Un paseo por la literatura de Valencia

En el amanecer de nuestro idioma literario, Rodrigo Díaz de Vivar, Mío Cid, se dirige cabizbajo hacia Valencia, expulsado de su tierra castellana por el rey Alfonso VI. Pero en esa misma ciudad nacería doscientos años después Ausias March, inaugurando otra lengua para la literatura, a la que muy pronto se unirían Jaume Roig (con […]

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En el amanecer de nuestro idioma literario, Rodrigo Díaz de Vivar, Mío Cid, se dirige cabizbajo hacia Valencia, expulsado de su tierra castellana por el rey Alfonso VI. Pero en esa misma ciudad nacería doscientos años después Ausias March, inaugurando otra lengua para la literatura, a la que muy pronto se unirían Jaume Roig (con su Espill), Joanot Martorell (con su Tirant lo Blanch) o Isabel de Villena (con su Vita Christi).

Un siglo después nacería en Valencia el filósofo Luis Vives, pero en nuestro propio camino libresco desde Sevilla hasta la literatura contemporánea en Valencia, no podemos remontarnos tanto, y nos centraremos en algunos pocos hitos: por ejemplo, a la vez que Azorín cursaba Derecho en Valencia (entre 1888 y 1896), se fueron publicando títulos tan transparentemente valencianos como Arroz y tartana, La barraca, Entre naranjos o Cañas y barro, que, junto a otras, forman el ciclo de novelas en las que Vicente Blasco Ibáñez, celebérrimo en su tiempo, retrató la Valencia rural o el incomparable paisaje de la Albufera. Blasco Ibáñez, que fue diputado en el Congreso entre el icónico año de 1898 y 1908, acabó su carrera en Hollywood, donde cobraba cifras astronómicas por sus conferencias, adaptaciones y guiones: fue la otra cara de lo que un escritor español naturalista podría conseguir, pues ese éxito internacional coincidió con el declive y la muerte en Madrid de un empobrecido Galdós.

Para entonces, desde 1914, ya vivía en Valencia el parisino Max Aub, leyendo toda la literatura clásica que podía encontrar en sus dos nuevas dos lenguas, y aprendiéndolas en tiempo récord. Él mismo dijo aquello tan célebre de que “uno es de donde hace el bachillerato”, y él lo hizo allí, en esa ciudad en la que luego ubicaría buena parte de El Laberinto Mágico, su hexalogía sobre la Guerra Civil, y a la que volvería en 1969 en unas páginas muy amargas de su diario La gallina ciega en las que apenas reconoce la ciudad de su adolescencia, y donde se siente como un fantasma.

Juan Gil-Albert (nacido en 1906 en Alcoy pero en Valencia desde los nueve años) vivó también plenamente esa guerra y sus consecuencias: en 1936 fue uno de los fundadores en Valencia de la mítica Hora de España y participó en la organización del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, a donde acudieron buena parte de los escritores españoles que se habían trasladado a la ciudad tras el abandono de Madrid por parte del Gobierno de la República (Antonio Machado, Jacinto Benavente, Rafael Alberti, María Teresa León, Margarita Nelken, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre…) y también Pablo Neruda, Nicolás Guillén, André Malraux o Tristan Tzara. La cosa, como es bien sabido, acabó en exilio, del que Gil-Albert regresó pronto, instalándose en Valencia desde 1947. Allí ejerció de maestro de poetas valencianos como César Simón o Francisco Brines, nacidos ambos en 1932, y quienes a su vez fundan o impulsan un “tono valenciano” que después heredarán muchos poetas de esa costa mediterránea, como Eloy Sánchez Rosillo o Antonio Moreno, y los valencianos (o arraigados en Valencia) Carlos Marzal, Vicente Gallego, José Luis Parra, Susana Benet, Antonio Cabrera, José Luis Vidal Carreras o José Luis Martínez.

También hay que meter en esta lista de poetas destacados al pintor y ensayista José Saborit, o a Lola Mascarell, que tras tres estupendos libros de poemas acaba de publicar en Tusquets su primera novela, Nosotras ya no estaremos, una fabulación sobre la historia de la casa de su familia en La Pobla de Vallbona. Guillermo Carnero o Jaime Siles representan otras vías poéticas, algo más barrocas y culturalistas, de la melodía valenciana, mientras que poetas más jóvenes, como Bibiana Collado Cabrera o Jorge Ortiz Robla (director, junto a Gregorio Muelas, de la revista Crátera), encarnan nuevas corrientes, menos deudoras de esa luminosa tradición local.

En cuanto al idioma valenciano, es necesario citar a Vicent Andrés Estellés y su famoso “no havia a València dos amants com nosaltres“… Y, retrocediendo algunas décadas, es de destacar el trabajo de Enric Valor en la meritoria recuperación de las “rondalles valencianes”, cuentos, canciones, paremiología y tradiciones populares recopiladas durante años por las zonas rurales.

En cuanto a novelistas, es difícil de olvidar la Valencia de Tranvía a la Malvarrosa, de Manuel Vicent, o la que Juan José Millás trae a las primeras páginas de El mundo (al irse a Madrid, con seis años, “pronto advertiría que no había playa, ni mar, ni calor, entre otras cosas esenciales”…). Por su parte, Rafael Chirbes ha levantado otra mirada sobre su ciudad, o mejor otras miradas, desde la Valencia de la corrupción urbanística en Crematorio, hasta la de la memoria más personal en El año que nevó en Valencia. De Valencia han llegado los dos penúltimos Premios Tusquets: Temporada de avispas, de Elisa Ferrer, y Dicen los síntomas, de Bárbara Blasco (cuya novela La memoria del alambre, de próxima recuperación, es especialmente magistral). En Valencia vive también el filósofo y pensador de las religiones Juan Arnau (es inminente su La mente diáfana), los narradores Pepe Cervera o Kike Parra y la zaragozana María Bastarós (que tiene nuevo libro de cuentos: No era a esto a lo que veníamos), y allí se crio también la onubense Elvira Navarro (y Valencia es La ciudad en invierno de su ópera prima). También es valenciano Santiago Posteguillo, cuyas novelas, sin embargo, se remontan muy hacia atrás en el tiempo y un poco hacia el este en el espacio.

La novela romántica tiene en Elisabet Benavent su máximo exponente. La saga de esta valenciana nacida en Gandía, Los zapatos de Valeria, fue su primer gran éxito tras el que han llegado otros como el último, El arte de engañar al Karma.

Hablar de Valencia es también hablar de literatura infantil y juvenil, un género en el que destacan en el panorama nacional escritoras como Laura Gallego, nacida en la cercana localidad de Quart de Poblet. A ella le debemos mundos fantásticos como Idhun o el que habitan Axlin y Xein, los Guardianes de la Ciudadela,  o el más reciente de Akidavia, en el que transcurre su último libro, El ciclo del eterno emperador. Mar Benegas es una de las voces referentes de la poesía infantil en todo el país, con libros tanto para prelectores como para otro tipo de públicos, además de ser especialista en animación a la lectura y organizadora de las jornadas JALEO.

No podemos finalizar esta panorámica sobre Valencia sin detenernos en el cómic valenciano. Valencia ha dado tres premios nacionales en los últimos años, Paco Roca, Ana Penyas, la primera mujer en obtenerlo, y el tándem Cristina Durán y Miguel Ángel Giner. Si echamos la vista atrás al mundo de la “historieta valenciana”, no podemos sino pensar que estos premios son el resultado natural de un proceso que comenzó hace años. En 1944 se publica en la Editorial Valenciana la primera historieta de El Guerrero del Antifaz, creación del vallisoletano Manuel Gago, que pronto trasladará su residencia a la capital del Turia. Gago formará parte de la conocida “Escuela Valenciana de Historieta” con dibujantes como Karpa (creador del personaje de Jaimito), Jesús Liceras, Palop, José Sanchis Grau o Eduardo Vañó. Junto a los tres premiados citados hay que citar a Sento. a Miguel Ángel Bou o el dibujante de Marvel, Salvador Larroca, el primer español ganador de un premio Eisner, o Víctor Santos. Una larga lista que y una extensa historia de publicaciones que explican que la ciudad cuente con el primer centro público dedicado al cómic y una Cátedra en la Universidad.

Hace pocos días terminó en los Jardines de Viveros la 56 Fira del Llibre de València, organizada por el Gremi de Llibrers de València (en abril de 2019, en la edición 54, entregamos los II Premios ‘Las Librerías Recomiendan’). Allí pudieron visitarse las casetas de muchas de nuestras librerías, entre ellas Ramon Llull, Ambra LLibres, Somnis de papel, El Puerto, Gaia, La Rossa , 80 Mundos, junto a las instituciones, como el Ajuntament de València (que convoca cada año unos premios literarios de prestigio creciente, tanto en castellano como en catalán), la Universitat Politècnica de Valéncia o la Institució Alfons el Magnànim, y editoriales como Océano, Pre-Textos, Contrabando o Campgràfic.