Cuestionario librero 75: Daniel Remón

“Lo que nos cambia la vida nunca lo llegamos a entender”, se lee en Literatura, la primera novela de Daniel Remón (Madrid, 1983), que es, ante todo, la novela de un buen chico que tiene cosas que decir y mucho talento y sensibilidad para decirlas. Pensábamos que lo habíamos visto ya todo en el terreno […]

Por en Entrevista

“Lo que nos cambia la vida nunca lo llegamos a entender”, se lee en Literatura, la primera novela de Daniel Remón (Madrid, 1983), que es, ante todo, la novela de un buen chico que tiene cosas que decir y mucho talento y sensibilidad para decirlas. Pensábamos que lo habíamos visto ya todo en el terreno de la autoficción, y no: resulta que también puede adoptar la forma de cuento infantil, y mientras se entretiene o se adormece a un sobrino con un cuento improvisado de brujas buenas, monstruos y piratas, uno puede ir reflexionando sobre la vida y el destino de su familia, y poniendo, por tanto, un poco de orden en el propio pasado, tratando de entender el presente. La novela (que ya recomendamos aquí) oscila entre la calle Juan Ramón Jiménez de Madrid, junto al paseo de la Castellana, y un diminuto pueblo aragonés, y no es que sean dos lugares llamativamente diferentes, un contraste brusco, sino más bien dos planetas distintos, como lo son la realidad y la ficción. Daniel Remón, que “co-ganó” el goya al mejor guión adaptado de 2020 por su versión de Intemperie, de Jesús Carrasco, nos cita precisamente en su vieja calle infantil, junto a los escenarios de su novela, muy cerca de la librería Lé (mencionada en la novela), y allí, en un callejón donde, confiesa, pasó muchas horas de su adolescencia, le entregamos el “cuestionario librero”, con pregunta final de León Vela, librero en Cálamo (Zaragoza), otra librería aludida en Literatura (ver pág. 179).

[Fotografía: Daniel Remón, en Madrid, 10 de febrero de 2021. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Yo empecé tarde a leer en serio. De niño, y de adolescente, mi veneno era el cine. Veía dos, tres, cuatro películas diarias, y no tenía tiempo para leer, o al menos me decía a mí mismo que no tenía tiempo para leer. Pero recuerdo un verano, con dieciocho años. Me fui un mes a Londres, justo antes de empezar la universidad, y mi hermano me prestó dos novelas en aquellas ediciones que regalaban con el periódico EL MUNDO: Lolita y Trópico de Capricornio. Las leí en una semana y aquello lo cambió todo para mí.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Cuando lo leí por primera vez yo quería ser Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, más o menos como todo el mundo. En realidad no es que quisiera ser como él, es que, en mi delirio adolescente, estaba casi convencido de que era él. También quería ser Jay Gatsby, claro, pero son cosas que se te pasan a medida que vas cumpliendo años.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Lamentablemente, no me suelo dejar aconsejar demasiado. Los libros interesantes que uno elige te llevan a otros libros interesantes, y se construye así una montañita que va creciendo, casi ajena a uno mismo, junto a la cama. Es difícil que algo nuevo se cuele por sorpresa en esa montañita. Hace poco, sin embargo, una librera me recomendó El diccionario jázaro, de Milorad Pavic, cosa que le agradezco mucho. La montañita crece, y yo con ella.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Nunca he sido capaz de terminar En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Ninguno de los siete libros. Y, sin embargo, sigo vivo. Es extraño. Lo que sí he leído, un par de veces además, es Bonsái, la maravillosa novelita de Alejandro Zambra en la que dos adolescentes enamorados se cuentan el uno al otro la mentira que hemos contado todos alguna vez, aunque nos cueste tanto reconocerlo: que sí, que claro que hemos leído a Proust.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

No me viene nada a la cabeza. Hubo en tiempo en que leía en inglés, pero desde hace unos años leo sobre todo literatura hispanoamericana.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Tal y como cuento en Literatura, de adolescente robaba libros. Es una costumbre que afortunadamente fui perdiendo con el tiempo. Ahora compro muchos, puede que para compensar. Hago listas, doblo esquinas, anoto a lápiz y a veces incluso a bolígrafo, y sobre todo subrayo, subrayo sin parar. No veo nada sagrado en el objeto libro. Cuanto más manoseados, mejor.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

La verdad es que no tengo un perfil definido. Depende únicamente de mi estado de ánimo. Hay días en los que quiero que el librero me hable, que me abra nuevos universos, y días en los que prefiero a un librero o librera silente, algo más parecido a un monaguillo o a un estudiante de oposiciones. Es broma. Por norma general me siento más cómodo en el término medio: alguien que te recomiende cosas nuevas si se lo pides, pero sin llegar a ser invasivo. En ese sentido he tenido la suerte de conocer a libreros increíbles.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Por encima de todo, una buena selección. No hace falta que haya muchos libros, pero sí que esos libros me digan algo sobre el perfil de la persona que los ha puesto allí. En Madrid me encanta La Lumbre, por ejemplo.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

El libro de las lágrimas, de Heather Christle, es un libro absolutamente recomendable. Es, junto a la trilogía de Rachel Cusk, y Contemplaciones, una colección de ensayos de Zadie Smith, lo mejor que he leído últimamente. No sé si se puede considerar un clásico, pero Oso, de Marian Engel, es una novela extrañísima, incómoda, perturbadora y terriblemente lúcida.

[Y la pregunta 10 la lanza León Vela, librero en Cálamo (Zaragoza):]

Tengo que reconocer que provocaste una relectura de Psicoanálisis de los cuentos de Hadas de Bettelheim. El mundo que has creado, sobre todo con la voz tan potente de Teo, impresiona. Relato “road movie” -un episodio Thelma y Louise- con multitud de voces que bailan entre la realidad (pandemia) y la ficción (la fuga). Referencias literarias que crean, oportunamente, apoyos a las situaciones… Tu hilo narrativo es muy visual (con lo onírico incluido), muy cinematográfico. Seix Barral apostilla en la faja que estamos ante “el debut de un guionista”…, ¿la novela nace como un posible guión? ¿El escritor nace o se hace?

1. ¿La novela nace como un posible guion?

Durante muchos años, todo lo que he escrito lo he escrito con la esperanza de que algún día se convirtiera en una película. La maleta perdida y la extraña historia de amor entre una actriz de treinta y pico y un niño sí son elementos que yo quería llevar al cine. Pero al mismo tiempo me parecía que su espacio natural era la literatura, porque ahí me podía permitir ser mucho más libre.

2. ¿El escritor nace o se hace?

Hace un tiempo te habría dicho lo contrario, pero ahora estoy cada vez más convencido de que el escritor nace. Tengo serias dudas sobre el hecho de que se pueda enseñar a escribir. Se puede enseñar, me parece, tres o cuatro cosas, algo así como los rudimentos del oficio. Pero lo más importante se sabe o no se sabe. Y si se sabe se sabe como se saben las cosas en los sueños, como certezas que nos acompañan y nos protegen, aunque nunca lleguemos a estar seguros de su procedencia. Sería tranquilizador pensar que, cuanto más se escribe, mejor se escribe. Lamentablemente, no hay pruebas que lo demuestren. Si algo podemos aprender seguramente lo aprendamos por casualidad, en lugares insospechados.