Cuestionario librero nº 28: Carmen Camacho

No sabemos muy bien qué es, porque el “duende” no se deja definir, pero, sea lo que sea, el “gracejo andaluz” lo inventó ella, o al menos lo ha llevado a (y lo representa como nadie en) la literatura del siglo XXI: inteligencia constitutiva, humor de miras altas, gracia honda, apego irresistible a lo que […]

Por en Entrevista

No sabemos muy bien qué es, porque el “duende” no se deja definir, pero, sea lo que sea, el “gracejo andaluz” lo inventó ella, o al menos lo ha llevado a (y lo representa como nadie en) la literatura del siglo XXI: inteligencia constitutiva, humor de miras altas, gracia honda, apego irresistible a lo que late, talento a mano alzada y eficacia lingüística, es decir: concisión extrema cuando conviene o inflación creciente cuando se tercia, esto es: saber ir al meollo de la vida, al granito secreto de las cosas, dando todos los rodeos que hagan falta, pero sin impacientar a nadie, al contrario: siempre queremos más o, mejor, que nos repitan lo mismo. No se trata de matar por un chiste, se trata de morir por la alegría: se puede hacer en verso, y ella tiene libro de poemas a la vista… Todo un acontecimiento. Mientras llega, podemos releer sus aforismos: los suyos y los que reunió y comentó en ese estudio modélico que es Fuegos de palabras. El aforismo poético español, una obra maestra de la filología con alma, todo un ejemplo de amor de verdad a la literatura (y del amor de literatura a la verdad). Nos encontramos a Carmen Camacho en Sevilla, en la calle del Jesús del Gran Poder, y le “infligimos” el ya célebre cuestionario librero, con pregunta final de nuestra querida compañera Sonia Domínguez, de la librería Palas:

[Fotografía: Carmen Camacho, en Sevilla, 9 de julio de 2020. Fotografía de Juan Marqués]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Primero fue una revista: Teleprogramas, un número con la portada dedicada a Heidi. Aún no sabía leer y fueron tales mis ganas de saber lo que ponía allí que me propuse aprender pronto. De niña me causaron mucha impresión, además de mis libros de Gloria Fuertes, El jardinero, de Tagore, en la traducción de Camprubí, y el Gran diccionario múltiple de citas, de Josep María Albaigès y Dolors Hipólito, ambos de Círculo de Lectores. (No sé qué hubiera sido de mí sin Círculo de Lectores). Mi madre me tenía prohibidos los tebeos. Obviamente, me enganché a las colecciones de Súper Humor y de Astérix. Que te prohíban leer algo es una potente herramienta de fomento de la lectura.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

No especialmente, tendía a elegirme –ensoñada, claro– entre personajes femeninos, y en las novelas que leía no hay tantos como hombres donde escoger. Así que, en ocasiones, más que desear parecerme a personajes, los he revisado hasta hacerlos míos. Me pasó, por ejemplo, con Helena de Troya –no es el personaje de una novela pero da para muchas, como también daría Nausícaa–. Fui dotándola de personalidad en fragmentos que nunca he publicado, los escribí para mi divertimento. Soy muy fan de mi versión personal de Helena (disculpad esta extraña autorreferencia). También he abrazado a las mujeres delicadas y rebeldes de las obras de teatro lorquianas.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

En las lecturas que hago en mi tiempo libre soy desordenada y ‘outsider’, propensa al azar, creo que para compensar las lecturas metódicas y con plazo que forman parte de mis tareas. En la elección de esas lecturas que hago exclusivamente por placer, me dispongo no tanto a la búsqueda como al hallazgo. En ello, por tanto, es imprescindible la recomendación de los libreros que me tienen calada y de las amistades letraheridas. Siempre es fantástico volver a casa, después de un paseo por las librerías o unas cervezas con amigas lectoras, con un montón de títulos apuntados –hay que apuntarlos, si no se olvidan– en el móvil o en la libreta. Todas esas pistas son imprescindibles en mi vida.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Tengo varias. Nunca he terminado la Divina Comedia, por ejemplo. También tengo viejas cuentas pendientes e imperdonables con Galdós.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

La novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Alba Lucía Ángel –creo que no está editada en España–. También sería divino traducir y editar una selección nutrida de aforismos poéticos de Abdelmajid Benjelloun.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Leerlos muy despacio y también releerlos (ambos son vicios de pobre). Los subrayo, siempre que no sean de la biblioteca, les corrijo las erratas y anoto en los márgenes y páginas de cortesía lo que se me va ocurriendo durante la lectura. La compañía –física– de ciertos libros marcan mi espacio íntimo. Son trinchera.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Mi librero o librera ideal sabe mandarme a las baldas de fliparlo (en ellas hay libros interesantes no sólo por su contenido, también por la edición, como objetos en sí) y dice a menudo “Carmela, me ha entrado este libro y me he acordado de ti”. Mi librero o librera ideal no sé cómo hace para reunir en sí la gestión ágil y el conocimiento pausado. Lo miro como una vaca mira al tren.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Alguna de estas cosas –o, a poder ser, todas–: una sección amplia y actualizada de poesía, libros –actuales y clásicos– que son vanguardia, presencia de las pequeñas y medianas editoriales de calidad que tenemos en el país, un buen fondo de ensayo, una librera o librero que te sepa acompañar y te sepa dejar sola, un espacio literalmente acogedor (que nos libre de tanto lugar inhóspito como hay en el mundo), agilidad para traerte un libro que no tienen en el local, una cuidada programación de actividades. (Y si tuviera una baldita con libros de aforismos, ya es que muero).

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

Los fragmentos de Heráclito y Gavieras, de Aurora Luque.

[Y la pregunta 10 la lanza Sonia Domínguez, de la librería Palas (Sevilla), y coordinadora del Grupo Kirico, la sección de literatura infantil y juvenil de ‘Las Librerías Recomiendan’:]

“Nos gusta mucho tu sección de “A pie de la letra” de Canal Sur Radio. ¿Con qué palabra definirías el tiempo actual que estamos viviendo y el extraño horizonte que se vislumbra?”

Incertidumbre. Siempre está ahí, pero no solíamos verla tan nítida y a la vez tan cegadora. No fuimos educados para el vértigo, he aquí el principal problema.