Cuestionario librero nº 23: Azahara Alonso

Ciertos comentarios, ciertas observaciones, ciertas bromas que Azahara Alonso (Oviedo, 1988) publicó en sus redes sociales durante el Estado de Alarma nos despertaron el interés por sus libros y, en efecto, abrimos Bajas presiones, su ópera prima, y nos encontramos de repente en el centro de una enorme fiesta, una fiesta de la inteligencia chispeante, […]

Por en Entrevista

Ciertos comentarios, ciertas observaciones, ciertas bromas que Azahara Alonso (Oviedo, 1988) publicó en sus redes sociales durante el Estado de Alarma nos despertaron el interés por sus libros y, en efecto, abrimos Bajas presiones, su ópera prima, y nos encontramos de repente en el centro de una enorme fiesta, una fiesta de la inteligencia chispeante, de la curiosidad activa, de las lecturas interrogantes, de un humor inspirado que no quiere quedarse en el humor, como si fuera un humor en retirada, un humor fatigado, un humor ya un poco circunspecto, aburrido de tanta juerga general. “La imprenta ha cambiado la finalidad de la naturaleza”, decía allí, y ella, con su posterior Gestar un tópico [reseñado en ‘Las Librerías Recomiendan’], está cambiando el espíritu de la naturalidad, consiguiendo hacer fresco, aparentemente leve y hasta sencillo el enorme caudal de cultura, y una dinastía literaria filosófica y metalingüística que, por afán de profundidad y de exactitud pocas veces ha logrado ese tono. Hoy Azahara Alonso responde a las nueve preguntas de las librerías, y demuestra una vez más su enorme “gracia”, no en la acepción de lo divertido, que también, sino en la superior, la de lo iluminado:

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Varios de El barco de vapor; recuerdo, por ejemplo, Cuando Tina Berrea (que, a mis cinco años, disparó mi imaginación espacial y el gusto por las verduras, felicidad para la familia) y el epistolario Querida Susi, querido Paul. También todos los de Manolito Gafotas, que leíamos mi madre y yo juntas, riéndonos muchísimo. Un poco más tarde, con doce años, di en casa con un libro de citas del ahora extinto Círculo de Lectores, un cajón de sastre que me atrajo especialmente –no sé cómo, aprendí a recordar muchas de sus entradas en situaciones afines, una cosa terrible–. Y terminé de confirmarme en esa avidez de lectura con El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder, que leí a los catorce años con una entrega absoluta –durante aquel verano fui con él todas partes–, fue el descubrimiento de que el placer lector que había conocido hasta entonces podía abrir un mundo mucho más allá de lo narrativo. De hecho, de ahí surgió mi vocación: desde esa lectura supe que quería estudiar Filosofía.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Claro, a muchos/as. Supongo que esa apetencia de parecido se traduce a veces en una proyección más o menos justificada. La mía fue una identificación, vete a saber por qué, con Horacio Oliveira, el protagonista y narrador de Rayuela. Me atrapó su manera terapéutica de poner una “hache fatídica” delante a los conceptos más cargados («el gran hasunto», «la hencrucijada», «el hego», incluso a su propio apellido, «Holiveira»), porque, según apunta Cortázar, «a partir de esos momentos, se sentía capaz de pensar sin que las palabras jugaran sucio». Horacio no podía evitar pensar desde las palabras, sentirse arrastrado por ellas. Compartiendo ese punto de partida, yo quería vivir todo lo demás con su aire aparentemente imperturbable. Y, aunque no sea un personaje de novela, me encantaría parecerme a Wisława Szymborska.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

Mi brújula suelen ser las ganas, así que respeto qué es lo que me apetece leer en cada momento, combinando las lecturas pendientes de clásicos y de novedades. Suelo estar bastante al día de lo que va saliendo, así que algunas temporadas hago una lista con los libros que me gustaría leer y si alguna vez me quedo sin ideas recurro a ella. A las librerías suelo ir con una idea clara de lo que quiero llevarme, pero también aprovecho cada visita para deambular un poco y dejarme sorprender por esos benditos libros imprevistos que luego no comprende una cómo podría haber pasado por alto si el azar o la pericia del librero / la librera no lo hubiesen evitado.

Sé valiente, por favor: ¿qué lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Muchas, me temo, pero eso dibuja un horizonte muy agradable. Una de las que más ganas tengo de leer ya es En busca del tiempo perdido, de Proust, que jamás comprendo cómo sigue en mi lista de pendientes.

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Recuperaría varios de Julián Marías, como Mapa del mundo personal y El intelectual y su mundo. También Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes. Y varios títulos del catálogo de DVD; algunos ya los han rescatado otras editoriales, pero quedan muchos que sería una suerte devolver a la circulación.

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…).

¡Muchísimos! Aunque ya no los veo como vicios, claro, sino como un proceder absolutamente racional y necesario para que mi mundo siga girando. Desde hace mucho tiempo, escribo en la primera página de todos los libros la ciudad en la que me hice con ellos y la fecha. Los subrayo y anoto –a veces mucho, sobre todo si es un libro que voy a reseñar– a lápiz, nunca a bolígrafo. Lo más curioso, sospecho, es que tengo una leyenda de símbolos que anoto al margen y que me permiten acceder directamente a la información que me interesa o revisitar párrafos sabiendo de antemano por qué razón.

Cuando leí La náusea, de Sartre, el libro no me gustó mucho hasta la última página. Después de eso tuve la superstición demasiado marcada de que un libro merece que lo leamos hasta el final, así que continúo aunque no me esté gustando nada, por si acaso, pero me estoy quitando de esto…
Tengo varios cuadernos pequeños en los que anoto los títulos y autores/a que voy leyendo y de esta manera evito los fallos de la memoria y me doy una palmadita en la espalda cada 31 de diciembre.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Aprecio mucho que se perciba que el librero/a es un/a lector/a entusiasta y que no me recomiende sin más las novedades de moda. Así que no me importa tanto que esté a la última (para eso ya están las newsletters y las redes de las editoriales) sino que conozca un poco a sus clientes e intuya qué les puede interesar de veras y qué no. Mi librero/a ideal también es prudente (da por hecho que sé leer, por ejemplo) y me permite estar sin prisa en la librería, curioseando sin presión, tal vez conversando con esa complicidad tan querida entre lectores.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Un muy buen fondo –en el que quizá se perciba también una idea motora, una línea, como en Enclave, Iberoamericana, Mujeres y compañía, Traficantes o la ahora lamentablemente cerrada Los Editores, todas ellas en Madrid–, bien ordenado y atractivo para dejarse perder en él amablemente –como la librería Cervantes de Oviedo, la Machado o la Cervantes y Cía. de Madrid–. También es muy atractivo que tenga actividades y vidilla, que se convierta en un punto de encuentro, que sea acogedora en varios sentidos.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

Clásicos: El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell (Edhasa); El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery (Calambur), e Infancia en Berlín hacia el mil novecientos, de Walter Benjamin (Abada). Recientes: El nenúfar y la araña, de Claire Legendre (Tránsito); Pensar/Mentir, de Moritz Fritz (RIL), y Lo que no tiene precio, de Annie Le Brun (Cabaret Voltaire).

[Y la pregunta número 10 la lanza Marina Sanmartín, librera en Cervantes y Compañía (Madrid):]

¿Nos ha faltado lenguaje para describir la realidad de los últimos meses? El lenguaje ¿nos libera o nos limita?

Me gusta mucho algo que dice Mario Montalbetti en Notas para un seminario sobre Foucault: «Si quiero decir que hay cosas que no se pueden decir, / digo: hay cosas que no se pueden decir. / Si quiero decir que no hay unicornios, / digo: no hay unicornios. No es problemático, ¿verdad? / Pueden probarlo ustedes mismos». En contra de lo que mi ascendente wittgensteiniana me hace pensar a veces, tiene toda la razón eliminando así los sublimados límites del lenguaje. Creo entonces que no nos ha faltado lenguaje para describir la realidad de este tiempo extraño, tampoco literatura (no hay más que ver el magnífico hilo sobre lecturas de pandemia que compartió Irene Vallejo en Twitter). En caso de faltarnos algo, creo que ha sido la capacidad de pensar e ir un poquito más allá en ello. Aburrirnos, reflexionar, apoyarnos en el pensamiento de otros/as y seguir otras rutas. Eso requiere de cierto silencio de redes y noticias.
En cuanto a la segunda pregunta, me parece que ambas cosas, como casi todo aquello de lo que somos felizmente dependientes.