Cuestionario librero nº 9: Jesús Marchamalo

El periodista y escritor Jesús Marchamalo es pura generosidad, y también pura alegría (y ser alegre es ser generoso con uno mismo). Siempre tiene algún libro reciente (Me acuerdo, Delibes en bicicleta) y siempre tiene algún libro inminente (un álbum sobre Miguel Delibes para Destino, en octubre), y entretanto presenta estos días la nueva visita […]

Por en Entrevista

El periodista y escritor Jesús Marchamalo es pura generosidad, y también pura alegría (y ser alegre es ser generoso con uno mismo). Siempre tiene algún libro reciente (Me acuerdo, Delibes en bicicleta) y siempre tiene algún libro inminente (un álbum sobre Miguel Delibes para Destino, en octubre), y entretanto presenta estos días la nueva visita a la imprenta (¡la séptima!) de Tocar los libros, uno de los libros más amables que conocemos (y qué importante es la amabilidad en este tiempo…), que en cada edición ha conocido más bien una nueva versión, ampliada, actualizada, con nuevas fotos… En este extraño 2020 ejerce de comisario del “año Delibes” (está pendiente de inauguración la gran muestra sobre el vallisoletano en la Biblioteca Nacional, con flamante catálogo), y es también, por cierto, el mejor y más profesional “fotógrafo aficionado” que conocemos: su colección de retratos de escritores es ya espectacular.

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Antes de nada, quería agradeceros la invitación, y enviar a las librerías, a las libreras y libreros, tan queridos, todo mi apoyo y mi mejor abrazo. Ojalá pasen pronto estos días inciertos, irreales, tan dolorosos en tantos aspectos, y recuperemos esa vieja añorada normalidad. Volviendo a vuestra pregunta, más que un libro el que me hizo lector, fue en realidad una colección, la de ‘Clásicos Juveniles’ de Bruguera, unos libros que alternaban texto y cómic, y que durante años fueron mis regalos de Reyes, cumpleaños y enfermedades infantiles: tenías una tos, una fiebre, unas anginas, te vestían el esquijama y te compraban un libro. En esa colección leímos a Salgari, a Verne, a Walter Scott… Primero las ilustraciones y sólo después, a veces, el texto. Así que nuestro primer contacto con la literatura, con la lectura, fue viendo dibujos. De ahí saltamos a Enid Blyton, los libros de Los Cinco, Asterix y Tintin y, casi sin transición, a Maupassant -me acuerdo de la cubierta en la edición de Alianza, terrorífica- y Agatha Christie. Y después, Vian, Borges, Kafka, García Márquez y, sobre todo, Cortázar. ¡Cómo nos gustaba Cortázar!

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Una vez, hace tiempo, me hicieron esta misma pregunta y, no sé por qué, mencioné a Ignatius Reilly, aquel tipo gordo y grasiento de La conjura de los necios, no porque quisiera parecerme a él, podéis imaginar, sino porque me parece un personaje memorable. El caso es que mi reputación quedó en entredicho para siempre, así que ya no hay nada que temer. Recuerdo lo que me impresionó en su momento la lectura de El conde de Montecristo, y Edmundo Dantés, y también el protagonista de El laberinto de las aceitunas, de Mendoza. Pero me conformo conmigo, soy muy austero en mis aspiraciones.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Una parte significativa de mis lecturas está condicionada por mi trabajo en la radio. Son libros que leo para hablar de ellos en El ojo crítico o en La estación azul, de RNE, y aun siendo libros que en general yo elijo y que me gustan, tienen ese sesgo de lectura profesional. Con el resto, soy básicamente caprichoso, creo que como todos los lectores. Los caminos que te llevan a un libro son inescrutables: lo compras porque te llama la atención el título, porque te gusta la cubierta, por las ilustraciones, por simple intuición… También me gusta que me recomienden lecturas y, a veces, hacer descubrimientos. Me encantó cuando, hace unos años, por consejo de David Trueba, por ejemplo, descubrí a Hrabal, a quien todo el mundo había leído menos yo.

Sé valiente: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Tengo un montón de ellas. Sobre todo, clásicos. Mi generación se nutrió mucho del ‘boom’, primero, y después de traducciones: Hesse, Camus, Chéjov… Leímos antes a Dickens que a Valle-Inclán, porque todo lo que venía de fuera nos parecía moderno y exquisito, y lo de aquí rancio y paleto. Así que muchos lectores de mi generación, yo desde luego, tenemos pendiente leer bien a Baroja, por ejemplo, o a Galdós, a quienes hemos descubierto tarde, aunque espero que no a deshora. Y luego tengo infinitas deudas con autores a los que quiero leer desde hace tiempo, y para los que nunca encuentro el momento: Roth (Philip), a quien he leído poco, Le Clézio, Ramiro Pinilla… Muchos.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

En lo que respecta a traducciones, me dejo llevar por los hallazgos de los editores que me gustan; hablo de Impedimenta, Nórdica, Periférica, Asteroide, Errata Naturae, Acantilado, tantas otras, pero sí me gustaría que volviera a reeditarse en España a Jorge Ibargüengoitia. Fue un hallazgo deslumbrante hace unos años, y RBA, que había publicado parte de su obra, acabó saldando sus libros. Una vez un grupo de amigos hablamos de organizar un club de lectores de Ibargüengoitia, y hacernos un carné. No prosperó la idea, pero siempre estamos a tiempo.

Jesús Marchamalo, en Madrid, 27 de mayo de 2020. (Fotografías de Juan Marqués)

 

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

No hay un solo vicio relacionado con los libros que no tenga, que no haya tenido o que no esté dispuesto a tener. Así que sí, subrayo (aunque con lápiz), tengo exlibris, doblo las esquinas, anoto en las páginas finales… Y desde hace unos años, pego en cada libro, en la portadilla, un sello de correos. Cuando murió mi madre apareció en uno de los cajones de una cómoda una vieja, destartalada y absurda colección de sellos que hicimos mi hermano y yo de niños y que, no sé por qué, mi madre conservó: sellos matados, rotos, repetidos, recortados de cartas y postales… Y decidí pegarlos en los libros. Empecé con los sellos ingleses, después los alemanes, y ahora estoy acabando los franceses.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Conozco a muchos libreros y libreras y, la verdad, creo que hay de todo en mi lista: tímidos, parlanchines, discretos, entusiastas, altos, encantadores… Todos son, eso sí, estupendos lectores, con todos puedes hablar de libros y de literatura. Eso es, yo creo, lo que más me interesa, la mutua pertenencia a ese país de fronteras difusas, invisible, que son los libros. Y me encantan los adivinos, los que siempre aciertan con lo que buscas, lo que te va a gustar, aunque tú mismo no lo sepas.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Me gustan las librerías de barrio, igual que me gustan, cada vez más, las fruterías, las mercerías o las pastelerías de barrio, eso que se llama ahora, muy pomposamente, “el comercio de proximidad”. Me gustan las tiendas en las que te conocen y te saludan, los tenderos con los que puedes bromear, que te preguntan por tus hijos o por tu dolor en la rodilla. Y me gustan las librerías que participan de la vida cultural del barrio, que organizan presentaciones o actividades: talleres, cursos, exposiciones… Me gustan bonitas y acogedoras, claro, también, por cierto, las de segunda mano, esas en las que nunca sabes lo que vas a encontrar.

Por último, recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

Hay tantos libros que nos han conmovido, emocionado, fascinado que es imposible recomendar sólo uno. Recuerdo cómo, en distintos momentos de mi vida, me impresionaron las lecturas de Carver, Ginzburg, Kapuscinski, McCullers, Roth (Joseph), Zúñiga, Agota Kristof, de quien leí este último verano Claus y Lucas; Vila-Matas, Ribeyro, no sé, seguramente os llame mañana para que añadáis algún otro nombre que se me olvidó: Ángel González, Brines, Cavafis… De los recientes, dejadme que recomiende tres: algo de Delibes -este año se celebra su centenario-, Los santos inocentes, El hereje o Cinco horas con Mario, que acaban de reeditar en Destino. De Irene Vallejo [que responderá próximamente al “Cuestionario librero”], su maravilloso El infinito en un junco, en Siruela, uno de esos libros inolvidables, encantadores en el sentido literal de la palabra, y de Joan Margarit, su poesía completa en Austral. Me habría encantado verle recoger su Cervantes en Alcalá, y escuchar allí su voz atronadora y sus incontenibles aspavientos.

[Y la pregunta número 10 la lanza hoy la librera Ester Vallejo, de Lex Nova (Madrid)]:

¿Cómo surgió la idea de colaboración con Antonio Santos para crear la colección de biografías ilustradas de escritores que viene publicando Nórdica? ¿Hay previstos nuevos títulos?

Pues de la manera más accidental que puedas imaginar. Hubo una temporada, hace tiempo en que hacía un regalo navideño para mis amigos para el que contaba con algún amigo artista. Y ese año, hace ya siete, se me ocurrió proponerle a Antonio Santos que hiciéramos algo con un texto sobre Baroja. Él hizo unos estupendos grabados al linóleo y coincidió que Diego Moreno, el editor de Nórdica, los vio y nos propuso editarlo él. La experiencia nos encantó a los tres, tanto que decidimos repetirla todos los años. Los libritos se han convertido en nuestro regalo para amigos, y nos encanta trabajar juntos.