Cuestionario librero nº 27: Antonio Rivero Taravillo

Dicen que no hay peor paciente para un psicólogo que un psicólogo, y nos tememos que, del mismo modo, no hay “peor” cliente de una librería que un librero, o alguien que lo ha sido… El infatigable e inspirado poeta, novelista, ensayista, biógrafo, aforista, articulista, traductor, crítico literario, director de revistas y ex-editor sevillano Antonio […]

Por en Entrevista

Dicen que no hay peor paciente para un psicólogo que un psicólogo, y nos tememos que, del mismo modo, no hay “peor” cliente de una librería que un librero, o alguien que lo ha sido… El infatigable e inspirado poeta, novelista, ensayista, biógrafo, aforista, articulista, traductor, crítico literario, director de revistas y ex-editor sevillano Antonio Rivero Taravillo fue también librero en su ciudad durante diecisiete años, y todavía tiene buenas ideas propias al respecto que apunta con amabilidad en esta entrevista. Su diccionario irlandés fue, en su día, uno de los libros del mes para nuestras librerías, donde también destacamos su Diario austral por Argentina, y ahora se enfrenta a nuestro cuestionario, con pregunta final de Amparo Lazo, de la librería Palas (Sevilla):

[Fotografía: Antonio Rivero Taravillo, en Sevilla, 9 de julio de 2020. Fotografía de Juan Marqués]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Mi padre tenía una buena colección de libros de Aguilar: recuerdo varios tomos de ciencia-ficción que me hicieron orbitar como un minúsculo asteroide en torno a los soles de su galaxia. No eran gran literatura, pero con ellos descubrí el placer de viajar a la velocidad de la luz por las páginas. Por supuesto, no eran para niños. Pero es que mi madre siempre estuvo enferma hasta mis once años, y yo me refugiaba en la lectura de todo lo que había en casa. Del género infantil, cuentos de hadas y una versión de Las mil y una noches. Luego, en la pre-adolescencia, me devoró como un lanzallamas el ciclo de novelas bélicas de Sven Hassel en la colección Reno de Plaza y Janés. Y Poe.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

A los trece o catorce años, don César de Echagüe (El Coyote), de José Mallorquí. Entre el apartamento en que veraneábamos en la playa y la casa de mis abuelos tenía a mi disposición la colección completa, o casi. Unas 140 novelitas, creo. Luego me quedé “colgado” con Raskolnikov, el protagonista de Crimen y castigo de Dostoievski. Hoy me conformo con que los personajes de las novelas que escribo no se parezcan a mí.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Hay habitualmente dos impulsos: el de procurarme un libro que me ayudará en la investigación en que esté enfrascado para uno propio, y el de dejarme arrastrar por la sorpresa y el puro hedonismo. Me muevo entre ambos placeres: documentarme, y también dejar que otras lecturas salgan al paso como amiguetes gamberros que invitan al niño a hacer novillos. Voy a librerías de fondo que seleccionan muy bien sus novedades. Como fui librero durante diecisiete años, me gusta hablar con los colegas, pero respetando su tiempo: sé que al contrario de lo que mucha gente piensa, en una librería falta tiempo para, además de atender, hacer todas las gestiones. Cuando era joven me fiaba mucho de un librero sevillano que luego cerró el establecimiento y se dedicó a escribir: José Luis Rodríguez del Corral, de La Roldana.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Hasta hace pocos meses, Ulises. Lo había leído varias veces a trompicones, tapeando en los diferentes capítulos pero nunca sentándome a mesa y mantel para disfrutar de un menú lineal. Ya tiene mérito, porque he escrito cosas sobre el libro y Joyce. Además, tengo grandes lagunas en novela. He leído mucha poesía, pero no tanta narrativa.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Ejem, yo mismo soy traductor literario y no querría hacer saltar la liebre de algo que a mí mismo me apetezca traducir. Pero ahí va: cuando estudié un verano literatura escocesa en Edimburgo me encantó The Silver Darlings, de Neil M. Gunn, una hermosa novela de pescadores. De lenguas que no domino, me parece inaudito que esté descatalogada la Antología palatina en Gredos (como libro digital no me sirve, la quiero con encuadernación azul y letras doradas y librarme de la dictadura de la pantalla).

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Varios. En la época en que fui enamoradizo, de damas lo mismo que de códices, robé un ejemplar del Tristán e Isolda de Wolfram von Eschenbach (Editora Nacional) en unos grandes almacenes. Un vigilante malandrín se percató y me llevó a la mazmorra del citado castillo. Ya luego creo que no he reincidido nunca. Por otra parte, tengo la manía de escribir poemas en los libros que estoy leyendo, a menudo cuando la inspiración se dispara por una palabra o una idea que halla un vago pretexto en esa lectura. Naturalmente, a lápiz. No puedo visitar ciudades sin recorrer sus librerías, aunque a diferencia de Andrés Trapiello o Juan Manuel Bonet soy más de libro nuevo. Creo que ahí pesa la deformación profesional de haber sido librero.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Valoro la cordialidad y que me deje mirar a mis anchas. No siempre compro, pero me dejo bastante dinero en librerías. Aunque recibo muchos libros, también me gusta salir de caza, aunque no disponga de espacio para albergarla o tiempo para disfrutarla en el horizonte próximo.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

El ambiente, la calidez, la ambientación. Y la seguridad de que en la siguiente visita voy a hallar libros que no había visto antes no sólo en la mesa de novedades, sino también en las estanterías. En mi opinión, el fondo debería rotar más. Excepción hecha de las colecciones de bolsillo que se suelen tener más o menos completas, el librero debería cada cierto tiempo renovar sus existencias devolviendo lo que lleve ya mucho tiempo parado. No tiene sentido mantener los mismos títulos, esto es algo que desanima al cliente habitual, que si es bueno precisa de continuos nuevos estímulos.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

Recomendaría cualquier libro de Álvaro Cunqueiro, ya sea alguna de sus novelas como Las crónicas del sochantre, ya alguna colección de artículos como Viajes imaginarios y reales. Muchos de mis momentos de mayor felicidad como lector se los debo a él. Un poeta que me ha gustado mucho, en una antología que es de diciembre de 2018 pero que se distribuyó ya a principios de 2019, es Intenta olvidarme, del brasileño Mario Quintana, a cargo de Enrique García-Máiquez, en Adonáis. Es una poesía sencilla, perfectamente legible, ideal para quienes no suelen leer poesía pero son sensibles e inteligentes.

[Y la pregunta 10 la lanza Amparo Lazo, de la librería Palas (Sevilla):]

“Antonio, quiero saber si hay algún aspecto que eches especialmente de menos de tu etapa como librero”.

Más que el trato con autores -almorzar con Carlos Fuentes, ser anfitrión de Vargas Llosa en una firma, traer a Terenci Moix el séptimo café solo-, el trato con el público, concretado en muchos lectores interesantes y enriquecedores. También la adrenalina que segregaba el cuerpo durante los días últimos de la campaña de Navidad y Reyes, que parecía que uno estuviera en pleno zafarrancho de combate sin tener que leer una de esas novelas de batallas navales que tantos adictos tienen o tuvieron. Por último, la inverosímil expectación entre la chavalería de cada nuevo libro de Harry Potter, que acompañábamos de actividades organizadas por Nuria Lupiáñez, hoy codirectora de la Feria del Libro de Sevilla.