“Historia de una novela” de Thomas Wolfe

Historia de una novela

Historia de una novela

Wolfe, Thomas

ISBN

978-84-18264-91-7

Editorial

Periférica

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Thomas Wolfe fue un escritor que, con un talento descomunal, se volcaba en proyectos absolutamente sobrehumanos, desbocados, colosales, agotadores, como si pretendiera hacer con la prosa lo que Walt Whitman hiciera con la poesía, en el sentido de totalidad, de registro meticuloso de la realidad entera, de universalidad (de universalidad, sí, aunque, de nuevo como Whitman, se centrase muy consciente y explícitamente en la vida, la historia, la política, la “identidad” y la sociedad norteamericanas: las últimas líneas del libro que comentamos hoy son transparentes al respecto). No es nada sorprendente que muriera con treinta y ocho años, y de tuberculosis cerebral, radicalmente fatigado y vacío, alguien que trabajaba y escribía como él, según el propio Wolfe nos cuenta ahora en esta breve pero sustanciosa y extraordinaria Historia de una novela, que es casi como un making of (o incluso un paratexto, una coda, un epílogo…) de Del tiempo y del río, la segunda novela del autor, cinco años después de la ya monumental ópera prima El ángel que nos mira.

Esa segunda novela de Wolfe es famosa por las dimensiones grotescas que llegó a alcanzar en algún momento de su escritura, decenas de miles de páginas que eran tan magistrales como obviamente impublicables, y que hubo que podar drásticamente para convertirlas en un volumen no sólo vendible, sino legible, manejable, portátil. Ese proceso se hizo con la ayuda, la paciencia y la complicidad a veces arriesgada (Wolfe debía de ser un hombre impetuoso, temperamental, imprevisible…) del editor Maxwell Perkins, quien mantuvo a lo largo de los años una actitud que mezclaba la admiración ante lo que leía con la serenidad ante las posibilidades y conveniencias comerciales de un monstruo de papel como ése, a la vez que se adivina la preocupación personal, perfectamente justificada, con que el editor debió de mirar en algún momento al artista, totalmente enajenado por su criatura, avasallado con todo lo que se obligaba a contar, enfermizamente insomne, capaz sólo de caminar como un animal herido por las calles de la ciudad (de varias ciudades, en realidad, pues Wolfe cambiaba de espacio con frecuencia, pero nunca se mudaba de su propia obsesión), y que sufría la maldición suplementaria de una fatal buena memoria: al parecer se acordaba de todo, retenía todo, su cerebro no se liberaba de nada que hubiera pasado por sus sentidos, y él necesitaba contar todo eso, cada conversación, cada esquina significativa, cada rostro entrevisto entre la multitud, cada detalle de cada detalle, creciendo y amplificándose todo en sucesivos niveles de sentido…

Cualquiera que haya leído cualquier texto de Wolfe sabe que en él, invariablemente, encontramos literatura de primer grado, no sólo por la calidad y la exactitud de lo que escribe, sino por su tono, por su continua intensidad, por su no saber apearse de lo importante o distraerse de la trascendencia, aunque pudiera escribir, como decíamos, de cosas aparentemente superficiales: no hay nada trivial en Wolfe, él se abalanza sobre la vida con un apetito voraz y una desesperación alucinada, y lo escribe con una prosa magistral: sólo su muerte, tan temprana, impidió el desarrollo de una obra literaria que hubiera sido probablemente definitiva, y aun así, sólo con sus “descartes”, ya tiene una producción notablemente más caudalosa (y en buena medida más importante) que sus coetáneos (y sus admiradores) Faulkner, Fitzgerald o Hemingway, que vivieron muchos más años (pero no sé si vivieron “mucho más”, en el sentido de la frondosidad y la violencia con la que Wolfe se movía, autoexigente hasta lo morboso). Como los mejores poetas, él va siempre al corazón de las cosas, siempre escribe en tensión, aunque sea en escenas de transición o de aclimatamiento al tema o a los personajes: aquí se nos cuenta, por ejemplo, que las páginas de introducción o “entonamiento” de Del tiempo y del río, que contaban un viaje en tren a través del estado de Virginia, ya se extendían más allá de lo que ocupa una novela de extensión estándar: era al parecer una presentación gloriosa, literatura de primera calidad, pero hubo que mutilarla.

Cualquiera que haya pensado al respecto sabe que, si quieres explicar cuál es tu teoría literaria, tu “filosofía” sobre la literatura o incluso tu perspectiva de la poesía… lo que tienes que hacer es escribir una novela. La teoría subyace en la práctica, en toda novela hay un ensayo subyacente sobre la narrativa (y por tanto, sobre la creación, sobre el arte, sobre la existencia), igual que en todo poema hay una poética. Wolfe dejó claro cuál era su intensa e inmensa concepción de la literatura en muchas narraciones (cuatro novelas largas, muchos cuentos, y maravillosas novelas breves que muy probablemente son fragmentos apartados –que no descartados– de esa segunda novela gigantesca), pero aquí tenemos de repente un texto personal, escrito desde el yo más claro: él siempre escribió sobre lo que conocía, y aquí explica por qué, pero no daba testimonios directos, salvo sus cartas (en la última edición española de El Crack-Up se incluyó una carta reveladora y terrible, por secretamente dura, de Wolfe a Fitzgerald, respondiendo a una carta en la que éste, al parecer, era algo condescendiente con la novela del primero…). Pues bien: aquí sí tenemos un autorretrato limpio, lleno de buenas ideas sobre la creación literaria, con consejos emboscados para los jóvenes escritores (aunque no acabamos de estar seguros de que sea aconsejable imitar al aconsejador…) y, sobre todo, una nueva declaración sublime de amor a la literatura, a la curiosidad, al esfuerzo y a los buenos frutos: “si bien mi libro no era fiel a los hechos, sí lo era a la experiencia general de mi pueblo y, al menos eso espero, a la experiencia general de todos los hombres”.

Juan Marqués, ‘Las Librerías Recomiendan

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