“Ascuas” de Juan Vicente Piqueras

Ascuas

Ascuas

Piqueras Salinas, Juan Vicente

ISBN

978-84-17386-47-4

Editorial

Pepitas de calabaza

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Muchos de los poemas de Juan Vicente Piqueras (nacido en 1960 en la aldea valenciana de Los Duques de Requena) parten de una intuición, o una idea, o de un hallazgo que muchas veces se formula de un modo aforístico, un primer verso sentencioso o proverbial al que después se le da todas las vueltas posibles en el poema, o se desarrolla o se matiza o se desmiente… Ya en Narciso y ecos dedicó Piqueras algunas páginas a textos que, sin demasiadas complicaciones, podríamos considerar netamente aforismos, pero -y esto es muy importante- sin dejar de ser, por ello, netamente poesía. Lo que ahora nos entrega en Ascuas no son monósticos (poemas de un solo verso) sino aforismos, y, siendo así, son textos hermanos de los poemas mayores, como primeros versos de poemas que se ha descartado desplegar, que se han quedado en la primera revelación (y de hecho muchos de ellos responden a la métrica habitual). La extensión es, por tanto, lo único que diferencia estas “ascuas” de los poemas que conocemos de Piqueras, tan llenos de gracia y belleza, de conmoción y agudeza, y de lecciones probablemente ya asumidas, pero reformuladas de una forma tan exacta que tienen también, por tanto, algo de fundacional, de oráculo: “Sé que la pena no vale la pena. // Sé que la dicha no puede ser dicha. // Sé que el amor, esa misión salvaje, / delicada, imposible, es la única forma / de estar en este mundo sin errar”, decía en uno de los maravillosos poemas dedicados a su Padre).

Lo de la dicha no dicha nos da pie para abordar una de las características más características de la poesía de Piqueras, que es la del modo como consigue jugar con el lenguaje, de una forma muy superior a la habitual, no exactamente lúdica (aunque sí bienhumorada, sonriente) sino, diríamos, realmente “filosófica”.  Cuando leemos ahora en Ascuas que “Aquélla fue la primavera vez”, o que “También ladran los peros”…, cualquier buen lector entenderá que no son ejemplos de juegos de palabras, ni equilibrismos metalingüísticos… No: es poesía que utiliza el lenguaje como catapulta, que se sirve del léxico o de la morfología (o, a veces, subvierte la paremiología) para acceder a significados nuevos, nada superficiales, realmente expresivos, como cuando entiende, con una epifanía impactante, que “Hoy no tiene plural”… Como ha explicado perfectamente la poeta y aforista sevillana Carmen Camacho en el prólogo a Qué hago yo aquí, una buena antología poética de Piqueras que ha aparecido simultáneamente en la editorial Renacimiento, el valenciano “convierte las palabras en un lugar habitable. Para él, hasta el idioma aún desconocido está listo para entrar a vivir”… Es cierto que las palabras más habituales y consabidas son repensadas en la poesía de Piqueras, que no en vano tituló uno de sus primeros libros Adverbios de lugar. Es como si Piqueras desplegase un scrabble en el que las fichas no fuesen las letras sino piezas gramaticales mayores, a las que hubiese dado todas las vueltas posibles, consiguiendo, combinación tras combinación, descubrimientos como los citados, en los que lo que importa, insistimos, no es la “chispa”, aunque la haya, sino la verdad, a veces realmente estremecedora y siempre fértil, que hay tras sus revelaciones: “Si no lo creo no lo veo”.

Indagador y brillante, decididamente volcado hacia la bondad y la nobleza (y que la literatura en general haya desconfiado en la Modernidad de esa actitud es una tragedia en la que todavía estamos sumergidos, y de la que tardaremos en recuperarnos), la literatura de Juan Vicente Piqueras es un homenaje discreto pero muy poderoso a la inteligencia, a la cultura y a cierta inocencia pre-lingüística e inaugural (aunque “la inocencia atrae al mal”…). Consciente de las cosas de la Historia, apátrida por vocación, incapaz de dar nada por sentado sin haberlo antes desentrañado, esta obra literaria accede, al cabo, a la principal certeza, definitiva: “Ser infeliz es olvidar que estás en el paraíso”. O, dicho de otro modo, aún más sublime (tal vez un resumen de toda la historia de la creación artística que más nos importa): “Diga lo que diga, yo quería decir: gracias”.

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