Francisco Brines, Premio Cervantes

A mediados de los años 80, y desafiado a describir su propia obra, Francisco Brines, en una especie de “pre-tuit” insuperable, respondió que la suya se trataba de “una poesía de signo elegíaco o, lo que es lo mismo, de profundo amor a la vida”. No sabríamos decir nada mejor, ni casi nada más, sobre […]

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A mediados de los años 80, y desafiado a describir su propia obra, Francisco Brines, en una especie de “pre-tuit” insuperable, respondió que la suya se trataba de “una poesía de signo elegíaco o, lo que es lo mismo, de profundo amor a la vida”. No sabríamos decir nada mejor, ni casi nada más, sobre su obra, que esa paradoja, que no hace falta explicar. Su compañero de generación José Hierro lo formuló de otro modo, en un endecasílabo: “Llegué por el dolor a la alegría”… Brines y Hierro, junto al primer Claudio Rodríguez (y tal vez Tomás Segovia, aunque, como niño de la guerra que era, y exiliado durante décadas en México, perteneció casi a otro sistema literario), son, entre los poetas españoles de esa edad, los más vocacionalmente volcados hacia la luz, los más tozudamente empeñados en ver, a pesar de todos los pesares (y conocieron muchos) el lado bueno de la realidad, que también existe y también estaba allí, aunque la literatura contemporánea, tan enamorada del mal, tienda a apartar la vista, desconfiando de tanto deslumbramiento.

Ayer las autoridades anunciaron que el Premio Cervantes de este año le ha sido concedido a Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932), y es ésa una noticia emocionante, por muchos motivos (entre otros, lo grave que hubiera sido que Brines culminase su vida sin haber recibido ese reconocimiento). Que en años donde la verdadera poesía está viviendo un desprestigio sin demasiados precedentes históricos, y en los que vivimos una fenomenal confusión en torno a lo que la poesía puede o debe ser, que el premio más importante de la literatura en nuestro idioma recaiga sobre el mayor poeta español vivo tiene algo de reparación, y de declaración de principios, casi de “regreso al orden”.

El poeta y crítico José Olivio Jiménez (que había sido, en 1959, el dedicatario del primer libro de Brines, Las brasas), consideraba (en su introducción a la Antología poética de Brines que publicó Alianza en 1986) veía también que los temas esenciales de Brines eran “la conciencia del apagamiento y el esplendor de la realidad, indisolubles, como clave última de la existencia”. En efecto, ese diálogo constante, sereno, amable y en general agradecido entre el exterior y el interior del poeta es lo que ha ido construyendo su poesía, no especialmente fecunda, teniendo en cuenta la longevidad de Brines, pero tampoco exigua. Hay varias antologías recientes que recogen lo central de la producción del poeta de Oliva, como la de Dionisio Cañas en Galaxia Gutenberg, la de Juan Carlos Abril en Pre-Textos, la de Ángel Rupérez en Alianza o la prologada por Alejandro Duque Amusco en Renacimiento, formada por poemas elegidos por decenas de críticos, poetas y amigos.

Si recibir premios implica llegar a más lectores, nos hace felices este Premio Cervantes a Francisco Brines, y quienes quieran descubrirle y, con él descubrir su poesía, tan refulgente, tan sabia, tan honda y tan definitiva, pueden encontrar en nuestras librerías todos estos libros.

Juan Marqués, para ‘Las Librerías Recomiendan