Cuestionario librero 115: Pedro Ugarte

Nuestra primera parada en Bilbao es el pulcro y ordenado barrio de Indautxu, donde ha vivido siempre (y “siempre” es desde su nacimiento, en 1963) el escritor Pedro Ugarte, cuyos últimos cuentos, los publicados en Antes del Paraíso, nos impactaron de verdad hace unos meses. Son ocho relatos perfectos, buenas historias ejemplarmente contadas, y lo […]

Por en Entrevista

Nuestra primera parada en Bilbao es el pulcro y ordenado barrio de Indautxu, donde ha vivido siempre (y “siempre” es desde su nacimiento, en 1963) el escritor Pedro Ugarte, cuyos últimos cuentos, los publicados en Antes del Paraíso, nos impactaron de verdad hace unos meses. Son ocho relatos perfectos, buenas historias ejemplarmente contadas, y lo de “ejemplar” lo decimos tanto por lo magistral, desde el punto de vista del oficio (“La gente alude a lo literario como un modo discreto y elegante de decir que algo es mentira”), como por lo moral, en el sentido de la intachabilidad de los comportamientos y las intenciones, algo bastante reconfortante, aunque sea de vez en cuando (“Es necesario que las cosas tengan algún sentido, aunque no sea el mejor que quepa imaginar”, se lee en la última página, y sucede que en otra, antes, “Todo tenía sentido porque nuestra hija estaba contenta”…). Hay en los cuentos de Ugarte no sólo una clara voluntad de exactitud, de impecabilidad, sino, todavía más raro, un llamativo y constante éxito en ese “camino de perfección”. Son historias conyugales (o ex-conyugales), de padres e hijos, de jornadas laborales, de obsesiones pequeñas, de fracasos disimulados, de alteraciones casi imperceptibles en vidas aparentemente resueltas o bien conducidas, de decisiones tan graves como invisibles, épica de andar por casa. Son relatos de terror doméstico, pero del terror a que lo que nos importa no salga como deseamos o necesitamos, de que lo conocido se tambalee…, y está claro que “las cosas que dan miedo siempre tienen interés”. Quedamos con Ugarte mientras el mundo toma aperitivos, y paseamos con él hasta el parque de Doña Casilda, donde le entregamos un “cuestionario librero” en el que, de algún modo, actualiza lo dicho por él en su día en Lecturas pendientes. La última pregunta de hoy es de Cris Montes, de la distribuidora Antonio Machado.

[Fotografía: Pedro Ugarte, en Bilbao, 6 de junio de 2021. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

No hay uno concreto, pero sí un itinerario fascinante, o fascinado, con estaciones reveladoras. Creo sinceramente que Pío Baroja no es un escritor genial, pero sí un buen escritor: el canon de la literatura española nunca le agradecerá lo bastante que permanezca ahí, en los libros de texto, cuando era un autor de novelas de aventuras, llenas de marinos y de conspiradores. A mí me inocularon la literatura a través de Pío Baroja. Baroja me llevó al parque de la literatura, de la mano, como un abuelo misántropo y cascarrabias que, a pesar de todo, siente un irresistible cariño por su nieto y lo conduce a unos columpios. Quiero pensar que ese nieto era yo.

Otra estación importante fue Jorge Luis Borges. Nunca olvidaré mi primera lectura de “La biblioteca de Babel”, un cuento que he leído ya no sé cuántas veces. La primera vez sentí el vértigo de intuir al menos lo que allí había, aunque superara en mucho mis parcas entendederas. Leer aquel cuento, con 16 o 17 años, fue una revolución estética.

Suele quedar bien que los escritores hablen mal de la educación que han recibido, supongo que imaginando que se sitúan, incluso que se situaban ya entonces, muy por encima de sus maestros, colegios e institutos. No es mi caso: con 13 o 14 años me regalaron a Pío Baroja, con 16 o 17 a Jorge Luis Borges. Y confío seriamente en que los estándares educativos no hayan disminuido… porque no han disminuido, ¿verdad?

Ah, y una nueva estación del viaje que recuerdo con particular intensidad: la lectura del Relato de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe. Una noche, leyendo sin parar: cuando terminé alcé la vista y estaba amaneciendo.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

No. He releído varias veces la pregunta, pero no consigo urdir para ella una respuesta inmediata. Guardo la memoria de infinidad de personajes interesantes, aún así, no he encontrado ninguno al que “exactamente” haya querido parecerme. Por ejemplo, tengo mucha simpatía por Saint-Loup, un inmenso secundario de En busca del tiempo perdido, pero recuerdo algunas de sus grandes contradicciones (que tanta alma le dan, como personaje) y, la verdad, prefiero no padecerlas. Y me fascina la cínica inteligencia de Lord Henry Wotton en El retrato de Dorian Gray, pero no me parece, desde luego, un ejemplo a emular.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

La verdad es que no tengo un librero cuyas opiniones siga de forma leal y continua, pero reconozco que los escaparates de las librerías (de algunas librerías, por supuesto, no de otras) han sido para mí siempre una guía. Hay librerías (sobre todo de grandes cadenas) que utilizan las enormes superficies de sus escaparates para exponer, reproducidos infinidad de veces, ejemplares de un solo libro, o de dos libros, esa clase de libros de los que saben que venderán decenas o cientos de ejemplares. Pero hay librerías pequeñas, cercanas, cuyo escaparate es siempre una certera orientación: el dictamen de un librero atento a lo que se publica y que “selecciona” muy bien lo que va a poner en el espacio acristalado.

El escaparate de una buena librería es, en muchos casos, un ejercicio de crítica literaria más fiable que el de algunos conocidos suplementos.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

¿Debo decirlo? Bueno, pues Guerra y paz. Eso sí, no niego que habrá infinidad de más libros “insoslayables” que aún no he leído. Cuando era joven, me atormentaba mucho (en ese momento de la vida en el que, paradójicamente, serían más disculpables esas omisiones), pero hace muchos años que lo vivo con total serenidad. Aún más, a medida que soy consciente de que, con la edad, mi tiempo personal se va reduciendo, me preocupan menos las “obligaciones” de orden cultural. Para mí la lectura es una fuente de placer y, como mucho, de saber (Lo cual es lo mismo, porque conocer cosas por las que sentías curiosidad es otra forma de placer). Más allá de ese placer, de esa curiosidad, no me impulsa a la lectura ninguna otra demanda.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Durante mucho tiempo me dio pena que una edición en Austral de Anatomía de la melancolía, de Robert Burton, fuera absolutamente imposible de encontrar. Pero hace pocos años Alianza Editorial resolvió el entuerto con una nueva edición de los fragmentos más importantes de la obra.

Y pienso también en un muy interesante pensador británico, Theodore Dalrymple que, salvo un breve volumen (Sentimentalismo tóxico), resulta imposible leer hoy en castellano.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Mi conducta más censurable relacionada con los libros fue un robo: confesé el delito en mi libro diario Lecturas pendientes, mediante este texto: “Una sola vez en mi vida, al menos conscientemente, he robado algo. Fue en Bilbao, en unos grandes almacenes. Robé De vita beata, de Séneca, y El Criterio, de Jaime Balmes. Sólo he robado una vez. Y fueron libros. Y libros de filósofos, además, preocupados por la ética”. Obran a modo de atenuante dos circunstancias: que, realmente, aquello no fue un robo, sino un hurto, y que el delito, sin duda, ya ha prescrito.

Como vicio de lector señalaría que subrayo libros con frecuencia y naturalidad. Me sorprende que mucha gente no lo comprenda y lo vea como algo doloroso, como una especie de agresión. Dialogo mucho con el autor de un libro, incluso con sus personajes: sobre el papel offset subrayo con lápiz; sobre el papel biblia o el papel satinado subrayo con bolígrafo. Muchas veces pongo comentarios en los márgenes. Cuando lo hago con bolígrafo procuro hacerlo con cuidado, incluso con buena letra. A veces hay flechas, círculos, asteriscos.

Entre los libros que estoy leyendo estos días se halla la biografía de un escritor latinoamericano. Esta misma mañana, he leído unas cuantas páginas y he realizado numerosos subrayados y un par de círculos sobre el texto (hago círculos para no subrayar largos fragmentos, aunque también, en otras ocasiones, por razones distintas). También he puesto una apostilla personal: al final de un capítulo no me ha gustado la reflexión del biógrafo. No me he podido resistir, así que he escrito “qué comentario más miserable”.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Discreto, amable y que sea un buen lector. Aunque me parece que, paradójicamente, el trabajo en la pequeña librería, tan estrechamente ligado al trato con los libros, impide un mayor tiempo de lectura. De eso suele quejarse una amiga mía que trabaja precisamente como librera. Un empleado de librería es un trabajador que debe mantener unos horarios tasados, pero conozco propietarios de librerías que están al pie de su negocio desde que lo abren a las 10 de la mañana hasta que lo cierran a las 8 de la noche. Si yo tengo problemas, como lector y escritor, con mi horario laboral en una universidad, no quiero ni imaginar los de un librero que atiende su negocio con la entrega y la dignidad de cualquier otro empresario. Sé que mucha gente, en este país, desprecia a los empresarios, pero ese no es mi caso.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

¡Libros! Y la respuesta no quiere ser una boutade. Me remito a la importante labor de crítica literaria que puede realizar un librero con las elecciones que realiza en su escaparate. Por eso me interesan las librerías donde los buenos libros tendrán una presencia visual más destacada, y nada las librerías donde los libros expuestos son los que todo el mundo sabe que más se venderán. Hay libros y libros, como todos sabemos. Pues bien, también hay librerías y librerías…

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios) y un libro reciente.

Creo que voy a ser aún más valiente de lo que me has exigido con la lectura pendiente insoslayable, así que voy a mencionar una no menos insoslayable lectura: La perfecta casada, del gran fray Luis de León. Y no, no me paro en barras, lo recomiendo a todos los lectores porque es una verdadera delicia, pero en especial, con singular empeño, a las lectoras.

De entre los libros recientes hablaría más de una novedad editorial que literaria: bajo el título de Cuentos, Páginas de Espuma ha reeditado en un solo volumen los tres libros de cuentos de Carlos Castán. Ningún amante del género debería perderse esa obra extraordinaria.

[Y la pregunta 10 la lanza hoy Cris Montes, de la distribuidora Antonio Machado:]

“1. Querido Pedro, para un escritor de cuentos encontrar el título acertado es toda una hazaña. ¿Cómo buscas, eliges, seleccionas los títulos de cada relato? 2. Y por cierto, ¿cuál es tu Paraíso?”

1. Confieso que suelo encontrarme en dos situaciones completamente distintas. En la primera de ellas, el título se halla presente desde el inicio de la elaboración del relato: no sabes cómo ni por qué, pero ambos (título y argumento) surgen a la vez. En esos casos, resulta muy difícil cambiarlo o alterarlo, siquiera sea porque, engastado en la narración desde el principio, ni siquiera concibes que pueda existir alguna alternativa.

Pero hay otra situación totalmente distinta: surge un argumento que te seduce, lo vas construyendo con palabras, no cuentas con un título pero en ese momento no le das ninguna importancia. Sin embargo, va pasando el tiempo y el título, aún con el cuento terminado sigue sin aparecer. A partir de ese momento, la falta de un título me desasosiega y me incomoda.

Recomiendo un recurso para autores azotados por esa misma aprensión: la teoría de que el título del cuento se encuentra dentro de él. Está escondido, está oculto en el texto. En esos casos, para encontrarlo, debe ejecutarse una lectura neutra, sintagma a sintagma, resistiéndose a dar sentido lógico a las frases y a los párrafos. Se trata, en suma, de dar con una expresión feliz, más o menos emparentada con el argumento de la historia. En algún lugar, en algún recodo, se encuentra el título del cuento. Esa técnica me ha proporcionado títulos no del todo indignos y, en cualquier caso, me ha salvado de esa tremenda ansiedad de tener un cuento escrito pero no tener un título. En mi libro “Nuestra historia”, ese es el origen del título del cuento “Opiniones sobre la felicidad”; y en “Antes del Paraíso” extraje del mismo modo los títulos de “Viejo cuchillo, filo oxidado” y de “Pequeñas cosas tristes”.

2. Je, je… Buena pregunta. En términos literarios, el paraíso asoma cada vez que un lector me dice (aunque esas cosas casi nunca se digan de forma explícita) que ha encontrado algo suyo en mi trabajo, en alguno de mis relatos, en alguna de mis historias. Esa confesión transforma todo un día, a pesar de los pesares, en un paraíso íntimo y cordial. Al día siguiente la sensación se ha disipado, claro, pero siempre está la esperanza de que vuelva con un nuevo lector…