“El único indio bueno” de Stephen Graham Jones

El único indio bueno

El único indio bueno

Graham Jones, Stephen

ISBN

978-84-122813-4-7

Editorial

LA BIBLIOTECA DE CARFAX

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Vaya por delante una apreciación: si hay algo que demuestra la nueva publicación de La Biblioteca de Carfax, es la necesidad de una traducción que sea lo más fiel posible al manuscrito original. El consabido lost in traslation, esto es, la pérdida de ciertas connotaciones o significados al verter un texto a otra lengua no hace acto de presencia aquí gracias al trabajo excepcional de Manuel de los Reyes. Y traducir a Stephen Graham Jones, autor de El único indio bueno, estadounidense de Texas, indio pies negros para más señas, ha tenido que suponer un esfuerzo ímprobo.

Y vaya por delante una segunda apreciación: si hay algo que sabe hacer el mentado indio pies negros es bordar un final. Ya lo llevó a cabo en Mestizos, su anterior novela, pero es que aquí se supera a sí mismo casi con arrogancia y rubrica un colofón que es, a un tiempo, brutal, sangriento, desconcertante y hermoso. En él se distingue el gusto del autor por cierto tipo de cine, el gore más rural y desprejuiciado, el que se pasea por Crystal Lake, cena en Amityville y se viste con una máscara de piel humana, los films de casas embrujadas y los de aberraciones híbridas surgidas de los miedos ancestrales.

Existe una larga tradición en el western americano de retratar al nativo americano como un conjunto de estereotipos más o menos simplistas. Si uno trata de imaginarlos, es muy difícil escapar a la imagen de un tipo serio que habla en infinitivo, se engalana con plumas y constituye una gran fuente de sabiduría animista. El indio americano es, las más de las veces, el enemigo a abatir, el obstáculo que el vaquero de turno ha de superar, es el que arranca cabelleras y baja aullando la colina a caballo, con pinturas de guerra, dispuesto a secuestrar mujeres y niños. Nuestra visión del nativo americano se ha quedado anclada en 1870.

Graham Jones no sólo rompe con estos roles clásicos y a menudo falsos, reduccionistas hasta el hastío, sino que los reduce a pulpa armado con un tomahawk. Sus indios son seres en una perpetua lucha contra lo que significa ser nativo en la actualidad. Su cuarteto protagonista está enfermo de desarraigo, son habitantes de una tierra de nadie a caballo siempre entre la tribu y la modernidad, las tradiciones y el progreso. De parias, outsiders, trata la novela, de gente incapaz de adaptarse a ninguno de ambos mundos, del alto precio que se ha de pagar por tratar de sobrevivir fuera de la norma impuesta por un sistema que los trata poco menos que como a leprosos.

La empatía hacia ellos es inevitable, porque están construidos sobre un gran poso emocional. Descubres sus padecimientos y gozos individuales, de manera pormenorizada, a golpe de diálogos y chascarrillos. Se abren paso hasta ti, te muestran parte de un mundo que se gobierna a través de normas y tabúes que han permanecido invariables durante siglos, y acabas sintiendo una honda lástima por un grupo de perdedores que merecían mejor suerte. Sabes que cometieron un gran crimen contra la naturaleza y contra las leyes ancestrales de la tribu, sabes que profanaron terrenos sagrados, pero aun así. Aun así quieres que la chica gane el partido de baloncesto, quieres verla crecer y madurar, quieres que Cassidy reconstruya al fin la ranchera y huya hacia el amanecer. Quieres muchas cosas, pero nada de eso sucede. Se recoge lo que se siembra, suele decirse, y si siembras sangre…

Pero la empatía también funciona, y eso es lo maravilloso, en sentido contrario, hacia las fuerzas sobrenaturales que su crimen desata. A lo largo de los capítulos, llegas a entender los motivos de su venganza y del hambre que devora sus actos. Es la naturaleza agraviada y herida como madre, llorando la pérdida irrecuperable de sus hijos, es el desquite de una manada de ciervos cazada por deporte casi hasta el exterminio. Los sueños de sus miembros muertos engendran un monstruo, una bestia totémica que persigue a sus presas metódicamente, como un terminator con la cornamenta ramificada de un corzo.

A riesgo de caer yo mismo en los estereotipos, no lees El único indio bueno: te la cuentan. Lo hace el anciano de la tribu en mitad de un parque de caravanas, iluminado por el fuego ámbar de una hoguera, cerveza en mano. El cuento de cuatro jóvenes pies negros que osaron transgredir las normas de su pueblo y de la naturaleza y sufrieron la venganza mitológica de ésta. Una leyenda aleccionadora sobre la culpa y el respeto a las tradiciones. Un improbable poliamor entre Bambi, La matanza de Texas y La mujer pantera de la que nace esta novela asombrosa y estremecedora. Una historia que versa sobre la culpa, el dolor y, aunque tarda en aparecer, la esperanza.

Sergio García, Librería Dorian (Huelva)