Cuestionario librero 84: Juan Carlos Reche

Juan Carlos Reche (Córdoba, 1976) es al menos dos personas. No: por lo menos tres. Nos olvidábamos del personaje, ese “poeta Reche” que recordarán los lectores de Vida de Pablo o Lejos de Kakania, de su amigo Carlos Pardo, y que en efecto, ya ven, más o menos existe. Pero aquí fuera, al otro lado […]

Por en Entrevista

Juan Carlos Reche (Córdoba, 1976) es al menos dos personas. No: por lo menos tres. Nos olvidábamos del personaje, ese “poeta Reche” que recordarán los lectores de Vida de Pablo o Lejos de Kakania, de su amigo Carlos Pardo, y que en efecto, ya ven, más o menos existe. Pero aquí fuera, al otro lado del espejo, Reche es, por un lado, un hombre muy serio y diligente, tanto que de hecho es, desde hace casi cuatro años, el director del Instituto Cervantes de Roma, lo cual es casi un puesto diplomático. Y, por otro, está el poeta, originalísimo siempre, que ha evolucionado grandemente desde los poemas, más o menos generacionales en fondo y forma, de El dolor y la velocidad, hasta el deliberado disparate de Los nuestros, un libro que da voz a las gentes sencillas, humildes y analfabetas de pueblos que él conoce, inmutables, ubicados en una burbuja de tiempo, y sin embargo: “Te quería dar yo las gracias / por tu ramo de rosas de ayer, / tus flores chiquitillas de gañote / con su poquito romero de Las Jaras / y su varita de espliego / de la curva de La Herradura. / Con ellas sé que quieres decir / que nos queremos / que tú no hablas / que ya no dices ni bueno ni malo / vamos, que no dices nada. // Mira tú que las flores / si tengan que ponerle voz / a lo que ya sabemos / y por eso no dices nada / ni yo espero de ti otra cosa / que lo que eres / y verte llegar por la loma / con las bajeras llenas de barro. // Bueno, dicen los poetas / que han venido a comer / a la catedral / que lo que hacen es darle voz a la gente / que hay que moverles las bocas / a los muertos / que eso es la poesía esa. // A ver si va a ser que tú, que como yo / no sabes escribir / y apenas leer / con tus rosas / me vas a decir más / que lo que relatan los júas esos”… Es, como se ve, una poesía que recoge el testigo de su amigo, el desde la semana pasada centenario Ginés Liébana, y de quien Reche, en apenas unos días, editará la amplia antología poética Si me pides romero… Quedamos con Reche por el Rastro de Madrid, y le entregamos el “cuestionario librero” con pregunta final del aludido Carlos Pardo, que precisamente acaba de convertirse en un ciudadano romano al hacerse dueño de una de las becas de la Academia de España.

[Fotografía: Juan Carlos Reche, en Madrid, 31 de enero de 2021. Fotografía de Juan Marqués.]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Digo yo que Ilíada y Odisea de Aguilar.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Por eso de la oralidad mental, que tanto se lleva ahora, creo parecerme bastante a los personajes que suele retratar en sus cuentos Hipólito G. Navarro, por ejemplo el que habla en “Palmerita que yo te regalé” (Manías y melomanías mismamente, Ed. Don Quijote, 1991). También, espero, a las andanzas futuras de “el poeta Reche”, de la saga pardista.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Al llevar tantos años en el extranjero, la distancia me filtra mucho las novedades, y también hace que me pierda otras muchas interesantes. Digamos que hay algunos libros que caen sí o sí en mi próximo viaje a España. Suelen ser de autores que sigo.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Buena parte de la mejor narrativa universal, dicen.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Hombre, claro. Si se publicara en español I Novissimi, la antología de cinco poetas italianos (Sanguinetti, Pagliarani, Porta, Balestrini y Giuliani) que publicó en el 61 el mismo Giuliani, se entendería mejor la poesía española del siglo XX…, y las carencias de la del XXI.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Cuando un librero me hace un buen regalo (normalmente por despiste) –y creo que se ha entendido que me refiero a librero de viejo–, me gusta recompensarle de alguna manera. Por ejemplo, escarbando en un lote que acababa de comprar uno de mis libreros favoritos del mundo mundial, el uruguayo Jorge Artola de la librería irremediablemente llamada Diomedes encontré la primera de El Túnel. Cuando se lo referí, con las manos llenas de polvo, en las escaleras que llevaban al almacén, me dijo, sin levantar la vista de lo que tenía entre manos –más polvo–, que sí, que había comprado ese lote sobre todo por ese libro. Pero cuando vi que estaba dedicado a Felisberto Hernández, autor del cuento por el que tituló así su libro Sabato, y que así lo contaba en la dedicatoria, no salí corriendo, ni le ofrecí equis sin abrirlo para evitar la dedicatoria o se lo disputausen; se lo comunicausen ipso facto y se lo “cedí”. Luego me sentí bien, como el tractorista que entrega un casco íbero a la Benemérita.

El regalo-despiste de Jorge fue los dos mangos que me costaron uno de los 50 rarísimos ejemplares de la única edición de Poesía de Leandro Vilariño, padre de Alma, Numen, Alma, Azul e Idea.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

El librero de guardia. Cuando tenía la librería en Punta Carretas, Artola decía que era lunático, porque cerraba los lunes. Cuando se fue a Parque Rodó, pasó a ser marciano, porque cerraba los martes. El que te encuentra los números sueltos de la revista que estás coleccionando y te llama, el que te dice dónde está la banqueta, los que te dejan entrar en el almacén a la primera. Y luego está el distribuidor metido a librero, el rey de los descuentos. Hubo una especie de librero también, el que se ruborizaba o escondía al consultar en Iberlibro, pero ya se extinguió.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Buena onda, buen fondo, o estar bien surtida de novedades. También las que hay con buen bar. Si tienen la calefacción muy alta o hace mucha calor, tira para atrás. También ganan puntos las que tienen sección de tipografía, diseño o erótica. Las que ordenan los libros por editoriales y no por géneros (en Italia cada vez hay más), van ganando puntos. Luego están las librerías, como la extinta Árbol de Poe, que mezcla novedades, usado, primeras ediciones e independientes en la misma sección.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios) y un libro reciente.

Poemas nativos (1925) de Fernán Silva Valdés, padre del nativismo. El miajón de los castúos, de Luis Chamizo, del que este año se cumple el centenario. Entre las novedades, Hará sol de Rafael Antúnez, Utopía Libros, 2020, Premio Vicente Núñez de Poesía. Tiene poemas maravillosos cómo:

¿Durante cuánto tiempo

puede un hombre decir

que su tiempo no ha pasado?

Además, hay una anécdota muy simpática. Parece ser que el duende de las imprentas, intercambió la ilustración de cubierta con la de Diez mil cien.

[Y la pregunta 10 la lanza el poeta Carlos Pardo:]

“Has vivido en Roma, Lisboa, Montevideo… y ahora de nuevo en Roma. Y en todas partes has hecho esa labor de divulgación, o mejor dicho de puente, entre la poesía escrita aquí y allá. En concreto sé de tu pasión por descubrir autores y libros “olvidados”. Ahora va la pregunta: cuándo te mudas a una nueva ciudad, ¿vas primero a una librería de “novedades” (A) o a una de segunda mano (B)? Si tu respuesta es la B, dinos algún descubrimiento que te marcara”.

Oh, Carlo, no distingo, pero sé por dó quieres ir. Te aconsejausen: la librería de Simon Tanner, en el barrio romano de la Caffarella.