden a la métrica habitual). La extensión es, por tanto, lo único que diferencia estas “ascuas” de los poemas que conocemos de Piqueras, tan llenos de gracia y belleza, de conmoción y agudeza, y de lecciones probablemente ya asumidas, pero reformuladas de una forma tan exacta que tienen también, por tanto, algo de fundacional, de oráculo: “Sé que la pena no vale la pena. // Sé que la dicha no puede ser dicha. // Sé que el amor, esa misión salvaje, / delicada, imposible, es la única forma / de estar en este mundo sin errar”, decía en uno de los maravillosos poemas dedicados a su Padre).

Lo de la dicha no dicha nos da pie para abordar una de las características más características de la poesía de Piqueras, que es la del modo como consigue jugar con el lenguaje, de una forma muy superior a la habitual, no exactamente lúdica (aunque sí bienhumorada, sonriente) sino, diríamos, realmente “filosófica”.  Cuando leemos ahora en Ascuas que “Aquélla fue la primavera vez”, o que “También ladran los peros”…, cualquier buen lector entenderá que no son ejemplos de juegos de palabras, ni equilibrismos metalingüísticos… No: es poesía que utiliza el lenguaje como catapulta, que se sirve del léxico o de la morfología (o, a veces, subvierte la paremiología) para acceder a significados nuevos, nada superficiales, realmente expresivos, como cuando entiende, con una epifanía impactante, que “Hoy no tiene plural”… Como ha explicado perfectamente la poeta y aforista sevillana Carmen Camacho en el prólogo a Qué hago yo aquí, una buena antología poética de Piqueras que ha aparecido simultáneamente en la editorial Renacimiento, el valenciano “convierte las palabras en un lugar habitable. Para él, hasta el idioma aún desconocido está listo para entrar a vivir”… Es cierto que las palabras más habituales y consabidas son repensadas en la poesía de Piqueras, que no en vano tituló uno de sus primeros libros Adverbios de lugar. Es como si Piqueras desplegase un scrabble en el que las fichas no fuesen las letras sino piezas gramaticales mayores, a las que hubiese dado todas las vueltas posibles, consiguiendo, combinación tras combinación, descubrimientos como los citados, en los que lo que importa, insistimos, no es la “chispa”, aunque la haya, sino la verdad, a veces realmente estremecedora y siempre fértil, que hay tras sus revelaciones: “Si no lo creo no lo veo”.

Indagador y brillante, decididamente volcado hacia la bondad y la nobleza (y que la literatura en general haya desconfiado en la Modernidad de esa actitud es una tragedia en la que todavía estamos sumergidos, y de la que tardaremos en recuperarnos), la literatura de Juan Vicente Piqueras es un homenaje discreto pero muy poderoso a la inteligencia, a la cultura y a cierta inocencia pre-lingüística e inaugural (aunque “la inocencia atrae al mal”…). Consciente de las cosas de la Historia, apátrida por vocación, incapaz de dar nada por sentado sin haberlo antes desentrañado, esta obra literaria accede, al cabo, a la principal certeza, definitiva: “Ser infeliz es olvidar que estás en el paraíso”. O, dicho de otro modo, aún más sublime (tal vez un resumen de toda la historia de la creación artística que más nos importa): “Diga lo que diga, yo quería decir: gracias”.

“El niño que comía lana” de Cristina Sánchez-Andrade

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El niño que comía lana

El niño que comía lana

Sánchez-Andrade, Cristina

ISBN

978-84-339-9887-3

Editorial

Editorial Anagrama

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Todo me resulta extrañamente familiar en las historias que se narran en este libro. Los veo (los lugares, los personajes, los objetos y los animales)… ¿Los conocí, hace mucho tiempo, o ya alguien me los había contado? -¿O es que quizás, a través de la ranura de la puerta del comedor, los escuché de la voz de los mayores, en las sobremesas infinitas de los domingos?-. Sea como sea, lo llamativo es que su autora haya creado materiales de leyenda, con ecos de literatura oral, de cuentos contados al calor de la lumbre, en los que lo fantástico se mezcla con lo verosímil, a través de una voz propia, original. Me gusta de estos relatos de Cristina Sánchez-Andrade ese tan difícil justo medio: no escatimar en lo desagradable, en lo sucio, o incluso lo escatológico y lo violento, al tiempo que la “mirilla” a la que nos asomamos nos permite ver, en un movimiento sutil, lo necesario para no caer en lo burdo y sí establecer con el lector un pacto a favor del deseo, a través de lo perverso.

No era nueva esta indagación en su literatura. En Ya no pisa la tierra tu rey (Anagrama, 2004), lo religioso y lo palaciego, lo sagrado y lo humano, se mezclaban promiscuamente en una novela lírica poblada de personajes extraños y anormales enfrentados “a la dura tarea de ser”, a veces crípticos, pero siempre evocadores de algo más allá de la apariencia. Pero es Las inviernas (Anagrama, 2014) el lugar donde se encuentra la semilla de estas nuevas historias, en las que reaparecen motivos y personajes que ya estaban en aquella novela. Nos ofrecen estos relatos imágenes maravillosas, a veces siniestras, a veces con una carga profunda de oscuridad. Y van desde esa magnífica caridad romana encarnada en la Faustina de “Hambre”, hasta la inquietante niña Puriña, la eivadiña que cose prodigiosamente y que no repara en clavar su tijerita en el indefenso jilguero; o la tétrica niña del palomar. Historias del exilio, cuentos de la aldea, a veces impregnados de un aire malsano. Retrasados, amas de cría, señoritos, gañanes, oficinistas, marqueses, pobres, aldeanos… Casi todos ellos habitando una Galicia mágica que recuerda a la Valle-Inclán, y que Sánchez-Andrade parece haber extraído del repertorio oral para recrearla con un brillo propio que fascina.

Irma Amado, Librería Numax (Santiago de Compostela)

“Goya” de Ivo Andrić

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Goya

Goya

Andric, Ivo

ISBN

978-84-17902-19-3

Editorial

Acantilado

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El profesor Leonardo Romero Tobar publicó hace tres años una meritoria, completa y entretenida monografía sobre Goya en las literaturas. El contenido respondía al título, pero además se aproximaba al cine o a las artes escénicas, dibujando así un amplio panorama de lo que la alargada sombra de Goya ha despertado desde sus coetáneos hasta nosotros, una ascendencia que ha llegado hasta la literatura infantil (ver la serie de Bambulo, de Bernardo Atxaga, inspirada en el sublime Perro semihundido) o incluso la industria pornográfica. Es relativamente fácil de explicar, por el talento con que fueron pintados, la presencia permanente de algunos grabados y cuadros de Goya en el imaginario universal, su larga fecundidad en forma de reflejos, glosas o intentos de reelaboración verbal más o menos exitosos. Y en aquel libro se hacía más o menos evidente que muy probablemente ha sido la perspectiva extranjera la que, sin necesidad de simplificar las cosas demasiado, ha visto en Goya a todo un paradigma de España, y ha contemplado su obra como el producto más acabado, rico y polisémico de la crítica y entrecortada llegada de la modernidad a nuestro país.

Coincidiendo con la gran exposición de los dibujos de Goya en el Museo del Prado, la editorial Acantilado trae ahora hasta nuestro idioma, con la mediación de Miguel Rodríguez, dos pequeños textos que Ivo Andrić, Premio Nobel de Literatura de 1961, escribió respecto al pintor aragonés. Y creemos que incluso los que se sepan o se crean más familiarizados con la figura de Goya, con su vida y su pintura, encontrarán en estas dos piezas breves no una nueva mirada sino dos, pues son muy distintas: en una se esboza la biografía de Goya de una forma lacónica pero iluminadora, y la segunda es una pura fantasía, igualmente llena de detalles llenos de talento y sensibilidad poética.

Si el primer texto, más breve, es una especie de “Goya para serbios”, una biografía breve (pero muy aguda en su rapidez, con digresiones divertidas, como esa, tan exacta, que justifica las dudas o lagunas en la biografía goyesca porque “en España, donde se habla mucho y con gracia, pero también se sabe guardar un cauteloso silencio sobre lo que no se desea contar, es difícil confirmar algo“), el segundo es “Una conversación con Goya”, claramente onírica, en la que el narrador se encuentra con un avejentado y un poco deprimido Goya en una taberna de Burdeos, donde hablan largamente de arte, es decir, de vida. Resumiendo: si en el primer texto se aboceta la biografía superficial del pintor, en el segundo se intenta descender a su psicología, a sus impulsos, a sus motivaciones y terrores. Y nos da la sensación de que en muchos momentos se da en el clavo: “nuestras ideas personales -dice el Goya de Andrić-, por más que nos esforcemos, no significan demasiado ni sirven de nada; […] debemos prestar atención a las leyendas, esos vestigios del empeño de la humanidad a lo largo de los siglos, y tratar de extraer de ellas, en la medida de lo posible, el sentido de nuestro destino“.

“En el fiordo profundo” de Ruth Lillegraven

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En el fiordo profundo

En el fiordo profundo

Lillegraven, Ruth

ISBN

978-84-17708-40-5

Editorial

Maeva Ediciones

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Nos ha gustado siempre la literatura nórdica, en todas sus líneas: tanto la inaugural de sus sagas, como sus extraordinarios poetas modernos (que, de algún modo, las continúan), como su famosa literatura infantil, como, por entrar ya en lo específicamente noruego, esa tosca pero también lírica corriente masculina que hace de la rudeza un valor real y que en la contemporaneidad va desde el inmenso Knut Hamsun hasta Karl Ove Knausgård, pasando por Kjell Askildsen… Más reciente, pero también ya tradicional, es la eclosión de la literatura negra por aquellas septentrionales latitudes, y esa, digamos, “moda” va ocupando espacio en nuestras estanterías de libreros y también en nuestros corazones de lectores, pues ya no queda duda de que muchas de las obras de esas novelas de intriga o misterio son literatura de primera calidad.

A ese grupo de novelas racionalmente destacables se incorpora ahora el debut narrativo de Ruth Lillegraven, que no puede ser más nórdica, desde su mismo título: En el fiordo profundo. Ese título implica ya paisajes e insinúa secretos sumergidos, que a lo largo de las páginas implican grandes cambios en el modo que teníamos de percibir a los personajes, cuyos cambios de actitud van de la mano de los sucesivos descubrimientos, como si la cotidianeidad de una familia tipo fuese, en realidad, un baile de disfraces encubierto, el festival del pasado…

Por supuesto, tratándose de una novela de investigaciones y sorpresas, no podemos explicar mucho, ni adelantar nada. Sólo avisar de la calidad de los diálogos, de la mirada sobre el paisaje (se nota que Lillegraven procede de la poesía), de la gestión de los tiempos y del modo de administrar las informaciones. No recurriremos al manoseadísimo tópico de que “en esta novela nada es lo que parece”, porque nada más recibirla la novela nos pareció que podía ser interesante, que podía ser adictiva, que podía enganchar y complacer. Y, en ese sentido, la novela es exactamente lo que parecía, lo que nuestro instinto de librero nos indicó.

Antonio Rivero, Librería Canaima (Las Palmas de Gran Canaria)

“Tierra negra con alas”, de Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla

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Tierra negra con alas

Tierra negra con alas

Bonet, Juan Manuel / Bonilla, Juan

ISBN

978-84-17453-38-1

Editorial

Fundación José Manuel Lara

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He aquí un libro que, francamente, se veía venir, y con cuánta impaciencia lo hemos esperado quienes andábamos enterados de la divertidísima y erudita (pero más o menos inédita) complicidad que se traen desde hace años Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla. En algún momento esa amistad hecha de bibliografías, viajes y notas al pie tenía que cuajar en un libro que, soñábamos, pudiese parecerse a este que ahora nos ofrece la Fundación José Manuel Lara, y en el que se nos brinda, simplemente, la más amplia y nutritiva antología que se ha hecho jamás de la poesía vanguardista hispanoamericana. No decimos “exhaustiva” porque los ciento noventa poetas convocados no son, ni mucho menos, todos los que ellos han leído y manejaban, pero sí son los más significativos y necesarios, y entre todos elevan una red de ismos, anhelos y experimentos que a su vez traza un mapa muy nítido de lo que aquellos movimientos dieron por aquellos años en aquellas dilatadas latitudes, desde Chihuahua a Tierra de Fuego.

El profesor Luis Rius, biógrafo de León Felipe, decía que la historia de la literatura es como una de esas ciudades viejas donde hay avenidas principales, calles importantes, plazas obligatorias… pero en las que si uno callejea por barrios apartados se encuentra de repente, al doblar una anodina esquina, una estatua deslumbrante que no aparecía en ninguna guía. En este libro de hoy tenemos, por descontado, la avenida Vallejo, el puerto de Borges, la plaza Huidobro, el paseo de los Andrade, la cuesta (arriba) de Neruda…, pero lo que abunda y sorprende, incluso a los que más o menos nos considerábamos remotamente enterados del asunto, es la aplastante cantidad de nombres perfectamente desconocidos y frecuentemente brillantes que aquí podremos leer. Y todos ellos van precedidos de una pequeña ficha en la que Bonet traza la vida y obra de cada autor (y no es raro que la primera sea más vanguardista, por estrafalaria, que la segunda). La aportación, decisiva, de Bonilla es la extensa introducción, que perfectamente podría haber sido una monografía autónoma, un estupendo ensayo exento, pero que, puesto al frente de esta reunión, la contextualiza de modo ejemplar. Y entre los dos han hecho la selección, y, conociéndolos, no extraña nada que aseguren haber compartido miles de correos electrónicos cruzados durante el proceso de elección y edición, o de que haya llegado a haber, dicen en la editorial, veintiocho versiones del índice.

Aunque buena parte de los autores reunidos estaban, ritualmente, fascinados por París, por donde muchos de ellos pasaron y donde se conocieron (y de hecho hay varios poemas en francés, o con interpolaciones de ese idioma, y por supuesto mucho tema afrancesado, mucha Torre Eiffel…), los tres epicentros principales son Buenos Aires, Sâo Paulo y México D.F., aunque también hay mucha Pampa, algo de Amazonas, no pocos Andes… Por lo demás, como sucediera en las vanguardias europeas, está la tentación de la poesía visual y el caligrama, la atracción por el cine y las nuevas músicas, desahogos ideológicos que manifiestan o anuncian la exagerada diversidad política en la que andaban o a donde llegarían estos poetas, o, como afirma Bonet, lo que al cabo más cuenta es el contraste, a veces llamativamente brusco, entre lo más cosmopolita y lo íntimo, entre lo futurista y lo privado, que pueden convivir en el mismo verso.

El interés que tanto Bonet como Bonilla sienten hacia las vanguardias históricas de cualquier idioma y en cualquier disciplina exige otro sustantivo (“obsesión”, “adicción”, “ciclotimia”…), y ya había dado muchos buenos frutos (el último, esa novela biográfica de Bonilla sobre la poeta mexicana Nahui Olin, que también recomendamos en su día en ‘Las Librerías Recomiendan’). Aquí explota en un libro que tiene mucho de caja de sorpresas, y que ha acertado a atrapar y recoger lo más locuaz de unos impulsos que quisieron ser vida frenética y fecunda, literatura urgente y bulliciosa, escritura colorista y revolucionaria, Hay de todo, por supuesto, pero todo encandila, y da un testimonio espectacular de cierto fantasma que también recorrió América, unos nuevos aires que encendieron muchas mechas a lo largo del Nuevo Mundo.

 

“Los niños del Borgo Vecchio” de Giosuè Calaciura

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Los niños del Borgo Vecchio

Los niños del Borgo Vecchio

Calaciura, Giosuè

ISBN

978-84-16291-94-6

Editorial

Periférica

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Los niños del Borgo Vecchio son tres: Mimmo, un chico enamorado y con suerte, pues su padre compró un caballo ganador; Cristófaro quien tiene buenos motivos para temer la llegada de la noche, y Celeste, la hija de Carmela la prostituta.

Seguro que viven más niños en este barrio de Palermo, donde conviven las formas de vida más antiguas con algunos destellos de modernidad, traída por los turistas que se dejan engañar en este laberinto intrincado de callejuelas del que difícilmente podrán salir sus habitantes.

Seguro, también, que es la atemporalidad en la que transcurre el juego narrativo, junto con la mezcla de lo real y lo fantástico, tan bien tratada por Giosuè Calaciura (y tan bien traducida por Natalia Zarco), lo que produce el efecto mágico que convierte en poesía la vida de sus protagonistas, condenados a miserias de muchos tipos, y será la admiración por Totó, el ratero que corre más que la bala que quiso alcanzarle, o la devoción por la Virgen del Manto, o las conversaciones con Naná, el caballo ganador, o el olor del horno de pan…, quienes los redima antes de que la “muerte los libere del afán de vivir”.

Javier Soler, Librería Entre Libros (Linares, Jaén)

“Alegría” de Manuel Vilas

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Alegría

Alegría

Vilas, Manuel

ISBN

978-84-08-21785-5

Editorial

Editorial Planeta

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“Alegría” es, posiblemente, la palabra más hermosa del idioma español, y no sólo por su significado, insuperable (“la alegría es mejor que la felicidad”, leemos en la página 66), sino por su sonoridad, que produce o despierta aquello que designa. José Hierro puso esa palabra como título a su libro de 1947, un libro herido y sin embargo luminoso, y su primer verso (“Llegué por el dolor a la alegría”) va al frente del nuevo libro de Manuel Vilas, titulado igual, y sobre ese poemario del autor cántabro reflexiona el escritor aragonés en el penúltimo apartado de esta nueva novela personal.

Hay que acuñar definitivamente el concepto de “novela de no ficción” para referirse a esa buena batería de narraciones que últimamente nos asaltan y, generalmente, nos encandilan, y en las que los autores utilizan su experiencia “real” para tejer tramas o, cuando menos, situaciones, relatos, enseñanzas. Es la vida la que, en buena medida, escribe esos libros, en los que el autor ejerce de “antólogo de momentos”, de “montador de secuencias”, de “editor de la realidad”.

“Que los recuerdos mueran con dignidad, ése es mi cometido”, afirma Vilas, un poco en esa línea, y para los muchos lectores de Ordesa (recomendado en su día en ‘Las Librerías Recomiendan’) supondrá una enorme alegría saber que este libro es una continuación natural de aquél, pero aún más exaltado, más intenso, más sabio, más enloquecido y a la vez más centrado, con un rumbo más claro hacia ninguna parte, pero lleno de revelaciones, de delirios lúcidos, de realismo metafísico y de buena poesía.

Alegría es, en cierto modo, la crónica de todo lo que le pasó a cierto autor que escribió Ordesa, obteniendo un éxito unánime, y eso le permite no sólo abundar en lo que se decía en el primer libro, sino de algún modo rectificarlo, ampliarlo, matizarlo o incluso corregirlo. Pero es también un libro de viajes (más de interiores que de paisajes), un libro tan familiar que es casi una saga, un libro de amor que tiene algo de epitalamio (el género poético que celebra una boda). Y es un banquete de dolor y de humor, de celebración de la vida, de sorpresa y pánico y júbilo. Uno de esos libros que importan, y que, desentendiéndose de tramas o personajes de ficción, van directamente al corazón de lo que cuenta, sin rodeos, sin cautelas, dispuesto a sacrificar todo lo que uno pueda ser en el altar incierto de la literatura.