Cuestionario librero 51: José Daniel Espejo

Cuánta falta nos hacían en estos cuestionarios libreros respuestas como las que José Daniel Espejo nos da hoy, tan honestas y divertidas, dichas con tanta verdad y tanta puntería. No nos extraña, porque él es uno de esos poetas a los que nítidamente te crees, y que llevan a los versos el mismo tono, en […]

Por en Entrevista
Cuánta falta nos hacían en estos cuestionarios libreros respuestas como las que José Daniel Espejo nos da hoy, tan honestas y divertidas, dichas con tanta verdad y tanta puntería. No nos extraña, porque él es uno de esos poetas a los que nítidamente te crees, y que llevan a los versos el mismo tono, en otra forma, de las cosas que dice en sus artículos o en sus intervenciones como activista (qué inolvidable el primer verso de aquel poema de id: “Hacía algo de frío e iba a haber un desahucio”…). El año pasado publicó el desesperado y hermosísimo libro Los lagos de Norteamérica, posiblemente el mejor libro español de poesía de 2019, una sorpresa impactante llena de dolor verdadero, nada literario, y el testimonio de alguien a quien, por determinados reveses, le sucede eso que se llama “tocar fondo”, lo cual, por otro lado, le lleva a tocar el fondo de la verdad, en profundizar hasta el centro de lo que importa ser dicho, con poemas a menudo inapelables. Por ejemplo: (1): “Ni una sola vez en los anuncios de cerveza / o las series de la tele sale nunca una pandilla / reunida en un bar con un niño con autismo / incapaz de sentarse como parte de la escena / pero gracias a esa escena tengo yo una habilidad: / la de ver a mi familia desde fuera, con los ojos / de uno de esos amigos / a los que ya no veo más”; o (2) “Cuatro horas de apoyo / educativo en el colegio a la semana / cuestan 400 euros. Gracias a eso / Martín entra en el aula de los niños neurotípicos / y alguien conocido lo ayuda a funcionar / al menos cuatro horas. De 25. Ven, / dinero, y sienta a mi niño / con los demás”. Le hemos llevado el “cuestionario librero” hasta su Murcia, con pregunta final del librero Vicente Velasco Montoya, de La Montaña Mágica (Cartagena, Murcia), a quien Espejo, por cierto, ha prologado su estupendo libro de poemas Conversaciones desde la entropía.

[Fotografía: José Daniel Espejo, en Murcia, 25 de octubre de 2020. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Historias de Simbad el Marino en una edición de kiosco de Club Bruguera. Todavía recuerdo cómo olía, al abrirla de zagal.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Adoro los personajes que deambulan, los héroes andariegos, que casi siempre son antihéroes. Me conectan con algo muy mío. Ya he hablado de Simbad, de pequeño también adoraba al barón de Münchhausen, luego a los beat, etc. No me refiero a los personajes viajeros con un destino en mente, tipo Ulises o Phileas Fogg, sino a los que vagan. Vagar, vacío, vago, vacaciones y divagar comparten la misma raíz y la literatura que crece sobre esa raíz tiene algo fascinante para mí. Catulo, Villon, Alonso Quijano, Horacio Oliveira, Ulises Lima & Arturo Belano, Los errantes de Olga Tokarczuk, etc.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Echo mucho de menos ir a una librería sin nada en mente. Ahora tengo muchos compromisos por leer y necesito hacer hueco entre las lecturas obligatorias para encontrarme con las recomendaciones de la librería. Pero claro que soy sensible a lo que una buena librería de autor propone, y un librero / -a que te conozca un poco como lector es capaz de abrirte puertas por dentro.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

¡Se me caen los Pynchon de las manos! Mi amigo José Óscar López aún no me da por perdido, me los recomienda y sigue confiando en que encuentre el adecuado desde hace más de veinte años. ¿Lo conseguirá?

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Sí, sería genial ver traducida la poesía de Coral Hull, una inclasificable autora australiana con una potencia que trasciende el género lírico y la emparenta con la inmensidad de su isla y el amor a su naturaleza.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Mi vicio son las ediciones de kiosco. Soy un antibibliófilo. No soporto las ediciones preciosísimas pensadas para subir un selfi con el libro a Instagram. Mi madre era kiosquera y yo librero de viejo y mi biblioteca siempre ha sido rústica, pulp y obrera. Mis libros favoritos de cuando era pequeño están llenos de manchas de aceite, porque leía cenando bocadillos, y me producen mucho cariño este tipo de marcas. Me digo: “Eh, mira, un libro que alguien ha vivido de verdad”. Respeto eterno a la literatura de kiosco.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

El ideal de librero al que me quiero parecer es alguien con quien apetece hablar, no solo de literatura, de cualquier cosa. Alguien ni muy brasas ni muy silencioso, alguien que no te impone nada, que se limita a cobrarte si sale la cosa así, o te discute a los formalistas rusos si surge. Un tipo capaz de desacralizar el templo de la literatura pero al mismo tiempo mantener viva la llama, no sé si me explico. De momento me conformo con no ser demasiado brasas.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Vida. Actividades, encuentros, amistad. Poder quedar con los colegas allí, o asomar la cabeza y que haya algún letrastornado conocido dentro. Y también que, de vez en cuando, haya algún letrastornado no conocido.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

Voy a aprovechar para sacar a relucir una de mis debilidades, que es la antigua Yugoslavia, y recomendaros un par de clasicazos en serbocroata sin los cuales no se entiende del todo Europa (o no la entiendo yo, al menos): Un puente sobre el Drina, de Ivo Andrić, y El derviche y la muerte, de Meša Selimović. Y un libro reciente, siguiendo en estas coordenadas: Zorro, de Dubravka Ugrešić, una peregrinación (otra vez) a través de las literaturas y los países donde cabe la cultura europea, el mestizaje, la diáspora de la ex-Yu, el desarraigo y los libros como refugio.

[Y la pregunta 10 la lanza Vicente Velasco Montoya, de La Montaña Mágica (Cartagena, Murcia):]

Como gerente en una maravillosa librería de segunda mano, como gran poeta al que profeso gran admiración, ¿crees que la poesía tiene mayor cabida en las librerías de viejo? Es decir, ¿notas que la gente accede de manera más foto fluida y natural al mundo de los clásicos (y también contemporáneos) de la poesía?

Sin duda las librerías de viejo como la mía son el mejor escaparate para la poesía, pero no estoy seguro de que esto sea así por los motivos adecuados: los aficionados a la poesía rebuscan en el intrincado mundo de la segunda mano sencillamente porque los libros de poesía se distribuyen muy mal y no es raro que un poemario interesante y con buenas críticas sea imposible de obtener a pocos meses de su edición. Es una ventaja para mí, claro, pero una ventaja triste.

En cuanto a lo del acceso a los clásicos, claro que sí. A veces me gusta imaginarme las excelentes bibliotecas que se está haciendo la zagalada habitual de Libros Traperos por dos duros. Las repaso en mi mente por la noche en la cama como otros cuentan ovejas. Me llena de orgullo y satisfacción.