“Elástico de sombra” de Juan Cárdenas

Elástico de sombra

Elástico de sombra

Cárdenas, Juan

ISBN

978-84-17517-52-6

Editorial

Editorial Sexto Piso

Donde comprarlo

Vamos, si se me permite, a dejarnos de tonterías e ir al grano: muchos de los que leemos literatura de una forma probablemente ya no tan compulsiva y omnívora como antaño, pero sí igual de indagadora, de curiosa o, desde luego, de sedienta…, lo hacemos en busca de todo eso que las novelas de Juan Cárdenas nos van a regalar de un modo seguro. Y eso es así porque la sensación es que las novelas de Cárdenas no es que cuenten cosas, que también, sino que hacen cosas, ejecutan cosas, son cosas nuevas, organismos vivos y autónomos, libres.

Hace tres años, reseñando por aquí su penúltima obra maestra, El diablo de las provincias, ya repasamos apresuradamente la trayectoria narrativa del colombiano, y no vamos a volver a ello: sólo anunciar algo ya casi consabido, y es que su nuevo relato, este Elástico de sombra, es otro de esos textos que enaltecen no sólo la narrativa sino el gesto mismo de escribir. Quien escribe esto cumplió los críticos cuarenta años hace unas pocas semanas, y ya ha empezado, en efecto, a desconfiar un tanto de lo novelístico, a mirar un poco de reojo la sección de ficción de nuestras librerías… pero, como para darme una oportuna colleja y llamarme al orden, llega esta breve novela para recordarme que hay zonas de la realidad (y no confundamos lo real con lo visible) a las que sólo la mejor imaginación, la mejor fabulación, la mejor novela puede llegar. Cárdenas podría haber escrito un vibrante ensayo sobre el mismo tema de este libro, un estudio monográfico sobre ese arrinconado arte marcial, la esgrima con machete, prácticamente extinguido en la zona del Cauca, y que tiene algo de baile y algo de magia, algo de ceremonia y algo de brujería, y que en algún momento, en el corazón más frondoso de las selvas, pudo ser crucial para decidir batallas, cuando hombres aparatosamente armados, sin tiempo para darse cuenta de que habían muerto, caían ante fantasmagóricos negros desnudos que aparecían de la nada, literalmente de la nada, surgidos de sí mismos, hechos de aire, rápidos como la luz de sus filos… pero hubiera faltado algo esencial, que es el rodeo, lo indirecto, la sugerencia, el decorado, el contexto, y con todo ello una verdad vertiginosamente más profunda que la superficial verdad de la realidad. En este caso, además, la necesidad de la narración, de la literatura, viene dada por los propios enigmas de lo que quiere ser expresado: aquellos macheteros eran los descendientes de los africanos que, como esclavos, habían llegado en barcos conducidos por los ascendientes de esos que morían sin ver a sus verdugos, delgados como ramas, silenciosos como charcos. Si hay que poner esas sabidurías antiguas al servicio de la reparación y de la justicia, se ponen, pero esos bailarines de la cuchilla eran hombres de paz, hombres, de hecho, indolentes, despaciosos, cordiales… y es en esas situaciones donde Cárdenas nos los presenta, ya ancianos y cansados, un tanto desubicados y aturdidos, de vuelta ya de todo, dando vueltas a sus sombreros como si fueran volantes de un vehículo, contando historias de aparecidos y mirando con nostalgia las montañas, donde acaso vivan también unas mitológicas mujeres macheteras…

El presente de esos viejos guerreros de retirada se funde en Elástico de sombra con un pasado que acaba envolviendo todo, un solapamiento de tiempos propio de la poesía que aquí se hace prosa magistral, y que además se mete con coraje en los asuntos de la pura actualidad colombiana, con las reivindicaciones de las provincias indígenas para protegerse de la codicia oficial, asuntos sobre los que no tenemos ni idea pero en los que nos fiamos plenamente de la perspectiva del autor. No diremos mucho más, porque esta reseña quiere ser una invitación a la lectura, no una tertulia con quienes ya se encuentran “en el secreto”. Y puede que haya alguien que ande por ahí escribiendo un español más sabroso y rico que el que Cárdenas vierte en sus narraciones, pero yo, hoy por hoy, no lo conozco (y qué bochornoso y sonrojante fue leer hace unas semanas a un insolvente crítico español, incansable en sus tropiezos, “perdonar la vida” a Cárdenas por su novela, protestando por que nos llegue rebosante de léxico “exótico”, “americanismos” o “colombianismos”… Sería como quejarse de que en fin, la paella está bastante rica, sí, pero lo malo es que lleva arroz…).

Con el permiso (es un decir…) del autor y de Sexto Piso, copiamos un fragmento: la novela no trata específicamente sobre la esclavitud, pero esta pequeña digresión, o este “flash-back” necesario, pueden dar fe de qué tipo de literatura, colérica y alegre a la vez, enérgica y sublime, andamos hablando:

… “el veterano machetero vio desfilar ante sus ojos en pocos segundos una historia de siglos y siglos: sus antepasados, los que sobrevivieron a la travesía del infame barco donde los trajeron apeñuscados, ensalchichados dos meses con el culo del vecino en la cara, dos meses en alta mar, sin poder siquiera mirar a dónde o por qué camino te estaban llevando, a oscuras en las bodegas junto al resto de la carga comercial, comiendo los desperdicios de los desperdicios que producía el barco, cagando allí mismito, tratando de descifrar las lenguas de tus compañeros de infortunio capturados en los cuatro rincones de África; difícil llevar la cuenta de los vivos, mucho más difícil saber cuántos no consiguieron superar la prueba y fueron arrojados por la borda, pero que fuimos muchos nadie lo duda, millones y millones de personas que, una vez a bordo del barco, nos convertíamos, gracias a la extraña macumba económica de los blancos, en “negros”, sin más alma que la de la mercancía, el alma sin alma que tienen las cosas encantadas por el hechizo del mercado, manejando sabiamente por la mano invisible blanca que mueve todas las manos pardas, brujería más eficaz no se han podido inventar, no señor. Luego nos vendieron en mercados, en plazas públicas, en subastas, como animales de carga y, así, de poquitos, a punta de garrote, perrero, castigo, socavón y latigazo, a muchos nos fueron quitando el idioma, los recuerdos. Se empeñaron en borrarnos cualquier rastro del espíritu que traíamos en el viaje, a muchos nos encartaron con unos apellidos que eran en realidad los apellidos de nuestros propietarios, como si no les hubiera bastado con marcarnos el pellejo a hierro candente. ¿Pero saben qué? ?Saben qué, señoras y señoritos? No pudieron borrarlo todo. No pudieron sencillamente porque no se puede borrar nada, en realidad nada se borra. Todo queda marcado. No hay olvido. Todo deja un rastro, más si se trata de un crimen de semejante tamaño. Ya pueden hacerse los zurrumbáticos y mirar para un ladito, como si la cosa no tuviera que ver con ustedes, pero aquí estamos nosotros, como cuerpos del delito. Cuerpos que, a pesar de todo, siguen sabiendo, sí, claro, porque borraron mucho, pero a nosotros nos quedaron las marcas”…

Juan Marqués, para ‘Las Librerías Recomiendan‘.

 

Be the first to write a comment.

Deja un comentario