Cuestionario librero nº 26: Antonio Moreno

Es, para decirlo rápidamente, uno de los secretos mejor guardados de la literatura española actual, y ni siquiera es un secreto a voces, porque él es un amante del silencio. Aparte de uno de nuestros poetas más hondos (y también autor realmente inspirado de esa dificilísima y banalizada estrofa que es el haiku), es también […]

Por en Entrevista

Es, para decirlo rápidamente, uno de los secretos mejor guardados de la literatura española actual, y ni siquiera es un secreto a voces, porque él es un amante del silencio. Aparte de uno de nuestros poetas más hondos (y también autor realmente inspirado de esa dificilísima y banalizada estrofa que es el haiku), es también poeta en sus libros de prosas misceláneas (como el excelente En otra casa), o en sus libros de paseos y viajes, o, más recientemente, en sus recuerdos de infancia, o, ahora, en la emocionante Visita de año nuevo, un libro de homenaje póstumo a su madre, una deuda memorablemente cumplida, un libro de buen amor. Y aprovechando el desplazamiento a su Alicante natal para premiar a las/os amigas/os de la librería 80 Mundos, nos escapamos a Elche, donde Antonio Moreno es profesor, para someterle al “cuestionario librero” (y con pregunta final del legendario librero Paco Trigueros, de Ali i Truc (Elche, Alicante).

[Fotografía: Antonio Moreno, en Elche, 14 de julio de 2020. Fotografía de Juan Marqués]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

¿Únicamente un libro? Yo más bien debo hablar de edades y de libros. El primer título que ahora mismo recuerdo es Los cinco y el tesoro de la isla, de Enid Blyton. Tanto me gustó, que saqué prestados de la biblioteca todos los otros títulos de esta escritora, incluida la serie protagonizada por Los Siete Secretos. Estas lecturas fueron las iniciales, entre los diez y los doce años. Viaje al centro de la Tierra y La isla misteriosa, de Julio Verne, fueron dos hitos igualmente memorables. A mis catorce, Siddhartha, la novelita de Hermann Hesse, supuso para mí un detonante decisivo. Fue un hallazgo imprevisto: nadie me había hablado de ella ni de su autor. La encontré en un pequeño quiosco de prensa, en una edición de Bruguera que aún conservo. Me arrebató, lo mismo que otras obras suyas que llegaron a mis manos, como Demián o Narciso y Goldmundo. De un modo caótico, a esas lecturas se sumaron otras, como la inmejorable versión de Borges de algunos poemas de Hojas de hierba, la traducción de poesía china debida a Marcela de Juan, y relatos de autores supuestamente juveniles como Stevenson o Poe. Fueron mis inoculadores.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Me gustaba Hans, el guía islandés de Viaje al centro de la Tierra. Y, aunque en puridad no sean propiamente personajes, siempre me he sentido muy a gusto con las voces narradoras de Stevenson ―sobre todo en La isla del tesoro― y la del Quijote. Es como estar cerca de un buen amigo. Aunque no es una novela, sino un libro de navegación, siento simpatía por Joshua Slocum, cuyo Navegando en solitario alrededor del mundo es emocionante. Me acuerdo también de Hans Castorp, el protagonista de La montaña mágica; de don Pablo, de la azoriniana Doña Inés; del Sigüenza de Gabriel Miró; también de Gabriel Oak, en Lejos del mundanal ruido, la mejor novela de Thomas Hardy. El último personaje novelístico que me fascinó fue el príncipe Myshkin, de El idiota.

¿Cómo eliges tu próxima lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Casi te diría que yo no elijo los libros, sino que ellos me eligen a mí. Continúo siendo tan anárquico como a mis catorce años. No sigo ni listas ni planes previos de lectura. ¿Para qué? Unos libros llaman a otros. Forman insospechados vasos comunicantes.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

No hay lecturas insoslayables. En todo caso, sí existen algunas páginas para las que un feliz lector puede sentir que, una vez leídas, estaba destinado. No todos los libros son para uno, del mismo modo que no todo el mundo va a ser nuestro amigo. Cien años de soledad, por ejemplo, no ha sido un libro escrito para mí, y lo dejé correr sin ningún complejo, lo mismo que el Ulises de Joyce. Pero al menos sus autores tienen algunas otras páginas que me parecen magníficas. Detesto la beatería cultural y los “deberes” para con el canon. La lectura adulta ha de ser un espacio de absoluta libertad. Todavía hay, por supuesto, muchos libros que afortunadamente no conozco. Necesitaría varias vidas… Me ilusiona intimar más con Dickens, del que solamente he leído dos o tres novelas que me han encantado. De Balzac, por ejemplo, no recuerdo haber leído nada. Por suerte, mis lecturas son gotas de un océano inabarcable.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Me parece que la poesía de Vicent Andrés Estellés no cuenta con todos los lectores que merece en lengua castellana. Hay también un libro entrañable de Laurie Lee, un autor no muy conocido, que fue editado hace tiempo por Turner y que ahora resulta difícil encontrar: Cuando partí una mañana de verano. Si fuese editor, sin duda lo publicaría.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Los usuales en los jardines abiertos para pocos: los huelo, los leo de arriba abajo, hasta las letras más pequeñas, que nunca miro en los contratos. Casi siempre con un lápiz en la mano.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

No tengo ningún perfil de librero ideal. Me gusta, en todo caso, que sea una persona educada y que sepa respetar mi libertad de movimientos en su librería. Lo que más he valorado es la buena disposición para localizar un libro, aunque encontrarlo haya podido ocasionarle más pérdida de tiempo que una ganancia propiamente dicha, más allá de su satisfacción personal de atender a los otros. Recuerdo con simpatía a la propietaria de Ocre, una librería de Alicante que estuvo abierta por los 80 del pasado siglo. Creo que se llamaba Eugenia. También recuerdo a Pilar Llorens, en Alcoy. Y en Elche está Paco Trigueros, de Ali i Truc, que desafortunadamente para sus clientes está a punto de jubilarse.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Entrar a una librería siempre ha despertado en mí un sentimiento de inseguridad y timidez. No me gusta la sobreabundancia de las grandes librerías atestadas de novedades. Me pierde y me aturde. Lo ideal es que respeten mi invisibilidad y, por supuesto, que atiendan con interés mis pedidos. La amistad con los libreros viene con el correr de las páginas y del tiempo. Para mí son fundamentales las librerías de lance, las más sorpresivas, las menos previsibles e intercambiables.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

Ya que estamos todavía en el centenario de Benito Pérez Galdós, recomendaría Nazarín, maravilloso libro cuyo parentesco con El idiota, el libro de Dostoyevski antes citado, es grande e indudable. Antes he dicho que no hay libros imprescindibles, pero Homero… Creo que las Epístolas morales a Lucilio, de Séneca, son un buen alimento. Un libro reciente que recomendaría es Intemperie, de Jesús Carrasco.

[Y la pregunta 10 la lanza el aludido Paco Trigueros, de la librería Ali i Truc (Elche, Alicante):]

“Me consta que a veces has dejado transcurrir mucho tiempo, varios años incluso, entre la escritura de algunos de tus libros y su publicación. ¿A qué se ha debido? ¿Cuándo sabes que es el momento ya de “liberar” un libro?”

En ocasiones las obras esperan a que su editor encuentre el día adecuado para publicarlas. Con todo, no podría dar una respuesta general. Más bien tendría que hablar de cada título. Los tiempos de los libros son todo un misterio, incluido, claro está, el momento de darlos por terminados. Las percepciones del proceso de escritura cambian según los denominados “géneros”. No es lo mismo, por ejemplo, la redacción de un libro de viajes que la de un conjunto de poemas, que en mi caso cada vez obedece más a rachas y periodos muy definidos e intensos. A uno le guía una especie de daimón socrático. Con Visita de año nuevo, que es el libro que más recientemente he escrito y publicado, todo sucedió de un modo veloz. Surgió de forma imprevista; literalmente, de un día para otro, y se escribió en un corto espacio de tiempo. Supe que estaba concluido por una íntima certeza, que es la que me siempre me ha guiado. Luego tuve la suerte de que esa certidumbre se viese acompañada por la ilusión de Javier Castro, su editor, que se atrevió a sacarlo a la luz en mitad aún del marasmo producido por la cuarentena.