Cuestionario librero 88: Javier Echalecu

Muchos de las/os libreras/os que acudieran al Congreso de Librerías de 2018 en Sevilla recordarán la intervención del que por aquel entonces era el Subdirector General del Libro en el Ministerio de Cultura (se puede ver aquí, a partir del minuto 2:30), quien explicó el Plan de Fomento de la Lectura de un modo más […]

Muchos de las/os libreras/os que acudieran al Congreso de Librerías de 2018 en Sevilla recordarán la intervención del que por aquel entonces era el Subdirector General del Libro en el Ministerio de Cultura (se puede ver aquí, a partir del minuto 2:30), quien explicó el Plan de Fomento de la Lectura de un modo más propio de un escritor que de un administrador del Estado. Aquel joven tímido pero seguro era Javier Pascual Echalecu (Madrid, 1981) y, en efecto, al final se ha destapado como escritor de ficciones, al tiempo que, bastante más tranquilo, desarrolla tareas parecidas con archivos y bibliotecas, pero en el ámbito municipal de Madrid. Su ópera prima, recién publicada, se titula Lo malo de una isla desierta, y contiene dieciséis cuentos que, más que ciencia-ficción, en algún caso se podría calificar de “ficción científica”, como se hizo con su admirado Italo Calvino. Incluso la disposición de los cuentos en las cuatro secciones del libro (7-1-7-1) es sospechosa de albergar significados medio secretos, pero lo que más nos importa es su calidad, su gracia (“gracia” no sólo en el sentido del humor, que es más o menos directo, sino en el de la inspiración), sus implicaciones. Hay un transparente afán de trascendencia incluso en las situaciones más triviales, y una curiosidad tan infinita como la vida o los viajes de algunos de los personajes… Javier Echalecu, que también traduce libros desde el italiano, presentará Lo malo de una isla desierta pasado mañana, domingo 28, en la librería madrileña La Lumbre, pero de momento quedamos con él en Conde Duque, donde tiene su despacho, para entregarle un “cuestionario librero” que culmina con una pregunta de Pilar Torres Vicente, librera en La Buena Vida (Madrid).

[Fotografía: Javier Echalecu, en Madrid, 24 de marzo de 2021. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Eso de “veneno” me recuerda a lo que decía Eloy Tizón: la literatura –cito de memoria– es un veneno de acción lenta. Y como ocurre con todo lo que es lento, quizá más que de un libro en particular, la pasión por la lectura venga de una suma de libros que en su mayoría he olvidado. Lo digo por poner también en valor esos muchos libros que, sin ser quizás grandes libros, ayudaron a consolidar nuestro gusto por leer. Dicho lo cual, y como uno hay que elegir, recuerdo con mucho cariño uno titulado Enciclopedia de las cosas que nunca existieron. Era una enciclopedia maravillosa que contenía centenares de entradas sobre toda clase de criaturas, lugares y personajes, una mezcla perfecta de lo real y lo fabuloso. En fin, debí de pasar muchas horas consultándola porque hace pocos años recuperé el libro, y seguía acordándome de todas sus ilustraciones. Se adivinan todavía las líneas del lapicero y del papel de calco que usé. Pero por lo que se ve también las calqué en mi memoria

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Me atrevería a decir que los personajes que más me fascinan están todos en el mismo libro: En busca del tiempo perdido. Vaya capacidad tenía Proust para crear personajes inolvidables. Hace años que llevo conmigo al Barón de Charlus, a Madame Verdurin, al doctor Cottard… y, sobre todo, a Charles Swann: ese hombre perdidamente enamorado de una mujer que no era su tipo. Pura contradicción y puro deseo.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Generalmente, cuando doy con un autor que me gusta, busco algunas entrevistas que le hayan hecho para averiguar cuáles son sus autores de cabecera. Podría decirse, por tanto, que me muevo por familias de autores. Ahora bien, afortunadamente, siempre hay saltos en el camino. De repente me canso de seguir una línea y me asalta el capricho de algo que no tiene nada que ver –y aquí las librerías sí que juegan un papel fundamental: son lugares de encuentro–, y con gusto cedo al nuevo impulso: sea narrativa, poesía o ensayo. No hay, pues, algo parecido a un itinerario lector. Confío bastante en la intuición –y no sólo en la mía: en la intuición del librero de confianza– a la hora de escoger el siguiente libro. Yo salgo de casa con un mapa, y pasado unos cuantos kilómetros me pierdo, y feliz de estarlo.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Muchísimas. Sería capaz de llegar a un pacto con el diablo a cambio de disponer de más tiempo para leer y escribir. Pero por escoger solo un par de los muchos autores que llevan mirándome desde hace años desde las baldas de mi biblioteca, pues digamos por ejemplo que Clarice Lispector y Flannery O’Connor.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Hay varios libros del surrealismo que conservo en ediciones muy antiguas, ya hoy inencontrables, y a los que vuelvo cuando me noto falto de vitalidad. Mueran los cabrones y los campos de honor, de Peret: es un libro fabuloso. En otros lugares, de Henry Michaux (por cierto, antecedente de los cronopios de Cortázar). Algún día quisiera comprar, sin tener que entregar un riñón a cambio, La inmaculada concepción de Bretón y Eluard. Bueno, y también hay varios libros de autores italianos que creo que merece la pena publicar aquí, pero esos, con tu permiso, me los guardo para mí, que son propuestas que ya he lanzado a algún editor.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Varios también, cómo no. Subrayo los libros (y les pongo unas etiquetas que, en función de su posición, indican que a tal frase o tal página merece la pena volver), llevo desde hace más de quince años esa lista de lecturas de las que hablas, en la primera página apunto siempre la librería donde lo he comprado y, por cerrar la lista, sigo un orden escrupuloso en la biblioteca: primero ordeno según país y lengua del escritor, y luego año de nacimiento; me gusta este sistema de ordenación porque puedes ver la historia de la literatura de forma muy visual. Y luego te encuentras con sorpresas del estilo: ¿de verdad estos dos libros se escribieron tan cerca el uno del otro? Me gusta también esa idea de Borges de que ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo modesto y silencioso, el arte de la crítica.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Diría que una persona muy atenta y muy intuitiva, lo más desprejuiciada posible, y con uno de esos entusiasmos contagiosos que te llevan a salir de la librería con una pila de libros. Ah, y otra cosa importante es, creo yo, que sepa “tocar de oído”. Esto último puede sonar un poco extraño, pero también se necesita talento para, a partir de la lectura de unas cuantas páginas, hacerse una idea cabal del libro y también de su lector ideal. ¿Verdad que, así dicho, parecen características difíciles de reunir en una sola persona? Y, sin embargo, se encuentran en la inmensa mayoría de los libreros y libreras que conozco.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Basta que en una librería se transparente el amor por los libros, o sea, que no sean concebidos como mera mercancía, para que quiera volver a ella. Y ese amor –como todos los amores– se puede manifestar de muchas formas: en el cuidado con el que los libros se exponen, en la selección del catálogo, en la calidez de la luz del local, en la atención a los lectores (porque un lector es siempre algo más que un cliente: es un cómplice), en el escaparate (estoy pensando en los escaparates de Polifemo, la Alberti, Mapas y compañía en Málaga y tantos otros).

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios) y un libro reciente.

El verano pasado, a partir de una recomendación de Elvira Navarro en internet, me puse con Curzio Malaparte y me fascinaron tanto su Kaputt como, sobre todo, La piel. La suya es una escritura portentosa. Hay escenas que todavía siguen en mi retina. Y por lo que se refiere a un libro reciente, recomendaría Sujeto elíptico de Cristian Crusat (es de 2019, sí, no es exactamente un libro reciente, pero al menos sí es un libro que he leído recientemente). Un libro heterogéneo, mezcla de muchos géneros y, por eso mismo, muy distinto de lo que es habitual encontrar. Siempre me han interesado los libros que escapan a las clasificaciones.

[Y la pregunta 10 la lanza Pilar Torres Vicente, librera en La Buena Vida (Madrid):]

“Cuando leí tu libro pensé en los grandes autores centro europeos, en conflicto constante con su vida en la ciudad. ¿Qué libros crees que son los mejores compañeros para la vida urbana y cuáles los mejores para intentar huir de ella?”

Gracias por tu pregunta, Pilar. Ya que siempre nos centramos en narrativa, si me lo permites, tiro de ensayo para contestarte, pues hay libros iluminadores en esa disciplina llamada estudios urbanos. Están los clásicos (Mumford, Jacobs, Lefebvre…), claro, y luego los situacionistas, que nos han enseñado, no exactamente a huir de la ciudad, pero sí a desautomatizar la vivencia que tenemos de ella. De todos modos, mira, volviendo a la narrativa, se me ocurren dos obras de Italo Calvino que cumplen tu propósito: Las ciudades invisibles, como libro-compañero para la vida urbana, y Las cosmicómicas, como libro-aliado para huir bien lejos de nuestras metrópolis. Por cierto, te confesaré que la lectura de este último libro ha tenido su peso en la escritura de Lo malo de una isla desierta. No puedo evitar pensar que todo libro, al final, es un diario de lecturas.