Más libros de la semana de Literatura

“Semilla del son. Crónica de un hechizo” de Santiago Auserón

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SEMILLA DEL SON

SEMILLA DEL SON

Auserón, Santiago

ISBN

978-84-949383-7-5

Editorial

LIBROS DEL KULTRUM

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Mientras comenzamos a redactar estas líneas suenan y rebotan a nuestro alrededor los primeros compases de “A un perro flaco”, primera canción de Raíces al viento, el que a su vez fuera el primer disco de Juan Perro y que en 2020, aunque parezca mentira, cumplirá veinticinco alegres años. Ese LP de 1995, un hito en la música española, fue el primer y espectacular resultado de ciertas curiosidades e investigaciones que “el zaragozano universal” Santiago Auserón, celebérrimo ya por su liderazgo en Radio Futura, empezó a hacer al respecto de los orígenes reales de determinados ritmos y estilos musicales, en un camino indagador que para él ya no ha tenido vuelta atrás, y que lo llevó pronto al mar Caribe. En contra de lo que nos ha enseñado la mitología o la literatura de náufragos, una isla se caracteriza más bien por ser ese lugar en el que uno nunca está solo y, en efecto, Auserón encontró en Cuba a numerosos cómplices deseosos de ayudarle, de guiarle. Enamorado de lo que encontró, atrapado por Cuba y, desde ahí, remontándose en la corriente infinita de las melodías, llegando a los cantos africanos y a los ecos árabes (que llegarían a América en los barcos de los esclavos, y que en Andalucía fecundarían el flamenco), el tenaz Auserón se ha instalado en esas raíces, pero sin dejar de explorar, de aprender y de enseñar lo que descubre a través de nuevos discos como La huella sonora o el magistral Mr. Hambre, pero también a través de libros, artículos, conferencias o incluso de una tesis doctoral, dirigida por José Luis Pardo, pendiente de publicación. 

A las populares pero ya originalísimas y autoexigentes Canciones de Radio Futura, recopiladas para Pre-Textos en 1999, siguieron las Canciones de Juan Perro en Salto de Página. Y después llegó El ritmo perdido. Sobre el influjo negro en la canción española, una obra maestra del pensamiento musical que ha conocido reediciones pero que nos tememos que no leyó tanta gente como un estudio tan ejemplar merecía. No hay peores lectores que aquellos que desdeñan un libro dando por supuesto o consabido lo que contiene. Ellos se pierden la magia, la sorpresa, la maravillosa posibilidad de estar confundidos. Y en aquel libro la magia y el talento estaban por todas partes, especialmente en sus inicios, por lo mucho que ese ensayo tenía también de memorias personales de un muchacho que, a orillas del Ebro, escuchaba discos compulsivamente, leía poesía buena y comenzaba a soñar con las músicas que habría más allá, o que hubo mucho antes.

El título que Libros del Kultrum presenta ahora es una recopilación de magníficos textos dispersos hermanados por el tema cubano, desde una necrológica de Compay Segundo (“un músico de primera que ama el riesgo de la verdad” y que debió a Auserón bastante de su fama más allá de la isla) hasta una conferencia reciente en la que se luce como erudito, no sólo músico virtuoso sino musicólogo brillante, y en la que comprende, entre otras lecciones, que “sólo la lengua consiente el establecimiento de fronteras sonoras, apuntaladas por los programas de enseñanza y por la defensa militar del territorio. La música, por su parte, se complace en saltarse dichas fronteras y se alimenta con frecuencia de los cantos del enemigo”. 

No es habitual que los protagonistas de algo sean también cronistas superdotados de esa misma disciplina en la que han destacado. Está lo que Miguel Pardeza hizo con el fútbol y su infancia en el maravilloso Torneo (que, felizmente, tendrá pronto continuidad), pero no se nos ocurren, entre nosotros, muchos más ejemplos. Santiago Auserón es un escritor portentoso, dueño una prosa precisa y sabrosa que no decae ni fatiga a los profanos, muy al contrario, ni siquiera en las (pocas) ocasiones en las que ha de ponerse técnico y sumergirse en “la subdivisión del tiempo binario en corcheas regulares [que] facilita la polirritmia o superposición de cuentas binarias y ternarias, permitiendo la variación de acentos en torno a las claves de son y de rumba -entre otras-, dentro de la matriz más universal de la síncopa conocida como tango africano”… No querríamos que terminasen nunca sus divagaciones, sus recuerdos (con fotografías incluidas), sus semblanzas de viejos músicos. Y es de destacar la edición de Libros del Kultrum, impecable, detallista, audaz, tipográficamente noble. Esta Semilla del son es una verdadera delicia en todos sus detalles, que confirma a Auserón no sólo como un maestro de los acordes sino de las palabras, y no sólo por lo que respecta a sus celebradas letras para canciones, sino por estos artículos, opúsculos e intervenciones. “Pon tu huella en el escrito infinito“…: si a Bob Dylan le dieron el Nobel, que le den a ‘Juan Perro’ el Cervantes.

“La danza de los tulipanes” de Ibon Martín

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La danza de los tulipanes

La danza de los tulipanes

Martín, Ibon

ISBN

978-84-01-02271-5

Editorial

PLAZA & JANES

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Mundaka, Bermeo, Murueta, San Pedro de Atxarre, San Juan de Gaztelugatxe, Gernika, el Castillo de Arteaga, el Bosque de Oma… Escuchar esos nombres nos evoca nuestra historia, lugares de gran belleza, la tranquilidad del mar o el verde de los bosques. Todos estos territorios, y muchos otros, se encuentran en uno de los espacios más bellos del norte de la Península Ibérica, la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. La reserva es atravesada por el río Oka, el cual desemboca en la ría de Mundaka, uno de los destinos predilectos para los surfistas. La orilla de las marismas, que cambian de paisaje gracias a las mareas, es recorrida por una de las líneas de metro más impresionantes, y es en las vías de estos ferrocarriles donde comienza la historia de La danza de los tulipanes, la última obra del aclamado Ibón Martín.

Uno de los trenes de la mencionada línea arrolla a una de las periodistas más importantes de Gernika. Con ese hecho Martín va a iniciar una carrera apasionante que transcurrirá entre relaciones personales, asesinatos y algunos de los aspectos más duros, controvertidos y polémicos de las últimas décadas. Gracias a la historia personal de cada uno de los miembros del equipo de la Ertzaintza, y a las pesquisas que éstos deberán afrontar, vamos a poder conocer y reflexionar sobre sucesos muy actuales. Entre ellos están las necesidades acuciantes que llevan a mucha gente a recurrir al marisqueo ilegal, el problema del tráfico de drogas, la violencia de género y la violencia estructural u otros aspectos de gran importancia para la España actual, de los cuales no podemos hablar para no adelantar los acontecimientos que se irán descubriendo en la novela. Es destacable el fondo psicológico de los personajes, realmente bien creados, y la fuerza de las dos policías que llevan la batuta en La danza de los tulipanes. Dos mujeres muy diferentes que mostrarán a lo largo de la obra su inteligencia, su fuerza, sus emociones más humanas o su capacidad para afrontar las decisiones más duras, y, al mismo tiempo, veremos sus errores y la necesidad del trabajo en equipo.

La escritura de Martín hace que nos encontremos ante un thriller apasionante, inquietante, duro, de gran fuerza emocional, extraordinariamente entretejido y, al mismo tiempo, de gran belleza.

Ibón Martín despliega en su obra un trabajo de investigación y dedicación digno de alabar, gracias al cual podemos disfrutar de una gran lectura que va atrapando al lector según pasan las páginas hasta no poder dejar de leer. Un thriller sobresaliente, de asesinatos e intrigas, que se ve acompañado por un viaje por el Urdaibai, que el autor nos va a ir describiendo poco a poco con gran maestría, convirtiéndose el paisaje en otro de los protagonistas de la obra. Sin lugar a duda ha logrado crear una historia para disfrutar antes o durante una visita a la Reserva de la Biosfera, que de por sí ya es espectacular.

Es muy probable que la capacidad para describir el paisaje y los municipios se deba a que Ibón Martín empezó con la escritura de viajes, con la descripción y el amor hacia su tierra, Euskadi. Desde ella saltó a la novela negra con una serie con tintes nórdicos que supuso un hito en el género, El faro del silencio.

Noelia Solís y Héctor Monterrubio, Librerías Ícaro (Segovia)

“Caramelo culebra” de Sara Herrera Peralta

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Caramelo culebra

Caramelo culebra

Herrera Peralta, Sara

ISBN

978-84-120475-0-9

Editorial

La bella varsovia

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La “mujer errante y niña perdida” que Sara Herrera Peralta (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1980) decía haber sido en el poema que daba título a su primer libro, La selva en que caí (2007), se ha convertido doce años y once libros después en alguien distinto. Como no podía ser de otro modo, por supuesto, pero a la vez de una forma que sólo muy a medias podía preverse en las primeras muestras de una obra ya fecunda. Para empezar, es decisivo aclarar que ella era errante, sí, pero no escribía poemas de viajes (algo francamente peligroso) sino poemas o incluso libros de estancias: no escribía sobre lugares de paso sino sobre espacios donde echaba raíces, zonas no esporádicas sino habitadas, vividas. Y para alguien cuya escritura está tan inevitablemente trenzada a su propia vida, lo cierto es que más que sobre sus lugares de residencia escribía sobre lo que de hecho implicaba estar allí: la distancia, la añoranza, el extrañamiento, la inseguridad. De allí han salido muchos poemas suyos, y algunos de los mejores.

La distancia, como suele suceder, la acercaba a su familia, por el atajo del echar de menos. Herrera Peralta es una de las poetas de su generación que con más tenacidad y cariño han escrito sobre sus ascendientes, en especial los abuelos, y eso sigue siendo así incluso en este nuevo libro, Caramelo culebra, en el que acaba anunciándose también la llegada de su primer hijo. Eso que los terapeutas llaman “constelaciones familiares” está teniendo una importancia nuclear en la poesía de la poeta andaluza, y si los ascendientes han sido tan protagonistas, cabe prever lo que sucederá con los descendientes, lo cual es, por otra parte, una suerte de estribillo generacional: quien escribe esta reseña nació también en 1980, y tiene la impresión de que nuestra quinta (y no hablo sólo de poetas) es la que más decididamente está llenando la literatura de niños, algo perfectamente natural, y que es raro que no haya sido tan explorado y dicho antes: si la poesía expresa el puro miedo y el puro amor, lo crucial y lo irreversible, la alegría y la sorpresa, entonces alguna vez tenía que pasar, alguna generación tenía que colocar a los hijos en el centro mismísimo de la palabra, teniéndolos como los tenemos en el centro mismo de nuestras vidas, elevándolos a símbolos definitivos de todo aquello que pueda llegar a importar algo. La maternidad o la paternidad son, desde luego, territorios que literalmente vamos a ocupar durante unos años, y por eso está bien que la última sección de Caramelo culebra se titule “Territorio”, y que el único poema epilogal que lo ocupa lleve el rótulo de “País”. Después de tantas vueltas por Europa, llega el arraigo en forma de pequeños cuerpos a los que querer y cuidar, y ha de ser extraño (probablemente más aún para una mujer, para una madre) que la lengua materna de los hijos no sea la que fue la tuya. El idioma de casa: siempre nos quedará ese país.

Haber vivido en París (ciudad en la que se centró su libro Documentumen el que constataba que “Quien más finja / será más poderoso”, algo que permitiría también consideraciones metapoéticas que no vienen al caso…) implica también reflexionar sobre el nuevo terrorismo, las nuevas amenazas, la nueva pobreza, los ultrajes a los jóvenes. Hay que recordar que 1980 no fue el primer año de los 80, sino el último de los 70, y que no somos la vanguardia de la década sino los rezagadísimos de la anterior, algo que es sin duda una tontería en cuanto a la pueril manía de colocar a los autores de cada década en diferentes estanterías (o, peor, antologías), pero que sí parece tener, siquiera psicológicamente, determinadas consecuencias sociales, pues se produjo un salto. La inestabilidad que hemos conocido era, se mire por donde se mire, algo nuevo, y hará mal en olvidarlo quien quiera reflexionar sobre la “poesía social” de quienes la practican en estos años. En el caso de Herrera Peralta toda esa impotencia estalló en Shock, su libro más enfadado, pero el subtema social también ha ido yendo y viniendo por sus libros, rebotando de título en título, y aquí cristaliza en “Maiomuna”, deliberadamente prosaico pero eficaz.

Lo que nos gusta, en fin, de Caramelo culebra es que, siendo claramente un eslabón más en su obra, que comparte la ya inconfundible melodía de su autora, entre la delicadeza y la seriedad, entre la memoria y lo cotidiano, entre la insistencia en el “exilio” y la reivindicación de un presente luminoso…, es también otro sólido y claro paso adelante, una legítima defensa de sí misma, prescindiendo del exceso de citas que enrarecía otros libros y desentendiéndose de innecesarios prólogos ajenos, presentando un libro delgado pero denso, y un volumen bien medido y calculado que, sin embargo, acaba con la sensación de que el libro se sorprende y altera a sí mismo con la noticia del embarazo, suceso que lo desbarata felizmente todo, rompiendo la estructura prevista, la rutina deseada y celebrada pero con un punto siempre ambiguo de monotonía serena y conforme, aunque también atenta, expectante, a la espera de lo que pueda llegar. Y si un niño condiciona y trastorna y calienta y desquicia una vida, ¿por qué no va a hacerlo también con un poemario? En ese final todo cambia y desde luego se enaltece, culminando un libro estupendo, maduro, equilibrado y hermoso.

“Me quedo aquí”, de Marco Balzano

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Me quedo aquí

Me quedo aquí

Balzano, Marco

ISBN

978-84-17128-91-3

Editorial

Duomo ediciones

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Existen novelas inolvidables que han hecho historia y de las que hablamos continuamente, obras que se graban en nuestra memoria y nos acompañan en cada una de nuestras vivencias, como si hubiesen sido ideadas por una mente calculadora y perversa que conoce nuestras obsesiones y miedos y nos retiene con aquellas palabras. Pero por otro lado hay obras, aparentemente menores, que son libres, obras que surgen de la nada y que no tienen que dar explicaciones a nadie del por qué y el cómo han sido creadas. Me quedo aquí pertenece a este grupo.

Me quedo aquí es un abrazo, un destello de calor, un refugio al calor de la hoguera donde resguardarnos.

“… Nos la ofreció sin plato ni servilleta, como se hace sólo con la familia”.

“No sabes nada de mí y, sin embargo, sabes mucho porque eres mi hija”.

Ya desde la primera frase me adentro en la vida de una mujer en tierra de nadie, una exiliada sin viaje, sin jornadas de extenuante caminar hacia la tierra prometida. Leo una carta de amor hacia la hija perdida, una carta sin esperanzas, sin sueños, una carta que se convierte en derrota. Bolzano es el mundo y el pantano que lo embalsamará para siempre somos nosotros con nuestra crueldad y egoísmo. El destino de Bolzano es la representación de nuestro cinismo ante la vida y la historia. Marco Balzano construye el relato desde el corazón y eso me sobrecoge.

“Nuestra rabia se parecía cada vez más a la melancolía: no explotaba nunca”.

La madre que recuerda somos todos nosotros en algún momento de nuestra existencia. Yo no he vivido una guerra, no me han expulsado de mi casa y sin embargo tengo memoria. Pero no hablo de mis recuerdos, hablo de la memoria colectiva, de aquella que viaja de generación en generación y que en la actualidad hemos encarcelado para no vernos reflejados y poder engañarnos a nosotros mismos. Me quedo aquí habla de eso. Y al avanzar en su lectura vas encontrando las mismas piedras que recuerdas en las historias que te contaban tus padres, tus abuelos.

Marica se convierte en un sueño, alguien que ¿existió? Trina recuerda, intenta fijar cada detalle de su pasado para poder explicarse a sí misma su propia vida. ¿Y Elrich? Un príncipe azul sin cuento, mascador de tabaco y manos cuarteadas. ¿Y la madre de la maestra? pues una madre. ¿Y el padre de la maestra? El Titán, aquel que con solo un movimiento de manos convence a su hija de que todo irá bien. Escribo esto y siento que algo en mí se rompe y eso es maravilloso.

Recuerdo a las amigas de Trina, sus paseos y conversaciones de un futuro que no va a cumplirse. Siento la ansiedad de Elrich y su miedo ante el verdadero futuro que les aguarda. No veo a Marica. Recuerdo a una mujer gorda, una valquiria que protege a los viajeros. Recuerdo una casa perdida en las montañas y a su espalda una frontera invisible que se va haciendo cada vez más lejana. No veo Bolzano. Recuerdo a una niña autista reconociéndose gracias a Trina y aquí una mezcla de esperanza y tristeza se mezclan en mi lectura. Y sucede el regreso y no nos hemos ido y seguimos en el mismo sitio y Marica no está. La historia ha sucedido y, como decía aquella frase de Lampedusa, todo tiene que cambiar para que nada cambie, ¿o no?

Elrich ha sido enterrado y Trina escribe y termina con una frase que me desconcierta y que me ata definitivamente al libro:

“Seguir adelante, como decía madre, es la única dirección permitida. De no ser así, Dios nos habría puesto los ojos a los lados. Como los peces”.

Trina comenzó el relato sin creer y termina de la misma forma. Recuerda la frase de su madre, pero ni la entiende ni quiere entenderla.

Pedro González, Librería Sa Cultural (Ibiza)

“El país de las ranas” de Pina Rota Fo

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El país de las ranas

El país de las ranas

Rota Fo, Pina

ISBN

978-84-17800-13-0

Editorial

Errata Naturae Editores

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El país de las ranas, la única novela de Pina Rota Fo, me ha atrapado y me ha sorprendido. En ella la autora, madre de tres escritores (uno de ellos Dario Fo, Premio Nobel de Literatura), nos relata su infancia en una granja de la Italia rural de principios del siglo XX.

Se mezcla la historia del país con la historia familiar. La Primera Guerra Mundial, el ascenso del fascismo en el periodo de entreguerras o la Segunda Guerra Mundial son temas de fondo, sobre los que no está puestos los focos de la novela pero naturalmente condicionan esa vida cotidiana y privada que se quiere rememorar.

En la novela se plantea una defensa del mundo rural, de la agricultura, y se hace principalmente a través de la figura del padre, por el que Pina siente mucha admiración, aunque no lo diga muy claramente. “Mi padre mandaba y los demás obedecíamos”, dice, y acaba convirtiéndose en el verdadero protagonista, el personaje principal, representante del viejo mundo, de la resistencia a los nuevos aires, escéptico ante el auge de las fábricas y la diáspora hacia las ciudades. A mí también me encanta ese personaje, huraño y divertido, que va viendo cómo el mundo que defiende se desmorona y, sin embargo, se mantiene firme en sus principios. Es enorme su frustración al ver que todos sus hijos abandonan el campo y marchan a la ciudad, que no puede hacer valer su defensa de la agricultura y de sus creencias, las cuales sostiene hasta el día de su muerte, a la que llega con asombrosa lucidez, y con la que la novela termina, quedando claro qué era lo que en el fondo, o ante todo, se quería contar.

El estilo es muy sencillo pero agudo. Tanto que recuerda a la Natalia Ginzburg de Las palabras de la noche, o, más nítidamente, al recientemente publicado En el arrozal, de Marquesa Colombi, y de hecho en El país de las ranas también se habla de pasada de las jóvenes que tenían que ir largas temporadas a trabajar en los arrozales, atacadas por las sanguijuelas y por numerosas enfermedades.

La traducción es de Miguel Ros González.

Rosa Pastor, Libros 28 (San Vicente del Raspeig, Alicante)

“Canto yo y la montaña baila” de Irene Solà

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Canto yo y la montaña baila

Canto yo y la montaña baila

Solà Saez, Irene

ISBN

978-84-339-9877-4

Editorial

Editorial Anagrama

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Cuando alguien se arriesga a lanzar un título tan estimulante, curioso y llamativo como este de Canto yo y la montaña baila (que es aún más sonoro, casi una aliteración, en su versión original: Canto jo i la muntanya balla), de alguna misteriosa manera se condena a tener que complacer todavía un punto más las posibles expectativas del lector que haya llegado hasta el libro atraído por su rótulo. Es la temeridad de los títulos ingeniosos, divertidos, sentenciosos… pero éste no es nada de eso, sino puramente poético, y lo cierto es que el tono, el misterio, la trascendencia y hasta la sintaxis de ese título se contagian a toda la narración, que es una explosión de literatura brillante.

“Yo estaba llena de las cosas que me pasaban”, dice uno de los muchos personajes que toman la palabra en la novela (traducida al castellano por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera), y eso lo podrían decir todos, incluso esas gotas de lluvia, esas setas o esas montañas que también toman la palabra, o ese joven corzo que protagoniza y narra las mejores páginas que hemos leído en bastante tiempo en una novela. Es como si el espíritu inolvidable de El bosque animado, donde también conversaban los árboles, se hubiera trasladado al Pirineo catalán, y la comarca del Ripollès se viese inundada de repente por el famoso panteísmo gallego (y de hecho en el penúltimo párrafo del monólogo del corzo se homenajea uno de los poemas más célebres de Rosalía de Castro). Más que eso, claro, pesa el hecho de que, al cabo, todas las tradiciones son remotamente similares, si es que no están conectadas, y la particular mitología de la frontera catalana con Francia es también fecunda en brujas y aparecidos. 

Ahora bien, la originalidad con la que Irene Solà (Malla, 1990) ha reconstruido todo ese imaginario es abrumadora. Tiene un punto de partida claro, y a la vez lo actualiza y lo remueve a conciencia, a medias entre la veneración y la insolencia, consiguiendo, sin exageración, la que probablemente sea ya la mejor obra literaria que hemos leído sobre esos valles, refundándolos así para la imaginación, para la narrativa, y por lo tanto para el porvenir. Canto yo y la montaña baila es una continua sorpresa, un maravilloso sobresalto de ciento ochenta páginas en las que incluso se aborda y se repiensa (y sin el menor dramatismo: otra lección literaria) el asunto de la frontera, en lo que tuvo de lugar de paso en 1936 y 1939, y donde también se consiguen decir cosas insólitas y ya definitivas: para los que se exiliaban, “esperar era más cansado que andar”. He aquí, en fin, un talento diferente, valiente y libérrimo para volver a pintar las paredes de la literatura en catalán: una novela con la fuerza de las raíces y con la potencia de la magia: hacia el futuro a través de la lo heredado, hacia la renovación a partir del folclore, de lo vernáculo, de las tradiciones. Todo lo que existe tiene algo que decir en esta estupenda novela. 

 

“Tres muertos” de Manuel Machuca

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Tres muertos

Tres muertos

Machuca González, Manuel

ISBN

978-84-17352-42-4

Editorial

Ediciones de la Isla de Siltolá

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Hay quien cree que hablar de la memoria, reivindicarla, equivale a coleccionar agravios, a desatar un rencor estéril, macerado a fuego lento. Que es mejor tapar las cosas, olvidarlo todo para empezar de nuevo. Esta hermosa novela, la cuarta del escritor sevillano Manuel Machuca, que publica ahora con La Isla de Siltolá, viene a desmontar semejante idea, quizás sin siquiera pretenderlo. Si tuviéramos que sintetizarla en una sola palabra, no habría duda: es una novela sobre el perdón y su grandeza. Pero intentemos explicarnos mejor.

Los tres muertos a los que se refiere el título son, más que sus protagonistas, tres puntos de referencia para otros tres personajes que llevan el peso de la novela. El autor escoge tres momentos clave de la historia de una familia desde finales del XIX a nuestros días. Esos tres momentos tienen un elemento en común: alguien acaba de fallecer, y eso impulsa a quien queda vivo a recordar al difunto. Tres voces muy distintas, dos mujeres y un hombre, que sostienen diálogos-monólogos casi hipnóticos con alguien que no puede contestarles. Y en su relato cada uno reconstruye el pasado, con la nueva perspectiva que da la muerte reciente. Ninguno de ellos parte de la alabanza gratuita al difunto, de esa costumbre tan nuestra de echar flores para tapar cualquier podredumbre. Muy al contrario, cada personaje se enfrenta a un pasado que no le gusta, a un difunto con quien tiene asuntos pendientes. Pero es el propio relato personal que se hacen a sí mismos y a su interlocutor imposible, el propio ejercicio de la memoria, el que acaba conduciendo al perdón. Al propio y al de los demás. Y seguramente ese perdón que no oculta el agravio, sino que parte precisamente de él, solo puede conseguirse en ese momento delicado y tremendo, el de la muerte reciente, la que nos iguala a todos y hace que nos quedemos con lo que tenemos todos en común: el ser humano y su lucha cotidiana, personal e intransferible.

El narrador, o mejor, los tres narradores, tienen mucho que decir. Manuel Machuca se pone al servicio de ellos para mostrar una larga serie de peripecias, contadas con tanta sencillez como amenidad, con una prosa eficaz, pero llena de matices. Cada uno de los tres relatos, que conforman finalmente uno solo, consigue coger al lector por la solapa e interesarle por la historia vital de estas tres personas, que revisitan a calzón quitado sus propias vidas y las de su familia. Una mujer originariamente de buena posición, obligada a vivir en la miseria, recorre su historia junto al Cabal, un policía represaliado con el que mantiene un peculiar matrimonio lleno de sinsabores. La hija de ambos, que vive las consecuencias de la guerra y la represión en su infancia, lucha por salir a flote y se pierde a sí misma en el camino, obligada como está a conquistar con su esfuerzo un sitio que se le niega. Y, por último, el nieto de la primera e hijo de la segunda, que recuerda su propia historia mientras vela a su madre, que quizás nunca fue capaz de ejercer como tal. Motivos para el rencor por todo lo vivido abundan en cada uno de los narradores. La represión política, moral y familiar. La dificultad a la hora de expresar afectos. La falta de cariño, de medios, de libertad. El desclasamiento. Y sin embargo, ninguno de estos sinsabores consigue hacerse con el protagonismo de la novela. Porque esta historia llena de amarguras se resuelve, sin hacer concesiones por el camino, en algo tan dulce, tan raro y grandioso como el perdón. Saber perdonarse y perdonar. Manuel Machuca nos muestra su talla como escritor y como persona al ayudarnos a entendernos y entender mejor el pasado, con una mirada generosa pero nada ingenua. Es uno de esos libros de cuya lectura se sale como un ser humano mejor. Y también más consciente de la importancia que la memoria tiene en la construcción de lo que somos, de lo que hemos sido y seremos.

Tomás del Rey Tirado, El Gusanito Lector (Sevilla)

“Los enemigos del traductor” de Amelia Pérez de Villar

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Los enemigos del traductor

Los enemigos del traductor

Pérez de Villar, Amelia

ISBN

978-84-17425-30-2

Editorial

Fórcola Ediciones

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Amelia Pérez de Villar es novelista y una traductora de oficio, comprometida y rigurosa, “una artesana de la literatura” como ella misma se nombra. Lleva más de treinta años trasladando al castellano obras de la lengua inglesa y también de la italiana. Gran conocedora de los clásicos y consciente del esfuerzo que supone hacer un trabajo profesional y literario, acaba de publicar este libro donde desgrana en una larga reflexión los avatares acerca del oficio, de las horas necesarias para cada proyecto, de las dificultades que entraña el resultar fiel al estilo del autor sin traicionar la lengua que lo acoge, de la necesidad de convertirse en un “médium” entre el lector y el escritor. Y describe sin dramatismos las amenazas del sector: la intrusión y la precarización que sufre este colectivo de profesionales debido a la falta de inversión en algunas editoriales -donde prima la rapidez de la tarea-, a la vez que los textos carecen de una revisión adecuada antes de entrar a imprenta. Un libro ameno y lleno de anécdotas curiosas, como escritores que dejan su impronta en textos ajenos ignorando el espíritu del autor original, ediciones que con el paso del tiempo necesitan una actualización por la “obsolescencia” de su léxico, los vasos comunicantes que hay en lenguas aparentemente distintas o ciertos términos que se ocultan en acepciones escurridizas convirtiendo al traductor, además, en un detective o en un arqueólogo de la lengua… Lo que Amelia Pérez de Villar viene a decir es que esta labor es apasionada y vocacional, silenciosa y solitaria, y necesita más respeto, en lo económico y en lo profesional, más visibilidad (no sólo en la cubierta del libro sino en los comentarios de la crítica sobre la autoría de la obra, que también es del traductor), y añade que el conocimiento de las lenguas no sólo se aprende en la facultad de traductología o con el uso del diccionario, sino que requiere de unos referentes culturales, una sabiduría y una intuición que sólo las miles de horas de lectura y la experiencia de muchos años proporcionan.

Julia Millán, Librería Antígona (Zaragoza)