Cuestionario librero 82: Pablo d’Ors

Pablo d’Ors (Madrid, 1963) es sin mucho lugar a dudas uno de los escritores españoles más singulares y distintos de hoy, y es también, probablemente, uno de los que más consuelo y compañía directa han procurado, no sólo a través de las enseñanzas de sus libros, sino a través de su servicio como sacerdote. En […]

Por en Entrevista

Pablo d’Ors (Madrid, 1963) es sin mucho lugar a dudas uno de los escritores españoles más singulares y distintos de hoy, y es también, probablemente, uno de los que más consuelo y compañía directa han procurado, no sólo a través de las enseñanzas de sus libros, sino a través de su servicio como sacerdote. En cuanto a este último, baste decir que ha conocido los extremos: por un lado, los pasillos de las grandes facultades o centros de Teología de París, Praga o Viena, y, por el otro, fue misionero en Honduras o, como capellán hospitalario, ha asistido durante años a enfermos terminales. Cuál de los dos extremos es el superior o el más sublime es algo que no vamos a dilucidar aquí. Sobre su otra vocación, este nieto de Eugenio d’Ors debutó en 2000 con los cuentos de El estreno, y desde entonces ha publicado novelas (como las magníficas Andanzas del impresor Zollinger o El estupor y la maravilla, donde en cierto modo delataba su inclinación hacia los temas y tonos de la literatura alemana y centroeuropea) y ensayos, alguno tan paradójicamente estruendoso (comercialmente hablando) como la Biografía del silencio. Si aquél era breve, sintético, silencioso… ahora lo prolonga de algún modo en la Biografía de la luz, un gran conjunto de comentarios a pasajes del Evangelio. Es muy difícil escribir sobre Jesucristo sin caer en la catequesis, pero Pablo d’Ors, escribiendo estrictamente desde la fe, consigue trascender lo ya de por sí trascendente, y extraer de lo cristiano palabras universales, importantes y valiosas para todos. Aquí no hay devoción, aquí hay amor; esto no es new age, esto es lo esencial; esto no es una moda sino lo contrario: es la búsqueda de la verdad. Pablo d’Ors nos recibe amablemente en su domicilio, allá por el barrio de Tetuán, y entre plantas y libros, hojas y hojas, le hacemos entrega del “cuestionario librero”, con pregunta(s) final(es) de nuestro amigo, el escritor Emilio Trigueros.

[Fotografía: Pablo d’Ors, en su casa de Madrid, 26 de febrero de 2021. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Bajo las ruedas, de Hermann Hesse.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Pese a lo trágico de su destino, el personaje novelesco que más me ha emocionado y con el que, de alguna manera, he aspirado a poder identificarme es Virata, conocido por Espada Centelleante, el protagonista de Los ojos del hermano eterno, de Stefan Zweig. Cuando se da cuenta de que ha matado a su hermano, Virata emprende un camino de redención descrito con tanta contención e intensidad que no encuentro algo comparable en la historia de la literatura universal. Resulta sobrecogedor el extremo al que llega este hombre por ser fiel a su conciencia, en el intento de vivir a la altura de sí mismo. Todo esto me marcó profundamente siendo un adolescente y aún hoy me estremece.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Por desgracia, el ritmo de mis lecturas va bastante marcado por los libros que me hacen llegar amigos y editoriales, aunque de vez en cuando me canso de esta tiranía y entro en una librería y me hago con los títulos que más me llaman la atención. Tuve una librera amiga hace unos años, y seguía muy fielmente sus indicaciones, pues me fiaba por completo de su criterio. Hoy me dejo llevar por mi instinto. Compro fundamentalmente clásicos contemporáneos, rara vez novedades. Reconozco que me influye mucho que la edición sea cuidada y bonita.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

La conciencia de Zeno, de Italo Svevo. Por decir alguno, pero hay muchos. Lo que pasa es que me da pereza y, por ello, me pongo a releer libros que me han gustado mucho. Ya no padezco la ansiedad que padecí de los treinta a los cuarenta por leer todo lo que no había leído y por conocer autores que todo el mundo citaba y que yo desconocía por completo. He leído muchísimo, durante dos décadas al menos dos libros por semana. Hoy todo eso se ha sosegado, por fortuna. Mi avidez ha desaparecido y, por contrapartida, disfruto mucho más.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Presenza di Spirito. Il cristianesimo come stile di pensiero e di vita, de Elmar Salmann. Nunca he leído un libro de teología tan oxigenante, abierto, divertido, provocador, estimulante… Me resulta inconcebible que Salmann no esté en la biblioteca de quienes desean reflexionar sobre su fe. A mí me abrió un mundo y hoy soy lo que soy en buena medida por este monje y profesor, totalmente inclasificable.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Los libros que me gustan mucho los machaco con mis subrayados y notas, pero eso sucede muy pocas veces. La mayor excentricidad al respecto es que comienzo a escribir mis libros en los márgenes de libros ajenos, pues siempre he sostenido que la literatura nace de la literatura. Para mí escribir es insertarse en una tradición literaria. Yo lo hice en su día en la estela centroeuropea, y sigo siendo fiel a ella, pues alemanes, checos, austriacos, húngaros… siguen siendo los autores que leo con más gusto y provecho.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Soy de gustos sencillos. Me gustaría encontrar un librero calmo y sabio, que me aconsejara lecturas de clásicos y contemporáneos, que me conociera y supiera, por tanto, qué es lo que me interesa y por qué. También me gustaría que ese librero ideal fuera un entusiasta de mis libros, que los recomendase, que me chivase qué es lo que dicen los lectores de mi obra, que fuera para mí, y yo para él, algo así como un cómplice en las letras. Es mucho pedir, me hago cargo. Pero, si lo tuve hace unos veinte años, ¿por qué demonios no lo puedo tener también hoy?

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Un librero o librera atento y amable, un ambiente cálido, donde te dejan entretenerte con los libros antes de comprarlos, un surtido abundante, una disposición ordenada… Que haya en ella alguno de mis títulos también es importante, para qué negarlo.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios) y un libro reciente.

Me ha gustado mucho Nunca preguntes su nombre a un pájaro, de Andrés Ibáñez, tanto que lo he leído dos veces. Por otro lado, hay una nueva edición en Galaxia Gutenberg de relatos que me han marcado muchísimo y que me siguen acompañando: Narraciones románticas alemanas. Recomiendo especialmente la lectura de Michael Kohlhaas, de Heinrich Von Kleist. Su prosa me embruja y sus temas me inquietan.

[Y la pregunta 10 la lanza el escritor Emilio Trigueros:]

“Me atrevo a trasladar dos preguntas para Pablo d’Ors, una al sacerdote y otra al escritor (aunque son la misma persona, el mismo amigo). Al sacerdote: ¿qué palabras o momento del Evangelio te parecen especialmente importantes para mantener la fe en este año devastador de la pandemia? Y al escritor: ¿qué te gusta más escribir, novela o ensayo (si es que varía mucho tu aproximación a la escritura con el género literario)?”

Si tuviera que escoger sólo dos fragmentos del evangelio, me inclinaría, por una parte, por los discípulos de Emaús, que muestra la pedagogía del espíritu mejor que ningún otro texto –al menos que yo conozca–, y, por la otra, el relato de la transfiguración en el Monte Tabor, que hace ver magníficamente cómo la condición luminosa y oscura que caracteriza a todo ser humano van siempre indisolublemente unidas. Estoy persuadido de que, si entendiéramos bien estos dos textos, nuestra esperanza se robustecería y podríamos hacer frente a cualquier adversidad, también, desde luego, a la pandemia. En cuanto a lo que preguntas al amigo, yo soy un narrador. Es la gente, mi gente, la que me ha conducido al ensayo, pero me siento incomparablemente mejor escribiendo ficción que reflexión. Claro que tengo un alma especulativa, a la que gusta el alimento intelectual; pero mi alma es sustancialmente la de un artista, es decir, la de alguien que se recrea en las imágenes y que trabaja con la intuición. Ahora mismo podría recitarte de carrerilla diez o doce novelas o relatos que han configurado mi imaginario y, en cambio, sólo dos o tres, máximo cuatro, ensayos que han sido determinantes en mi biografía. Los ensayos son para la mente, esencialmente; la narrativa, en cambio, es para el alma.