Cuestionario librero nº 10: Pilar Adón

“Nadie entra dos veces en la misma librería”, afirma, sabia, la poeta, narradora y editora madrileña Pilar Adón, quien, tras su extraordinario poemario Las órdenes (Premio del Gremio de Librerías de Madrid), regresa estos días con Da dolor, otra vuelta de tuerca a la desposesión, a la no pertenencia o, mejor, al hecho, mucho más […]

“Nadie entra dos veces en la misma librería”, afirma, sabia, la poeta, narradora y editora madrileña Pilar Adón, quien, tras su extraordinario poemario Las órdenes (Premio del Gremio de Librerías de Madrid), regresa estos días con Da dolor, otra vuelta de tuerca a la desposesión, a la no pertenencia o, mejor, al hecho, mucho más desgarrador, de deja de pertenecer. En un sentido familiar y acaso metafísico, queremos decir, porque en el sentido social estamos salvados: “Cada vez que viajo a una ciudad, busco sus librerías y entonces dejo de sentirme extraña. Es algo automático”.

[Fotografía de la autora: Enrique Redel]

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Más que uno, creo que se trató del concepto del libro en general. Siempre me gustaron los libros. Había quien quería una bici o un juguete. Yo quería libros. Conservo los que me regalaron de pequeña en las ocasiones especiales, aunque los que de verdad me atraían eran los que tenía mi madre de la colección Reno. A la edad en que leí Que el cielo la juzgue, Rebeca o Cumbres borrascosas seguramente no entendí mucho, pero sentía pasión por subirme a una silla y repasar los lomos en la estantería en que estaban todos juntos. Había una edición en tapa dura de Jane Eyre que no me dejaban tocar, y el primer libro que recuerdo haber comprado con mi propio dinero en una librería fue el primer tomo de Los tres mosqueteros. También recuerdo las horas que pasaba en la librería de mi barrio leyendo las contras hasta que me decidía por el que finalmente compraba. Jamás podré agradecer lo suficiente la paciencia de aquellos libreros que me tenían horas allí de pie, mirando los expositores.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Ahora mismo no. Me sigue encantando la palabra “ensoñación” y me sigo enamorando de los personajes, pero ya asumiendo que lo son. Aunque pueda parecer una revelación amarga por lo que pueda implicar de pérdida de ingenuidad o de idealismo, con el paso de los años va quedando atrás la tendencia a sublimar a los seres creados y a los creadores. No obstante, sí que hubo periodos muy largos de mi vida en que quise ser (no parecerme a, sino ser) un mosquetero, Genoveva de Brabante, Orzowei, La pequeña Fadette, Paul Bowles, Ivanhoe y Lady Rowena, Djuna Barnes, Ofelia, Orlando…

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Me dejo llevar por las cadenas que se establecen entre los libros: uno lleva a otro. Cuando me gusta un autor, leo todo lo que encuentro. Puedo rozar el fetichismo. Me pasó con Virginia Woolf, con Marguerite Duras, con Iris Murdoch… Ahora estoy leyendo todo lo que puedo de Pascal Quignard. No obstante, y dejando a un lado este sistema, lo que ocurre en las librerías es que descubro nuevas editoriales, nuevas colecciones y a autores que no conocía. Lo más habitual es que a la librería me acerque con una lista de libros ya preparada, pero es raro el día en que no salgo con alguno inesperado por sugerencia del librero o librera, además de los previstos.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

En este momento, os diría que “insoslayable” para mí es todo lo que me queda por leer de Pascal Quignard, que es el autor con el que me he comprometido para los próximos meses. Pero como sé a qué os referís, qué lecturas tenéis en mente, os diré que ahora mismo esos títulos no me parecen “insoslayables”. Ahora me dejo llevar por mis propios criterios y necesidades. Afortunadamente, muchos de los libros que entrarían en esa categoría los leí siendo estudiante o cuando, después de la universidad, sentí una ansiedad enorme por leerlo todo. Cuando me generaba frustración pensar en los clásicos que parecía haber leído todo el mundo y yo no. En cualquier caso, por citar uno, te diré que no he leído Guerra y Paz, a pesar de que siento pasión por Tolstói y regreso a él cada dos por tres.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Cuando doy con uno de esos libros, intento que se publique en Impedimenta. A veces acierto y a veces no tanto. Cada decisión conlleva un riesgo, es evidente. Te citaría, por ejemplo, El árbol, de John Fowles.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…)

Cuando me lo voy a quedar, lo subrayo, pongo comentarios en los márgenes, anoto en la ultima página mis impresiones, cuándo y cómo lo he leído. Apunto los otros títulos del mismo autor que ya he leído o que voy a empezar pronto. Y por último le busco un sitio apropiado en la estantería, entre otros libros de la misma editorial o del mismo autor. Un lugar afín. Los títulos de los libros que leo y que no conservo los anoto en un listado de “libros leídos” que he ido completando desde el año 1996, con mayor o menor constancia. Lo primero que repaso de un libro es la página de créditos. El título original, el año de publicación, el nombre de los traductores, la editorial… Para mí toda esta información es muy importante. Y, por último, deciros que, a no ser que esté de vacaciones, los libros que termino de leer suelen quedar nuevos. Sin esquinas dobladas, sin pliegues, limpios por fuera… Los que están en peores condiciones son los que han viajado conmigo al mar.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Como te comentaba antes, puedo pasar horas en una librería. La identificación es tan grande que a veces me descubro poniendo los libros rectos en las mesas o colocando las fajas en su sitio. Cada vez que viajo a una ciudad, busco sus librerías y entonces dejo de sentirme extraña. Es algo automático. Aunque los libros estén en lenguas que no entiendo. Como en el poema de Gamoneda, retrocedo a mis legumbres y a las miradas en que yo soy reconocida. De modo que los libreros con los que me siento más cómoda son los que toleran que entre en su casa y me dejan vagar por ella.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Me gustan las librerías muy llenas de libros bien ordenados. Me gusta investigar y averiguar el sistema de organización por autores o por materias. Sentirme perdida al principio pero descifrar pronto la estrategia de clasificación. Si es muy grande, enseguida busco los rincones que me interesan, y ahí me quedo. Y si es pequeña, intento abarcarla entera, lo que en un principio puede hacer que me sienta desbordada, aunque la impresión es agradable. Una librería siempre es un lugar distinto y nuevo, aunque sea la de toda la vida, la que se frecuenta desde la infancia. Heráclito podría haber dicho de las librerías lo mismo que dijo sobre el río: nadie entra dos veces en la misma librería. Los libros cambian, como los lectores cambiamos, y siempre hay algo que descubrir.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

Como clásicos, Anna Karénina, de Tolstói; Orlando, de Virginia Woolf; Los papeles de Aspern, de Henry James. Más recientes, recomendaría a Fleur Jaeggy y a Louise Glück. Una vida de pueblo acaba de llegar a las librerías y estoy ansiosa.

 

Y la pregunta 10 de hoy la lanza Judith Pérez, de la Librería Intempestivos (Segovia):

Muchos de tus personajes viven confinados. Incluso los que habitan espacios muy abiertos siguen estando, muchas veces, confinados mentalmente. Estas semanas nos ha tocado a todos vivir en confinamiento (físico y mental), ¿A ti, como autora, te ha servido la experiencia para descubrir más acerca de tus propias criaturas? ¿Crees que ahora las comprendes mejor? ¿El momento distópico que estamos viviendo está marcando de algún modo lo que estás escribiendo ahora?

Es cierto que llevo toda la vida escribiendo sobre personajes que se aíslan. Que huyen y se van al campo, donde se autoabastecen y se hacen fuertes. Recorren el monte y tienen perros. Se apartan casi siempre para que les dejen en paz. Para que nadie les mire ni les interrogue sobre lo que hacen o dejan de hacer. Buscan una libertad que ha de ser también mental para no caer en la claustrofobia. Por todo esto, el aislamiento físico no les habría afectado demasiado. Lo que les habría enloquecido es la sensación de falta de control sobre, al menos, la pequeña parcela de realidad en la que viven. La incertidumbre por la falta de seguridad y de equilibrio. Te agradezco esta pregunta, Judith, porque me encanta hablar de esos personajes que se recogen y se dedican a sus cosas. Si he aprendido algo de ellos es que su manera de consolarse consiste en aislarse aún más