Cuestionario librero 61: Juan Malpartida

Pocas veces como leyendo a Juan Malpartida sentimos con tanta fuerza esa verdad maravillosa de que quien lee nunca está solo, porque sus libros, y muy especialmente los diarios y los ensayos, tienen mucho del fulgor de una buena conversación, lo cual es extraño porque no están en absoluto planteados como diálogos, ni tienen una […]

Por en Entrevista

Pocas veces como leyendo a Juan Malpartida sentimos con tanta fuerza esa verdad maravillosa de que quien lee nunca está solo, porque sus libros, y muy especialmente los diarios y los ensayos, tienen mucho del fulgor de una buena conversación, lo cual es extraño porque no están en absoluto planteados como diálogos, ni tienen una voluntad didáctica explícita, y sin embargo qué fácil es sentirse ya no sólo concernido por lo que se dice sino implicado, incluido, casi apelado… En este 2020 ha publicado Río que vuelve, un excelente libro de poemas (“Pensé que estaba bien / cerrar con mar / lo que había iniciado entre las olas”…), y ahora presenta una novela de título envidiable, Señora del mundo, pero además, nos cuenta, aprovechó el confinamiento para escribir, poner en orden más diarios, ordenar proyectos… lo cual supone una gran noticia para sus lectores. Todavía son muy recientes sus monografías sobre Antonio Machado y su amigo Octavio Paz, pero en Margen interno reunió semblanzas y reflexiones sobre escritores (y tenemos nuestro ejemplar lleno de subrayados: “¿acaso no ha sido ésa la misión tácita de todo arte, la reconciliación?”, “Se me ocurre que las obras de creación son similares a los virus, sólo tienen vida cuando penetran en un cuerpo vivo (el lector)”…), y si él ha confesado su “debilidad (debilidad: gusto inmoderado por algo) por las memorias, los diarios”, nosotros declaramos nuestra adicción a los suyos, reunidos hasta ahora en Al vuelo de la página y Estación de cercanías. Y, además, dirige desde hace muchos años Cuadernos Hispanoamericanos, una de las principales revistas culturales españolas, y cuando decimos que la dirige no es sólo porque figure como director, sino porque encarga, lee, discute y hasta rechaza las colaboraciones, es decir, que ejerce en efecto de director, como debería ser la norma. Nos reunimos con él en la recogida plaza madrileña de Matute, y le entregamos junto a la Librería Desnivel el “cuestionario librero”, con pregunta final de nuestro amigo Jordi Doce.

[Fotografía: Juan Malpartida, en Madrid, 21 de diciembre de 2020. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

El retorno de los brujos, de Pauwels y Bergier, una suerte de vademécum de los años sesenta donde pude hallar desde Rimbaud y Freud a Fucanelli y la tradición esotérica del hermetismo. Pronto leí a Nietzsche, y a algunos poetas que no me han abandonado.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

A mi edad solo me gustaría parecerme a un personaje más joven… Pero de adolescente estaba fascinado por Jean Valjean, el héroe de Los miserables. Te haré una confesión: cuando me gusta mucho una novela me suelo identificar con pasajes, personajes, y a veces con el autor, aunque sea por un momento. He pasado por ser mucho de lo que he leído.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Me abruma todo lo que no he leído y me gustaría leer. Atiendo los gustos de amigos en cuyos gustos confío, pero sobre todo he leído mucho de lo que ha leído autores a los que amo. Te pondré dos ejemplos de adolescencia: entonces leía mucho a Henry Miller, pues bien: trataba de leer (no siempre lo conseguía) los libros que a él le fascinaban, y lo mismo con Octavio Paz o George Steiner. Gracias a este método he leído muy buenos libros, pero también descubrí que ciertos libros que eran muy apreciados por mis maestros no lo eran tanto para mí. En cuanto a los libreros, alguna vez me han sugerido algún libro valioso, sí, y me habría encantado poder conversar como lo hizo y lo cuenta Walter Benjamin, con una librera parisina que no solo lo hubiera leído todo sino que te dijera: “Esta mañana estuvo aquí André Breton y se llevó tal libro”.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

No necesito valor para eso. Solo un redomado pedante puede decir que ha leído a todos los clásicos. ¿Los griegos y latinos? ¿Los árabes, chinos y japoneses? ¿Los de lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, rusa…? He conocido a escritores y estudiosos muy leídos, y todos tenían por leer a muchos autores o libros importantes. Te diré dos grandes obras que siempre me guiñan un ojo cuando paso por su estante: La guerra y la paz, de Tolstói, y El hombre sin atributos, de Musil.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Muchos. Por ejemplo, algunos de los diarios y memorias de Claude Roy, como Je Moi o Nous. Son excelentes. O Journal des années noires, de Jean Guéhenno. También, la correspondencia completa de Goethe con Schiller. Es vergonzoso que se traduzca tanta mala novela, incluso de principiantes, y haya libros así no traducidos.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

No sé si llamarlos vicios, digamos mejor costumbres privadas, que por lo demás coinciden con las de muchos: subrayo a lápiz, y escribo marcas anímicas en los márgenes, de entusiasmo, fastidio, indignación… Pero te aseguro que yo abro un libro esperando admirar al autor. A veces he tirado algún libro, pero lo que más hago es dejarlo en algún banco. Me gusta comprar libros, pero me doy cuenta de que, como diría Borges, una biblioteca tiene la forma de la eternidad. Por lo tanto es una forma de alargarla. Esto último lo diría Woody Allen.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Mi librero, o librera, ideal sería poco hablador, algo secreto, que pareciera que lo ha leído todo y sobre todo que es un sabio bibliográfico. No ha de ser un parlanchín erudito sino un sabio reticente pero no exento de la capacidad para ponerte en la pista.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Libros viejos, estanterías más que mesas, que no esté conformada mayormente por las novedades y por los criterios de los comerciales. La gran novedad para mí es poder encontrar, digamos, varios volúmenes de los diarios de Edmund Wilson o del Teatro critico universal de Feijoo.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

Las Novelas ejemplares de Cervantes, las Conversaciones de Goethe con Eckermann, y como novedad, Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés.

[Y la pregunta 10 la lanza el poeta, traductor, editor y crítico Jordi Doce:]

“Siempre he admirado tu oído para los diálogos. En tus novelas los personajes no paran de buscarse para hablar de esto o de aquello, a menudo con un whisky o una copa de fino cerca. ¿A quiénes de tus autores o artistas fetiche pondrías a dialogar la tarde de fin de año, y cuál crees que sería (o te gustaría que fuera) su tema de conversación? Y como estrambote: una figura habitual en tus poemas es el paseante que levanta la vista del mar y percibe o sospecha, a lo lejos, la presencia de otra costa. ¿Te arriesgas a hacer un pronóstico sobre lo que nos espera en el horizonte?

Gracias, Jordi. En mi último libro, aún inédito, Mi vecino Montaigne, puse a dialogar en algunas de sus páginas a Miguel de Cervantes y a Michel de Montaigne, en la famosa torre de este último; pero además, en un largo capitulo, un picnic en Central Park, siento a dialogar y monologar a varios de los científicos más importantes del siglo XX (un gran atrevimiento por mi parte). Pero muchas veces he soñado con ser testigo de otros diálogos. Me gustaría asistir a uno de los buenos diálogos que tuvieron el filósofo Kostas Papaioannou y Octavio Paz, ambos muy jóvenes, en el París de la posguerra. Me temo que solo podré cumplir ese deseo reinventando ese encuentro.

En cuanto al horizonte, sin duda lo que veo son brumas. Soy, a pesar de mi inercia afirmativa, pesimista. Nuestra percepción actual del tiempo es pornográfica, y con él va nuestra alma, o como queramos denominar a esa realidad que somos y que exige una recreación constante para ser. Esa actitud pornográfica pasa por hacer del tiempo un fragmento que solo afirma nuestro placer o subjetividad, nuestra sensación: todo demasiado cerca, y esa cercanía resuelta en soledad. Debemos restituir a la creciente individualidad actual al mundo: descubrir que el yo solo lo es por los otros que lo constituye. El liberado eros de nuestros días ha de descubrir el horizonte que lo trasciende. Y ese horizonte pasa por nuestro trágica identidad con la naturaleza. Su olvido será nuestro extravío. Ya ves que al final me he puesto algo profético…