Cuestionario librero 50: Andrés Trapiello

Este 2020 estará siendo todo lo calamitoso que se quiera, pero, en lo que respecta a lo editorial, y a pesar del trágico parón de la primavera, cuando toque hacer balance, en pocas semanas, la cosecha de nueva literatura española va a ser muy notable. Han aparecido grandes libros en este año, pero, francamente, para […]

Por en Entrevista

Este 2020 estará siendo todo lo calamitoso que se quiera, pero, en lo que respecta a lo editorial, y a pesar del trágico parón de la primavera, cuando toque hacer balance, en pocas semanas, la cosecha de nueva literatura española va a ser muy notable. Han aparecido grandes libros en este año, pero, francamente, para salvarlo en lo literario bastaría la aparición del monumental Madrid, de Andrés Trapiello, que es, literalmente y en varios sentidos, el libro de toda una vida. Trapiello, ya se sabe, es o ha sido poeta, diarista, ensayista, novelista, cuentista, biógrafo, columnista, aforista, crítico de libros y de arte, tipógrafo, editor, director de colecciones, traductor ocasional, adaptador de textos y uno de los prologuistas más activos (esto es, más deseados, más demandados) de las últimas décadas. Ideas sobre literatura o sobre historia de España que, osadamente, sólo él mantenía hace treinta años son ahora moneda corriente, se dan por consabidas, han pasado al “canon”, y sigue aportando nuevas, aún más controvertidas, porque, muy a su pesar, es también uno de los grandes polemistas españoles contemporáneos. Ahora, su particular visión de Madrid sí que es “memoria histórica”: un viaje vertical en el tiempo y horizontal en el espacio en el que se superponen varios relatos, varias crónicas: la memoria personal se baraja con la biografía literaria de la ciudad, los orígenes y el desarrollo de la ciudad comparten páginas con lo que es una verdadera y extraordinaria “novela de educación”. En este libro, como quería Shakespeare, los reyes y los vagabundos caminan de la mano, aristócratas y menesterosos se van juntos de carnaval, los siglos se agavillan (pero no se confunden), y es, en fin, el ensayo más importante de Trapiello en muchos años, el más completo, el más divertido, el más adictivo, el más informativo, el más vibrante, en el que más se implica… Es magnífico cómo se baraja la memoria con la información, lo personal con lo común, el pasado con la actualidad, el chascarrillo con la erudición, la cultura con el vagabundeo… Si nos paramos a pensarlo, la literatura, al contrario del caso de Barcelona, nunca ha estado muy a la altura de Madrid (y cuando lo ha estado, además, ha sido por parte de foráneos: el canario Galdós, el vasco Baroja, el alicantino Azorín, el catalán Pla, el vallisoletano Umbral, ahora un leonés…), de modo que este libro empieza a suponer, además, una reparación. Queríamos algo especial para la entrega número 50 de nuestras entrevistas, de modo que nos hemos acercado al barrio madrileño del autor para entregarle el “cuestionario librero”, que esta vez culmina con una pregunta de Ester Vallejo, de la Librería Jurídica Lex Nova.

[Fotografía: Andrés Trapiello, en Madrid, 10 de noviembre de 2020. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Hombre, veneno tampoco… Cuando era niño se vino a vivir a nuestra casa el hermano mayor de mi madre, que era cura. Acababa de morirse mi abuela. Vivían los dos en el hospicio viejo de León, un caserón viejo y tenebroso de lo más dickensiano. Él era el capellán allí. A los hospicianos se los habían llevado a un edificio nuevo a las afueras de la ciudad, y en el viejo se quedaron viviendo ellos dos. Mi madre nos llevaba los domingos por la tarde a ver a la abuela. Era el lugar donde el Ayuntamiento guardaba los gigantes y cabezudos, que sacaban cada año para las fiestas de San Juan y San Pedro. Cuando ese tío se vino a nuestra casa se trajo unos cajones con libros, los suyos y los de un tío suyo, tío abuelo mío por tanto, que había sido inspector de enseñanza media y poeta modernista: Rubén Darío, Amado Nervo, Villaespesa y todo eso. Pero lo que nunca me cansé de leer, una y otra vez, fueron las cinco entregas de las Aventuras de Tiburcio y Cogollo, unos tebeos dibujados, escritos y editados por mi tío el cura en los años cuarenta, muy a lo Hergé. Fascinantes. Ésa fue mi escuela.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

De cada novela salía queriendo ser el personaje, Miguel Strogoff, Enrique Dy, el protagonista de unas novelas muy carcas, una especie de Guillermo Brown, pero en jesuita (el autor, el padre Finn, lo era ) o, ya poco después, Fabricio del Dongo. Me decía, ¿cómo será poder enamorar a una Sanseverina? Por supuesto yo ya me había enamorado para entonces de ella, y me resultaba incomprensible que Fabricio no se enamorara de ella y sí de Clelia, que haría de él un hombre desgraciado. En cambio, nunca deseé ser ningún personaje del Quijote. Lo que uno, al menos yo, deseaba con este libro era llegar a tener una mirada parecida a la de Cervantes sobre el mundo y las gentes. Eso es más difícil.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Suele ser una combinación de azar y propósito. El azar lo determinan mucho lo que encuentro en el Rastro, un poco de todo, libros por lo general ya pasados de moda y descatalogados, pero también actuales, que llegan allí no sé cómo, antes incluso que a las librerías de nuevo, cuando acaban de editarse. Da gusto también que sean baratos. Así no tiene uno ningún compromiso y no haces esfuerzos para que te guste algo sólo porque te has gastado veinte euros. Hay que ver, uno o dos euros le hacen a uno libre. Las recomendaciones pesan, sí, sobre todo de los amigos, de los amigos a los que conoces bien y te conocen. Leer un libro no es ver una película que dura dos horas, al menos para mí, que suelo terminar todos los que empiezo. A veces está uno con un libro uno o dos meses. Hay que pensárselo antes. Como ponerse de novios.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Cientos, pero empezando por el principio, los cantos épicos o lo que sean los de Gilgamesh. Ahora ya con lo que me queda por releer tengo casi de sobra y me parece que el amigo Gilgamesh va a tener que esperar un poco. Y con otros, como el Ulises, un clásico de las lecturas fracasadas, ni siquiera me he puesto. Éste puedes leerlo por emanación, como decía JRJ. que leía Rubén Darío. Aunque, ojo, hablo del Ulises en español. Los que pueden leerlo en inglés y perciben los matices, lo encuentran inteligente, divertido e hilarante. Yo no puedo leerlo en inglés, y en español me ha parecido muy aburrido; los libros son lo que son en la lengua en la que se pueden leer, no en la que fueron escritos. La Ilíada es para mí, por ejemplo, un libro escrito por Fernando Gutiérrez, por su memorable traducción.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Cientos también. En el apartado epistolar, casi todo. Nunca han sido muchos los autores que me han gustado de verdad, pero de estos habría querido leerlo todo, las cartas, los artículos, las obras de circunstancias, los esbozos. Por ejemplo de Tolstói, de Emily Dickinson, de Dickens… Con los autores españoles eso está más o menos conseguido: JRJ., Machado, Unamuno, Baroja, Galdós… y con los franceses, igual. Pero de las lenguas en las que no lee uno, la mayor parte de las cosas se quedan sin leer. Tampoco es grave, supongo. A los extranjeros les pasará lo mismo con los autores españoles. Con lo que tenemos a mano hay de sobra, me parece a mí. La bulimia es mala en cualquier organismo. Entre que unos leen demasiado y otros no leen nada, esto no parece que se vaya a arreglar nunca. Shakespeare leyó a Cervantes, pero este no leyó a Shakespeare. No recuerdo si Stendhal y Leopardi llegaron a encontrarse, en todo caso fueron contemporáneos y escribieron sus obras respectivas sin haberse leído. Emily Dickinson adoraba a Keats, pero nunca oyó hablar de Bécquer, también contemporáneo suyo… Vamos haciendo nuestra vida de escritores y lectores con lo que la vida quiere darnos, como vive el náufrago en su isla con lo que le trae el mar.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Que yo recuerde, no. No me gusta subrayar los libros, pero a veces hago en ellos pequeñas muescas con un lápiz, para orientarme si vuelvo. Los libros son como los seres vivos, hay que dejarlos a su aire y no maltratarlos. Por eso a veces se pierden, están donde no los esperas y no los encuentras donde los buscas. No hay que desesperarse, pero tampoco entregarles la vida. Los libros están bien, pero están a mi modo de ver bastante sobrevalorados. Unamuno habló de ellos como de una «tragedia del alma», porque frente a la palabra escrita, decía él, que se pasaba el día leyendo, la palabra viva es la que nos salva. Los libros buenos son los que nos ayudan y enseñan a prescindir de ellos, poco a poco. Llegar a ese momento en que ya no los necesitamos porque encontramos en la vida y en la naturaleza todo lo que descubrimos en ellos. Claro que a eso no llegamos nunca, es una delicadeza que tiene con nosotros la misma vida, para dejarnos seguir con la lectura y buscando en los libros lo que la vida se complace en ocultarnos.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Me gustan de las dos clases, discretos y parlanchines, y principalmente que me hablen de la gente que entra en sus librerías y de las que conocen su vida, más que de libros. A mí hablar de libros me cansa bastante. Si no es con un amigo cercano y seguro, de libros procuro no hablar. Son cosas demasiado íntimas.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

En estos momentos, ventilación y un bote de hidroalcohol a la entrada. Y a ser posible tantos libros traspapelados como novedades.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

De los clásicos yo voy a recomendar siempre el mismo, el Quijote, y de los recientes Diez mil cien, de Juan Marqués, y La rama verde, de Eloy Sánchez Rosillo. Con ellos no me importa hablar de libros, aun a sabiendas de que hacerlo de los suyos les va a azorar bastante.

[Y la pregunta 10 la lanza Ester Vallejo, de la Librería Jurídica Lex Nova (Madrid):]

“Siendo un escritor que ha desarrollado su obra en múltiples géneros y subgéneros: poesía, novela, ensayo, etcétera, a la hora de escribir ¿con qué género se encuentra más cómodo o cuál le satisface más?”
En realidad siempre estamos hablando de estas tres cosas, el amor, la muerte, el tiempo; el amor por las personas, por los libros, por una ciudad… La muerte de las personas amadas, de los libros que nos gustaron, de las cosas que nos ilusionaba hacer y ya no hacemos, y del tiempo, su misteriosa celeridad y grandeza, cómo magnifica y vivifica unos recuerdos y abona nuestra esperanza, del pasado y del futuro (el presente no existe sino como cristalización del pasado y del futuro). Y eso unas veces necesitamos decirlo en unos versos, otras en una novela o en un ensayo, incluso en un artículo de encargo… y se dice por instinto más que con un propósito, al menos yo. Siempre se ha atenido uno en lo posible a lo que decía Cervantes: “lo que se sabe sentir se sabe decir”. A eso procura uno atenerse.