Cuestionario librero nº 12: Ernesto Pérez Zúñiga

“Siempre pregunto [en las librerías] para que me recomienden literatura de nuestros días. Puede pasar desapercibida para la prensa. Pero no para un buen librero o librera”, afirma el poeta, narrador y gestor cultural madrileño-granadino Ernesto Pérez Zúñiga. Con un libro de poemas en proceso de últimísimas correcciones y una nueva novela en marcha, continúa […]

Por en Entrevista

“Siempre pregunto [en las librerías] para que me recomienden literatura de nuestros días. Puede pasar desapercibida para la prensa. Pero no para un buen librero o librera”, afirma el poeta, narrador y gestor cultural madrileño-granadino Ernesto Pérez Zúñiga. Con un libro de poemas en proceso de últimísimas correcciones y una nueva novela en marcha, continúa recibiendo aplausos por Escarcha, su último libro publicado [recomendado en su día en ‘Las Librerías Recomiendan’], pero él ha aprovechado la cuarentena no sólo para leer sino para estudiar a fondo a Valle-Inclán, una filia suya de siempre que de repente lo tiene especialmente deslumbrado.

¿Cuál fue el libro que inoculó en ti el veneno de la lectura?

Las Obras Completas de Federico García Lorca, en la edición de Aguilar. Yo era niño y su lomo me llamaba desde la estantería de mi padre, como un misterio que tenía que desvelar. Cuando leí en el prólogo de Impresiones y paisajes aquel «hay en nuestra alma algo que sobrepuja a todo lo existente», y aquel «verlo todo, sentirlo todo», descubrí la inmensa, inagotable fraternidad de la literatura (y de la poesía, como parte de ella). Dejé de sentirme solo. Todo lo que me faltaba estaba en aquel libro de Federico García Lorca.

¿Hay algún personaje de novela al que te gustaría parecerte (o te hubiera gustado cuando lo leíste)?

Claro, muchísimos. Por supuesto quise ser Jim Hawkins, Jesús de Nazaret y Virgilio guiando a Dante. He sido Odiseo y el Marqués de Bradomín. El peregrino de la estrella de London y el Borges que no quería ser Borges. Stephen Dedalus y Cide Hamete Benengeli. Alfonso van Worden en El manuscrito hallado en Zaragoza. Una mujer llamada Diadorín en Gran Sertón: Veredas de Guimaraes Rosa. Otro personaje suyo que dormía con jaguares en “Mi tío el jaguareté.” Con veinte años, un amigo mío y yo imitábamos al Larsen de El astillero. Cuando otros eran rockers o mods, nosotros éramos onettianos.

¿Cómo eliges tu siguiente lectura? ¿Qué peso tiene la selección de la librería o la recomendación del librero / de la librera en tu decisión de compra?

La mayoría tienen que ver con mis inquietudes como escritor. Los libros van respondiendo preguntas que lanzamos al aire. El aire de una buena librería es perfecto para esto. Unos libros te llevan a otros. Y los libreros también, por supuesto. Siempre les pregunto para que me recomienden literatura de nuestros días. Puede pasar desapercibida para la prensa. Pero no para un buen librero o librera.

Sé valiente: ¿que lectura “insoslayable” tienes todavía pendiente?

Guerra y paz. Rojo y negro. Ahora que veo los dos títulos juntos, pienso que esa «y» debe tener algo que ver…

¿Sabes de algún libro extranjero que habría que traducir con urgencia, o alguno descatalogado o muy desconocido que haya que reeditar para bien del mundo?

Falta como el comer una nueva edición de El gran Sertón de Guimaraes Rosa, y una edición de sus cuentos completos. Hay pocos libros mejores para leer. Y, en español, ahora mismo no se puede salvo en ediciones antiguas, descatalogadas y, en lo referente a los cuentos, parciales. Entre los raros, recomiendo La vida altiva de Valle Inclán, de Francisco Madrid, que se publicó en Buenos Aires en 1943, un año antes que la biografía de Gómez de la Serna. Francisco Madrid, periodista exiliado, retrata al gran maestro con la frescura de alguien que habló mucho con él y con el testimonio de contemporáneos, recortes de prensa, anécdotas. Tiene un sabor diferente, a «directo».

Algún vicio inconfesable sobre libros (subrayar, tirar a la basura, robar, gastarte lo que no tienes, esconder los libros que compras para que no te riñan en casa, hacer listas y hasta estadísticas con los libros que lees, leer hasta el ISBN y el colofón…).

Por la lista que proponéis, veo que tengo bastantes de ellos. El más constante es anotarlos. Subrayarlos, por supuesto, pero también escribo al margen ideas que se me ocurren o incluso algún comentario a algún autor, a favor o en contra, como si estuviese hablando con él, o le discuto una idea a un filósofo… Siempre acarreo más peso de las librerías del que es cómodo llevar… Amo las bellas ediciones, capaces de combinar dos tintas, tipografías y algunas ilustraciones. Un colofón elegante y sugerente es la kipá de un libro.

Define tu perfil de librero/a ideal: tímido/a, parlanchín/a, con un ordenador en la cabeza, sabelotodo, a la última, clásico/a…

Muy lector, alérgico a las modas, capaz de encontrar el oro en el pajar de su tiempo, con una amabilidad silenciosa y que no guarda sus secretos.

¿Qué tiene que tener una librería para que te apetezca volver a ella?

Una buena selección de novedades en la mesa y el imprescindible fondo en las estanterías. Un escaparate que refleje la personalidad de la librería. El inconfundible aire acogedor de los espacios que aman la literatura.

Recomiéndanos, por favor, un clásico (o varios), y un libro reciente.

No me canso de recomendar La lámpara maravillosa de Valle-Inclán, en la edición facsímil que ha editado la editorial madrileña La Felguera. Ese libro concentra la belleza y el saber de modo casi insuperable. Y, entre los libros recientes que se han quedado confinados por la pandemia, La diosa de agua, un asombroso libro de relatos de Juan Carlos Méndez Guédez, recreación libérrima del poder femenino de María Lionza, diosa venezolana de la naturaleza. La edición ilustrada que ha hecho Páginas de Espuma es una maravilla.

Y la pregunta número 10 la lanza en esta ocasión Noelia Solís Olmos, de las Librerías Ícaro (segovia):

“En tus obras hay muchas reminiscencias de los mitos, de hecho una de tus obras lleva una dedicatoria a Carlos García Gual. El mundo clásico, que parece presentarse como una constante de tu obra, o como una presencia, ¿influye también en otros aspectos de tu vida como tu trabajo, digamos, no literario, en el Instituto Cervantes?”

Los mitos aparecen de manera consciente o inconsciente cuando escribimos. Carlos García Gual me ha enseñado mucho sobre este tema, y también uno de sus discípulos, David Hernández de la Fuente. Cuando terminé No cantaremos en tierra de extraños me di cuenta que había escrito una versión del mito de Orfeo sin saberlo. Entonces lo corregí ya consciente de ese descubrimiento, y quedó mucho mejor. En un trabajo como en el Instituto Cervantes es imprescindible tener una mirada atenta hacia el pasado. El pasado nutre el presente. Una de nuestras líneas de trabajo es la revisión de los clásicos desde un punto de vista contemporáneo. De hecho, tenemos una colección de libros que, con el nombre de “Los Galeotes”, pretende rescatar del olvido libros que pasaron desapercibidos al canon, con autores como Arturo Barea, Max Aub, Federica Montseny, Juan Larrea o León Felipe. Justo en estos días, se presenta nuestra edición de Valor, agravio y mujer, una comedia de la granadina Ana Caro de Mallén, donde se reivindica con mucho ingenio el poder femenino.

 

Ernesto Pérez Zúñiga, en Madrid, 4 de junio de 2020. (Fotografías de Juan Marqués)