“Lo que no se ve” de Jesús Montiel

Lo que no se ve

Lo que no se ve

Montiel, Jesús

ISBN

978-84-18178-49-8

Editorial

Editorial Pre-Textos

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Hablemos de los libros que más dicen, aunque sea con muy pocas palabras, y celebremos, entre ellos, los del granadino Jesús Montiel, que, vaticinamos, se va a ir convirtiendo en un fenómeno creciente, va a ir ganando más y más lectores, va a ir convenciendo con sus silencios y haciéndose fuerte con su delicadeza. Su poética (y es poeta) es la de la aceptación, la de la conformidad, la de la obediencia, en su caso explícitamente cristiana pero de todos modos universal, útil, poderosa, reconfortante…

“La mayoría de nuestros sufrimientos los elegimos”, afirmaba marcoaurelianamente en uno de los aforismos del excelente El amén de los árboles, donde también se leía que “la ficción y yo no nos hablamos. De todo cuanto escribo no me invento nada”… Por desgracia, no era ficción Sucederá la flor, la crónica de la enfermedad de uno de sus hijos, y donde, naturalmente, ya se leían cosas muy cercanas a las del libro que comentamos hoy: “el amor florece en la quietud, es hacerlo mismo todos los días muchas veces. Saber que no hay nada más importante que dar de comer a los gatos, aunque hiele y haya nieve y uno, que ya no es lo que era, pueda resbalarse”. Decimos “naturalmente” porque cuando uno se ha instalado en esas certezas en las que vive Montiel, el mundo, en lo importante, se ensancha de forma definitiva, pero a la vez se reduce en lo inmediato, en lo visible, en lo social. “Lo imprevisible nos pellizca para ver si seguimos vivos”, afirmaba, por otro lado, en Casa de tinta, y a un maestro de lo imprevisible como Robert Walser dedicó Montiel su libro más curioso y distinto hasta hoy, Señor de las periferias, aunque sin salirse en absoluto de su estilo y de sus convicciones estéticas, muy parecidas, para entendernos, a las de Christian Bobin (de quien, no en vano, Montiel ha traducido algunos libros), quien también escribió su propio retrato de, por ejemplo, Emily Dickinson (y que ya recomendamos aquí).

Lo que leemos hoy es un homenaje a sus abuelos, especialmente a ella, y la dedicación y la entrega con las que ella hacía la cama a sus nietos se convierte en el punto de partida, el estribillo y el desenlace de todo lo que tiene que decir Montiel, que es “sólo” eso, sí, nada más y nada menos, y lo dice de forma sublime, con pequeñas digresiones siempre bonitas (sobre un personaje secundario, sobre un documental visto entre lágrimas, sobre un recuerdo al margen de su familia…), con detalles de enorme sensibilidad (a veces, tal vez, incluso demasiada…, o demasiado extrema…). Lo que no se ve es de una belleza inapelable, desde el principio hasta el final, y se agradecen especialmente, por exactas y justas, las páginas que Montiel dedica a celebrar el comportamiento ejemplar que tuvieron los niños durante el confinamiento de primavera, la lección que dieron al entender lo que sucedía con la pandemia y comportarse en consecuencia…: “Los niños obedecen lo que ven, nunca lo que se les dice. Un niño, mientras se desarrolla en un entorno amoroso, no ambiciona mucho más”…

No hay que escribir sobre estos libros, hay que releerlos. Eso que se llama “literatura secundaria” nunca lo es más que cuando hablamos sobre libros tan principales, tan primarios, tan primitivos casi, tan esenciales. Dada su juventud (Montiel nació en 1984), es de esperar que nos esperen, de su mano, décadas de gran literatura, aunque, francamente, “literatura” es una palabra muy pobre y pequeña para lo que él hace. Lo suyo es vida escrita, una ventana abierta a todo lo que importa:

“La esperanza abre los ojos de cada persona cada mañana, como los comerciantes la persiana de su negocio. Todos los días abrimos los ojos porque esperamos algo. Porque en el fondo creemos que algo va a llegar, siempre”.

Juan Marqués, para ‘Las Librerías Recomiendan

 

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