Cuestionario librero nº 20: Jordi Doce

“Una librería tiene que parecer copiosa, dar esa idea de abundancia que anime a entrar y perderse en ella, pero sin ser caótica”, afirma Jordi Doce. Bien conocido como poeta, traductor, crítico y editor, Doce se lanza ahora al campo de los diarios con La vida en suspenso. Diario del confinamiento (Fórcola), su cuaderno de […]

“Una librería tiene que parecer copiosa, dar esa idea de abundancia que anime a entrar y perderse en ella, pero sin ser caótica”, afirma Jordi Doce. Bien conocido como poeta, traductor, crítico y editor, Doce se lanza ahora al campo de los diarios con La vida en suspenso. Diario del confinamiento (Fórcola), su cuaderno de la reciente cuarentena. Si algo comprobamos durante esos meses es cómo lo extraordinario puede llegar a vivirse como una inercia, y esa sensación está en estas páginas, que releídas en el futuro nos devolverán a estas semanas de una forma muy vívida, aunque lo cierto (y cuánto lo agradecemos algunos…) es que tampoco dedica un excesivo espacio a reflexionar propiamente sobre las medidas, las fases, las noticias, las cifras… Nada de política, nada de polémica. No es periodismo ni crónica sino literatura muy consciente de serlo, y cuenta lo que en realidad sucedió en la realidad, y no en espacios abstractos.

[Fotografía: Jordi Doce, en Madrid, 30 de junio de 2020. Fotografía de Juan Marqués]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Sin dudarlo, Dos años de vacaciones de Julio Verne. Seguido muy de cerca por Miguel Strogoff. Claro que en este caso no descarto la influencia de la serie de televisión que devoré –tenía ocho años– en las navidades de 1975. Lo recuerdo muy bien porque solíamos pasar las fiestas navideñas en Francia, en casa de mis abuelos maternos. Y aquel Strogoff televisivo me pareció el no va más del glamur y la aventura. Así que al volver a Gijón lo primero que hice fue pedir la novela para Reyes y leérmela de un tirón. Fue maravilloso sumergirme de nuevo en la Rusia del correo del zar y revisitar aquellas extensiones de estepa y tundra que llevaban a Irkutsk. Y encontrarme otra vez con la hermosa Nadia Fedor y el villano Iván Ogareff, por supuesto.

Dos años de vacaciones fue el primer libro que compré con mi propio dinero. Lo curioso es que lo hice a escondidas, tras ahorrar una parte del dinero que recibía de vez en cuando de mis padres. Es algo que no puedo entender, porque en mi casa había libros y mis padres favorecían la lectura. Si hubiera pedido el libro, me lo habrían regalado. Pero investí el acto de comprar esa novela de un aire secreto, casi clandestino, como si desafiara algún tipo de prohibición. No sé qué pasaba entonces por mi cabeza. Lo que sí recuerdo es que la fantasía infantil de una isla poblada exclusivamente por niños fue algo así como una revelación, que ni siquiera la lectura de El señor de las moscas, años después, fue capaz de deslucir. Yo creo que esos mitos infantiles sobreviven a todo, aunque hagamos por olvidarlos durante años.

En fin, en el origen estuvo Verne, como ves, pero no con sus novelas de ciencia-ficción, sino con las estrictamente contemporáneas, de aventuras.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Pues tendría que seguir con Miguel Strogoff… Recuerdo que la parte de la novela en la que pierde la visión me resultaba insufrible. ¡No podía ser! La escena en la que lo dejan ciego con una hoja de cuchillo tártaro al rojo me impactó muchísimo. Luego, en la primera adolescencia, no me hubiera importado formar parte del elenco de El tapiz de Malacia, una novela entre picaresca y fantástica de Brian W. Aldiss. El protagonista, Perian de Chirolo, es un actor en paro, un buscavidas con buen corazón que vive al día y se ve envuelto en una peripecia que no domina y que termina por destruirlo. Creo que leí el libro con catorce o quince años y que su tono despreocupado me sedujo al instante. (Tampoco, ya que estamos, me hubiera importado ser Aragorn). Creo que con las primeras lecturas «serias», digamos, ese impulso de identificación desapareció. Recuerdo con cariño al barón Cosimo, al Pijoaparte, a Julien Sorel, a Maggie Tulliver, a Darley, a Andrés Hurtado, a Vladímir Petróvich…, pero ni se me ocurría querer parecerme a ellos.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Tengo criterios muy poco serios. Me guío por el azar, el capricho, algo que me llama la atención… Muchas veces busco justamente lo contrario de lo que acabo de leer. No soy nada sistemático, y si de algo me sirve la recomendación del librero / de la librera es para desmontar prejuicios. Porque sí, tengo prejuicios, lo reconozco, pero por suerte soy fácil de convencer y no me duran mucho. Y si una persona de confianza me dice que le dé una oportunidad a un libro o a su autor, lo hago con gusto. Leo tanto por obligación que al comprar suelo irme al extremo contrario, al del puro disfrute.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura «insoslayable» tienes todavía pendiente?

Muchas novelas importantes. Para mi vergüenza, nunca he abordado la lectura de El hombre sin atributos, de Robert Musil. Y sé que no debería tardar en hacerlo. La que sí he desistido de leer alguna vez es Finnegans Wake. He leído el catálogo entero de Joyce (incluida la poesía), y además con mucho placer, pero ahí ni siquiera lo intenté. De todos modos, en cuestión de novela estoy lleno de lagunas. Creo que no hay un solo autor clásico del que lo haya leído todo, salvo quizá de Jane Austen y de Kafka.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Hay dos o tres libros menores del romanticismo inglés que estaría bien traducir, pero no diré cuáles porque no pierdo la esperanza de hacerlo yo alguna vez.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

De la lista que dais –y que me parece bastante inofensiva– reconozco al menos dos: gastarme lo que no tengo y leer hasta la página de créditos y el colofón, algo que achaco a deformación profesional. Pero hay un vicio que me avergüenza y es que muchas veces, a falta de un marcapáginas o un señalador improvisado, he doblado la esquina de una página. Es un vicio del que me está costando quitarme. El resultado es que tengo una biblioteca llena de libros engordados por la esquina superior.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Discreto/a, para no asustar al tímido que soy. Que me deje curiosear y levantar libros de una pila sin preguntarme qué quiero, o si busco algo. Tardo en decidirme, pero lo hago y termino comprando. El problema es que tengo un pequeño trastorno de personalidad y mis compras siguen una lógica interna que sólo yo comprendo, y a veces añadir un libro al lote implica descartar otro que parecía seguro hace solo cinco minutos. Es preciso que todo cuadre, pero si alguien supiera la lógica de mis decisiones se preocuparía, no sin razón. Por lo demás, me gusta conversar con el/la librero/a, pero, como tengo miedo de estar molestando, a veces me reprimo y puedo parecer huraño. Ya he dicho que soy tímido.

¿Qué debe tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Desconfío por igual de las librerías excesivamente ordenadas, que gastan mucho espacio en estanterías impolutas, que de los depósitos desordenados y polvorientos donde es imposible encontrar nada. Una librería tiene que parecer copiosa, dar esa idea de abundancia que anime a entrar y perderse en ella, pero sin ser caótica. Y para que me apetezca volver tiene que estar bien surtida en géneros, digamos, menores o poco comerciales: poesía, ensayo, libros raros o inclasificables… Me gusta que se vea el gusto del librero, que haya selecciones personales o se destaquen libros que suelen pasar desapercibidos. En una palabra: que tenga personalidad, de forma que yo sepa qué es lo que puedo encontrarme en ella y qué no (aunque luego pueda desmentirme y desarbolar mis prejuicios; ya he confesado que los tengo).

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios) y un libro reciente.

Acabo de leer dos libros muy distintos pero muy recomendables, cada cual en su estilo. Dos libros, además, impregnados de poesía: La historia del Grial de Joseph Campbell en Atalanta, y Los espíritus de Fellini de José Luis de Villalonga (Elba), que recupera la sección dedicada a Fellini en Gold Gotha. ¿Y dos clásicos? Así, a bote pronto, los Ensayos de Montaigne y el Quijote. Para qué más.

[Y la pregunta número 10 (y la 11…) de hoy la lanza Vicente Velasco Montoya, de La Montaña Mágica (Cartagena, Murcia):]

Jordi, dos preguntas. Primero: ¿crees que el aforismo (un campo que cultivas con maestría) como género se puede ver reforzado o recuperado tras la vivencia de este confinamiento, esta vida mínima, que hemos pasado?

Sinceramente, no lo sé. Tampoco lo he pensado bien. Parece que el género del aforismo ha experimentado un auge en estos últimos años, pero nos falta perspectiva para saber qué responde a una necesidad real, íntima de los escritores, y qué podría deberse –tal vez– a la moda. Quizá sea solo un síntoma de la normalización de nuestro campo literario. Géneros como el diario, la biografía, los epistolarios, etc., empiezan a publicarse con fluidez, y parece que lo mismo sucede con el aforismo, quizá también por esa posición suya tan cercana a la poesía. En mi caso particular, el confinamiento no me llevó al aforismo, ni siquiera como lector. Sí al fragmento o a la reflexión de diario, pero el alfilerazo del aforismo es demasiado breve, demasiado rotundo y a la vez intermitente, para acompañar al lector en ese tiempo en suspenso del encierro. O así al menos lo viví yo. Puede que otros hayan tenido una experiencia distinta.

Y segundo : Eres una rara avis al mantener tan activo tu blog, un formato de comunicación que para muchos es residual. ¿Hay algo de romántico por tu parte en ello?

Es posible. Tampoco me considero tan raro en ese aspecto. Poetas y escritores muy diversos como Álvaro Valverde, Antonio Rivero Taravillo, José Luis García Martín o Eduardo Moga mantienen activos los suyos. Sí debo decir que no me acostumbro a compartir mis trabajos directamente en las redes sociales: me gusta la idea de tener una pequeña casa en la red, un espacio propio, donde los pocos lectores interesados (y créeme, son pocos, pero suficientes) puedan visitarme de vez en cuando y leer lo que voy compartiendo sin ninguna premeditación. Para mí el blog es un libro en construcción, un libro que crece y se despliega y se modifica con los años, y que me permite además una vía de comunicación intermedia, que dosifico en función de las apetencias. El ritmo frenético y abusivo de las redes sociales –por no hablar de la violencia narcisista que se genera en Twitter, por ejemplo– me resulta muy antipático. Así que opto por hacer mi camino, a riesgo de ser prácticamente invisible (aunque todos lo somos, en realidad). Me gusta ser propositivo: solo pretendo compartir las cosas que voy encontrándome por el camino. También es verdad que hay temporadas en las que vivo lejos de la bitácora, pero siempre que vuelvo lo hago con ganas. Y lo que he descubierto es que ese libro en marcha que es el blog ha ido generando, a su vez, libros reales: ni Perros en la playa ni Libro de los otros (y creo que tampoco La vida en suspenso, aunque ahí tengo dudas) habrían llegado existir sin su mediación. Así que no veo, de momento, razones para abandonarlo.