Cuestionario librero 114: Unai Elorriaga

Dejamos a Ricky Dávila contando las olas en Plentzia y nos subimos al metro que nos llevará a Bilbao, pero muy pronto, al llegar a Algorta, hacemos una parada técnica para encontrarnos con uno de los escritores más originales, distintos, imaginativos, refrescantes, ocurrentes y estimulantes que han irrumpido en el panorama nacional en el último […]

Por en Entrevista

Dejamos a Ricky Dávila contando las olas en Plentzia y nos subimos al metro que nos llevará a Bilbao, pero muy pronto, al llegar a Algorta, hacemos una parada técnica para encontrarnos con uno de los escritores más originales, distintos, imaginativos, refrescantes, ocurrentes y estimulantes que han irrumpido en el panorama nacional en el último cuarto de siglo. Con Unai Elorriaga sucede un poco lo mismo que con Transilvania: en cuanto se oye esta palabra, todo el mundo piensa en lo mismo, que no es precisamente en una comarca de Rumanía… Al nombrar a Elorriaga, al menos en el ámbito español, todos recordamos automáticamente lo que ocurrió con el Premio Nacional de 2002 a Un tranvía en SP, lo cual es un poco injusto, porque se desvía la atención de una ópera prima que fue, en efecto, maravillosa, una novela de una ternura y una gracia inmensas. Después llegó El pelo de Van’t Hoff, y después Vredaman, y después Londres es de cartón, y después… ¿Y después? Después, algo francamente inquietante. Elorriaga, cuyo mundo se ha basado siempre en la imaginación vitalista, en lo exótico, en las posibilidades coloristas de la ficción sin acabar de incurrir plenamente en la fantasía, e incluso casi en lo infantil (y de hecho es autor de varios libros para niños) o en los delirios provocados por la demencia senil de los ancianos…, escribió una novela sobre la violencia, sobre la experiencia que un joven vasco tan ajeno a ella como él mismo tuvo de aquellos años horribles. Se tituló Iazko Hezurrak, se publicó en 2015… y nunca ha aparecido en español. No decimos que haya habido censura, desde luego, pero sí un silenciamiento, y eso es algo realmente preocupante: alguien como Elorriaga, tan poco sospechoso de radicalismos, mucho más interesado en Kafka que en Franco, más familiarizado con la Guardia Imperial de Star Wars que con la Guardia Civil, aportaba su peculiar mirada, y como al parecer su testimonio no coincidía milimétricamente con el discurso “obligatorio”, no nos han dejado leerla (porque, por desgracia, no leemos en euskera). Después de ésa aún ha llegado otra, Iturria, que ha obtenido el Premio de la Crítica en euskera y que, confiemos, sí podremos leer pronto quienes necesitamos buenos libros, quienes no cambiamos las buenas historias por las historias que convienen a no se sabe quién, quienes no nos doblegamos a las líneas o modas impuestas por quienes ven en la literatura no el principal enclave de la libertad y de la desobediencia sino un teatral entramado de intereses y beneficios fáciles y blandos, donde no se cree en la ficción sino en el embuste, donde ya no hay magia sino cálculo. Unai Elorriaga, que es la misma encarnación de la amabilidad, nos lleva a sus calles de siempre, al vecindario de su familia, al escenario de toda su vida, y le entregamos un “cuestionario librero” muy importante para nosotros ante una escalera por la que ha pasado decenas de miles de veces, desde que era un niño soñador e independiente hasta el hombre soñador e independiente que es hoy. La última pregunta es del librero Adolfo López Chocarro, de Troa-Zubieta (San Sebastián).

[Fotografía: Unai Elorriaga, en Algorta (Vizcaya), 5 de junio de 2021. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

No recuerdo el primer libro (seguramente sería pésimo e incluso inconfesable), pero recuerdo un libro que me dejaba sin recreos… Recuerdo a un niño de diez-once años en una esquina del campo de fútbol o del frontón leyendo El pequeño Nicolás. Y en esa época (quizá ahora también) era difícil apartarme de un balón… Goscinny lo consiguió.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Miss Marple, sin duda.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Me temo que los caminos hacia una nueva lectura se acercan a cinco metros o menos de lo inescrutable. Pueden ser infinitos: un amigo (en el que confías como lector), una reseña (escrita por alguien que conozcas), un buen librero, por supuesto (que haya acertado antes), un autor mencionado por otro, una cita introducida por un buen escritor, una casualidad, un libro encontrado en casa de tu tía recién fallecida, una portada, un nombre checo, húngaro…

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Seguramente Los Buddenbrook, de Thomas Mann. Tengo el libro y las ganas, pero no veo el momento. También tengo una edición completa de Las mil y una noches en dos tomos, regalo de una tía, muerta ya. Me da la impresión de que le debo esa lectura.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Hay un escritor del que he leído todo lo traducido hasta la fecha, e incluso he traducido un libro suyo al euskera: Ádám Bodor. Es un escritor en lengua húngara y sorprende a cada paso. Creo que se debería traducir toda su obra urgentemente. Gracias a Acantilado por las traducciones que existen hasta ahora…

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Imagino que todos los que hemos pasado tantas horas con la nariz en un libro tenemos manías de uno u otro tipo. No me gusta, por ejemplo, desfigurar los libros (escribir, subrayar…); me gustan impolutos, sin ninguna esquina doblada, como si estuvieran recién comprados. Un año hice una lista de todos los libros que leí (creo recordar ochenta y tantos). Además, coloco mis libros en las estanterías con los que quisiera que fueran de mi cuadrilla: Cortázar, Chejov, Monterroso, el propio Bodor, Atxaga…

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Hay momentos… En alguna ocasión prefieres estar solo frente a los libros, que el librero esté a lo suyo; en otras ocasiones, optas por hablar con él o ella, que te hable de autores que no conoces, de descubrimientos recientes… Pero siempre que sea un lector voraz y que le entusiasme la literatura.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Buena ficción. Libros escogidos. Que no destaque best-sellers en los expositores. Que en el escaparate muestre un libro de 1918, que ni siquiera tenga una edición reciente. Por ejemplo.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios) y un libro reciente.

Un clásico: Tristram Shandy, de Laurence Sterne. Pero ¿qué significa “reciente”? ¿Sirve una novela de 2015? (traducida en 2016). El gigante enterrado entonces, de Kazuo Ishiguro.

[Y la pregunta 10 la lanza hoy Adolfo López Chocarro, de la librería Troa-Zubieta (San Sebastián):]

“¿Qué opinas de los que dicen que la literatura vasca, en euskera y castellano, vive un cierto “momento dulce”, en repercusión, traducciones y premios? ¿Es algo ocasional, o al fin el reconocimiento a un trabajo lento, firme, que ha dado con una generación abierta y sin complejos?”

Tengo la impresión de que la literatura vasca lleva ya varias décadas en un momento más que aceptable, incluso en ciertos puntos brillante, me atrevería a decir; otra cosa es que se reciba más allá de nuestros ríos… Nuestra literatura, claro, nunca podrá competir cuantitativamente, como es obvio, pero cuando jugamos quince contra quince, como los All Blacks, ¿por qué no podemos ganar a cualquiera? Los neozelandeses no son muchos más que nosotros, y pocos en el mundo les superan alguna vez con ese extraño balón entre las manos…

Hace años me sucedió algo curioso relacionado con todo esto. Me llamaron del liceo de Donibane Garazi (Saint-Jean-Pied-de-Port, Pirineos Atlánticos) para dar una charla. Allí conocí a una profesora de literatura francesa originaria de París, creo recordar. Estaba destinada allí por el departamento de Educación y, como tenía idea de quedarse algunos años, decidió aprender euskera (en el momento en el que llegué, lo hablaba perfectamente). Para ello, como es lógico, había leído mucha literatura en euskera y me dijo: “La literatura vasca me gusta mucho más que la literatura francesa…”. La literatura francesa, ni más ni menos. Seguramente será una impresión falsa o subjetiva o parcial, pero algo de calidad vería para semejante afirmación.

Da la sensación, con todo, de que ese atisbo de calidad tiene mucho que ver con la falta de complejos literarios, la certeza de una pobreza segura y el desparpajo poético. O no.