“Diario del asco” de Isabel Bono

Diario del asco

Diario del asco

Bono, Isabel

ISBN

978-84-9066-798-9

Editorial

Tusquets Editores

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El título es francamente disuasorio, pero lo que protege es una novela realmente hermosa. Amargo todo el rato, agridulce a menudo, ocasionalmente gracioso, a veces ocurrente y siempre poético, en este Diario del asco se les concede la palabra a aquellos que, sin haber llevado una vida especialmente trágica o difícil, sin grandes privaciones ni dolores, sin experiencias penosas o traumas insuperables…, simplemente sienten que no merece la pena nacer, que la vida no compensa, que el tedio es superior a la alegría, y que lo que prima, más que el vacío, es la frustración, la ausencia de salidas, la imposibilidad de escapar de la mediocridad y la grisura más aplastantes y anuladoras. El tema, como se ve, no es precisamente una juerga, y sin embargo insisto en que hay en la novela, si no exactamente una redención, sí algo bonito, conseguido por Isabel Bono (Málaga, 1964) a través de una observación obsesiva e inteligente, una piedad activa de la que se extraen momentos mágicos, aunque sean más espectaculares, digamos, los deprimentes.

Me acuerdo de un profesor del instituto: el primer día de clase nos anunció que todos teníamos un 10, que si ese día acabaran las clases todos tendríamos sobresaliente general y que, por tanto, a partir de ahí sólo podíamos fastidiarla, ir bajando poco a poco si no nos esforzábamos el mínimo exigible. Se diría que los personajes de esta novela han irrumpido en una vida buena, la vida general, la vida de todos…, pero para cuando los conocemos, avanzadas ya sus historias particulares y, en buena medida, sucedidas ya varias de las grandes o pequeñas tragedias que explican la narración, hace años que se han desplomado hasta el 0 en sus calificaciones, con la sensación añadida de seguir bajando, de seguir perdiendo puntos. Pero por debajo del 0 ya no hay nada, a no ser que uno se asome al patio de luces, lleno de coladas recién tendidas que arrastrar, arrancando esas pinzas que, como sabe todo aquel que leyera Una casa en Bleturge, la anterior novela de Bono, tanta importancia tienen en la pequeña y convincente cosmogonía doméstica de esta autora, en su modesta y magnífica épica de barrio, en sus discretas excursiones retrospectivas a través de una memoria de clase media: “Si digo verano lo primero que veo, hasta el punto de hacerme cerrar los ojos y abrir la nariz, es el olor del silencio a la hora de la siesta”…

El suicidio no es tanto una tentación como una amenaza en esta novela, algo así como una puerta de emergencia que en parte tranquiliza a los personajes, les atenúa la tristeza, les consuela con su posibilidad. Si este espacio no nos gusta, tenemos una salida, parecen pensar, y lo explican y razonan en varios momentos. Pero, más que el tema, o los temas, lo que destaca en todo momento es el tono, tan especial, tan duro en este caso, o incluso tan vulgar en algunos diálogos, pero en el que Isabel Bono sigue desplegando ese estilo suyo tan particular que a muchos nos encandiló desde el principio en sus libros de poemas, numerosos pero a veces secretos, realmente inspirados. Una antología de los mejores cuarenta o cincuenta poemas de la malagueña sería un libro que, por sí solo, podría devolver la fe en la poesía a muchísima gente, pues son de los que demuestra hasta dónde puede llegar la palabra cuando de verdad hay cosas que decir y talento para hacerlo.

Dividida, como Una casa en Bleturge, en pequeñas secuencias narrativas que nunca alcanzan más allá de las tres páginas, esta nueva novela nos devuelve a un territorio literario reconocible, lleno de sensibilidad y a la vez de corazas, de delicadeza y desesperación, de vidas escarmentadas no ante el dolor sino ante el silencio, no ante la violencia sino ante la nada, también tan destructiva. La falta de sentido sobrevuela una novela que tiene muchos, y que en cierto modo desmiente sus propias tesis, o al menos las convicciones de sus criaturas: merece la pena vivir para asistir a las cosas del mundo con tanta agudeza, conviene vivirlas para saber decirlas tan bien y leerlas, porque como quien no quiere la cosa (y es probable, incluso, que Isabel Bono lo quiera), por estas páginas, entre tanto “asco” y tanto “odio” (las palabras más repetidas de la narración, casi estribillos), y junto a tan exagerada apatía como que la inunda y anula a Mateo, el personaje principal, se desliza sigilosamente una extraña belleza que desazona, sí, pero también reconforta.

Juan Marqués, para Las Librerías Recomiendan

 

La novelista y poeta Isabel Bono, en Madrid.

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